martes, 5 de junio de 2018

Kafkiano viene de Kafka


1
Don Gedeón despertó sin poder recordar cómo era, de qué trataba, aquel sueño que acababa de dejarle en el cuerpo un impreciso mal presagio. Comprobó que la luz del día era ya plena a pesar de las cortinas que aún permitían dormir a la mujer tendida a su lado. Desde que apartó las sábanas para incorporarse se sintió confusamente extraño y, al mismo tiempo, se le recrudeció el regusto del mal sueño que había empezado a disiparse. Se esforzaba de nuevo en retener al menos una pista de la pesadilla, algo que lo ayudara a tirar de la aquella historia. Le parecía que iba conseguirlo de un momento a otro pero apenas empezaba a adentrarse en la madeja de un argumento o entrever el esbozo de un escenario, enseguida se disolvían todos los intentos de reconstruir al menos una frase, una fisonomía, un lugar. Tan sólo recuperaba de aquel sueño brochazos sin forma de un amarillo chillón y un rojo de sangre seca sobre bultos indescifrables.
Sentado al borde de la cama, respiró hondo y se desperezó. Notó cierta torpeza en sus movimientos y un tacto desacostumbrado en los dedos cuando se masajeó el pelo para relajarse. Lo atribuyó a su despertar agitado y se levantó de la cama. Se puso en pie con la impresión de que su cabeza inesperadamente iba rumbo al techo, hasta el punto de que se agachó para evitar darse un golpe en la coronilla. Pasado el susto, se vio de pie al lado de la cama con su estatura de siempre; no se lo explicaba. Atónito por unos segundos, se encogió finalmente de hombros y alargó el brazo para abrir la puerta del dormitorio. De inmediato vio cómo su brazo se extendía más allá de donde él había pretendido, y al contraerlo de inmediato también le pareció que lo hacía con una rapidez mayor que la que él había aplicado al movimiento. Se le vino a la cabeza, casi caprichosamente, la historia de un tipo que despertó con un cuerpo diferente al suyo, una chifladura del cine o de los libros, no podía recordar del todo, algo muy angustioso. Le habría gustado que su compañera hubiera estado despierta para pedirle que lo observara y le dijera si le notaba algo extraño, algo que él no notara, pero tuvo en cuenta en seguida los turnos de noche de la mujer en la centralita de un hotel, las horas que le imponían sin respeto a contrato, y renunció a despertarla. Comprobó que su cuerpo se ajustaba como siempre a las dimensiones del pijama, sin que su persona lo desbordara, sin que se reventaran las costuras y sin que brazos ni piernas sobresalieran de la prenda. Era otro dato importante. Pero aun así, la impresión de que algo en él excedía sus dimensiones, o tal vez sus impulsos o su coordinación corporal, se afianzaba más por momentos. Hay que ver, pensó, lo que hace la cabeza de uno, cualquiera diría que sigo dormido y soñando.
Abrió la puerta para salir del dormitorio notando una leve inseguridad en sus cortos pasos. Lo alarmó de repente el aleteo frenético con que lo recibió el pájaro canario que se agitaba dentro de su jaula; el animal intentaba volar como si quisiera escaparse dándose golpes contra los barrotes de su pequeña prisión. Nunca había hecho aquello. Gedeón temió que aquella reacción se debiera a su presencia y caminó hacia una silla alejada de la jaula. Sentado, vio cómo el canario desistía al fin de sus intentos de huida y cómo se mantenía, vuelto hacia él, sobre un columpio de la jaula, con las alas extendidas en señal de desafío. El pecho del pájaro bombeaba como si fuera a estallar en cualquier momento. Gedeón se levantó con cuidado y caminó hacia el baño rozando las pared opuesta a la de la jaula, le preocupaba aquella respiración tan agitada y deseaba que el pájaro recobrara la calma. Se le vino de nuevo a la cabeza el tipo aquel que despertó con un cuerpo distinto al suyo, le pareció recordar que una vez fuera de su habitación el personaje aquel, cariñoso e inofensivo, infundía pánico y rechazo en sus seres queridos. Era un libro, ahora estaba seguro, algo alejado de sus gustos que seguramente le animaron a leer hacía mucho tiempo.
La ducha caliente, habitualmente muy rápida, se prolongó como en ninguna otra ninguna mañana. Gedeón no acertaba a mantener el equilibrio acostumbrado remojándose, enjabonándose, secándose. Parecía que sus miembros actuaran por su cuenta y le complicaban la tarea de ducharse cuando, además, evitaba resbalar sobre el plato de la ducha. La detención en la sala por el incidente con el pájaro y la tardanza en acabar de ducharse le retrasaron sobre el tiempo previsto para salir de casa puntualmente, camino al trabajo. Decidió renunciar a afeitarse, así que salió del baño sin poder verse bien sobre el espejo empañado por el vapor del agua caliente. Aún no había podido observarse para buscar algo, alguna muestra aunque fuera muy vaga, de un cambio, una rareza en él. Recorrió la sala intentando no acercarse a la jaula. El canario había relajado su respiración y su pequeño cuerpo no bombeaba de aquella manera alarmante. En la habitación, intentó compensar con apresuramiento su torpeza al vestirse. Lo hacía casi sin apartar la vista de la mujer dormida que tanto atraía su mirada, la que por los turnos de noche no lo acompañaba ya a los locales de baile donde habían solido acudir.

2
Salió de la casa con el calor de un café reciente en el estómago, sin tomar nada más. Por no saber lo que en verdad le ocurría, renunció a usar su coche aquella mañana. Aún así se acercó al vehículo para mirarse en el espejo retrovisor, donde se vio pequeño y alejado por el efecto de distorsión de la superficie convexa. El taxista que lo llevó no pareció apreciar nada en el pasajero, y eso que Gedeón estuvo atento por el rabillo del ojo a cualquier posible gesto de asombro o de alarma por disimulado que fuera. Finalmente, aprovechó que lo llevaban de un lado a otro de la ciudad sin que tuviera que hacer nada sino dejarse trasladar y se relajó recostado en su asiento. Quiso observar los detalles laterales de la carretera en las que no solía detener la vista y recrearse en las nubes, los edificios o las bocacalles que el taxi iba dejando atrás. Volvió aquella impresión agorera del mal sueño pero esta vez no le prestó la mínima atención. Le asaltó el recuerdo de los últimos momentos en su casa, antes de salir a la calle, y recobró en su memoria un cabello largo y ensortijado cubriendo casi del todo la mejilla de la mujer dormida en su cama; de haber tenido él más tiempo y ella menos cansancio, la habría despertado entre juegos, haciéndole cosquillas en la nariz con las puntas de sus cabellos como ella solía hacerle, así hasta que estornudara, y hubiera preparado el desayuno para los dos. Todavía era temprano para telefonear pero se propuso llamarla a media mañana para preguntarle, entre otras cosas, por el estado del pájaro canario. Empezó a sentir un sueño tardío cuando la luz cruda que lo despertó se empezaba a nublar y la brisa adquiría una agradable frescura que le recorría los miembros a través de la ventanilla del coche. Las nubes, de un tramo a otro del recorrido, pasaban del añil al rosa o a un amarillo manzanilla. El mal presagio del sueño se confundió al fin con las extraña impresiones que había tenido sobre su cuerpo y con la reacción del pájaro en su jaula. Unas repentinas gotas le hicieron incorporarse en el asiento, reanudar el estado de vigilia, cerrar la ventanilla y secar los cristales de sus gafas; se las colocó imaginando la reacción del pájaro en la jaula multiplicada por la multitud de personas con las que tendría que vérselas en su día a día y en las repercusiones de esa temida excitación masiva. Cuando llegó a su destino, el taxista tampoco dio esa vez señales de curiosidad o asombro en el rápido vistazo que le dedicó para despedirlo pero desde el taxi Gedeón vio que en el pavimento, en aquella calle aledaña al colegio a donde llegaban los coches, se había formado un gran charco debido a la lluvia o bien a los manguerazos del servicio municipal de limpieza, al fin cristalino donde intentaría escrutar su aspecto de arriba a abajo y despejar esas dudas sobre su cuerpo que no había resuelto hasta ahora ni con los espejos ni con el taxista, primer y único ser humano despierto con quien había tomado contacto aquel día.

3
A la izquierda de don Gedeón y frente al charco en plena crecida por la lluvia, dos alumnas del centro educativo observaban la superficie del agua intentando descubrir qué era lo que buscaba ahí el profesor. A su derecha, un grupo heterogéneo de estudiantes lo miraban con curiosidad esperando que respondiera a la pregunta que uno de ellos le hacía: “¿Qué está mirando en el charco, profe, se le ha caído algo?” Gedeón no respondía, imantado por la superficie del charco donde las gotas que seguían cayendo generaban ondas concéntricas sucesivas y donde un ligero viento erizaba la superficie y le impedía obtener una visión nítida y estable de sus propias trazas. También estaba ajeno a que, a su espalda, el alumno de 6ºC Arnold Tanausú hacía amagos burlones de empujarlo hacia el agua estancada. “¿Qué le pasa hoy, don Gedeón?”, oyó que le preguntaba una voz conocida, “¿está montando una clase para estos niños sobre el ecosistema de la charca, bajo la lluvia?”. Era doña Basilia, que le hablaba sin detenerse y con la cabeza gacha para proteger su cara de la lluvia, sin fijarse detenidamente en Gedeón y más bien mirando al soslayo a los niños que lo rodeaban: “¡Andando a ponerse a cubierto!”, les conminó, “que van a coger una pulmonía y después vienen los papás reclamando!” Gedeón abandonó resignado el intento de verse o de que lo miraran con la debida atención y se encaminó al interior del colegio buscando cobijo. ¡La sala de profesores!, pensó. Aunque llegaba muy ajustado de tiempo, todavía podría, si se apresuraba, encontrar ahí a casi todo el personal. Y alguien, se dijo, alguien al menos podría revelarle alguna cosa o dar muestras de asombro si se le alargaban los miembros o se le descontrolaban los movimientos como a un potro acabado de nacer. Entró en la sala con pasos cortos y precavidos, mirando a un lado y a otro a la espera del primer aspaviento, de la primera pregunta pasmada o, directamente, de la desbandada gritona que provocaría el pavor contagiado. Encontró a cada quien como solía, previsible, ritual, ocupando el mismo asiento fijo que parecía pertenecerle en propiedad y concentrado encarnizadamente en el rol que repetía a diario sin variación alguna: quien era gracioso hacía su gracia al coro fiel que se las coreaba siempre, quien intrigaba por costumbre bajaba la voz para hablar a su círculo de confianza invariable, y quien simplemente conversaba lo hacía ocupando el mismo lugar de cada día, junto a las mismas personas. Era algo que Gedeón sabía que sucedía en algunos colegios y en otros no: que en los momentos de espera o descanso resultara todo el mundo más inflexible y rutinario que en una reunión reglamentada. Esto es kafkiano, se dijo, y de inmediato cayó en la cuenta de que había solido usar de vez en cuando esa expresión sin haber pensado nunca que kafkiano venía de Kafka, sin haber recordado que era ese Kafka (Franz Kafka, ahora hacía memoria) quien había escrito aquella historia del tipo que amaneció con un cuerpo monstruoso. La leyó hacía muchos años por curiosidad, animado por lo que oía decir a sus conocidos de las obras de aquel autor. Rememoró sin pretenderlo la tristeza y la debilidad progresiva que llevaron a aquel monstruo a la muerte y la triste serenidad con que la familia finalmente, a consecuencia de su fallecimiento, planeaba la economía doméstica para un futuro sin él. Se entristeció, temió por sí mismo y cayó de nuevo en la desazón con que la enigmática pesadilla de la noche anterior lo sorprendía en algún que otro momento. Recorrió la sala y pasó entre los profesores como si él fuera invisible y ellos casi figuras de cera, sin producir ninguna reacción entre quienes seguían centrados en su respectivo pasatiempo.

4
Esperaba a los alumnos de su primera clase en la sala de Informática pensando en que se avecinaba el gran momento, ineludible, en que sus posibles mutaciones se hicieran manifiestas a los niños: ya no podrían pasar desapercibidas en una sesión entera con un grupo; los que le habían rodeado junto al charco lo vieron todo el rato quieto y con la cara dirigida a la superficie del agua. Se preparaba para una escandalera monumental que recorrería todo el centro y se contagiaría de un aula a otra. Pensaba en la llegada de los bomberos, o del Samur, o de la Policía. Y en los interrogatorios, los tests, las exploraciones médicas, la prensa, las redes... Celebridad internacional, pensaba. Celebridades él y Kafka, a quien sacarían a colación relacionándolo con él y a quien dedicarían reediciones de su obra más famosa. De momento, sin embargo, actuaría según lo planificado: recordaría a los alumnos las instrucciones para acceder a los ejercicios aritméticos virtuales que tanto les entretenían, y después supervisaría el trabajo de cada uno mirando una pantalla tras otra. Oyeron las instrucciones de don Gedeón mirando a los ordenadores y no a él, deseando encender los aparatos e iniciar cuanto antes sus primeras búsquedas. Tampoco ellos lo veían, no con la mirada atenta.
Tal como Gedeón esperaba, el orden inicial de la clase saltó hecho trizas de inmediato: muchos de los aparatos estaban cochambrosos y averiados y media clase le solicitaba ayuda al mismo tiempo. Hubo que hacer parejas, como otras veces, para aprovechar los que funcionaban. A eso había que añadir la necesidad impaciente de auxilio a quienes no recordaban las claves ni la ruta a la página web. Tuvo la impresión de que sus brazos iban a transformarse para llegar al mismo tiempo a cada sitio donde lo reclamaban e hizo un esfuerzo, innecesario o no, por contenerlos en sus normales dimensiones.
Cuando estuvieron todos atendidos y orientados, se sentó para relajarse y verlos trabajar desde atrás. Había vuelto la calma, o eso parecía. No se había fijado hasta entonces en Arnold Tanausú, que probablemente llevara desde el principio de la sesión con un sombrero llamativo en la cabeza que no se podía tener en la clase. Se sintió desganado para levantarse, ir hasta ese alumno y obligarle a guardar aquello. Fue su brazo el que se disparó por su cuenta hacia la cabeza del tal Arnold en lo que debieron ser nanosegundos; le descubrió la cabeza, lanzó el sombrero por la ventana y regresó a su posición y tamaño habituales en lo que Arnold Tanausú miraba a un lado y a otro preguntándose qué podía haber ocurrido; el alumno sólo notó que algo le rozaba la cabeza y ahora, despeinado, no sabía dónde había parado su sombrero. Luego era verdad y tenía razón el pájaro esta mañana, pensó Gedeón, debo asumirlo: soy un monstruo, y de los que llaman endriago.
La alumna Nereida María, en pareja con otra frente a un ordenador nuevo, abría de cuando en cuando el cuaderno donde guardaba una foto del joven actor Mario Casas y se embelesaba dándole vistazos furtivos, desviando la vista de sus obligaciones. La mano de Gedeón, a menos velocidad en esta incursión, llegó hasta la foto, la sacó del cuaderno y la dejó apoyada en una mochilita junto al ordenador, con Mario Casas presentando una actitud peleona muy sexi dirigida a Nereida María. Cuando la niña vio la foto frente a ella, y a Mario Casas mirándola así, puso inconscientemente la mano sobre el hombro de su compañera sin decidirse a contarle nada todavía, y sin saber si lo haría nunca.
La relativa lentitud con que se alargó y se recogió el brazo de Gedeón esta segunda vez, le permitió observar que su extremidad adquiría otro tono de piel al expandirse, y se llenaba de rugosidades. Sus manos se ensanchaban y al cerrarse formaban un puño desorbitado y temible. También observó que todos esos cambios desaparecían cuando su brazo regresaba velozmente a él. Debería estar aterrorizado y fuera de sí, don Gedeón, pero inexplicablemente permanecía sereno y, para mayor sorpresa, incluso divertido. Se sentía ágil, poderoso y ligero de ánimos. Pensó en las ventajas que aquellos desconcertantes poderes le reportarían junto con los inevitables problemas, pensó incluso que a partir de ahora podría atrapar con su propia mano cualquier DRON inesperado que apareciera fisgando tras las ventanas.