sábado, 5 de diciembre de 2015

MORERA


Rogelio Núñez Lafuente, joven Alférez de academia, recorría el único arroyo existente sobre aquel inhóspito descampado en la hora de libre paseo. La tierra todavía se pegaba a las suelas, empapada por efecto de la lluvia del día anterior, aún no absorbida del todo. La gotas que cayeron desde el mediodía a la noche parecían bolas de granizo; el suelo del vivac se embarró como un gran lodazal y bastaba caminar unos pasos para que las botas se hicieran una masa de tierra empastada. Se aflojaron los vientos de casi todas las tiendas de campaña, que se vinieron abajo por la fuerza de los goterones y el empuje del aire frío que arreciaba en el campamento. Quedaron hechas unas alfombras sobre la tierra; se empaparon los petates que la tropa había dejado adentro, buena parte de la ropa seca y los cartones de tabaco, los transistores y los papeles para las cartas... Hasta el cornetín de la Compañía se acatarró: esta mañana había sonado ronco y el Corneta no supo explicar qué le ocurría cuando le preguntaron. Han sido muchas maniobras duras -pensó el Alférez Lafuente contemplando el caudal que quedaba en el arroyo- y tal vez era hora de parar de tanta movida: Toledo, Ávila, Segovia … ¡y tan seguidas! Pero él no mandaba. Por lo menos, hoy no era el oficial de guardia, como le tocó ser ayer, día de la grandísima lluvia; el trabajo de la mañana había acabado y era agradable caminar bajo aquel sol inofensivo después de un día de lluvia, sin llevar el pesado sobretodo, ni el subfusil al hombro ni el correaje con balas, como si todo esto fuera una excursión. “Mira, si no, al Montilla” -pensó viendo a un soldado recoger pequeñas hierbas al borde del arroyo- “¡tan campestre él!”.

-Montilla -se dirigió al soldado- ¿para qué andas recogiendo hierbas? ¿Te interesa la Botánica?
-Son para llevarlas a Morera, mi Alférez.
-¿A quién?
-A Morera San Juan, mi Alférez, el soldado. Se las daré a la vuelta de estas maniobras.-
-Ah, ya.

Unos metro más allá se cruzó con el voluntario Lanuza, el más jovencito de la tropa. Lanuza también recogía hierbas, vulgares hierbas que cualquiera pisa en una marcha o unos ejercicios de tiro. Se veía que todo el que podía intentaba relajarse después de la tormenta. No se lo podían permitir los de la guardia del día ni los de la cocina; tampoco los camioneros, ni los conductores de los jeeps o del transporte acorazado: aún andaban desembarrando las ruedas o las cadenas de los vehículos a su cargo, debido al aguacero de ayer. El Alférez se acercó al voluntario Lanuza con curiosidad:-
-No me dirás tú también que recoges hierbas para Morera...
-Pues sí, mi Alférez, son para Morera.

El Alférez divisó a lo lejos, más allá del arroyo, a otro soldado más recogiendo hierbas y pequeñas plantas. Preguntó a Lanuza:-
¿Y aquél otro que estoy viendo allá...?
-También, mi Alférez... Para Morera. Y hay otros dos con lo mismo detrás de aquella loma.

Intrigado, pero sin querer indagar más allá, regresó el Alférez Lafuente junto a los demás oficiales y suboficiales, sentados en círculo sobre sillas plegables cerca del camión cantina. Llegado junto a ellos, no tardó en ser interrogado por el Teniente Merino sobre qué hacían aquellos soldados recogiendo hierbas o florecillas, y desde cuándo se habían vuelto tan bucólicos. El Alférez le sugirió con un gesto que el asunto no tenía importancia. “Cosas de ellos, mi Teniente”, le contestó.
-Coño, ya sé que son cosas de ellos -respondió el Teniente con sequedad- No van a ser cosas mías... Quiero saber qué te han dicho.
-Recogen hierbas y plantas para llevarlas a Morera, al soldado Morera San Juan.

El Teniente Merino enmudeció y quedó pensativo. Era dado a sospechar planes y “mares de fondo” tras hechos insignificantes, y muchas veces acertaba. En esos casos tendía a quedarse lívido y se le azuleaba la piel; no en vano le llamaban Azul Merino. Preguntó a todos los oficiales y suboficiales presentes si no habían advertido en el tal Morera, el insignificante buenazo de Morera, un poderoso carisma entre los demás soldados, “algún liderazgo oculto y bien camuflado” del que hubiera que ocuparse.

El soldado Montilla, el voluntario Lanuza y demás recogedores de plantas se habían reunido cerca de las tiendas para juntar en una sola bolsa la variedad minúscula y vegetal que pudieron recolectar para el soldado Morera, liberado en esta ocasión de las maniobras. Si él hubiera venido, habría dedicado los paseos a recoger esas hierbas y pequeñas plantas que cualquiera pisaría sin mirar, y les habría dicho los nombres, y las propiedades y los beneficios de cada una de ellas, sin exaltarse, sin exhibir más conocimiento del necesario, sin adoctrinarles con su estilo de vida tan natural. Pero les habría señalado las características importantes, o las habría dado a oler cuando su olor fuera lo interesante. El soldado Morera San Juan era tímido, silencioso, observador y respetuoso en extremo. Pese a ser como era, no le afeaba a nadie el hábito de fumar tabaco u otras cosas, ni el de beber, y no se enfadaba cuando -irreductible- le tocaba rechazar una y otra vez las invitaciones a aguardiente en los bares donde él se limitaba a pedir mosto; declinaba todas las invitaciones moviendo la cabeza, con una media sonrisa en los labios, hasta que lo dejaban en paz. Era una compañía fiel y constante, atenta, que se limitaba a hablar cuando le preguntaban, normalmente sobre sustancias o hábitos de vida saludables. Todos lo estimaban y pensaban lo mismo sobre su persona.

“Pero no tiene historia con nosotros, ni con nadie” -dijo, reflexivo, el Montilla, que a todo le encontraba un "pero"Se hizo un silencio expectante, a la espera de alguna explicación, y entonces el Montilla se explicó: “Está casi siempre con nosotros” -añadió- “pero nunca podrá contar que se corrió una sola de nuestras juergas, ni que se acercó con los demás a unas chicas en la plaza, ni mucho menos a las tías de la calle Ballesta. Tampoco en el cuartel tiene un arresto que recordar, ni una sola bronca con nadie ni un mal percance con el armamento.” “Cuando acabe su período aquí” -concluyó- “no tendrá mili que contar. Será como alguien a quien han borrado de todas las fotos de grupo.” Ninguno encontró argumentos para rebatir al Montilla en este punto. Por el contrario, el soldado Viñas -el más leído- le apoyó estableciendo que, ciertamente, Morera San Juan era un hombre “antinarrativo”. La llegada casual del Gitano les hizo saber que el Teniente Merino andaba investigando ahora sobre Morera. Ya había reunido a sus soplones, entre los que había algún amigo del Gitano. Se sabía que, a la vuelta, el Teniente pensaba interrogar directamente a Morera en su despacho, por lo que se pudiera descubrir. “Ah” -recordó de pronto,- “y esta noche o mañana querrá ver qué son esas hierbas. Y después las requisará o no. Según..."

No había nada que descubrir, por supuesto, y la flemática serenidad de Morera les hacía confiar en que éste pasaría sin inmutarse por una o varias incómodas entrevistas con el Teniente, así como por mal disimulados intentos de sonsacarle no se sabía qué. “Pero hay algo que me preocupa” -reconoció con gravedad el Montilla-: “Hemos creado una historia para Morera, lo hemos metido de cabeza en un acontecimiento. Ya es un hombre narrativo, tan narrativo como tú, como yo, como cualquiera". Y cedió de repente a un arrebato declamatorio como hacía tiempo no experimentaba:
- Ya no es sólo una presencia, o una constancia. Es un actor protagonista. ¿Se lo pueden imaginar? -preguntó retóricamente-: ¿nuestro Morera, teniendo ahora planteamiento, nudo y desenlace, a estas alturas de la mili? ¡Eso no puede ser, eso es contra natura, eso es un adefesio! Es como sacar un aguilucho de un huevo de gallina, joé.

Todos quedaron pensando y, esta vez, a nadie se le ocurrió qué contestarle.