martes, 11 de julio de 2017

MARIPOSAS PARA EMILIO


Ellas alcanzaron el esplendor, se alzaron como mariposas únicas, deslumbraron en la historia y las ficciones al desplegar y batir las alas más hermosas; con ellas trazaron el vuelo más insuperablemente esquivo e inaccesible para algunos pobres mortales, impotentes ante su gloria o su belleza. Se llamaban, por ejemplo, La Malinche, Diana Spencer, Ana Bolena, Gilda o María de Magdala. Para mayor melancolía, nunca pudieron volver a la etapa de crisálida cuando les llegó el abandono, el hacha del verdugo, el campo de concentración o la prostitución. No hubo forma de protegerlas; los pobres mortales comprobaron que ellas eran igual de inaccesibles en la decadencia y la tragedia que en el vuelo triunfal.

Mariposas imposibles es el título del único libro de poesía publicado hasta ahora por Emilio González Déniz, y en sus páginas reserva con tino su atención y su música a cada mariposa. La segunda parte del poemario lo componen textos de amor con colores dominantes, colores sin correspondencia apreciable con situaciones o matices de la pasión: cada color muestra un valor desconocido según el verso en que se le encuentre.

Emilio González Déniz es desde hace ya tiempo uno de los novelistas indiscutibles de Canarias, maestro en la obra coral o en la novela corta o más íntima. Bardinia, La mitad de un credo, Bolero para una mujer o Tríptico de fuego son ejemplos de su prolijo talento. Su última novela, El tren delantero, es todo un homenaje al cine y una muestra de su maestría también en las narraciones cortas que aparecen ensartadas en su argumento.


BREVE MUESTRA DE TEXTOS

Diana Spencer

Cenicienta se calzó unos zapatos de cristal
y voló en carroza de fantasía
para ir a encontrar a su príncipe antes que el reloj diera las doce.
Blancanieves anduvo entre los enanos
mientras esperaba a su príncipe,
que finalmente llegó en bayo corcel altivo.
la bella durmiente soñó plácidamente durante cien años
hasta que el beso de su príncipe soñado la despertó.

A ti te condujeron hasta el príncipe de los príncipes,
el Príncipe de Gales,
en carroza de fantsía, calzada, vestida
y coronada con el cristal más limpio del mundo,
el diamante,
coqueteaste con enanos y soñaste con el beso del príncipe,
pero él no quiso besarte.
El reloj dio las doce y entraste en el túnel del tiempo,
sin beso y sin príncipe.

La bruja había ganado.

___________

Wang Joung

Fuiste escogida para ser deposada por el dios
de carne que habitaba la Ciudad Prohibida.
Él te dedicó algunos instantes,
pero su carnalidad gozaba más del sudor de los esclavos.

No te importó el rechazo del dios
porque ser mirada un instante por él
era el privilegio más alto que podía gozar una mujer mortal.

Estuviste a su lado cuando lo destronaron,
le sostuviste la corona cuando a la fuerza
lo hicieron monarca de Manchuria,
y lloraste su prisión cuando lo condenaron
a cuidar para siempre el jardín de la Ciudad Prohibida.

Vagaste sola por los tugurios de  Pekín, Cantón y Shangai.
Antes de diluirte en el olvido,
vendiste en los mecados del amor de Hong-Kong
la delicada piel de porcelana
de la única y no desada esposa de P'u Yi,
el último emperador de China.

_________

Ojos de frecuencia larga.
espiral estrecha, verde.
Nace en mí la esperanza al evocarlos
en miradas vivas,
vegetales.
La vida es parda como tu mirar verde,
vivo verde,
quietud,
pardo,
par (a) do (s).

___________

El incoloro azul de tu sonrisa
se va en el aire.
la saliva, beso transparente,
azul en la mejilla, roja
en los labios.
Malva otra vez y
transparente, llenas vacíos
y eternizas llanos.
Estás, crees y sientes,
malva da tu besar,
madad de paraíso.
Sonrisa azul, roja succión,
malva-da.

__________

Mariposas

Mariposa es mujer que quiere ser otra:
ella misma.

Dos mujeres,
una sola, con las manos abiertas,
buscándose en las mariposas,
falenas de imposibles,
mariposas de la pasión no correspondida,
reflejos de mujer que huye de la realidad.

Todas las mariposas buscan imposibles.

La niña de las mariposas, de Antonio Padrón

martes, 14 de febrero de 2017

LA RADIO Y YO



Aunque suelo ignorar los establecidos “Días Internacionales de...”, ayer día 13 de febrero no me sustraje a la celebración del dedicado a la Radio, medio de comunicación al que había desplazado hace años de mis hábitos de oyente en favor de la Televisión o de la navegación por Internet. En estos últimos meses, sin embargo, he recuperado ese mundo, donde se descubren innumerables e interesantes personajes y acontecimientos que no parecen caber en las programaciones de las cadenas televisivas ni en las páginas de la prensa escrita, y cuyo rastro en la web suelo desconocer: aventureros, nutricionistas serios, divulgadores de los últimos descubrimientos, escritores noveles con obra ya considerable o activistas sociales comprometidos con causas arduas y desconocidas. Ayer fue, para mí, un día para recordar momentos familiares de la lejana niñez en torno al aparato de radio, cuando adjudicaba con la imaginación rostro, decorado y color a las voces que parecían provenir del artilugio y los actos y sucesos que estas describían.
Hubo un tiempo ya lejano en que se podía seguir la radionovela Ama Rosa en la calle, camino a casa y sin tener transistor, sólo con prestar atención a los aparatos de radio de las casas vecinas en el barrio suspendido en un inquieto silencio. Tiempos en que seducían la dicción y el verbo de los Boby Deglané o Matías Prats padre presentando o transmitiendo espectáculos musicales, humorísticos o deportivos. Tiempos de orquestas que sonaban como las de “Yo soy aquel negrito” o emisoras con las que podías quedar enganchado oyendo durante horas música árabe fácil de sintonizar. Hubo un tiempo asimismo en que fue la Radio el medio de la propaganda política por excelencia para informar, desinformar o promover la conformación y crecimiento de los grandes movimientos de masas, en ocasiones con discursos en lengua extranjera que lograban seducir por el ritmo y la fuerza declamatoria de aquellas voces a las que no se les entendía nada. O tiempos en que era posible la broma pesada y genial que un joven Orson Welles gastó a la población estadounidense haciéndole creer con recursos radiofónicos que la Tierra estaba siendo invadida, en tiempo real, por extraterrestres. Era ayer el momento de recordar todo eso como también que, cuando parecía que la Radio iba camino de una segura y total postergación, se hizo imprescindible herramienta social la noche de un 23 de febrero, en la que el Congreso de los Diputados de una democracia recién nacida permaneció secuestrada por unos desagradables golpistas, al parecer afortunadamente chapuceros.
Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la Radio ha conseguido extenderse y complementarse con la Televisión o con la Red: sus programas se pueden ver, filmados, desveladas las fisonomías y los espacios que se dejaban en exclusiva a la imaginación antes aguijoneada por los sonidos. Tal vez vayamos camino de una confusión o combinación de recursos para ser informados o entretenidos cuando hasta ahora, todavía, dependemos de uno solo de preferencia.
Ayer se concedieron públicamente lo premios culturales El ojo crítico, espacio de Radio Nacional donde oí nombrar a jóvenes dramaturgos, escritores y músicos de los que no había oído hablar pero a los que merece la pena seguir la pista. Tuvo el premio especial del jurado el cineasta José Luis Garci, director de las míticas Asignatura pendiente y Solos en la madrugada. En la modalidad bianual “premio iberoamericano” se reconoció al poeta portugués Nuno Judice, voz de un interés indudable del que no habría tenido noticia (yo al menos) si no es por este programa de Radio.

martes, 17 de enero de 2017

PARTES NOMBRADAS



En los senos se llamaba Nuria; su novio escondía la cara entre ellos ahuecando la pronunciación de aquel nombre repetidamente. Sus hombros, en cambio, se llamaban Matilde; él se los había bautizado horas antes, a la luz del primer atardecer, cuando sobresalían de las tiras de un vestido fresco de verano. En el cuello era Elvira, donde su amante se detenía apenas el tiempo de recorrerlo, declamándolo, antes de descender hacia otras zonas. Las manos se le convertían en Belén, sobre todo en las palmas cálidas y protectoras donde él refugiaba la cara unos segundos. Allá abajo sus pies,como dos desconocidos, pertenecían a Amanda, y eran siempre tratados con devoción en los empeines. En sus rodillas y corvas, se transformaba en Teresa casi sin tiempo para acostumbrarse. Se convertía en Davinia en la extensión del vientre, bajo la franja de luz que llegaba del postigo y cruzaba la cama. Llegado el momento, el culo respondía al nombre de Yazmina. Y casi a continuación, ella veía a su chico desaparecer entretenido entre sus piernas, fondeando en los pliegues y las cavidades estremecidas que allí había, intrigada pero divertida, ganada por el morbo de aquella infidelidad con todas las desconocidas, imaginarias o recordadas, que sin embargo confluían en ella, o que eran ella. Cuando el tipo levantaba la cara y la acercaba de nuevo, la chica quedaba siempre aguardando a que finalmente la bautizara a ella, a ella toda, por si él era capaz de nombrar algo de aquel fulgor en sus ojos, de su curiosidad o de la tensión surcada en su frente, de la media sonrisa en la comisura y de sus palabras en voz baja, preguntando. Pero él se quedaba, una noche más, balbuceando de nuevo en la penumbra, intentando impotente un nombre que no acababa nunca de abrirse en sus labios, un palabra que la abarcara plenamente, hasta que vencido dejaba caer la cabeza en la almohada prometiendo que la próxima vez sin falta, la próxima vez, mi amor, le surgiría de adentro por fin cómo nombrarla inventándola, con naturalidad, una próxima vez en que ella nuevamente empezara llamándose Nuria, allí en los senos...

Foto: Natalia Mindru

lunes, 16 de enero de 2017

SI YO LES DIJERA...


Si yo les dijera que existe una narración de hace décadas (*) que aborda asuntos como el acoso escolar, la integración y la homofobia cuando aún no se llamaban así. Si yo les dijera que las circunstancias de esa narración se ambientan en tiempos de crisis y pobreza. Si les dijera igualmente que en esos tiempos duros los lazos familiares de los personajes les permiten unirse para celebrar, al menos sin carencias alimenticias, una festividad nacional. Si les dijera que el autor nos detalla con mano maestra los platos y los postres de una gastronomía familiar de tradición campesina suculenta... de los primeros platos a los postres.

Tal vez si les dijera todo eso, ustedes pensarían que una historia así, de existir, habría tenido que ser ya muy reeditada y leída en una época de estrecheces que muchos han sorteado gracias a la pensiones de los abuelos y demás ayudas de la parentela providencial; una época asimismo sensibilizada contra el acoso, la homofobia o la marginación de los diferentes. Si, además, existe un auge de la afición y competición culinarias rayanas en el empalago, esa narración debería haber sido la narración de la crisis, de esta gran recesión de la que no se sabe si hemos salido o si vamos saliendo...

Pues podría decirles que añadan a todo lo anterior que se trata de una obrita breve, de lectura fácil y agradable, que en unos casos se ha publicado como novela corta y en otros, como cuento literario. Para más inri, digamos también que la personalidad de su autor, en un episodio con morbo de su vida, ha sido recreada por el cine en una reciente película de éxito: Capote, protagonizada por Philip Seymour Hoffman. El escritor Truman Capote, por lo tanto, le sonará incluso a mucha gente que no lo ha leído en su vida -incluso a gente que no lee a nadie- gracias a la pantalla grande, lo que no deja de ser un tirón.

Me resulta imposible tener la respuesta a por qué no se ha acudido a una obra así, tan oportuna además de excelente, para la reedición, la lectura (incluida la escolar) o el debate. Pero eso, improbables lectoras y lectores, es un desafuero que siempre se puede enmendar, todo un vacío a llenar con facilidad interesándose por buscarla, leerla y sacarle todo el provecho estético y educativo que facilita.

(*) El invitado del día de Acción de Gracias, de Truman Capote

jueves, 22 de septiembre de 2016

FUEGO DE NADIE, de Verónica GARCÍA


“Cual sea mejor, amar o aborrecer.
Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante
y soy diamante al que de amor trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.”.  Sor Juan Inés de la Cruz, Musa Dézima,


Verónica García ha ganado recientemente el VII Premio Internacional de Poesía "Ciudad de Santa Cruz de la Palma" con el libro Fuego de nadie (Ediciones La Palma, 2016).

Es este un poemario, descarnado, con implacable intromisión de la anécdota, que sugiere poema a poema, hasta su final, el desarrollo de una pasión amorosa destructora e incontenible, compuesto según  un plan ordenado y lineal del que ya advierten desde el principio las citas introductorias de Sor Juana Inés de la Cruz y de Shakespeare.

De la crudeza sin escapatoria, presumiblemente biográfica, de estos poemas dan cuenta las innumerables referencias de insobornable naturalismo en el trágico inventario de esta "historia". La portentosa riqueza de creación de imágenes -propia de los trabajos de Verónica García- se desenvuelve en un estimulante surrealismo enérgico, rico en hallazgos tan acertados como imprevisibles.

Verónica García comenzó su andadura literaria con La mujer del cubo verde (premio de poesía Tomás Morales 1986). A este libro siguieron Sinestesia, Posibles enunciados, El universo de los náufragos, La isla del Caimán, Lapso, Atonal y Resucitar del agua. También es coautora de los poemarios colectivos De amor y locura, La fiesta innombrable y Las bocas del agua.


PEQUEÑA MUESTRA DE POEMAS

Besos que dan asco

Este es un tiempo de faroles bajo el puente,
de besos que dan asco y aceite que fluye
hasta el sí de la mirada.

El río está seco pero inunda los trigales.

Sé romper la pared con la cabeza
y desnudarme junto a los grafitis
sin respirar.

Mi corazón es un libro
que quiere ser leído, insiste en espera
de un martillo que rompa tu coraza.


Olas en celo

Desde tu ventana una bola de fuego se escapa,
la veo ascender, alejarse,
apacigua sus llamas quemando los árboles,
su luz en el callejón será tormenta mañana.

Nado sobre olas en celo

un incendio de agua besa mi locura.


Veneno

Consulté con la Mantis Religiosa, quise aprender su lenguaje,
estar a la altura de tus exigencias.

Me esmeré en darte veneno, inventé un infierno contra tu lluvia ácida.

En tu boca la Mantis probó la locura

desistió

¡Pobre Mantis drogada!


Monoloco

Hay un guión escrito en los andamios
entre hierro fundido y ventanas rotas,
habla de un mono loco que descansa
al borde de lo irreal y se deja caer
sobre los cuerpos que arden.

Monoloco que estás en fuego de nadie

¡Déjame en paz!



Sin pedir permiso

Por Gigoló, por sádico,
por monstruo te amo.

Porque me das
y tomas lo que quieres
sin pedir permiso:
mejor que morir de celos
o intentar curarme.



Sol ficticio

No soporto la terapia si me obliga a dejarte,
no quiero ver la luz al final del túnel,
mis ojos están acostumbrados a la penumbra.

Construí un castillo de arena y me aferro
a él a pesar del vaivén de la ola,
no quiero ver el fondo, prefiero la superficie
deslumbrante de este sol ficticio.

Mejor sería borrar tu contacto, no verte más,
tirar la rosa del delirio, pero dejo la terapia.



Cañaveral abierto

El duelo no se escribe, abre su cauce a los ahogados,
pinta de verde las palabras que padre talló en mi pupila.
Escuece su grava en el zapato, una noche en su desierto
es mejor que el primer día de los astros.

Vengo por la espuma, no por tu recuerdo.

Me quedo por el mar, no por el cañaveral abierto,
sólo por tus cenizas en la costa, por los pájaros
del amor que sabes darme.

Quiero flotar en la tormenta de tu nombre
y que escuches mi voz de resina.

Quiero dormir sin miedo, hazme una cuna.
Abre el océano y sumerge mi lava.

Dejo atrás la capa del deseo, un huracán blanco
me desnuda y ya no soy mujer ni paloma,
soy vórtice del ciclón que teje los planetas.

He llegado por la muerte, me conoce desde niña.

jueves, 9 de junio de 2016

APENAS UN REMANSO

En el café. Kika Selezneff 
Doña Valentina no observaba apenas a Gedeón, para qué; le era ya familiar, demasiado familiar, verlo corregir ejercicios en la sala del café, con la taza al lado, dejando con frecuencia que el cortado se le enfriara sin darse cuenta, como también era previsible verlo levantarse para recalentar el líquido en el microondas, en ocasiones más de una vez; ése era el único momento en que él alzaba la vista de los papeles, sin decir ni media, sin ocuparse de quién entraba ni de quién salía.

Don Gedeón tampoco reparaba en Valentina; estaba demasiado acostumbrado a verla calentar café nuevo de un modo resolutivo y casi automático cada vez que llegaba, y disponer sobre la mesa, en platitos de cartón con cubiertos de plástico, algunas de las galletitas, pastelillos o bombones que quedaran en la amplia alacena, haciéndolo todo con un dinamismo tan maquinal y silencioso como si pensara marcharse de inmediato después de beber un sorbo, como una ejecutiva sin tiempo. Pero esta vez Valentina, inesperadamente, detuvo en seco los pasos en una de sus vueltas entre la alacena y la cafetera eléctrica, abrió los ojos sorprendidos y se giró sobre los talones observando intrigada los ejercicios que corregía Gedeón.

-Disculpa -le dijo-, pero me he fijado cuando paso cerca y veo que las notas que pones son todas de nueves y dieces, nueves y dieces... Chico, ¿tan bien te va?

Gedeón sonrió con modestia antes de confesarle que se trataba de los exámenes de los empollones, siempre empezaba por ahí para animarse a corregir los ejercicios: "¡Ya vendrán después otras notas, ya!", pronosticó. Valentina apenas concedió un gesto de comprensión a su compañero y se dirigió de nuevo a la cafetera eléctrica. A la vuelta se sentó frente a él, le puso delante una taza con café nuevo y le acercó la lata grande que contenía una buena variedad de galletas en cestitos de papel plisado. “Para que te animes aún mas”, le dijo. Él tan sólo dirigió los ojos sobre las gafas hacia las novedades de la mesa y le dio las gracias a Valen, después continuó a lo suyo.

-A cuerpo de rey estás, ¿eh, Gedeón? -le preguntó Valentina- No es el Cafetín de Buenos Aires, ya te gustaría, pero no te falta de nada. Si acaso, la música...

Gedeón levantó la cabeza y arqueó las cejas sorprendido, por las atenciones y por la mención al histórico tango. No se lo esperaba en ella. Y Valentina sonrió como si hubiera previsto su sorpresa.

-¿Qué te creías, que sólo tú conocías de tangos? Tienen letras preciosas, soberbias, y yo soy la de Lengua y Literatura, no lo olvides. Cafetín... es para mí casi el mejor, como poema -opinó Valentina, y arrancó a canturrear con voz muy suave: “... Nací a las penas /bebí mis años /y me entregué sin luchaar”. 

-Ya veo que te gusta -le reconoció Gedeón. Y se le ocurrió proponerle, tan sólo hablando por hablar-: ¿Qué tal si montamos aquí un día del tango, tú y yo, como actividad específica de tu Lengua y Literatura? Hay días en el año para todos los asuntos, así que por qué no... Y que acabe todo el mundo hablando lunfardo, que se arme una buena. Yo aporto los discos.

Che, malevo! -replicó Valen de inmediato-, soy la de Lengua (...Castellana) y Literatura, no lo olvidés. El lunfardo es casi otro idioma y yo no soy una entendida, tal vez tú sí -dijo, y se llevó la taza de café a los labios; después le arrimó aún más el cortado a Gedeón, incitándolo a tomarlo antes de que se le enfriara.

¡Lunfardo, dices!; mirá que sos fanático, Gedeón”, continuaba ella la broma cuando empezó a oírse el tintineo seco del manojo de llaves del portero del centro, cuyos pasos parecían aproximarse aunque de momento no se pudiera precisar a qué distancia estaba ni si en realidad se dirigía a la salita. Esperaron guardando un silencio momentáneo y el sonido de las llaves fue en aumento. Serafín apareció finalmente en la puerta con su ropa de faena, el llavero abultadísimo al cinto, y saludó antes de entrar.

-Llegas a tiempo, Serafín. Hay café recién hecho -informó Valentina al portero y se dirigió a Gedeón, avivándolo-: ¡Pero don Gedeón..., ofrezca usted unas galletas a nuestro guardián de bienes, de esas que tiene ahí cerca! 

-¿A nuestro qué...?

-Se llama guardián de bienes, que no portero. Ya has aprendido algo nuevo, ¿ves? Soy la de Lengua y Literatura.

Serafín, guardián de bienes, rechazó las galletas con una sonrisa y se apoyó en un lado de la puerta con la tacita de café en la mano.

¿Sabes, Serafín? -dijo Valentina-, los porteros (los guardianes de bienes) son los
Cafetín de Buenos Aires, José Marchi
personajes más alucinantes y misteriosos de los colegios. Nunca se sabe dónde están ni por dónde van a aparecer, siempre precedidos por el ruido de sus llaves, que los anuncian pero sin descubrirlos; cuando hay silencio por esos pasillos se oyen las llaves por más tiempo y alargan el misterio. Conocen lugares del edificio donde nadie ha puesto la vista ni sabe qué puede haber, si es que a alguien le interesa: sótanos, pasadizos, desvanes, pozos... Conocen materialmente las tripas de la iluminación y la ferretería de todo este decorado. Y a eso hay que añadir (ojo) lo que van sabiendo discretamente de todos a lo largo del tiempo, la historia acumulada de los cursos y de los equipos que se han ido sucediendo, la cara oculta de los acontecimientos...

-¡Ya será menos..! -repuso Serafín, cabeceando y sin abandonar una sonrisa tímida.

-Dime una cosa -inquirió Valentina-: tú que estás en todas partes, ¿no te habrás topado en algún momento, por algún sitio, con el DRON de don Gedeón, aquí presente? Es sabido que un día vio, o creyó ver, un DRON espiando por la ventana de su clase con malas intenciones, y después por la ventana de un pasillo, y que el cacharro no se le ha vuelto a aparecer desde entonces, aunque todo el mundo se ha quedado con la duda y ya hay otras personas que fantasean mucho con el DRON de don Gedeón.

Lo había dicho así y lo había repetido: “el DRON de don Gedeón”, proclamando el fenómeno como un ser real y notorio, a cuya relación -ya del dominio público- Gedeón tendría que resignarse por un tiempo, sobrellevando la curiosidad, la desconfianza o la guasa de quien quisiera recordarle aquella aparición voladora. La misma alusión de Valen y sus preguntas del momento parecían responder a esas tres intenciones: la curiosidad, la desconfianza y la guasa, como si brincara de una a otra alternativamente y no pudiera saberse en cuál de ellas se establecería al fin.

-¿Eh, Serafín? -persistió Valentina-, ¿no has visto volando por ahí nada parecido? Ese artefacto debería llevar un cascabel, algo colgado que anunciara que está cerca, como a ti te anuncia el llavero. Claro que tal vez no sea cosa real sino imaginada, o algo mágico, o tal vez sea un enviado de poderes que están más allá de nuestro control, quién sabe, para vigilarnos. En ese caso... ¿quién le pone el cascabel al DRON?

-En ese caso -intervino Gedeón- daría escrúpulo intentarlo. Nadie pondría ese cascabel... ni al gato.

-¿Has dicho “escrúpulo”...de verdad has dicho eso? -preguntó Valentina con cierto asombro en la mirada- ¡Es curioso, es realmente muy, muy curioso..!

Miró a uno y a otro sin desvelarles qué era tan, tan curioso, manteniendo el suspense y la expresión de asombro. Gedeón y Serafín intercambiaron discretamente una mirada de desconcierto. El portero había cambiado de repente la amable y tímida sonrisa por un ademán interesado y grave. Gedeón arrugó el entrecejo fijando dos ojos como dos signos de interrogación en su compañera y, al fin escamado por la intriga, le preguntó casi ofendido si por casualidad él había empleado mal la palabra “escrúpulo.”

-Está bien empleada, pero no se trata de eso -Valentina miró a uno, después al otro, cada vez más picados por la incómoda curiosidad-. Es como si hoy todo se concatenara -explicó- y todo guardara relación de un modo sorprendente (el DRON, el llavero, el cascabel, el escrúpulo): ¿saben cómo se llama el pequeño grano interior que hace sonar un cascabel? -y volvió a hacer una pausa dramática, sin desvelarles la respuesta todavía -En realidad es prodigioso.

-Rediez, dínoslo ya... ¿Cómo se llama? -apremió Gedeón.

-¡Espera, hombre!, los estoy preparando porque esto es demasiado hermoso y aquí hay corazones sensibles -advirtió Valentina. Serafín hizo señas de que ya se tenía que marchar y ella unió sus manos en forma de ruego para que esperara un instante más-. Pues atiendan: el grano que hace sonar el cascabel por dentro se llama es,cru,pu,li,llo -dijo enfatizando cada sílaba, y finalmente repitió todo seguido-: ¡escrupulillo! ¿No es poético, no es maravilloso? -preguntó a nadie en concreto-. A mí es que esa palabra me llega al alma, a lo más hondo...

Y antes de que se le escapara un sollozo, les recordó que ella era la de Lengua y Literatura.




lunes, 6 de junio de 2016

¿PERO QUÉ LE PASA A VENUSIA?


El solajero deslumbraba hiriendo los ojos, destellaba en el suelo y difuminaba el colorido de las flores. Don Cleofás, protegido por la boina de visera, miraba preocupado al patio de recreo que ese día le tocaba vigilar; tenía la vista puesta sobre el encuentro de fútbol que disputaban alumnos de dos cursos diferentes, y se alarmaba en realidad por varios motivos. Una de sus preocupaciones, la más urgente, era de carácter solidario y exigía una inmediata intervención: veía a don Gedeón en ese momento en el centro del patio, distraído en pleno partido de fútbol, así que sin dudarlo encargó a dos alumnas le advirtieran de su parte del riesgo de recibir un pelotazo en los morros y de que sus gafas salieran volando por ahí. Y es que Gedeón no parecía percatarse en realidad de los tumultos en que se internaba durante las avanzadas y los retrocesos de los contendientes en torno a la pelota, ni de las certeras patadas o los cabezazos que la impulsaban atravesando una buena extensión del patio. Además de preservar a su compañero de un empujón o del oprobio de acabar alcanzado por un disparo futbolero, convenía a Cleofás evitar quedarse solo en la vigilancia del patio teniendo encima que atender a un Gedeón accidentado. Don Cleofás vio desde lejos a las niñas dándole el recado, y vio asimismo al advertido apartarse a un lateral del terreno de juego, donde tampoco se percató de que un niño se ocultaba detrás de él para escapar de otros con los que jugaba, usando su cuerpo como escondite.

El segundo motivo de interés era la frecuencia con que algunos pequeños jugadores, demasiados en realidad, se llevaban el pulgar a la boca imitando el gesto que últimamente repetía más de un jugador famoso, o la forma en que señalaban con los índices al cielo después de haber realizado una jugada -como también hacían Messi y otros cuantos más- y, sobre todo, la persistencia y facilidad con que escupían sobre el terreno de juego, andando o parados con las manos en la cintura. Pensó que, al menos en lo relativo a escupitajos, algo se debería hacer “en el terreno educativo”. Vio a otra persona que también parecía imitar a la gente destacada del fútbol, y no era esta vez ningún niño ni ninguna niña, y ése era su tercer motivo de preocupación: doña Venusia, de 1º E, caminaba por los alrededores del patio hablando por el móvil, sola, cubriéndose la boca con la mano libre a la manera de las celebridades, en especial los entrenadores y los presidentes de clubs de fútbol. ¿A qué venía aquel gesto? Al parecer ella había salido del edificio central para hablar a solas por el móvil, se podía entender, pero ahora no parecía que hubiera nadie atento a ella y menos capaz de una lectura de labios a distancia: los alumnos estaban a sus juegos y Gedeón probablemente ni la viera. “Está claro”, concluyó Cleofás, “que con un gesto así más bien se arriesga a que se fijen en ella”. ¿Pero quién?
Doña Venusia, sin apartar la mano izquierda de su boca, y sosteniendo aún el celular con la derecha, empezó a mirar con suspicacia hacia los edificios cercanos cuyas ventanas daban al patio del colegio, una multitud de ventanas, también de balcones, del vecindario donde nunca se veía a nadie asomado -curiosamente- ni limpiando los cristales, pero tras los que, con seguridad, habría ojos escudriñando las entradas y salidas, los recreos, la cuesta empedrada, el jardín, el emparrado bordeado de pequeñas columnas y los movimientos de todo el mundo; alguien oculto detrás de unas cortinas o retirado unos pasos, velado por la sombra. Ella contraía los párpados para afinar la vista y fruncía los labios en un rictus de desconfianza mirando hacia aquellas viviendas. Cleofás ya no pudo seguir distrayéndose con ella; una encendida bronca por un gol confuso había hecho que el niño árbitro se retirara, intimidado, y había en ese momento dos adversarios desafiándose, a punto de resolver la cuestión a trompetazos, jaleados alrededor por sus respectivos partidarios. Se dirigió al lugar del altercado pero en el camino vio que ya Gedeón intervenía con prontitud disolviendo el mogollón y enfriando los ánimos.
Aunque quiso estar más atento al patio a partir de entonces, no pudo evitar fijarse en don Atilio, de Educación Física, que era quien deambulaba ahora por los alrededores del espacio de recreo hablando por su móvil. Buscó con la vista a doña Venusia y de momento no la supo ver; ella se reveló a sus ojos de repente saliendo del bosquecillo conformado con plantas autóctonas en un extenso parterre lateral, un jardín muy formativo cuya vegetación abuntante era ya lo suficientemente tupida como para perderse en ella. Su vestido veraniego de falda larga, de color amarillo claro, le había permitido camuflar su figura entre las flores de risco (amarillas) los matos de risco (amarillos) las orejas de gato (amarillas) y también entre los cardos yesca, los cardos crito y los girasoles, todas flores de un deslumbrante amarillo. A Atilio se le notaba en la cara que veía llegar a Venusia hasta él encandilado por tanta amarillez esplendorosa, luego incómodo por tener que entender lo que ella le decía sin dejar de atender la voz al otro lado de su teléfono móvil y, finalmente, asombrado de que su compañera le cubriera la boca con su mano cuando él intentaba hablar por el teléfono. Ella, por toda explicación, llamó su atención sobre las ventanas del propio colegio señalándolas con el índice. ¿Qué le preocupaba ahora de esas dependencias escolares tras las ventanas: aulas, oficinas y despachos hacia donde por costumbre tampoco se mira nunca pero que posiblemente tengan dentro alguien que tal vez sí observe, o vigile, incluso en horas de recreo? Imposible no seguir curioseando cuando Venusia agarró a Atilio por una de las mangas del chándal intentando llevarlo de la mano acá o allá para señalarle, al parecer, todos los lugares desde donde podían verlo anónimos espectadores, dentro y fuera del recinto. Tampoco fue posible no fijarse en cómo Atilio, con rostro alucinado, incluso asustado, se zafaba de la mano Venusia retirándole su antebrazo con energía para escapar enseguida hacia el bosquecillo, perdiéndose entre los tajinastes, dragos, cardones, cedros y las flores plantadas entre ellos.
La algarabía motivada por el único gol indiscutible de aquel encuentro devolvió su atención al campo de juego. Vio cómo el ímpetu de unos cuantos abrazos sucesivos hizo tambalearse al goleador, que perdía el equilibrio. También había alumnos corriendo eufóricos por todo el patio al tiempo que se quitaban la camiseta para dejar al descubierto otra interior, a lo Iniesta; se incrementaron los escupitajos al suelo, lanzados por ganadores y perdedores, así como proliferaron de inmediato los jugadores que se chupaban los pulgares antes de reubicarse en el terreno. Gedeón, por su parte, cumplía con su cometido vigilante, sin distraerse lo más mínimo, y hasta parecía complacido con el desarrollo del partido. El juego se reanudó con un saque reglamentario en los últimos minutos del recreo; ya se jugaba serenamente por cumplir, sólo por agotar el tiempo destinado al fútbol.
Volvió a mirar a los alrededores del patio. Ya no había rastro de doña Venusia ni de don Atilio; era de suponer que habrían entrado los dos en el edificio, cada uno por su lado. Miró de nuevo hacia todas aquellas paredes y ventanas en las que rutinariamente nadie reparaba nunca, él al menos no les había prestado atención hasta ese momento en que la extraña agitación de Venusia se las hizo notar. Eran, en realidad, demasiados probables espectadores con los ojos puestos sobre uno, a diario, ojos que sumar a los de los alumnos en las clases, que era el público visible y permanente. Siempre estaban expuestos los profesores -pensaba- siempre actuando ante alguien, para alguien, la imagen y la voz siempre entregadas... en un constante escenario. No era de extrañar que cualquiera más susceptible a la atención ajena -alguien tal vez muy perfeccionista, o muy vanidoso- se preocupara tanto como Venusia lo había hecho por tanta supuesta expectación, o como él iba a tener que preocuparse sin remedio por el pelotazo inesperado en la barriga que acababa de recibir; ¡cómo dolía! Desde quién sabe qué ventanas, y tras qué cristales, lo estarían viendo doblarse sobre sí, caminar torpemente con el tronco inclinado hacia adelante y las manos en el estómago, con la boina de visera caída sobre el suelo y pisada por los alumnos que en su auxilio lo rodeaban, que le preguntaban cómo se sentía, que comentaban entre ellos sobre su palidez indudable. Deseaba calmarlos, deseaba recuperar resuello para poder decirles no es nada, se irá pasando, dejen ahora que me apoye en este poste, no me rodeen de esta manera porque necesito aire, un poco de aire nada más... Y no le gustaba que le vieran así. La luminosidad de las primeras horas se iba convirtiendo en agotamiento y bochorno de día carbonizado, en pieles sudadas y excitación nerviosa que enconaría los ánimos hasta la hora de salida, y también en aquella sensación de presión sobre sus sienes caldeadas, confundida ahora con el dolor, ya que en las tripas aún le pesaba el impacto doloroso como una como un bloque de algo sólido y con aristas. Cerca de él repiqueteaban los últimos botes a ras de suelo de la pelota que lo alcanzó. Levantó la cabeza para intentar decirles gracias a todos, ya estoy mejor, no se me echen encima, y vio venir hacia él a don Gedeón apresurado dando largas zancadas, estudiándole con preocupación el semblante tras los reflejos de sus gafas.
-Rediez, don Cleofás -oyó que exclamaba Gedeón-, rediez, reonce y redoce elevados al cubo, ¿estás bien? ¡Vaya cañonazo directo al hígado!... Hay que fijarse más, hay que estar más al loro, compañero. Como yo.