domingo, 1 de mayo de 2016

JARDÍN MUERTO, PÁJARO ROJO (Mª José Vidal Prado)



Oh, beldad mía, entonces di a los crueles gusanos
que contigo tendrán un festín de besos,
que conservo la forma y la esencia divina
de estos amores míos que son polvo.
(Charles BAUDELAIRE)

Había conocido algo de la poesía de María José Vidal Prado por las frecuentes piezas sueltas que esta escritora ofrece generosamente en las redes sociales y en su blog. Me había acostumbrado ya al sorprendente dominio de la expresión que le permite, con una magistral condensación de lenguaje, arriesgar en ocasiones cierto tono de desenfado, y hasta rozar la trivialidad con leve dejo de humor, sin restar en nada el alcance conmovedor o trágico de muchos versos suyos. Por este juego hábil y heterodoxo entre registros diversos, casi en cada poema María José suspende el ánimo del lector verso tras verso haciéndolo esperar un lacónico cierre propio del epigrama, un inseguro escape hacia el ensueño o la persistencia del suspense expresivo.

En su libro poético Historia de un jardín muerto y un pájaro rojo (Ed. Vibrubio, Madrid, 2015) María José Vidal Prado, que también es narradora, nos ofrece con toda su capacidad poética justamente lo que anuncia el título, una historia, una vaga narración subyacente que empieza en el esplendor de la hierba juvenil, como un mundo irrecuperable:

De repente todos nos miramos: teníamos una belleza alucinante,
una belleza demencial, una belleza que nunca antes
habíamos tenido.
Besamos nuestros fríos labios.
La ventana se abrió.

A partir de ese momento, se habita página tras página un jardín donde el amor, el lenguaje, la infancia se ven cercados por una literalidad mortuoria en espantosa concreción. Apenas puedo ahora mismo encontrar un antecedente del apogeo de tanta sensibilidad vital en coexistencia con la muerte si no es en algunos poemas de Baudelaire.

Historia de un jardín muerto y un pájaro rojo y su autora han atraído la atención de autores y reseñistas en varios puntos de la geografía editorial, sobre el papel y en la Red. El escritor Santiago Gil dice de ella: Su poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa, a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. Y el crítico José Alonso Girgado, en párrafos certeros, garantiza que en este libro se encuentra “ una voz culta, pues, que ha esperado y ha vivido antes de entregar, sin alharaca publicitaria alguna, este primer fruto: algo más de sesenta poemas breves (alguno mínimo) configurados en cuatro apartados de equilibrada extensión. El conjunto se atiene a la forma general del tema con variaciones. La summa lírica se ancla en una conciencia en crisis que busca y se busca entre mucha tiniebla y alguna pálida luz. La voz poética, ante la muerte, se hace fría serenidad o inútil pugna por sobrevivir. Cualquier tentativa de retorno de los seres y las cosas no pasa de un doloroso espejismo”.

Breve muestra de textos

DESPUÉS
Buceo en la tierra de tus huesos.
En la médula
de tu mirada antigua.
Las hojas
cuando nos consumimos,
somos una.
Algún insecto canta tu canción.


Ya la vida me arroja fuera de tu cuerpo,
arrasando ciudades enteras,
aplastando de un manotazo al mosquito.
Cada uno sigue a lo suyo,
acariciando un cabello sedoso o
acarreando ladrillos.
Y el zumbido ha cesado.


Yo no era más que una sombra en el jardín,
sobre la que picoteaban los pájaros
todo lo que caía del mantel
cuando volaba,
las huellas de los dedos, la malicia,
alguna vez el pan.
Mi sombra
crecía tanto
que llegaba a parecer un árbol dormido,
soñando a los que trepan por sus ramas,
ajenos a las sombras.


REESCRITURA
Si la desintegrada mente
pudiera fabular otro final.
Sin principio
ni narrador,
sin ninguna intención
esta vez.

Anidó en la piedra muerta.
Me recordó que aún no me cubría la tierra.
Pero yo le dije
mira la tarde inmóvil,
mira la sombra del roble exactamente igual que entonces,
mira las sábanas
sobre los muebles detenidas.