sábado, 21 de abril de 2018

FANTASÍA OPUS 12

El afinador de pianos encontró una mañana, en el mecanismo interno del instrumento que afinaba, el diario de doña Sole y, en vez de devolvérselo a su dueña, lo ocultó en su caja de herramientas. La curiosidad lo impulsó a leerlo aquella misma tarde. En aquellas páginas estaban fechadas y comentadas cada una de las visitas y revisiones que él, como afinador, le había hecho a lo largo del tiempo, con el detalle de sus cambios de aspecto sucesivos, sus pequeños retrasos cuando se produjeron y las fórmulas de saludo y despedida que no recordaba haber ido alterando. En total, eran ya nueve años desde que había empezado a afinar aquel piano y en el diario de doña Sole se volvía a ver a sí mismo con el bigote que un día suprimió, con la coleta que dejó de hacerse o con aquellos varios pantalones de pinza, y hasta con la cazadora de leñador que envejeció decolorándose… Sin embargo él no recordaba, así de pronto, el aspecto que tenía doña Sole en cada una de aquellas fechas. Repasó mentalmente y la fue recuperando como había sido: más dulce y sonriente al principio, con prendas aún juveniles; más recargada y provocativa después, con un brillo devastador en los ojos; finalmente, sobria y mustia como en la actualidad. Las anotaciones venían acompañadas de los títulos de las piezas que ella siempre se hallaba tocando cuando él llegaba. Al verlas anotadas de seguido, nota tras nota debajo de cada fecha, reparó en que eran las piezas más apasionadas o intimistas del periodo romántico. Ni se había fijado en eso.

La anotación final, por supuesto, no podía contener referencia alguna sobre aquella última visita, ya que él se había apropiado del diario; en cambio, el último apunte expresaba la confesión de que su propietaria lo había dejado esta última vez bajo la tapa del piano a propósito, como punto final a una pasión que empezó en agradecimiento hacia él por ser la única persona de la que tenía ayuda y estímulo para seguir interpretando la adorada música, sin que él lo supiera; pero fue por su oído y su técnica unidos al afinar, y por la delicada pericia con que trataba a su querido instrumento -con esmero de amante entregado y conocedor- que ella lo fue interiorizando hasta adorarlo despierta y en sueños, del embeleso a la exaltada ilusión, sin importarle delatarse esperándolo ante el teclado con aquellas notas de amor tan descaradamente reveladoras para quien supiera escuchar... Y así año tras año, hasta acabar todo en desengañada tristeza, dispuesta ella a no tocar el piano nunca más después de la Fantasía Opus 12de Schumann con que lo aguardó por última vez aquella mañana.

Las circunstancias no permitían excusa profesional para visitar a doña Sole con la esperanza de que aún no fuera demasiado tarde. Tendría que volver a aquella casa poniendo sobre la mesa todas las cartas de su sorpresa y su interés recién nacido por ella. No era posible que acabara así la historia con la mujer cuya atención por él había sobrevivido al bigote, a la coleta, a los pantalones de pinza o a la cazadora de leñador que envejeció decolorándose sin que a nadie –ni siquiera a él mismo- le hubiera importado un pimiento.

Ilustración inicial: autor desconocido.

Schumann: Fantasiestücke op 12 - Intérprete: Yeol Eum Son


EL SAURIO, EL TRADUCTOR Y LA BELLA


El esfuerzo por traducir los bellos textos -esa difícil y puntillosa fidelidad a las intenciones de la obra ajena- le deparaba al traductor un goce inusual de lectura, vedado comúnmente al lector habitual que busca en las palabras su inmediato e irreflexivo disfrute. El goce para el traductor consistía en apreciar amplificado, como en una gigantesca pantalla de plasma, todo el talento, toda la musicalidad, toda la belleza que contenían, en ajustadas dosis, las palabras, frases y párrafos de los textos que traducía, merced precisamente al trabajo lento, dubitativo a veces, que acarreaba detenerse en cada vocablo o giro del original hasta conseguir los equivalentes acertados en un idioma distinto. Era por esto su empeño en contemplar, a través de los cambios cromáticos de un camaleón que poseía, todos los matices de piel de su comprensiva amante, que se tumbaba boca arriba y cerraba los ojos, dejando escapar alguna risita nerviosa al sentir al saurio, recorriendo con morosidad sensual los promontorios, las planicies y las oquedades de su cuerpo. El traductor conocía la lentitud con que el cuerpo del camaleón pasa de un color a otro, cosa que no ocurre sin que se demore en un punto haciendo visible toda una gama de colores o matices intermedios; así que se recreaba contemplando cómo era la bella... "traducida", centímetro a centímetro, en los cambios meticulosos del animal, que siempre quedaba a un palmo de los labios, sin alcanzar nunca la boca tentadora: el traductor -inclemente- lo apartaba cada vez de la mujer tendida antes de dejarlo llegar a esa zona de la cara que habla por sí misma, siempre coloreada por alguna de las variedades del carmín que se encuentran en el mercado.

Para Juan Carlos de Sancho

miércoles, 18 de abril de 2018

LA CADUCIDAD DEL DOBLE

.Para Isabel De La Llave Cadahia
Nunca me revelaron en el periódico cómo fueron localizados los tres dobles que suplantaron durante años al general Isaac Rodrigo (jamás se mencionaba su segundo apellido), el dictador recientemente depuesto por un golpe de su propio ejército. Tan sólo podía saber que entre los miembros de nuestro Consejo de Administración había alguna persona influyente, bien relacionada con las élites políticas y financieras de ciertos países, y capaz por tanto de localizar y reunir a aquellos servidores ocultos del régimen derrocado. El redactor jefe tampoco supo, o tampoco quiso decirme, cómo convencieron a los suplantadores oficiosos para que se prestaran a coincidir en la larga entrevista a tres que me estaba encargando. Le pregunté cómo podía asegurarme, al menos, de las tres identidades.  
-Ahí tendrás las manos libres para averiguar lo que quieras, pero advierto que tendrás que ingeniártelas -me advirtió el redactor jefe-. Son seres a los que se les ha inventado una identidad nueva cuando han dejado de servir como sustitutos, alejados de su país y con una nueva personalidad. Y, además, durante el tiempo en que sirvieron al poder, los servicios secretos escamotearon al mundo su identidad, por supuesto: los mantuvieron desaparecidos del todo y recluidos quién sabe cómo y dónde.
-¿Por qué son tres?- pregunté. El redactor jefe levantó un momento la testuz y se quedó ensimismado como a quien hacen de pronto reparar en lo que no había pensado, con la vista fija en mi corbata nueva. Finalmente se encogió ligeramente de hombros.
-Eso tendrás que averiguarlo tú en la entrevista a tres -concluyó- aunque tal vez ni ellos conozcan el motivo; esa respuesta correspondería darla a los oscuros funcionarios que organizaban al dictador ese servicio tan sumamente discreto. Para lo que sí te pueden servir los tres dobles (digo “pueden”) es para describirte la vida que llevaban, cómo los preparaban para hacerse pasar por Isaac Rodrigo y las ocasiones más importantes en que tuvieron que hacerlo, o las más peligrosas. Es posible también que sepan algo de la trastienda de la dictadura, en ese sentido podrían ser un filón y deberías saber aprovecharlo con morbo.
El redactor jefe añadió finalmente, cuando yo ya cerraba la puerta detrás de mí: “Por supuesto, en tu entrevista no habrá fotos si no consigues convencerlos; de momento se niegan en redondo a salir de su exclusivo anonimato, pero necesitamos esas imágenes...”. Le dirigí con los ojos una resignada señal y me marché a la calle -era mi hora de salida- aunque antes de irme a casa visité un acostumbrado parque para poder pensar en el trabajo que me aguardaba. El día se había nublado de repente y el sol avasallador, que se había enseñoreado de la ciudad, cedió casi de repente a una luz indirecta que daba a todos los colores una consistencia más definida y más civilizada.
'¿Cómo serían esos tres sujetos?', pensaba sentado sobre un banco del parque cuando se me acercó una niña que corría jugando sola sobre los parterres y se detuvo a unos pasos frente a mí, con la mirada fija en mi corbata nueva; era una corbata amarilla con deslumbrantes adornos falsamente mitológicos que yo llevaba por cumplir con quien me la había regalado. Mientras tanto, seguía pensando en los dobles: '¿Les habrían quedado los gestos y maneras de cuando eran aclamados por la muchedumbre como al verdadero general?'. Interrumpió mis cavilaciones una joven alta de paso lento y acompasado que a mi altura dirigió la mirada un instante, sin disimulo, a la corbata colorista que colgaba de mi cuello; después siguió su camino ignorándome al ritmo de una melena negra y brillante que ondeaba a su paso. Yo disipé la impresión que me causó la chica y mi turbación por la corbata volviendo a mis pensamientos sobre el gobernante derrocado y sus tres dobles: '¿Se le parecerían tanto como gemelos?', me preguntaba. El depuesto y huido Isaac Rodrigo -recordaba- tenía un aspecto muy español: moreno, nariz aguileña, la frente elevada y estrecha, el cabello negro peinado hacia atrás. Era alto, más espigado que atlético, lo que compensaba con exageradas hombreras tanto en uniformes militares como en atuendo civil. Su nombre y su apellido, para mi enfado, recordaban a los músicos españoles Isaac Albéniz y el maestro Rodrigo; me sentaba como una pedrada, que semejante tirano se relacionara, aunque sólo fuera por el nombre, con esos dos creadores de belleza.
Tan desconocida para mí como los servidores del tirano era la mansión a la que me dirigí en el día señalado para encontrarme con aquel trío de dobles que me esperaban en ella. Estaba ubicada en una lejana e inaccesible zona residencial que siempre había visto al pasar, desde la carretera. Ni tiempo tuve para observar el edificio ni los huertos y jardines que lo rodeaban. Un individuo empleado de la casa se encargó de dirigirme con precipitación a la parte trasera del caserón; una vez allí abrió una puerta que estaba cerrada con llave y me introdujo por lo que parecía ser una entrada del servicio. Antes de penetrar en el edificio recordé de pronto imágenes olvidadas y accidentales de aquella zona muchos años atrás en excursiones casuales, cuando era más agreste, con casas rústicas que daban a la carretera, con filas de almendros y robles tras los muros, pero la premura de aquel hombre me impidió asegurarme de mi repentino recuerdo. El tipo me condujo por sucesivos pasillos iluminados por amplias lámparas que pendían del techo hasta hacerme llegar a la sala donde aguardaban los tres 'exdobles'. Hecho esto, desapareció. Eché un vistazo a la sala. No contaba con el mobiliario ni la decoración que correspondían con su amplitud ni con la apariencia externa del edificio: apenas algún cuadro con escenas de caza y, en medio de la pared más amplia, un gran espejo con marco de madera tallado que tenía delante una mesa tocador con patas de araña. No en el centro -que resultaba desierto y desaprovechado-, sino en un ángulo extremo de la sala, en torno a una mesa baja, había cuatro sillas, tres de las cuales estaban ya ocupadas por los que con toda seguridad eran los antiguos dobles de Isaac Rodrigo. Ni se levantaron ni respondieron al saludo que les dirigí al mirarlos. Se limitaron a observar sin expresión y así continuaron siguiéndome con la vista en mi camino hasta la silla vacía, junto a ellos, lo que resultaba incómodo e inquietante. Al escrutarlos de cerca, vi que no eran réplicas exactas del depuesto general, y que sus rostros sólo revelaban un confuso parecido físico con él. Uno de ellos había engordado exageradamente, otro parecía mucho más joven que sus compañeros y que el dictador, aunque lucía una avanzada calvicie, y otro, el mejor vestido y peinado, sorprendía por un tinte capilar trigueño del todo inesperado. Cada uno a su modo, eso sí, poseía un cierto aire remoto de parentesco con el depuesto gobernante, hasta el punto de que me pareció hallarme ante unos hermanos o unos primos desconocidos del general Rodrigo en pleno encuentro familiar.
Reaccionaron con silencio unánime cuando les pregunté sus nombres. No me respondieron y permanecieron examinándome. Apenas se miraron entre ellos hasta que me vieron desistir y bajar la cabeza hacia mi bloc de notas. Empecé a temer que todo aquello fuera una pérdida de tiempo y ya me veía a mí mismo dando explicaciones inseguras al redactor jefe de un miserable resultado. Les pregunté también a los tres cómo empezaron su antigua labor, cómo entraron al servicio del general precisamente con el cometido de hacerse pasar por él. Volvieron a mirarse, inseguros, pero, esta vez al menos con una leve señal de interés, comunicándose con los ojos las dudas sobre una posible respuesta, que se hizo esperar:
-Pues no sé -dijo el del pelo teñido-. En mi aldea me decía siempre todo el mundo que me parecía mucho a él, y hasta llegaban curiosos de otros lugares intentando verme y comprobarlo. Un día aparecieron en un coche negro unos hombres que trabajaban para el Estado y me dijeron que la Patria me necesitaba, que yo podía rendirle un buen servicio. Así fue todo.
Los otros dos hicieron suya la explicación asintiendo con la cabeza y confirmando con señales del dedo índice hacia el que había hablado, pero no añadieron nada más por su parte, dando a entender que su caso era idéntico al que se había expuesto y no había más que hablar. “Eso mismo me pasó a mí”, llegó a decir otro. “Sí, fue así”, corroboró el tercero.
Tomé unas notas rápidas y les pregunté enseguida por qué ellos eran más de uno, si acaso el general necesitaba tener varios dobles disponibles. También les hice esta pregunta a los tres indiscriminadamente, con la esperanza de que al menos uno de ellos respondiera.
-Verá -se animó a contestar el gordo-, igual que usted tiene que cambiar la foto en su cédula de identidad, como todo el mundo, porque las personas con el tiempo cambian, ¿no es cierto?, pues el general cambiaba su aspecto y su doble también, pero cada uno a su manera, perdiendo el parecido que tuvieron en su momento, ¿me explico?, y es entonces cuando había que retirarlo y buscar a otro con parecido suficiente.
Como la vez anterior, los que habían estado callados asintieron apenas con exclamaciones y gestos. A cada pregunta, contestada o no, le seguía un silencio incómodo en el que yo esperaba inútilmente alguna explicación suplementaria, alguna ampliación de las escuetas revelaciones que me hacían. Para evitar estas pérdidas de tiempo, con su incomodidad consiguiente, decidí renunciar a preguntas concretas y proponerles en cambio que me contaran sucesivamente, cada cual a su modo, lo que recordaran y tuvieran a bien revelarme sobre sus experiencias durante aquel servicio a la Patria: lo que vivieron, lo que vieron, lo que llegaron a saber...
Otra vez se quedaron pensando y cruzándose miradas. Reaccionó de pronto el más obeso poniendo como condición que vaciara mis bolsillos y me dejara cachear; no querían grabadoras ocultas ni cámaras de foto escondidas. Accedí y, de inmediato, adoptaron los tres a un tiempo una actitud resolutiva y un aire de autoridad marcial incontestable, a tono con el personaje que habían representado casi toda su vida. El de apariencia juvenil se levantó con rapidez, me ordenó ponerme en pie y me vació lo bolsillos depositando sobre la mesa las llaves, la cartera, una pequeña cámara de fotos, algunas monedas sueltas y la corbata de falsos motivos mitológicos que yo, harto de ella, había decidido llevar oculta y enrollada en un bolsillo.
Al volver a sentarme vi cómo inspeccionaba mi cámara el que iba mejor vestido de los tres y lucía un tinte capilar trigueño, no sólo sometiéndola a inspección sino valorando además la posible calidad y la tecnología del artefacto, con ademán de experto. Acto seguido, los tres se pasaron sucesivamente mi corbata, que parecían escudriñar en principio como si ésta contuviera un plano secreto relativo a altos intereses de Estado; al momento rompieron a compartir risitas y burlas más bien afables sobre aquel complemento indumentario tan ostentoso que acababan de examinar, dirigiéndome miradas de sorna desde sus rostros jocosos. Una vez relajados, y antes de que yo pudiera esperarlo, abandonaron su envaramiento castrense y se comportaron como viejos compadres.
Uno de ellos, el más obeso, se desentendió la conversación con los otros dos, de las compartidas anécdotas de su país, de sus lugares de origen, de sus respectivos recuerdos de clandestinidad de lujo al servicio del tirano y de improviso se dirigió a mí, que permanecía callado:
-Verá -me dijo-, como le hemos dicho al principio, todo empieza un día en que aparecen por tu pobre aldea, o por tu barrio, unos hombres muy serios, preguntan por tus padres, se reúnen con ellos en el hogar y les proponen aceptar para su hijo, “tan parecido a nuestro General,carajo”, un destino seguro, bien remunerado, un cargo para toda la vida como servidor del Estado...
A partir de ahí, según me fueron relatando poco a poco entre los tres, habitaron las dependencias siempre custodiadas y ocultas de viejos palacetes ruinosos, o de recintos recónditos en cuarteles distantes o en viejas prisiones militares habilitadas para oficinas del Ejército, por supuesto en plantas inaccesible al público y al resto del personal, militar o civil. Tenían garantizados los cuidados médicos, las vacaciones vigiladas, las visitadoras sexuales, una jubilación y lo que con cierta pompa llamaban “formación” sus guardianes: visionados de la cantidad ingente y reiterativa, en filmaciones antiguas y actuales, de las apariciones públicas del General con las que los atiborraban una y otra vez.
Así le referí al redactor jefe cuando le mostré mi trabajo. Llamé su atención sobre las iniciales con las que podía citar a cada uno de los tres entrevistados en mis notas, puesto que al fin me habían facilitado sus nombres y apellidos, así como sobre las fotos a contraluz acentuado que me permitieron sacar, en un cambio de actitud desde su desconfianza inicial. No ahorré a mi jefe muchos detalles sobre lo siniestro e incierto que había tenido el encargo de marras, ni de la prisa con que abandoné aquella sala cuando finalmente cumplí con mi obligación. Esto último pareció importarle un comino: me miraba sonriente, interesado más bien por el tema del reportaje y complacido por el resultado:
-Esto de mantener dobles en nómina – dijo mi jefe-, y como una propiedad, es puro goce de poderío, un lujo de megalómano como los que se permiten los delincuentes adinerados que cubren de oro y obras de arte los baños donde mean y se cepillan los dientes. Ahora -añadió-, gracias a los contactos que han funcionado en este periódico, revelaremos un aspecto más de esta buena pieza: ¡el tal Isaac Rodrigo..!
Costaba creerlo pero yo le había oído bien: “Gracias a los contactos que han funcionado en este periódico”.., había dicho. Ni una palabra de reconocimiento a mi esfuerzo y mi mano izquierda, por lo menos. Yo miraba fijamente a mi jefe dirigiéndole una mueca sarcástica, por ver si así reparaba en su desconsiderada omisión. Pero sin resultado: no se daba por aludido por más que le insistiera con mis gestos evidentes. “Ordenaré que le reserven una página entera, con texto y fotos”, dijo ufano como si él fuera el autor del reportaje. No me parecía el hombre cauto que por costumbre soportaba el peso de la veteranía con frialdad y descreimiento. Fue entonces cuando me decidí a guardar mis notas y reservarme una última revelación inesperada, algo que había decidido dejar al margen de mis informes hasta ese momento, hasta poder valorarlo con calma:
Había un cuarto doble, el más misterioso, según me habían revelado mis tres entrevistados, confirmándose unos a otros aquella sorpresa final: se trataba  por lo visto del suplantador más reciente, una copia fiel del tirano en su edad actual, ahora que los años lo habían convertido en un abuelito de su propio régimen. “Pero en realidad aún no se le ha visto aunque muchos aseguran que existe”, me decían. No era difícil sospechar que aquel doble no visto, aquello tan vaporoso, era el propio Isaac Rodrigo, que preparaba así su evasión...
Nunca lo supe. Nunca se publicó nada favorable a esa hipótesis ni otras referidas a dobles, reales o supuestos. Reviso ahora mis carpetas de entonces, cuando realicé aquel trabajo, cuando era un joven reportero durante las caídas de las últimas tiranías bananeras, y sólo veo una copia de aquella entrevista mía sobre el derrocamiento de Isaac Rodrigo, que se esfumó para el Mundo. Encuentro también por sorpresa en una de estas carpetas viejas, sin explicarme qué hacía en una de ellas, aquella corbata amarilla con adornos chillones falsamente mitológicos.

sábado, 7 de abril de 2018

AJEDREZ PARA PRINCIPIANTES MADUROS




El Alfil derecho veneraba a su altanera Reina blanca; el Alfil izquierdo, por el contrario, sucumbía al atractivo de la Reina opuesta, la negra. Tanto el Alfil derecho como el izquierdo parecían siempre impasibles, erguidos con gallardía sobre sus puestos, sin dar ninguna muestra de sus tormentos interiores.

El Alfil derecho se culpaba a sí mismo de aquella adoración tan servil como insubordinada, ajena a la bravura de su oficio militar, y el Alfil izquierdo juzgaba su atracción por la Reina enemiga una suerte de deslealtad con los suyos.

Cada uno de ellos creía que su secreto estaba bien protegido por su silencio férreo y su rigidez inexpresiva sobre el tablero. Pero se equivocaban los dos: la Reina blanca ya había sometido al dictamen del Consejo de Palacio aquella atención tan inconveniente, aunque disimulada, de su Alfil derecho; la Reina negra por su parte, cuando no se indignaba, bajaba la cabeza conteniendo en los labios una sonrisa vergonzosa por las ardientes miradas que desde lejos, más allá de las filas enemigas, le lanzaba aquel caballero blanco.

Desde las almenas de las Torres se observaban bien los sonrojos y las muecas nerviosas de aquellas supuestas contiendas de amor y desdén; en las columnas de la soldadesca abundaban entre los Peones rumores que agigantaban o retorcían los hechos.

El Alfil derecho y el Alfil izquierdo fueron desterrados por el Rey, entregados estratégicamente a las intrigas y los intereses en liza en el Palacio. Ni al uno ni al otro se les podía mencionar ni incluir en las crónicas del Reino pese a sus servicios probados. Sólo los juglares andariegos llevaban más allá de las fronteras los cantos que delataban la eficacia de la ingratitud en contubernio con el Poder, para memoria de los hombres y enseñanza de los siglos (¿...o era al revés?).

miércoles, 28 de marzo de 2018

9 nuevos breves



¡Cada uno en su casa y Dios en la de todos!”, dijo la abuela primera. “Todos tenemos problemas”, añadió la abuela segunda, “y el que no los tiene sale a la calle a buscárselos”.
Las dos se dieron la razón con movimientos afirmativos de cabeza y se cogieron del brazo para dar el paseo e las tardes.

(Y quien no tenga abuela, que se aprenda el Refranero)













Por muy breve que fuera, aquel cruce de miradas no me cabe en un microrrelato.

TERRORES MUY FORMALES
De noche le espantaban aquellos telefonazos a tan altas horas: sus pesadillas, de paseo por la ciudad, le avisaban siempre de su vuelta a casa.


CONFESIÓN Y FINAL


Su tatuaje y el mío no se hablan desde anoche. El de ella prometió seguir queriéndole sobre las arrugas y las manchas de la edad. El mío le confesó que era pintado.


Y PUNTO

Pirateó por Internet los puntos del carnet por puntos, los puntos de las principales ligas deportivas y hasta los puntos de su operación de rodilla; lo intentó con dos de los cuatro puntos cardinales e incluso se bajó los 'punto en boca' necesarios para mantener todo eso en secreto, pero vivía temiendo que alguien, algún día, le pusiera los puntos sobre las íes...

EN SEMANA SANTA

Me asomé a ver el paso de la procesión del Ku Kux Klan. Portaban sobre un trono a un Judas viviente que pendía de un patíbulo con su bolsa de monedas. Éste me señaló con el dedo como al próximo reo de aquel linchamiento litúrgico. Desde entonces me camuflo bajo odiosos hábitos blancos y capuchas puntiagudas. 





EL guía del museo se alarmó al comprobar que las caras de los visitantes se repetían ya tanto como sus explicaciones.


El elefante olisqueaba el jardín especialmente embriagado por el olor de las rosas, hasta que una abeja le demostró con su aguijón los peligros de la flora civilizada.


SELECCIÓN muy NATURAL
Las olas que invadían las oquedades de aquel acantilado no arrastraban los desechos que dejaban los bañistas... sino a los mismos bañistas.


DIETÉTICA FUTURISTA
Aquel comensal presumía de estarse zampando un postre de cucarachas, alimento del futuro. Le advertí que eran dátiles.

viernes, 1 de diciembre de 2017

BONSAI



Hacía mucho que no oía llorar un gato como lo oigo esta noche. Eso quiere decir, probablemente, que en este barrio ningún vecino ha tenido gatos durante años, hasta ahora. Los gatos lloran como bebés roncos, dicen que atormentados por el celo. Yo no estoy tan seguro de que esa queja desgarrada que oigo sea fruto de las ganas de aparearse y no se deba al miedo o al desamparo, que es a lo que de verdad suena. Primero me exaspera, como el llanto de un niño enfermo que no ha aprendido a decir lo que le pasa y por el que no se sabe qué hacer, y al final me entristece. Esta vez el lamento parece venir del interior de un piso cercano, amortiguado por las paredes de alguna casa; llega aniñado y humano. Hace tiempo que tampoco he visto a ninguno por aquí; no he visto gatos en ninguna azotea ni en ningún balcón; apenas he sorprendido a alguno, callejero, merodear cerca de los contenedores de la basura o esconderse bajo la carrocería de algún coche. No ha habido más con los gatos durante años. No he querido criar ninguno desde que no tengo a Bonsai, ni he cultivado la nostalgia de haberlo tenido. Pero el llanto de ese gato me hace recordar cuando sí lo tuve y remontarme a años atrás.
Inesperadamente, ese pelaje pardo que parece llegar ahora desde la tiniebla del pasillo, la figura felina que recorre en silencio el salón de esta casa, ya no es el viejo Bonsai sino su recuerdo en mí, una réplica repentina evacuada del trastero de mi memoria. La cabeza redonda, pequeña en proporción al cuerpo alargado que pasea su elegancia camino del cojín sobre un sillón vacío, es el doble perfecto de aquella hermosa cabeza que hace mucho no habita aquí, reavivada por el llanto de ese otro gato que gime afuera. Cuando lo tuve no me sobresaltaba que brincara sobre mí jugando aunque no lo esperara ni lo viera venir, ni que saliera de un escondrijo bajo una mesa para aprisionarme una pierna, ni que me despertara recorriendo el colchón después de saltar a la cama; sabía siempre que era él, me tenía acostumbrado a sus movimientos inaudibles, a su tacto, a sus saltos sobre superficies mullidas. Sin embargo, después de que se fuera y me pareciera verlo aparecer de improviso en cualquier parte de la casa, ahí sí que me asustaba. Me impresionaban y me entristecían esas visiones fugaces que me asaltaban de improviso con frecuencia: lo podía confundir con un cojín, con una chaqueta tirada sobre el sofá o con una mochila en el suelo. Eran los fantasmas de la costumbre, de mi antigua convivencia con él, los espectros de sus antiguas apariciones habituales en toda la gama de sus actitudes felinas.
De momento no puedo dormir; me vigilan y aguardan diversos Bonsais espectrales en todo el apartamento; el gato vivo y real que una vez tuve era uno solo pero esas réplicas imaginarias no tienen límite a la hora de prodigarse: me espera un gato inmaterial tras la puerta de la cocina, otro debajo de la cama o en un extremo del sofá o escondido en la bañera. Y todos ellos me remiten a aquella noche, una cierta noche inquietante y agorera, y la continuidad de lo que sucedió en ella. Y es verdad que sucedieron cosas, aunque la llegada del sueño pareciera poner fin a la jornada borrando todos sus acontecimientos para dejar sitio al día siguiente por venir. Tras unas horas dormido, recuerdo, desperté y noté algo así como un felino de tamaño humano abrazado a mi cuello, repitiendo en mi oído un ronquido sensual que finalizaba en un suspiro profundo. El fulgor de unos ojos híbridos, a un tiempo de persona y de pantera aferrado a mi cuello, hizo que me apartara gritando y que apenas empezara a tomar consciencia de la realidad cuando, apartado, me senté en el filo de la cama y respiré aliviado al percatarme de que era Sagrario quien ocupaba sobre el colchón el mismo lugar del cruce de humana y gato, o de gata y humano, al que creí estar abrazado un segundo antes. Había llegado, cuando yo ya dormía, de su turno de noche en la centralita del hotel.
-Hombre, ya sé que me ha vuelto el catarro- dijo una voz congestionada- No creo que te contagie otra vez, no te alarmes así- añadió la voz quejosa que tanto me confortaba oír aunque se le notara la mocarrera que ocupaba su nariz y confería una sonoridad indolente a su voz. Miré el reloj; por la hora deduje que haría dos horas y algo más que habría vuelto de su turno en la centralita del hotel.
La observé. Me había hablado inmóvil, tendida sobre el costado, con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. La posición era la de alguien dormido. Hasta ahora no había hecho falta que se identificara nunca las noches en que entraba en la cama mientras yo ya dormía. Como al gato, que también usaba cama, la deducía por las costumbres, la reconocía por su peso sobre el colchón o por su roce con mi cuerpo, y no me confundía con ninguno de los dos. Tuve un difuso mal presagio por la quiebra de aquellos reconocimientos implícitos que tanta seguridad daban a nuestra convivencia, la de los tres. Me tendí sobre el costado mirando a la pared, aliviado de que no fuera verdad que un fenómeno de la naturaleza me hubiera tenido atrapado por el cuello. Me tendí sobre el borde de la cama en el que me había sentado, casi en el filo, para permitir que Sagrario recuperara el sueño cuanto antes pero ella insistió en preguntar por qué me había apartado así de ella, por qué me encontraba tan inquieto. Me coloqué boca arriba y vi a Bonsai sentado sobre las patas traseras, atento a la escena. Contesté a Sagrario que nada, nada de importancia al menos, tal vez el efecto de una pesadilla, y me volví de costado hacia mi lado de la cama.
-¡Eh, cariño...! -insistió, presionando levemente con el índice en mi espalda; yo ya sabía que iba a insistir- ¿Qué pesadilla extraña fue esa?... Dime-. Quería escuchar y enterarse. Estaba acostumbrada a escucharlo todo y de todo en su trabajo, me había dicho: escuchaba las consultas de las llamadas internas y externas de los clientes del hotel, sus peticiones y sus encargos; atendía preguntas sobre habitaciones libres, sobre precios, sobre números de teléfonos, masajes, comedores o lavanderías. Orientaba por teléfono a los ya hospedados sobre teatros, organismos, floristerías, coches de alquiler, transportes públicos, restaurantes o comercios renombrados. Programaba las horas a las que algunos decían querer ser despertados, comunicaba el adelanto de la factura a los que lo solicitaban...
Su cuerpo permanecía relajado, abandonado del todo a la comodidad del colchón. Su respiración y los músculos de su cara seguían pareciendo engullidos por las profundidades del sueño. Era como si me estuviera entendiendo con dos mujeres: una, Sagrario, cansada y amante de placeres como dormir; otra, la telefonista de hotel, que no dormía, acostumbrada a todo tipo de voces y a algunos idiomas, siempre atenta a lo que ocurriera o lo que quisieran contarle. Por un momento, lo recuerdo, no supe si seguir hablando o si abandonarme al sueño y dejar que transcurriera así el resto de la noche. No podía saber si ella estaba a punto de dormirse o todavía esperaba más detalles sobre lo sucedido.
- No sé -respondí al fin sin saber si ella me escuchaba-. Una pesadilla, ya te digo. Algo desconocido se me aferraba al cuello. No recuerdo más.
El gato se había ovillado a su lado de la cama y ronroneaba en sueños. Dormía con la cabeza apoyada sobre el bulto de los pies de Sagrario. Y seguiría durmiendo o se levantaría por su cuenta para beber agua, desahogar alguna urgencia o sencillamente merodear en alguna parte de la casa, en cualquier momento de la noche.
-Anda, duerme- juraría que dijo ella en un susurro débil y lejano, pero cómo asegurarlo si momentos antes había estado despierta y hablando con aquella inmovilidad relajada de todo el cuerpo y su voz me había llegado como desde otra mujer, sin que yo viera sus labios moverse debajo del cabello negro y ensortijado que cubría su boca. La poca luz de la calle que se colaba entre las cortinas iluminaban su pijama de satén con lunares rojos. Ahora, además, emitía desde la hondura de sus cuerdas una especie de gemido sonoro, nasal, propio de quien celebra una nueva postura sobre la cama, que sonaba a máxima placidez. Ella gemía, el gato ronroneaba sobre sus pies, el despertador se sumaría a la fanfarria en poco tiempo.
Anda, duerme”, había dicho. Pero faltaba poco para el amanecer y las primeras luces que se filtrarían a través de las cortinas. Desactivé el despertador para que el sueño de Sagrario no se viera innecesariamente interrumpido y la contemplé un momento flotar en el sueño al que parecía haberse entregado por fin. Se volteó de improviso desprendiendo otro gemido de goce inocente. Tenía una mano sobre la cabeza del gato, que se había desplazado hasta su cintura. Parecían ya inseparables. Y eso que al principio les costó acostumbrarse el uno a la otra. Sagrario acortaba las estancias en la casa cuando la visitaba, nerviosa por las carreras del gato de un lado a otro, por sus saltos entre los muebles, por los lanzamientos de juguetes que apartaba de sí con las patas para después lanzarse sobre ellos, y por la vigilancia recelosa del animal que sentía sobre ella. El gato, por su parte, le soltaba resoplidos de rechazo si ella intentaba acercarse o acariciarlo y, con la misma, se perdía de vista; maullaba protestando cuando Sagrario y yo nos abrazábamos o nos sentábamos uniendo nuestras cabezas. Sin embargo, después de la vez en que ella se agripó y acabó instalándose con nosotros para ser cuidada, el gato fue su compañía vigilante a los pies de la cama y ella no dejó de mostrarle agradecimiento hablándole, acariciándolo cuando se acercaba, imitando sus maullidos y sus ronroneos. Convaleciente aún, cuando ya pudo levantarse de la cama, permanecía largos momentos sobre el sofá acompañada del gato, al que no dejaba de rascar suavemente en el cuello o en la panza admirando la pelambre casi rubia bajo las manchas marrones, redondas como anillos en el costado y las alargadas rayas oscuras lo largo del cuerpo. Desde entonces, Bonsai reservaba para mí el juego más gimnástico y competitivo -con dosis de brutalidad- mientras a ella se acercaba para dedicarle largas miradas con parpadeos ostentosos, le empujaba el cuello o la mejilla con su hocico o se restregaba en una de sus piernas con la cola en vertical. Ante estas muestras de adoración casi permanentes, Sagrario no sólo respondía con agrado: desperezaba el cuerpo y se atusaba el cabello entregándose a un ligero éxtasis de vanidad, con sonrisas que se me antojaban triunfales. Ya le había oído decir a ella en un reciente desayuno: “No puede haber muchas mujeres en el mundo adoradas por un gato bengalí”. Ciertamente, era difícil conseguir ejemplares de esa raza y, en ciertos lugares del mundo su venta suele ser exclusiva, pero al principio pensé que su comentario era trivial, incluso irónico. Sin embargo hacía tiempo que se habían afilado sus rasgos, las recientes ondulaciones de su cabello negro, el rímel que le confería misterio y profundidad, y el lápiz de ojos con que estiraba sus contornos hasta la sienes habían dejado atrás un rostro más redondeado e infantil, con las olvidadas gafas de lente circular y aquel cabello liso dividido sin sofisticación por una simple raya a la mitad. Ahora solía mostrarse ufana y rozagante, sonriendo a menudo para sí. A la vista de lo que estaba ocurriendo tuve que admitir en esos días que algo se estaba transformando, que la hasta entonces escasa vanidad de Sagrario, henchida aparentemente por la devoción de Bonsai, se le desbordaba por todo el cuerpo.
***

El llanto de ese gato anónimo pareció haber desaparecido hace tan solo un breve rato, pero vuelvo a oírlo, esta vez más seco y lejano, y me recuerda el maullido casi inaudible -apenas un hilillo de voz suplicante- del Bonsai que entró en esta casa y en mi vida siendo un bebé desvalido: las primeras tomas de leche, la botella de agua tibia en la cajita donde le tocaría dormir, la instalación precipitada de comedero, bebedero y bandeja de arena. Cuando lo veía hacerse poco a poco con el espacio de la casa y cuando compartía los primeros juegos con él, poco me importaba que su raza se hubiera originado en un cruce de gato doméstico y de gato bengala o leopardo asiático, como también le llaman, ni cualquier otro antecedente suyo: era tan sólo mi gato, ni más ni menos. A pesar de eso, lo llamé Bonsai por considerarlo la miniatura de un felino grande, aunque eso apenas fuera una concesión a su figura peculiar y al exotismo de su procedencia. Debo decir, sin embargo, que aquella mañana en que me levanté antes de la hora -desvelado por la pesadilla que me hizo creerme aprisionado por un ser híbrido de felino y humano-, el animal me acompañó a la cocina como siempre esperando una ración leche, pero no me rodeó con sus juegos, no se restregó en la pernera de mi pijama ni me miró dirigiéndome los primeros maullidos del día: se limitó a acompañarme erguido y observándolo todo con ojos de renovado asombro. Me pareció de golpe mucho más corpulento y mayor, también más lejano y extraño, como si hubiera asumido en pocas horas que era un producto de la selva, un prodigio reclamado y cotizado en círculos donde no faltarían estafadores y traficantes de ejemplares valiosos, todo eso de lo que había quedado a salvo en las alturas de nuestro apartamento, que era todo su espacio conocido.
Cuando abrí la puerta para salir de casa, lo vi observando desde lejos sin acercarse corriendo a despedirme; permanecía a pocos metros quieto, noble, majestuoso y -me traspasó otro presagio impreciso y doloroso- parecía dedicarme un último reconocimiento.
Las horas en el trabajo disiparon la rareza y las últimas congojas de la pasada noche. Regresé al medio día pensando que encontraría a Sagrario desperezada y activa, ordenando ropa y reubicando objetos mientras oía música en la radio; y a Bonsai, por su parte, siguiéndola por curiosidad o bien por el contrario desaparecido, oculto en uno de sus recovecos secretos.
El día era luminoso y colorista, como para ahuyentar recuerdos tenebrosos y malos augurios. Aprecié un tráfico pintoresco y variado de personas en mi vuelta al barrio, que recobraba el aspecto cosmopolita que le habían arrebatado los peores años de la crisis. Me percaté de muchas caras desconocidas que ocupaban el lugar de antiguos habitantes que un día dejaron atrás sus casas, sus comercios, sus restaurantes o sus talleres. Observé los negocios nuevos, abiertos con esperanza o temeridad a un futuro incierto, entre ellos una clínica veterinaria recién inaugurada, donde entré para comprar a Bonsai una nueva pelotita de las que botan endiabladamente hasta el techo y un cojín con rascador. En una tienda de delicatessen compré un vino artesanal para alegrar la próxima cena que tuviera en casa con Sagrario.
En contra de todas mis previsiones, el apartamento estaba en silencio cuando llegué. No había rastro de actividad alguna a la vista. Ni la mujer ni el gato respondieron cuando cuando pregunté por ellos en voz alta. No percibí ningún rastro de vida a mi paso por el recibidor, por el baño o por la cocina. Abrí con delicadeza la puerta ya entreabierta del dormitorio. De lo que entonces vi sobre la cama puedo desconfiar todavía por lo sorprendente de la escena y por los pocos segundos que soporté observarla. Sagrario estaba boca arriba como poseída, mirando a las alturas y con el pantalón corto del pijama de satén sobre la almohada, abandonado junto a su oreja. Por debajo de su cintura, había un gran bulto activo y oculto bajo la colcha que ocultaba la pierna derecha de la mujer; la pierna izquierda sobresalía desnuda de la frazada, y sobre ella una pata de Bonsai que abría y cerraba con lentitud su zarpa sobre el muslo de ella. Todo lo demás ocurría bajo la ropa de cama.
Tanto Bonsai como Sagrario debieron notar mi presencia por la respiración o por alguna sombra que proyecté. Yo estaba enmudecido y petrificado. Ella me dirigió unos ojos de criatura extraña y enajenada que parecieron desconocerme y Bonsai asomó su pequeña cabeza para lanzarme una mirada temible, acompañada de uno de esos resoplidos de rechazo o advertencia que reservaba para visitas particularmente odiosas. Sin proponérmelo, me di enseguida la vuelta y recorrí el apartamento hasta la puerta de la calle. Deambulé en la calle sin rumbo, incapaz de sacudirme la incredulidad ni la tristeza por todo lo que presentía. Podría desconfiar todavía, después de tanto tiempo, de aquello que vi si no fuera porque a mi vuelta ya no estaba ninguno de los dos; tampoco el coche de Sagrario. Ella nunca me contestó al teléfono móvil y había abandonado su piso sin dejar señas nuevas. También intenté dar con ella, sin resultado, en el hotel donde había trabajado. Tampoco sirvió de nada denunciar sus desapariciones.

Ojalá no llorara más ese gato afuera, ojalá no me los recordara insistentemente, y su maullido acabara disipándose de una vez en el viento o en la lejanía. En el insomnio que me espera por su causa me cabe apenas pensar, como consuelo, que los dos desaparecidos habían estado siendo objeto de una transformación de la que no me di cuenta, un cambio que más tarde o más temprano tendría que consumarse, incluso involuntariamente. También es verdad que tanto vale acogerse a esa explicación como creerse cualquier otra, dadas las circunstancias. Cualquier especulación me servirá esta noche, acaso, para distraer a duras penas el desgarro de una duermevela interminable y despiadada como un remordimiento.

viernes, 17 de noviembre de 2017

AEROPUERTOS


En estos tiempos de revuelo patriótico y furor identitario, vuelvo a soñar con aeropuertos. Me gusta frecuentar esos espacios impersonales,desprovistos de color local, superficies inmensas concebidas con lujo y sofisticación para apenas momentos de paso. Disfruto con la babel de lenguas que se suceden en los altavoces. Miro los paneles que consignan las salidas y llegadas de aviones, con sus procedencias y destinos, como si tuviera al alcance de la mano desaparecer rumbo a cualquier lugar del mundo dejándome llevar de un simple impulso. Todo parece estar abierto y al alcance de la mano. No cargo con mitos, leyendas ni símbolos que me señalen el camino para bien o para mal.

Veo la variedad de rasgos de pasajeros que facturan, esperan, embarcan o regresan sin tiempo ni necesidad para el arraigo ni la costumbre; veo en algún momento que entre toda esta gente se abre paso un equipo de tripulación: azafatas, auxiliares y pilotos que arrastran sus equipajes con ruedas camino a algún avión próximo a despegar. Durante el vuelo serán humanos: tendrán nombres, graduaciones, rutinas, rostros y gestos. En el vestíbulo extenso del aeropuerto, en cambio, son fugaces seres del aire que han accedido a avanzar apresurados entre la muchedumbre en tránsito.

Pruebo a permanecer en uno de estos espacios cosmopolitas sin ningún plan de volar, sin esperar a nadie tampoco, como quien visita una ciudad. Hay nutridos estancos y librerías actualizadas, supermercados, boutiques... En la cafetería-restaurante encuentro de casi todo, y casi todo ello aséptico, precintado, dispuesto de un modo práctico casi para ser dispensado y consumido en cadena de montaje, al servicio de lo indispensable.

Hay algo de orfandad y desamparo en estos paseos apátridas, con sensaciones de vacío, pero también el estímulo renovado para construirse sin las agarraderas protectoras de lo heredado o de lo ya aprendido.