martes, 5 de junio de 2018

Kafkiano viene de Kafka


1
Don Gedeón despertó sin poder recordar cómo era, de qué trataba, aquel sueño que acababa de dejarle en el cuerpo un impreciso mal presagio. Comprobó que la luz del día era ya plena a pesar de las cortinas que aún permitían dormir a la mujer tendida a su lado. Desde que apartó las sábanas para incorporarse se sintió confusamente extraño y, al mismo tiempo, se le recrudeció el regusto del mal sueño que había empezado a disiparse. Se esforzaba de nuevo en retener al menos una pista de la pesadilla, algo que lo ayudara a tirar de la aquella historia. Le parecía que iba conseguirlo de un momento a otro pero apenas empezaba a adentrarse en la madeja de un argumento o entrever el esbozo de un escenario, enseguida se disolvían todos los intentos de reconstruir al menos una frase, una fisonomía, un lugar. Tan sólo recuperaba de aquel sueño brochazos sin forma de un amarillo chillón y un rojo de sangre seca sobre bultos indescifrables.
Sentado al borde de la cama, respiró hondo y se desperezó. Notó cierta torpeza en sus movimientos y un tacto desacostumbrado en los dedos cuando se masajeó el pelo para relajarse. Lo atribuyó a su despertar agitado y se levantó de la cama. Se puso en pie con la impresión de que su cabeza inesperadamente iba rumbo al techo, hasta el punto de que se agachó para evitar darse un golpe en la coronilla. Pasado el susto, se vio de pie al lado de la cama con su estatura de siempre; no se lo explicaba. Atónito por unos segundos, se encogió finalmente de hombros y alargó el brazo para abrir la puerta del dormitorio. De inmediato vio cómo su brazo se extendía más allá de donde él había pretendido, y al contraerlo de inmediato también le pareció que lo hacía con una rapidez mayor que la que él había aplicado al movimiento. Se le vino a la cabeza, casi caprichosamente, la historia de un tipo que despertó con un cuerpo diferente al suyo, una chifladura del cine o de los libros, no podía recordar del todo, algo muy angustioso. Le habría gustado que su compañera hubiera estado despierta para pedirle que lo observara y le dijera si le notaba algo extraño, algo que él no notara, pero tuvo en cuenta en seguida los turnos de noche de la mujer en la centralita de un hotel, las horas que le imponían sin respeto a contrato, y renunció a despertarla. Comprobó que su cuerpo se ajustaba como siempre a las dimensiones del pijama, sin que su persona lo desbordara, sin que se reventaran las costuras y sin que brazos ni piernas sobresalieran de la prenda. Era otro dato importante. Pero aun así, la impresión de que algo en él excedía sus dimensiones, o tal vez sus impulsos o su coordinación corporal, se afianzaba más por momentos. Hay que ver, pensó, lo que hace la cabeza de uno, cualquiera diría que sigo dormido y soñando.
Abrió la puerta para salir del dormitorio notando una leve inseguridad en sus cortos pasos. Lo alarmó de repente el aleteo frenético con que lo recibió el pájaro canario que se agitaba dentro de su jaula; el animal intentaba volar como si quisiera escaparse dándose golpes contra los barrotes de su pequeña prisión. Nunca había hecho aquello. Gedeón temió que aquella reacción se debiera a su presencia y caminó hacia una silla alejada de la jaula. Sentado, vio cómo el canario desistía al fin de sus intentos de huida y cómo se mantenía, vuelto hacia él, sobre un columpio de la jaula, con las alas extendidas en señal de desafío. El pecho del pájaro bombeaba como si fuera a estallar en cualquier momento. Gedeón se levantó con cuidado y caminó hacia el baño rozando las pared opuesta a la de la jaula, le preocupaba aquella respiración tan agitada y deseaba que el pájaro recobrara la calma. Se le vino de nuevo a la cabeza el tipo aquel que despertó con un cuerpo distinto al suyo, le pareció recordar que una vez fuera de su habitación el personaje aquel, cariñoso e inofensivo, infundía pánico y rechazo en sus seres queridos. Era un libro, ahora estaba seguro, algo alejado de sus gustos que seguramente le animaron a leer hacía mucho tiempo.
La ducha caliente, habitualmente muy rápida, se prolongó como en ninguna otra ninguna mañana. Gedeón no acertaba a mantener el equilibrio acostumbrado remojándose, enjabonándose, secándose. Parecía que sus miembros actuaran por su cuenta y le complicaban la tarea de ducharse cuando, además, evitaba resbalar sobre el plato de la ducha. La detención en la sala por el incidente con el pájaro y la tardanza en acabar de ducharse le retrasaron sobre el tiempo previsto para salir de casa puntualmente, camino al trabajo. Decidió renunciar a afeitarse, así que salió del baño sin poder verse bien sobre el espejo empañado por el vapor del agua caliente. Aún no había podido observarse para buscar algo, alguna muestra aunque fuera muy vaga, de un cambio, una rareza en él. Recorrió la sala intentando no acercarse a la jaula. El canario había relajado su respiración y su pequeño cuerpo no bombeaba de aquella manera alarmante. En la habitación, intentó compensar con apresuramiento su torpeza al vestirse. Lo hacía casi sin apartar la vista de la mujer dormida que tanto atraía su mirada, la que por los turnos de noche no lo acompañaba ya a los locales de baile donde habían solido acudir.

2
Salió de la casa con el calor de un café reciente en el estómago, sin tomar nada más. Por no saber lo que en verdad le ocurría, renunció a usar su coche aquella mañana. Aún así se acercó al vehículo para mirarse en el espejo retrovisor, donde se vio pequeño y alejado por el efecto de distorsión de la superficie convexa. El taxista que lo llevó no pareció apreciar nada en el pasajero, y eso que Gedeón estuvo atento por el rabillo del ojo a cualquier posible gesto de asombro o de alarma por disimulado que fuera. Finalmente, aprovechó que lo llevaban de un lado a otro de la ciudad sin que tuviera que hacer nada sino dejarse trasladar y se relajó recostado en su asiento. Quiso observar los detalles laterales de la carretera en las que no solía detener la vista y recrearse en las nubes, los edificios o las bocacalles que el taxi iba dejando atrás. Volvió aquella impresión agorera del mal sueño pero esta vez no le prestó la mínima atención. Le asaltó el recuerdo de los últimos momentos en su casa, antes de salir a la calle, y recobró en su memoria un cabello largo y ensortijado cubriendo casi del todo la mejilla de la mujer dormida en su cama; de haber tenido él más tiempo y ella menos cansancio, la habría despertado entre juegos, haciéndole cosquillas en la nariz con las puntas de sus cabellos como ella solía hacerle, así hasta que estornudara, y hubiera preparado el desayuno para los dos. Todavía era temprano para telefonear pero se propuso llamarla a media mañana para preguntarle, entre otras cosas, por el estado del pájaro canario. Empezó a sentir un sueño tardío cuando la luz cruda que lo despertó se empezaba a nublar y la brisa adquiría una agradable frescura que le recorría los miembros a través de la ventanilla del coche. Las nubes, de un tramo a otro del recorrido, pasaban del añil al rosa o a un amarillo manzanilla. El mal presagio del sueño se confundió al fin con las extraña impresiones que había tenido sobre su cuerpo y con la reacción del pájaro en su jaula. Unas repentinas gotas le hicieron incorporarse en el asiento, reanudar el estado de vigilia, cerrar la ventanilla y secar los cristales de sus gafas; se las colocó imaginando la reacción del pájaro en la jaula multiplicada por la multitud de personas con las que tendría que vérselas en su día a día y en las repercusiones de esa temida excitación masiva. Cuando llegó a su destino, el taxista tampoco dio esa vez señales de curiosidad o asombro en el rápido vistazo que le dedicó para despedirlo pero desde el taxi Gedeón vio que en el pavimento, en aquella calle aledaña al colegio a donde llegaban los coches, se había formado un gran charco debido a la lluvia o bien a los manguerazos del servicio municipal de limpieza, al fin cristalino donde intentaría escrutar su aspecto de arriba a abajo y despejar esas dudas sobre su cuerpo que no había resuelto hasta ahora ni con los espejos ni con el taxista, primer y único ser humano despierto con quien había tomado contacto aquel día.

3
A la izquierda de don Gedeón y frente al charco en plena crecida por la lluvia, dos alumnas del centro educativo observaban la superficie del agua intentando descubrir qué era lo que buscaba ahí el profesor. A su derecha, un grupo heterogéneo de estudiantes lo miraban con curiosidad esperando que respondiera a la pregunta que uno de ellos le hacía: “¿Qué está mirando en el charco, profe, se le ha caído algo?” Gedeón no respondía, imantado por la superficie del charco donde las gotas que seguían cayendo generaban ondas concéntricas sucesivas y donde un ligero viento erizaba la superficie y le impedía obtener una visión nítida y estable de sus propias trazas. También estaba ajeno a que, a su espalda, el alumno de 6ºC Arnold Tanausú hacía amagos burlones de empujarlo hacia el agua estancada. “¿Qué le pasa hoy, don Gedeón?”, oyó que le preguntaba una voz conocida, “¿está montando una clase para estos niños sobre el ecosistema de la charca, bajo la lluvia?”. Era doña Basilia, que le hablaba sin detenerse y con la cabeza gacha para proteger su cara de la lluvia, sin fijarse detenidamente en Gedeón y más bien mirando al soslayo a los niños que lo rodeaban: “¡Andando a ponerse a cubierto!”, les conminó, “que van a coger una pulmonía y después vienen los papás reclamando!” Gedeón abandonó resignado el intento de verse o de que lo miraran con la debida atención y se encaminó al interior del colegio buscando cobijo. ¡La sala de profesores!, pensó. Aunque llegaba muy ajustado de tiempo, todavía podría, si se apresuraba, encontrar ahí a casi todo el personal. Y alguien, se dijo, alguien al menos podría revelarle alguna cosa o dar muestras de asombro si se le alargaban los miembros o se le descontrolaban los movimientos como a un potro acabado de nacer. Entró en la sala con pasos cortos y precavidos, mirando a un lado y a otro a la espera del primer aspaviento, de la primera pregunta pasmada o, directamente, de la desbandada gritona que provocaría el pavor contagiado. Encontró a cada quien como solía, previsible, ritual, ocupando el mismo asiento fijo que parecía pertenecerle en propiedad y concentrado encarnizadamente en el rol que repetía a diario sin variación alguna: quien era gracioso hacía su gracia al coro fiel que se las coreaba siempre, quien intrigaba por costumbre bajaba la voz para hablar a su círculo de confianza invariable, y quien simplemente conversaba lo hacía ocupando el mismo lugar de cada día, junto a las mismas personas. Era algo que Gedeón sabía que sucedía en algunos colegios y en otros no: que en los momentos de espera o descanso resultara todo el mundo más inflexible y rutinario que en una reunión reglamentada. Esto es kafkiano, se dijo, y de inmediato cayó en la cuenta de que había solido usar de vez en cuando esa expresión sin haber pensado nunca que kafkiano venía de Kafka, sin haber recordado que era ese Kafka (Franz Kafka, ahora hacía memoria) quien había escrito aquella historia del tipo que amaneció con un cuerpo monstruoso. La leyó hacía muchos años por curiosidad, animado por lo que oía decir a sus conocidos de las obras de aquel autor. Rememoró sin pretenderlo la tristeza y la debilidad progresiva que llevaron a aquel monstruo a la muerte y la triste serenidad con que la familia finalmente, a consecuencia de su fallecimiento, planeaba la economía doméstica para un futuro sin él. Se entristeció, temió por sí mismo y cayó de nuevo en la desazón con que la enigmática pesadilla de la noche anterior lo sorprendía en algún que otro momento. Recorrió la sala y pasó entre los profesores como si él fuera invisible y ellos casi figuras de cera, sin producir ninguna reacción entre quienes seguían centrados en su respectivo pasatiempo.

4
Esperaba a los alumnos de su primera clase en la sala de Informática pensando en que se avecinaba el gran momento, ineludible, en que sus posibles mutaciones se hicieran manifiestas a los niños: ya no podrían pasar desapercibidas en una sesión entera con un grupo; los que le habían rodeado junto al charco lo vieron todo el rato quieto y con la cara dirigida a la superficie del agua. Se preparaba para una escandalera monumental que recorrería todo el centro y se contagiaría de un aula a otra. Pensaba en la llegada de los bomberos, o del Samur, o de la Policía. Y en los interrogatorios, los tests, las exploraciones médicas, la prensa, las redes... Celebridad internacional, pensaba. Celebridades él y Kafka, a quien sacarían a colación relacionándolo con él y a quien dedicarían reediciones de su obra más famosa. De momento, sin embargo, actuaría según lo planificado: recordaría a los alumnos las instrucciones para acceder a los ejercicios aritméticos virtuales que tanto les entretenían, y después supervisaría el trabajo de cada uno mirando una pantalla tras otra. Oyeron las instrucciones de don Gedeón mirando a los ordenadores y no a él, deseando encender los aparatos e iniciar cuanto antes sus primeras búsquedas. Tampoco ellos lo veían, no con la mirada atenta.
Tal como Gedeón esperaba, el orden inicial de la clase saltó hecho trizas de inmediato: muchos de los aparatos estaban cochambrosos y averiados y media clase le solicitaba ayuda al mismo tiempo. Hubo que hacer parejas, como otras veces, para aprovechar los que funcionaban. A eso había que añadir la necesidad impaciente de auxilio a quienes no recordaban las claves ni la ruta a la página web. Tuvo la impresión de que sus brazos iban a transformarse para llegar al mismo tiempo a cada sitio donde lo reclamaban e hizo un esfuerzo, innecesario o no, por contenerlos en sus normales dimensiones.
Cuando estuvieron todos atendidos y orientados, se sentó para relajarse y verlos trabajar desde atrás. Había vuelto la calma, o eso parecía. No se había fijado hasta entonces en Arnold Tanausú, que probablemente llevara desde el principio de la sesión con un sombrero llamativo en la cabeza que no se podía tener en la clase. Se sintió desganado para levantarse, ir hasta ese alumno y obligarle a guardar aquello. Fue su brazo el que se disparó por su cuenta hacia la cabeza del tal Arnold en lo que debieron ser nanosegundos; le descubrió la cabeza, lanzó el sombrero por la ventana y regresó a su posición y tamaño habituales en lo que Arnold Tanausú miraba a un lado y a otro preguntándose qué podía haber ocurrido; el alumno sólo notó que algo le rozaba la cabeza y ahora, despeinado, no sabía dónde había parado su sombrero. Luego era verdad y tenía razón el pájaro esta mañana, pensó Gedeón, debo asumirlo: soy un monstruo, y de los que llaman endriago.
La alumna Nereida María, en pareja con otra frente a un ordenador nuevo, abría de cuando en cuando el cuaderno donde guardaba una foto del joven actor Mario Casas y se embelesaba dándole vistazos furtivos, desviando la vista de sus obligaciones. La mano de Gedeón, a menos velocidad en esta incursión, llegó hasta la foto, la sacó del cuaderno y la dejó apoyada en una mochilita junto al ordenador, con Mario Casas presentando una actitud peleona muy sexi dirigida a Nereida María. Cuando la niña vio la foto frente a ella, y a Mario Casas mirándola así, puso inconscientemente la mano sobre el hombro de su compañera sin decidirse a contarle nada todavía, y sin saber si lo haría nunca.
La relativa lentitud con que se alargó y se recogió el brazo de Gedeón esta segunda vez, le permitió observar que su extremidad adquiría otro tono de piel al expandirse, y se llenaba de rugosidades. Sus manos se ensanchaban y al cerrarse formaban un puño desorbitado y temible. También observó que todos esos cambios desaparecían cuando su brazo regresaba velozmente a él. Debería estar aterrorizado y fuera de sí, don Gedeón, pero inexplicablemente permanecía sereno y, para mayor sorpresa, incluso divertido. Se sentía ágil, poderoso y ligero de ánimos. Pensó en las ventajas que aquellos desconcertantes poderes le reportarían junto con los inevitables problemas, pensó incluso que a partir de ahora podría atrapar con su propia mano cualquier DRON inesperado que apareciera fisgando tras las ventanas.

viernes, 1 de junio de 2018

5 nuevos micros



Se zampaba un buen guiso de callos tras cada visita al podólogo.

Me he bajado una aplicación que hace de todo, la muy cochina.

La luna aúlla a los lobos y ellos creen que les habla el viento de la noche.

No encontré lente con la que resistir el eclipse de tus ojos verdes.

Tengo nif, pin, iban, ip... o ellos me tienen a mí.


viernes, 4 de mayo de 2018

BREVE NOVELA ROJINEGRA


En la presente asamblea de la Mancomunidad del Crimen todos lucen su nuevo armamento y hacen demostración de su potencial mortífero; todos menos yo, que he sido encargado de levantar acta y dar los turnos de pal...

sábado, 21 de abril de 2018

FANTASÍA OPUS 12

El afinador de pianos encontró una mañana, en el mecanismo interno del instrumento que afinaba, el diario de doña Sole y, en vez de devolvérselo a su dueña, lo ocultó en su caja de herramientas. La curiosidad lo impulsó a leerlo aquella misma tarde. En aquellas páginas estaban fechadas y comentadas cada una de las visitas y revisiones que él, como afinador, le había hecho a lo largo del tiempo, con el detalle de sus cambios de aspecto sucesivos, sus pequeños retrasos cuando se produjeron y las fórmulas de saludo y despedida que no recordaba haber ido alterando. En total, eran ya nueve años desde que había empezado a afinar aquel piano y en el diario de doña Sole se volvía a ver a sí mismo con el bigote que un día suprimió, con la coleta que dejó de hacerse o con aquellos varios pantalones de pinza, y hasta con la cazadora de leñador que envejeció decolorándose… Sin embargo él no recordaba, así de pronto, el aspecto que tenía doña Sole en cada una de aquellas fechas. Repasó mentalmente y la fue recuperando como había sido: más dulce y sonriente al principio, con prendas aún juveniles; más recargada y provocativa después, con un brillo devastador en los ojos; finalmente, sobria y mustia como en la actualidad. Las anotaciones venían acompañadas de los títulos de las piezas que ella siempre se hallaba tocando cuando él llegaba. Al verlas anotadas de seguido, nota tras nota debajo de cada fecha, reparó en que eran las piezas más apasionadas o intimistas del periodo romántico. Ni se había fijado en eso.

La anotación final, por supuesto, no podía contener referencia alguna sobre aquella última visita, ya que él se había apropiado del diario; en cambio, el último apunte expresaba la confesión de que su propietaria lo había dejado esta última vez bajo la tapa del piano a propósito, como punto final a una pasión que empezó en agradecimiento hacia él por ser la única persona de la que tenía ayuda y estímulo para seguir interpretando la adorada música, sin que él lo supiera; pero fue por su oído y su técnica unidos al afinar, y por la delicada pericia con que trataba a su querido instrumento -con esmero de amante entregado y conocedor- que ella lo fue interiorizando hasta adorarlo despierta y en sueños, del embeleso a la exaltada ilusión, sin importarle delatarse esperándolo ante el teclado con aquellas notas de amor tan descaradamente reveladoras para quien supiera escuchar... Y así año tras año, hasta acabar todo en desengañada tristeza, dispuesta ella a no tocar el piano nunca más después de la Fantasía Opus 12de Schumann con que lo aguardó por última vez aquella mañana.

Las circunstancias no permitían excusa profesional para visitar a doña Sole con la esperanza de que aún no fuera demasiado tarde. Tendría que volver a aquella casa poniendo sobre la mesa todas las cartas de su sorpresa y su interés recién nacido por ella. No era posible que acabara así la historia con la mujer cuya atención por él había sobrevivido al bigote, a la coleta, a los pantalones de pinza o a la cazadora de leñador que envejeció decolorándose sin que a nadie –ni siquiera a él mismo- le hubiera importado un pimiento.

Ilustración inicial: autor desconocido.

Schumann: Fantasiestücke op 12 - Intérprete: Yeol Eum Son


EL SAURIO, EL TRADUCTOR Y LA BELLA


El esfuerzo por traducir los bellos textos -esa difícil y puntillosa fidelidad a las intenciones de la obra ajena- le deparaba al traductor un goce inusual de lectura, vedado comúnmente al lector habitual que busca en las palabras su inmediato e irreflexivo disfrute. El goce para el traductor consistía en apreciar amplificado, como en una gigantesca pantalla de plasma, todo el talento, toda la musicalidad, toda la belleza que contenían, en ajustadas dosis, las palabras, frases y párrafos de los textos que traducía, merced precisamente al trabajo lento, dubitativo a veces, que acarreaba detenerse en cada vocablo o giro del original hasta conseguir los equivalentes acertados en un idioma distinto. Era por esto su empeño en contemplar, a través de los cambios cromáticos de un camaleón que poseía, todos los matices de piel de su comprensiva amante, que se tumbaba boca arriba y cerraba los ojos, dejando escapar alguna risita nerviosa al sentir al saurio, recorriendo con morosidad sensual los promontorios, las planicies y las oquedades de su cuerpo. El traductor conocía la lentitud con que el cuerpo del camaleón pasa de un color a otro, cosa que no ocurre sin que se demore en un punto haciendo visible toda una gama de colores o matices intermedios; así que se recreaba contemplando cómo era la bella... "traducida", centímetro a centímetro, en los cambios meticulosos del animal, que siempre quedaba a un palmo de los labios, sin alcanzar nunca la boca tentadora: el traductor -inclemente- lo apartaba cada vez de la mujer tendida antes de dejarlo llegar a esa zona de la cara que habla por sí misma, siempre coloreada por alguna de las variedades del carmín que se encuentran en el mercado.

Para Juan Carlos de Sancho

miércoles, 18 de abril de 2018

LA CADUCIDAD DEL DOBLE

.Para Isabel De La Llave Cadahia
Nunca me revelaron en el periódico cómo fueron localizados los tres dobles que suplantaron durante años al general Isaac Rodrigo (jamás se mencionaba su segundo apellido), el dictador recientemente depuesto por un golpe de su propio ejército. Tan sólo podía saber que entre los miembros de nuestro Consejo de Administración había alguna persona influyente, bien relacionada con las élites políticas y financieras de ciertos países, y capaz por tanto de localizar y reunir a aquellos servidores ocultos del régimen derrocado. El redactor jefe tampoco supo, o tampoco quiso decirme, cómo convencieron a los suplantadores oficiosos para que se prestaran a coincidir en la larga entrevista a tres que me estaba encargando. Le pregunté cómo podía asegurarme, al menos, de las tres identidades.  
-Ahí tendrás las manos libres para averiguar lo que quieras, pero advierto que tendrás que ingeniártelas -me advirtió el redactor jefe-. Son seres a los que se les ha inventado una identidad nueva cuando han dejado de servir como sustitutos, alejados de su país y con una nueva personalidad. Y, además, durante el tiempo en que sirvieron al poder, los servicios secretos escamotearon al mundo su identidad, por supuesto: los mantuvieron desaparecidos del todo y recluidos quién sabe cómo y dónde.
-¿Por qué son tres?- pregunté. El redactor jefe levantó un momento la testuz y se quedó ensimismado como a quien hacen de pronto reparar en lo que no había pensado, con la vista fija en mi corbata nueva. Finalmente se encogió ligeramente de hombros.
-Eso tendrás que averiguarlo tú en la entrevista a tres -concluyó- aunque tal vez ni ellos conozcan el motivo; esa respuesta correspondería darla a los oscuros funcionarios que organizaban al dictador ese servicio tan sumamente discreto. Para lo que sí te pueden servir los tres dobles (digo “pueden”) es para describirte la vida que llevaban, cómo los preparaban para hacerse pasar por Isaac Rodrigo y las ocasiones más importantes en que tuvieron que hacerlo, o las más peligrosas. Es posible también que sepan algo de la trastienda de la dictadura, en ese sentido podrían ser un filón y deberías saber aprovecharlo con morbo.
El redactor jefe añadió finalmente, cuando yo ya cerraba la puerta detrás de mí: “Por supuesto, en tu entrevista no habrá fotos si no consigues convencerlos; de momento se niegan en redondo a salir de su exclusivo anonimato, pero necesitamos esas imágenes...”. Le dirigí con los ojos una resignada señal y me marché a la calle -era mi hora de salida- aunque antes de irme a casa visité un acostumbrado parque para poder pensar en el trabajo que me aguardaba. El día se había nublado de repente y el sol avasallador, que se había enseñoreado de la ciudad, cedió casi de repente a una luz indirecta que daba a todos los colores una consistencia más definida y más civilizada.
'¿Cómo serían esos tres sujetos?', pensaba sentado sobre un banco del parque cuando se me acercó una niña que corría jugando sola sobre los parterres y se detuvo a unos pasos frente a mí, con la mirada fija en mi corbata nueva; era una corbata amarilla con deslumbrantes adornos falsamente mitológicos que yo llevaba por cumplir con quien me la había regalado. Mientras tanto, seguía pensando en los dobles: '¿Les habrían quedado los gestos y maneras de cuando eran aclamados por la muchedumbre como al verdadero general?'. Interrumpió mis cavilaciones una joven alta de paso lento y acompasado que a mi altura dirigió la mirada un instante, sin disimulo, a la corbata colorista que colgaba de mi cuello; después siguió su camino ignorándome al ritmo de una melena negra y brillante que ondeaba a su paso. Yo disipé la impresión que me causó la chica y mi turbación por la corbata volviendo a mis pensamientos sobre el gobernante derrocado y sus tres dobles: '¿Se le parecerían tanto como gemelos?', me preguntaba. El depuesto y huido Isaac Rodrigo -recordaba- tenía un aspecto muy español: moreno, nariz aguileña, la frente elevada y estrecha, el cabello negro peinado hacia atrás. Era alto, más espigado que atlético, lo que compensaba con exageradas hombreras tanto en uniformes militares como en atuendo civil. Su nombre y su apellido, para mi enfado, recordaban a los músicos españoles Isaac Albéniz y el maestro Rodrigo; me sentaba como una pedrada, que semejante tirano se relacionara, aunque sólo fuera por el nombre, con esos dos creadores de belleza.
Tan desconocida para mí como los servidores del tirano era la mansión a la que me dirigí en el día señalado para encontrarme con aquel trío de dobles que me esperaban en ella. Estaba ubicada en una lejana e inaccesible zona residencial que siempre había visto al pasar, desde la carretera. Ni tiempo tuve para observar el edificio ni los huertos y jardines que lo rodeaban. Un individuo empleado de la casa se encargó de dirigirme con precipitación a la parte trasera del caserón; una vez allí abrió una puerta que estaba cerrada con llave y me introdujo por lo que parecía ser una entrada del servicio. Antes de penetrar en el edificio recordé de pronto imágenes olvidadas y accidentales de aquella zona muchos años atrás en excursiones casuales, cuando era más agreste, con casas rústicas que daban a la carretera, con filas de almendros y robles tras los muros, pero la premura de aquel hombre me impidió asegurarme de mi repentino recuerdo. El tipo me condujo por sucesivos pasillos iluminados por amplias lámparas que pendían del techo hasta hacerme llegar a la sala donde aguardaban los tres 'exdobles'. Hecho esto, desapareció. Eché un vistazo a la sala. No contaba con el mobiliario ni la decoración que correspondían con su amplitud ni con la apariencia externa del edificio: apenas algún cuadro con escenas de caza y, en medio de la pared más amplia, un gran espejo con marco de madera tallado que tenía delante una mesa tocador con patas de araña. No en el centro -que resultaba desierto y desaprovechado-, sino en un ángulo extremo de la sala, en torno a una mesa baja, había cuatro sillas, tres de las cuales estaban ya ocupadas por los que con toda seguridad eran los antiguos dobles de Isaac Rodrigo. Ni se levantaron ni respondieron al saludo que les dirigí al mirarlos. Se limitaron a observar sin expresión y así continuaron siguiéndome con la vista en mi camino hasta la silla vacía, junto a ellos, lo que resultaba incómodo e inquietante. Al escrutarlos de cerca, vi que no eran réplicas exactas del depuesto general, y que sus rostros sólo revelaban un confuso parecido físico con él. Uno de ellos había engordado exageradamente, otro parecía mucho más joven que sus compañeros y que el dictador, aunque lucía una avanzada calvicie, y otro, el mejor vestido y peinado, sorprendía por un tinte capilar trigueño del todo inesperado. Cada uno a su modo, eso sí, poseía un cierto aire remoto de parentesco con el depuesto gobernante, hasta el punto de que me pareció hallarme ante unos hermanos o unos primos desconocidos del general Rodrigo en pleno encuentro familiar.
Reaccionaron con silencio unánime cuando les pregunté sus nombres. No me respondieron y permanecieron examinándome. Apenas se miraron entre ellos hasta que me vieron desistir y bajar la cabeza hacia mi bloc de notas. Empecé a temer que todo aquello fuera una pérdida de tiempo y ya me veía a mí mismo dando explicaciones inseguras al redactor jefe de un miserable resultado. Les pregunté también a los tres cómo empezaron su antigua labor, cómo entraron al servicio del general precisamente con el cometido de hacerse pasar por él. Volvieron a mirarse, inseguros, pero, esta vez al menos con una leve señal de interés, comunicándose con los ojos las dudas sobre una posible respuesta, que se hizo esperar:
-Pues no sé -dijo el del pelo teñido-. En mi aldea me decía siempre todo el mundo que me parecía mucho a él, y hasta llegaban curiosos de otros lugares intentando verme y comprobarlo. Un día aparecieron en un coche negro unos hombres que trabajaban para el Estado y me dijeron que la Patria me necesitaba, que yo podía rendirle un buen servicio. Así fue todo.
Los otros dos hicieron suya la explicación asintiendo con la cabeza y confirmando con señales del dedo índice hacia el que había hablado, pero no añadieron nada más por su parte, dando a entender que su caso era idéntico al que se había expuesto y no había más que hablar. “Eso mismo me pasó a mí”, llegó a decir otro. “Sí, fue así”, corroboró el tercero.
Tomé unas notas rápidas y les pregunté enseguida por qué ellos eran más de uno, si acaso el general necesitaba tener varios dobles disponibles. También les hice esta pregunta a los tres indiscriminadamente, con la esperanza de que al menos uno de ellos respondiera.
-Verá -se animó a contestar el gordo-, igual que usted tiene que cambiar la foto en su cédula de identidad, como todo el mundo, porque las personas con el tiempo cambian, ¿no es cierto?, pues el general cambiaba su aspecto y su doble también, pero cada uno a su manera, perdiendo el parecido que tuvieron en su momento, ¿me explico?, y es entonces cuando había que retirarlo y buscar a otro con parecido suficiente.
Como la vez anterior, los que habían estado callados asintieron apenas con exclamaciones y gestos. A cada pregunta, contestada o no, le seguía un silencio incómodo en el que yo esperaba inútilmente alguna explicación suplementaria, alguna ampliación de las escuetas revelaciones que me hacían. Para evitar estas pérdidas de tiempo, con su incomodidad consiguiente, decidí renunciar a preguntas concretas y proponerles en cambio que me contaran sucesivamente, cada cual a su modo, lo que recordaran y tuvieran a bien revelarme sobre sus experiencias durante aquel servicio a la Patria: lo que vivieron, lo que vieron, lo que llegaron a saber...
Otra vez se quedaron pensando y cruzándose miradas. Reaccionó de pronto el más obeso poniendo como condición que vaciara mis bolsillos y me dejara cachear; no querían grabadoras ocultas ni cámaras de foto escondidas. Accedí y, de inmediato, adoptaron los tres a un tiempo una actitud resolutiva y un aire de autoridad marcial incontestable, a tono con el personaje que habían representado casi toda su vida. El de apariencia juvenil se levantó con rapidez, me ordenó ponerme en pie y me vació lo bolsillos depositando sobre la mesa las llaves, la cartera, una pequeña cámara de fotos, algunas monedas sueltas y la corbata de falsos motivos mitológicos que yo, harto de ella, había decidido llevar oculta y enrollada en un bolsillo.
Al volver a sentarme vi cómo inspeccionaba mi cámara el que iba mejor vestido de los tres y lucía un tinte capilar trigueño, no sólo sometiéndola a inspección sino valorando además la posible calidad y la tecnología del artefacto, con ademán de experto. Acto seguido, los tres se pasaron sucesivamente mi corbata, que parecían escudriñar en principio como si ésta contuviera un plano secreto relativo a altos intereses de Estado; al momento rompieron a compartir risitas y burlas más bien afables sobre aquel complemento indumentario tan ostentoso que acababan de examinar, dirigiéndome miradas de sorna desde sus rostros jocosos. Una vez relajados, y antes de que yo pudiera esperarlo, abandonaron su envaramiento castrense y se comportaron como viejos compadres.
Uno de ellos, el más obeso, se desentendió la conversación con los otros dos, de las compartidas anécdotas de su país, de sus lugares de origen, de sus respectivos recuerdos de clandestinidad de lujo al servicio del tirano y de improviso se dirigió a mí, que permanecía callado:
-Verá -me dijo-, como le hemos dicho al principio, todo empieza un día en que aparecen por tu pobre aldea, o por tu barrio, unos hombres muy serios, preguntan por tus padres, se reúnen con ellos en el hogar y les proponen aceptar para su hijo, “tan parecido a nuestro General,carajo”, un destino seguro, bien remunerado, un cargo para toda la vida como servidor del Estado...
A partir de ahí, según me fueron relatando poco a poco entre los tres, habitaron las dependencias siempre custodiadas y ocultas de viejos palacetes ruinosos, o de recintos recónditos en cuarteles distantes o en viejas prisiones militares habilitadas para oficinas del Ejército, por supuesto en plantas inaccesible al público y al resto del personal, militar o civil. Tenían garantizados los cuidados médicos, las vacaciones vigiladas, las visitadoras sexuales, una jubilación y lo que con cierta pompa llamaban “formación” sus guardianes: visionados de la cantidad ingente y reiterativa, en filmaciones antiguas y actuales, de las apariciones públicas del General con las que los atiborraban una y otra vez.
Así le referí al redactor jefe cuando le mostré mi trabajo. Llamé su atención sobre las iniciales con las que podía citar a cada uno de los tres entrevistados en mis notas, puesto que al fin me habían facilitado sus nombres y apellidos, así como sobre las fotos a contraluz acentuado que me permitieron sacar, en un cambio de actitud desde su desconfianza inicial. No ahorré a mi jefe muchos detalles sobre lo siniestro e incierto que había tenido el encargo de marras, ni de la prisa con que abandoné aquella sala cuando finalmente cumplí con mi obligación. Esto último pareció importarle un comino: me miraba sonriente, interesado más bien por el tema del reportaje y complacido por el resultado:
-Esto de mantener dobles en nómina – dijo mi jefe-, y como una propiedad, es puro goce de poderío, un lujo de megalómano como los que se permiten los delincuentes adinerados que cubren de oro y obras de arte los baños donde mean y se cepillan los dientes. Ahora -añadió-, gracias a los contactos que han funcionado en este periódico, revelaremos un aspecto más de esta buena pieza: ¡el tal Isaac Rodrigo..!
Costaba creerlo pero yo le había oído bien: “Gracias a los contactos que han funcionado en este periódico”.., había dicho. Ni una palabra de reconocimiento a mi esfuerzo y mi mano izquierda, por lo menos. Yo miraba fijamente a mi jefe dirigiéndole una mueca sarcástica, por ver si así reparaba en su desconsiderada omisión. Pero sin resultado: no se daba por aludido por más que le insistiera con mis gestos evidentes. “Ordenaré que le reserven una página entera, con texto y fotos”, dijo ufano como si él fuera el autor del reportaje. No me parecía el hombre cauto que por costumbre soportaba el peso de la veteranía con frialdad y descreimiento. Fue entonces cuando me decidí a guardar mis notas y reservarme una última revelación inesperada, algo que había decidido dejar al margen de mis informes hasta ese momento, hasta poder valorarlo con calma:
Había un cuarto doble, el más misterioso, según me habían revelado mis tres entrevistados, confirmándose unos a otros aquella sorpresa final: se trataba  por lo visto del suplantador más reciente, una copia fiel del tirano en su edad actual, ahora que los años lo habían convertido en un abuelito de su propio régimen. “Pero en realidad aún no se le ha visto aunque muchos aseguran que existe”, me decían. No era difícil sospechar que aquel doble no visto, aquello tan vaporoso, era el propio Isaac Rodrigo, que preparaba así su evasión...
Nunca lo supe. Nunca se publicó nada favorable a esa hipótesis ni otras referidas a dobles, reales o supuestos. Reviso ahora mis carpetas de entonces, cuando realicé aquel trabajo, cuando era un joven reportero durante las caídas de las últimas tiranías bananeras, y sólo veo una copia de aquella entrevista mía sobre el derrocamiento de Isaac Rodrigo, que se esfumó para el Mundo. Encuentro también por sorpresa en una de estas carpetas viejas, sin explicarme qué hacía en una de ellas, aquella corbata amarilla con adornos chillones falsamente mitológicos.

sábado, 7 de abril de 2018

AJEDREZ PARA PRINCIPIANTES MADUROS




El Alfil derecho veneraba a su altanera Reina blanca; el Alfil izquierdo, por el contrario, sucumbía al atractivo de la Reina opuesta, la negra. Tanto el Alfil derecho como el izquierdo parecían siempre impasibles, erguidos con gallardía sobre sus puestos, sin dar ninguna muestra de sus tormentos interiores.

El Alfil derecho se culpaba a sí mismo de aquella adoración tan servil como insubordinada, ajena a la bravura de su oficio militar, y el Alfil izquierdo juzgaba su atracción por la Reina enemiga una suerte de deslealtad con los suyos.

Cada uno de ellos creía que su secreto estaba bien protegido por su silencio férreo y su rigidez inexpresiva sobre el tablero. Pero se equivocaban los dos: la Reina blanca ya había sometido al dictamen del Consejo de Palacio aquella atención tan inconveniente, aunque disimulada, de su Alfil derecho; la Reina negra por su parte, cuando no se indignaba, bajaba la cabeza conteniendo en los labios una sonrisa vergonzosa por las ardientes miradas que desde lejos, más allá de las filas enemigas, le lanzaba aquel caballero blanco.

Desde las almenas de las Torres se observaban bien los sonrojos y las muecas nerviosas de aquellas supuestas contiendas de amor y desdén; en las columnas de la soldadesca abundaban entre los Peones rumores que agigantaban o retorcían los hechos.

El Alfil derecho y el Alfil izquierdo fueron desterrados por el Rey, entregados estratégicamente a las intrigas y los intereses en liza en el Palacio. Ni al uno ni al otro se les podía mencionar ni incluir en las crónicas del Reino pese a sus servicios probados. Sólo los juglares andariegos llevaban más allá de las fronteras los cantos que delataban la eficacia de la ingratitud en contubernio con el Poder, para memoria de los hombres y enseñanza de los siglos (¿...o era al revés?).