miércoles, 11 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. MANIQUÍS

Foto: Eliú Pérez

  Los maniquís ya no son lo que eran. El realismo de sus rasgos, sus fisonomías diferenciadas y la articulación de sus cuerpos han sustituido a la repetición de figuras rígidas, casi siempre idénticas. No hablo de los decapitados, o los mancos soportes de trapos en exposición, ni de los torsos esquemáticos reducidos a mera prolongación de la percha. Me refiero a las fieles réplicas del cuerpo humano completo, que lucen en sus rostros narices rectas, chatas o respingonas, y también labios carnosos, prietos o pronunciados. Y aunque esa singularidad sea en ocasiones aparente -pues si uno se fija ve series de clónicos a los que solo diferencian el  maquillaje o las coloraciones del iris- la variedad  entre muchos de ellos es innegable. Unos establecimientos promocionan el género sobre fisonomías arias y otros exponen maniquíes latinos y sureños. En cualquier caso, ellas ya no son las modosas petrificadas sacadas de una academia de ballet. Ellos ya no son los cabales caballeros de gallardía marcial. Ellas son ahora desenvueltas, y espontáneas. Ellos son enérgicos, arrolladores, verdugos de lo que haga falta predestinados al éxito. Cada vez son menos armazón y más esculutura, más personaje. 
Eso sí, sea cual sea el biotipo o el carácter que se imite, todo en ellos es sofisticación y estiramiento esquinado. En eso no hay diferencia con los de antes. Los maxilares siguen siendo por lo general angulosos; las sobrecejas, agresivas; las rodillas y los hombros, quillas dispuestas a horadar cualquier obstáculo. Y por más que se les pudiera poner nombre a cada uno, como a ejemplar único, por más que al diseño se uniera el ingenio artesanal de las distintas puestas en escena de escaparate, siempre algo hay que los convierte en seres inexpresivos. Les faltará, tal vez, la verruga, la grieta en la piel, la desproporción, el asombro, la tristeza. Tendrían que rascarse, resoplar de calor, tiritar. Es momentánea la impresión de vida en esos ojos al enfrentar los ojos del viandante, o la vitalidad del conjunto en esos universos cerrados de perfección y feliz anorexia controlada. 
Lo más sorprendente es ver esas figuras, sobre todo las femeninas, medio desnudas a la espera de un cambio de vestuario y percatarse de que lucen un desnudo incitante y casi demasiado humano: por no mencionar sino los ombligos, los he llegado a ver hiperrealistas. No se explica que lo que hayan de tapar los trapos también luzca esa apariencia esmerada de carne lozana. De armatostes apenas flexibles que servían para soportar las telas que exponía el comerciante del ramo, han llegado a ser prototipos que pregonan las excelencias de un cuerpo para el que es necesario aplicarse tarros de tratamiento de belleza, pócimas adelgazantes, gimnasios... Casi lo de menos son las prendas que llevan encima. Están vendiendo cosmética, peluquería, lugares de diversión y hasta la compañía adecuada a lo que se supone la mujer y el hombre de hoy. 
No sin inquietud vuelvo a escuchar el viejo tema De cartón piedra de Serrat. Ojo con cegarse hoy día con los "zapatos de falso charol” o con “la mirada lejana y azul", ojo con que le digan "libérame, libérame" al viandante impresionable. Antes de emprenderla a pedradas con el cristal y correr con ella hasta el portal más próximo, como en la canción, sopese y considere el tren de vida  que está en condiciones de ofrecerse y de ofrecerle. Revise sus extractos de cuenta; chequéese a fondo, es un consejo. No vaya a ser que la cautiva liberada no tarde nada en considerarlo un don nadie,  un muerto de hambre que bien pudo dejarla donde estaba, reinando en el esplendor glamoruso de su cárcel de cristales.

lunes, 2 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. ESPERA QUE TE DIGA (*)




Bien… iré al grano, o me volveré loco; no digo loco pero sí torpe, confuso... Bien, al grano, decía.  ¿De qué te ríes? Otra vez he dicho “bien, al grano”, ¿verdad? Te reías de eso. Bien... (vaya, otra vez). Tú no te desesperes, por favor; tú, mantén la tranquilidad. Ah, sí, lo olvidaba: tú siempre estás tranquila. Ojalá pudiera yo estar así. Yo sí que no estoy tranquilo. ¿Te sirvo más?... Yo, con tu permiso, necesito otra. ¿Por dónde iba?.. Esto es terrible. Qué fácil resultaba hace una hora. ¿Y por qué preparar las cosas si al final no sirve de nada? Eso es lo que me dices siempre. Dime la verdad, pero la verdad: ¿tú nunca anticipas, no prevés las cosas? Joder, quién pudiera... Pues no te creo. Mientes, como una bellaca. ¿Te lo demuestro? Cuando fuiste, por ejemplo, a la fiesta de Rita, te preparaste a conciencia, pensaste con detalle en los que iban a ir todos -uno por uno- sabías de antemano en qué momento tenías que apartarla para hablarle y pedirle aquel favor... No, perdona, no te estoy llamando calculadora. Joder, ¿por qué lo tienes que entender todo así, por la tremenda?...  Sí, ya sé que es un tópico: lo de calculadora en la mujer va siempre acompañado de fría, fría y calculadora (en otras palabras, bruja), lo sé. Pero es que yo no te estoy llamando eso, por dios. Que no, que no digo que seas una bruja. Estás sacando las cosas de quicio. Bueno, las estamos sacando de quicio, perdona. Y he empezado yo, lo reconozco. Yo sólo quería decir que eres previsora: vamos, que necesitas revisar la baraja como todo el mundo... A lo que íbamos. ¿No te das cuenta de que nuestras peleas parecen peleas de novios… desde hace tiempo? ¿En qué? ¿Cómo que en qué? Pues en que son tontas... Ya empezamos otra vez: ¡Si yo no he dicho que seas tonta!... Mujer, que te están oyendo, que se va a enterar todo el mundo. Anda, toma un poco de esto, venga. Hazlo por mí, que nunca te pido nada (bueno, sólo una cosa, ya sabes; pero como siempre me la niegas, no cuenta) ¿Ya, mejor? ¿Fumamos la pipa de la paz? No me digas que tienes prisa; ¡no, venga, seguro que no es así!, si habíamos venido a cenar. Eso es que te has enfadado: ¡que te conozco! De acuerdo, acabaremos pronto, te lo aseguro. Me lo estás poniendo difícil. Está bien: nuestras peleas no son de novios. ¡Pero deberían!... Ya está, ya lo he dicho... ¡No!, no respondas. Aún no lo he dicho en realidad. Verás, tengo que decirte algo explícitamente (decírtelo, no dártelo a entender ni dejarlo caer ni nada de eso). Ahora te callas, por favor. Me toca a mí. Lo tengo que pronunciar inequívocamente, vocalizarlo con claridad. Después, tu respuesta será... también inequívoca, la peor o la más maravillosa de todas. Después, ya no tendrás que escuchar nada más porque no habrá más ocasiones como ésta o, por el contrario, tendremos muchas, mucho tiempo para decirlo todo. Bueno, verás... ¿Que te debí advertir de que esto era una encerrona? ¿Pero cómo que una encerrona? Somos amigos, a..mi..gos. De encerronas, nada: amigos y hay confianza, y eso lo hace más difícil, y por eso tengo que ser tan claro y preciso y tú no me dejas llegar, o por lo menos no me estás ayudando en nada, con lo que a mí me cuesta. ¡Amigos!, y desde hace tiempo. Por eso, si te lo digo con una canción de amor te creerás que estoy halagando tus gustos musicales (que conozco) y al final no se sabrá si entendiste o yo creí que entendiste ni si yo te entendí lo que quiera que dieras a entender con alusiones, con... Y lo mismo si te hablo de una película, o si te enfoco el asunto teóricamente. Y si te hablo de mis sentimientos, ¡bueno!... Para empezar: si te digo que te quiero, pues tú me dirás que también me quieres, y mucho, que me lo has demostrado, pero vete a saber de qué estaríamos hablando… Si te digo que no, que no es eso, que quiero tenerte, pues tres cuartos de lo mismo porque, con la confianza de años, nos hemos dicho ya tantas burradas... (yo más, claro). Y, lo que más temo: si doy rienda suelta a la sinceridad, si te hablo de lo inseguro que todo esto me ha tenido hasta ahora, que para mí ha sido una sorpresa y que no lo he pretendido, que siento que es la única vez que me pasa (aunque no es la única, pero como si lo fuera), si te hablo de que no duermo bien, de que me río solo, que sólo pienso en los momentos que vamos a estar juntos, pues ya está: una confidencia más. Te pondrías a apoyarme, a orientarme como confidente y, al final, seré yo mismo quien te habrá ayudado a acorazarte en tu papel de consejera solidaria, en tu papel de siempre, que te debe dar más seguridad. Y eso no: aquí ya no hay bromas, ni paños de lágrimas, ni psicoanálisis... ¡Esto es la guerra, joder! ¿Y qué más da si me oyen?... Si aún no me has oído tú... ¿Y por qué retiras la mano? ¡No me estarás respondiendo ya! Deja esa mano donde estaba. ¿Te da miedo esto? Sí, ya veo que te estás aturdiendo. Oye, una cosa: si me tienes que decir que no, no me digas que esto es muy bonito, que te sientes halagada, que quisieras no perder a un amigo. Ya no seré amigo a partir de esta noche, o sea, que no pierdes nada. Y si me dices que sí, tampoco vamos a ser amigos sino otra cosa. Ya sabes: estaríamos comprometidos, nos deberíamos explicaciones, nos querríamos tener en exclusiva... ¡Me cago en diez, que mal lo estoy haciendo! Casi te estoy espantando... Mira, vamos a hacer una cosa. Paramos aquí; sí, paramos, ¿vale? Yo te vuelvo a llenar el vaso, ¿ves? Así. Y ahora, pues lleno el mío. Tú tomas un trago, yo otro. Y después, nadie habla: ¡silencio durante unos segundos! Tú no dirás una palabra sino escucharás, ¿entendido?, y yo no diré ya nada más sino escuetamente lo que necesito decirte. Eso sí, la mano la sigues dejando aquí, que aquí está bien; tiempo tendrás de retirarla si es el caso. Bien: bebamos... ¡Pero bueno! ¿De cuándo a acá bebes tú a sorbitos y sin gana? Si este vino te encanta. Pareces un pajarito bebiendo, ahora. ¿No me estarás haciendo un desprecio, no? ¿Que soy tonto? Ahora resulta que soy tonto. Vamos, me estás dando la noche. Me has roto el clima, la situación, todo, con lo que me había costado el manduque y la puesta en escena. No, perdona; no he querido parecer mezquino. Quería decir que esta vez lo he hecho con una intención determinada. No sería la primera vez que te invito sin mayor interés, ya lo sabes (como tú a mí, es verdad; bastantes veces, sí). ¿Te acuerdas de aquella noche en que salimos los dos achispados de aquel restaurante, con una tontuna encima que no veíamos? ¿Y te acuerdas de que nos besamos en los morros delante de Rita y lo que nos reíamos después? Y al día siguiente, como si nada. Bien. Como te iba diciendo...

(*) Del libro Cuentos del Bárbara Bar. Imagen de la película El lado oscuro del corazón.