domingo, 29 de noviembre de 2015

MONTSERRAT Y LAS COMAS (un recuerdo)


Belahí Mohamed Tahá regresó furioso al cuartel la noche de aquel domingo, no porque se hubiera acabado su pase de fin de semana sino porque las cosas no habían ido bien con su chica, allá en Barcelona, a donde había vuelto a visitarla desde nuestro cuartel en Campamento (Madrid); lo había hecho ilusionado, desesperando de los kilómetros, las estaciones y los paisajes que lo separaban de ella. Y todo para, finalmente, regresar decepcionado. Lo vi volver aquella noche acelerando el paso, recorriendo rabioso la extensa nave llena de literas y armarios hasta llegar a su taquilla. Lo vi levantar en lo alto, con las dos manos, el gigantesco radiocassette de los de antes que había prestado a otro soldado durante su ausencia y estrellarlo con furia contra el suelo sin aparente motivo. No respondió a preguntas y, después de pasar retreta, se fue tranquilizando solo hasta dormirse, sin necesidad de que nadie lo ayudara a serenarse.

Al día siguiente, cuando por fin se animó a dar explicaciones, nos confesó a los de confianza que su chica lo había vuelto a recibir con un apremio sexual predador y sin alma, incompatible con aquel romanticismo suyo, aquel embeleso blandengue que lo mantenía atontado cada día de la mili, así hiciera guardias, cocinas o maniobras, o así tragara kilómetros para encontrarse con ella en cada pase de fin de semana. “¡Yo, queriendo hacerlo bien, despacito. Hablar..!”, se quejaba Belahí. Y ella, nos decía, siempre cortándole el rollo, reprochándole: “Pero coño, ¿tú no eres moro?..., pues lo moros, bastante fama tienen de estar siempre salidos y dispuestos.” Eso es un mito, claro, nos reflexionaba en voz alta Belahí -a quien sólo ella podía llamar moro-, desmoronado por que su chica lo redujera a semental de ocasión sin casi dar lugar a la comunicación ni a la empatía.

Todos habíamos reparado pronto en Belahí Mohamed, melillense, desde la primera vez que nos pasaron lista en el Cuartel, dado que el teniente al mando le preguntó si era musulmán y si había solicitado dieta acorde a sus creencias; le oímos contestar afirmativamente a las dos preguntas con la voz y el acento que después se nos harían tan familiares. Yo empecé a tratarlo el día en que descubrió por el rabillo del ojo que yo guardaba algún libro de poesía en la taquilla. Enseguida me pidió prestado uno, el primero de cuantos le fui prestando a partir de entonces. Se los llevaba con el mismo entusiasmo con que me los devolvía, con caluroso agradecimiento. A la segunda o tercera ocasión me confesó que no era por necesidad de lectura sino para aprovechar de los poemas ideas y palabras con que embellecer las cartas para su chica. Me aseguraba que todos le habían servido de mucho, aunque entre ellos hubiera alguno tan duro de pelar como Huesos de sepia, de Eugenio Montale.

A los de confianza nos reveló un día que su chica se llamaba Montserrat Caballé. “Pero no la famosa, no la que canta”, nos aclaró, “sino una chica joven que es ahijada suya, ¿entendéis?” Entenderlo, no lo entendíamos mucho, la verdad; de hecho, no fui yo el único en preguntarle oye, Mohamed, explícame una cosa: si la relación es sólo de madrina-ahijada, ¿a qué viene que tengan las dos el mismo apellido? Él se quedaba pensando y contestaba: “No lo sé”. Nos había dejado a todos confusos, cuando no escépticos, con el caso de su Montserrat Caballé, pero no se lo decíamos a las claras. Alguna vez, si acaso, le tomábamos el pelo si lo veíamos de buen humor: “Belahí, ¿cuando la dejas satisfecha... te canta un aria?”

Tal vez fue que le escamara tanta desconfianza mal disimulada, pero el caso es que un buen día se sentó con el grupo durante un descanso, en un banco metálico al fondo de la nave. Traía en las manos unos sobres de correos; nos enseñó los remites: Montserrat Caballé, se leía en todos, y una dirección de Barcelona. Sacó las cartas de cada sobre y con vehemencia nos incitó a leerlas. “¡No me importa, hay confianza!”, insistía. Nos fuimos pasando aquellas cartas y las leímos una a una en medio de un grave silencio, sin compartir codazos ni miradas cómplices, sólo curiosidad y mucho asombro. Sin saludo, sin encabezado, sin preliminares ni advertencias, cada una de aquellas cartas de aproximadamente dos cuartillas empezaba y seguía hasta su final con la expresión abrupta de los deseos de la mujer, desvelando a Belahí las veces que se masturbaba pensando en él y en qué distintos modos. Le escribía también lo que quería hacerle y lo que quería que él le hiciera en sus próximos encuentros, desde la coronilla hasta la punta de los pies, con un repertorio extenso de posibilidades eróticas expresadas con detalles explícitos, con palabras trazadas como si la tinta del su bolígrafo estuviera dotada de una lubricidad insólita; había cambios bruscos en la grafía y el tamaño de las letras en algunas líneas sorprendentes y, por supuesto, sin puntuación: aquel frenesí desbordante no podía ser encerrado entre pausas ni signos de orden lógico. Lo más curioso era que, en medio de toda aquella pasión incontenible, volcada sobre los papeles como fruto de un solo impulso desenfrenado, en medio de una cuartilla, sorprendía encontrar a veces una coma, una coma sola, aislada y sin motivo entre palabra y palabra, como un intento estéril de la remitente por administrarse una momentánea dosis de control o de cordura. Pasados los días, una vez superada la sorpresa del frenesí de las cartas, lo más comentado en nuestras conversaciones era aquella coma flotante, tan imprevista.

Hubiera sido lo natural, pero nunca le puse en mi mente cuerpo ni rostro a la Montserrat de mi amigo, ni siquiera en las fantasías de los insomnios, en la soledad de la cama litera. Por otra parte, Mohamed nunca aportó detalles de su aspecto físico, a pesar de habernos revelado tanta intimidad. Los demás no supimos cómo podía ser su talle, sus andares o sus tetas; nunca supimos si era rubia, morena o castaña y no preguntábamos a Belahí nada que por su cuenta él no nos dijera. Pero alguna que otra noche, antes de que el sueño me pudiera, se me representaba en el recuerdo aquella caligrafía desordenada, con los cambios en el tamaño y la calidad de las letra. Eso me perturbaba, sobre todo si además me imaginaba aquella coma insensata y rebelde brincando entre las líneas de una carta. A veces me sorprendía el primer relevo del centinela nocturno llamado imaginaria en la oscuridad de la nave, despierto aún, atrapado en el recuerdo de la puta coma, aquella pobre coma mal parida.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Tinto de verano. OJO CON PASEAR BAJO EL ECLIPSE


-Tienes una sombra aquí, a este lado de la frente- le dijo alguien a la mesa, interrumpiendo sus palabras, y le apartó con la mano una mancha sombría de la sien derecha; él quedó traspuesto, alelado, con el hilo de su disertación perdido sin remedio, incluso cuando se la mostraron: “Mira, ¿la ves? : Era esto”. Pero él les había estado hablando de algo vital, les había hablado interesado en el resultado final de la conversación, preocupado por el efecto de sus razones en los oyentes comensales, totalmente dispuesto a ampliarles lo que quisieran, a recalcarles o a matizarles lo necesario y más, sometiéndose con el mismo afán y sin reservas a las preguntas y las objeciones que quisieran oponerle. Tan comprometido hablaba hacía un momento que no habría prestado atención al calor en aquella terraza donde se cocinaban las espaldas, ni al amargor del café si hubiera estado amargo ni a que le hubieran proporcionado sal en vez de azúcar; habría ignorado incluso posibles insectos zumbones que lo acosaran o que el viento le arrebatara el sombrero panamá del que estaba olvidado, tan concentrado en cada palabra que decía, avanzando dato a dato las circunstancias del caso que exponía a sus oyentes que lo turbó, incluso le ofendió un poco, que alguien lo interrumpiera para retirarle de la cara una sombra. La debía de conservar todavía del paseo bajo el reciente eclipse; algunas otras sombras se le habían disuelto en diversos puntos del cuerpo, aquella debía de haber quedado, minúscula, imperceptible con las prisas, afincada en una sien. En principio era un acto de gentileza apartársela, ya, pero con lo que se estaba tratando en aquel momento, con el énfasis entregado con que él abordaba aquella cuestión trascendente, enrevesada, prestar atención a una sombra de su cara era restarle importancia a él, a lo que hablaba, a todo. Por eso quedó mudo, desarmado de golpe, como si la propia madeja de sus argumentos lo hubiera atrapado privándole de reacción. La mancha de sombra fue a parar a la mesa que compartía con sus acompañantes, enseñoreándose, ampliando su diámetro, convertida en una novedad flamante mientras él se desinflaba, no sabía cómo seguir. Aquella mancha oscura lo había desplazado disolviendo en un instante la trascendencia de aquel asunto interrumpido. La pequeña sombra concentraba ahora todo lo importante: el calor, la fuerte brisa, los platos que un camarero retiraba de la mesa, los restos de licor, de café o de vino espumoso que quedaban en las copas y los vasos, la hebra vegetal que el viento trajo de repente a la camiseta de una acompañante o los restos de yema de huevo que otro comensal conservaba en la comisura; y todavía más: atestiguaba la crisis financiera en China, el declive de Brasil, la presión sobre Grecia, los incendios del verano, el separatismo, la continuación de los desahucios... todo lo real, lo que de modo fehaciente podía influir en torno a aquella mesa y más allá de ella.
-¡Pero sigue hablando! -le propusieron devolviéndole la atención. Él miraba la sombra sobre la mesa y le acercaba la punta del diente de un tenedor.
-Estabas diciéndonos que...- le insistieron. Sobre la oscuridad de la mancha sombría, con el tenedor, Trazaba palabras blancuzcas en letra de molde sobre el mantel: YIHADISMO, CAMBIO CLIMÁTICO...
-¿Qué está escribiendo ahí?- acabaron preguntándose entre todos, ya que él no respondía; tan sólo escribía palabras sueltas, o más bien las rasgaba, en la pequeña sombra: CORRUPCIÓN, NARCOTRÁFICO. Unos tenían que leerlas de frente y otros descifrarlas desde otros ángulos, silabeando en voz alta para sí y para los demás: VIO-LEN-CIA-DE-GÉ-NE-RO, ES-PE-CU-LA-CIÓN-FI-NAN-CIERA...
-¿El señor está seguro de que no rayar la mesa con esas letras? -le preguntó un camarero que, sin mayor motivo, puso delante de él la cuenta común. Él acalló al camarero con la palma de la mano abierta. “No soporto que me interrumpan”, le respondió. El camarero adoptó un aire digno y contenido mirando a su cliente. Una mancha de sombra le cubría el ojo izquierdo, como un parche. Sin más respuesta, el cliente siguió escribiendo -o dibujando, o tallando- sobre la mancha oscura lo último que se disponía a expresar antes de pagar y levantarse, ahora con la punta de un palillo de dientes: 67, 32€ A PAGAR ENTRE TODOS Y TODAS.
Él habría deseado hablarles del eclipse, hasta el final. De la inconveniencia de pasear bajo el eclipse.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Tinto de verano. NOSOTROS, LOS DEL DOMINÓ


El ajedrez es silencioso. Las damas también se juegan, y se miran jugar, casi en el mismo silencio; son largos silencios que encarnizan los malos humos en secreto: en esas partidas donde nadie dice esta boca es mía, gritan los pensamientos de cada cual desahogando en su interior los fracasos y las viejas humillaciones por antiguas que sean. La cabeza es traicionera si se la deja en libertad, se tensa en las dudas de los jugadores que hacen esperar un movimiento y se vuelve estridente en cada paso en falso irreparable, reavivando los propios errores vergonzosos. El silencio no deja olvidar. Es demasiada mala sangre para que se deje criar en un lugar donde los puños han golpeado con ira a un rival que podía ser -o haber sido- tu mejor amigo, donde han brillado las hojas de las navajas desenfundadas o se han roto contra el borde de la barra botellas cuyos filos rotos han ido dirigidos al cuello de cualquier bebedor.
Los que juegan a las cartas sí que hablan, incluso en alto, la mayor parte del tiempo. Anuncian a voces el resultado de las jugadas y hasta sus intenciones (pido, envido...) con palabras terminantes. También son ruidosos con las manos, golpeando con el borde del mazo sobre la mesa, barajando con violencia, lanzando las cartas sobre los montones al repartir como si golpearan con ellas la superficie, con un ímpetu rabioso y dedos desproporcionados, dejándolas curvadas al poco tiempo de estrenarlas, ásperas y oscurecidas por el sudor de sus dedos. Desde la barra, o desde las otras mesas, resultan extraños cuando se callan; en esos casos se les ve vigilar con enorme gravedad, ceñudos, la baraja y a los demás jugadores. Tanta rudeza advierte a quien pueda confundirse con la interpretación de las apuestas o poner en duda las maniobras de algún otro, aunque no haya entre ellos quien venga con cartas marcadas o escondidas ni se pase de listo a claras.
Nosotros, los del dominó, contamos con fichas saltarinas que no paran de hacer ruido sin dejar pensar; hacen ruido cuando se las remueve boca abajo antes del juego, cuando el jugador las coloca delante como una muralla y cuando, durante el la partida, se las pone una tras otra formando figuras imprevisibles. Podemos hablarnos sin distraernos del juego y en los descansos comentamos nuestras cosas. Hacíamos falta en un lugar así, con este juego olvidado. Hemos vuelto atraídos por el timbre de un teléfono que suena como los de antes y por los cascos de los caballos que se oyen pasar afuera. El bar conserva su antiguo nombre y sigue en el lugar de siempre, aunque ha sustituido el viejo decorado de calendarios y fotos deportivas por paisajes en grandes ampliaciones. La barra ya no es de madera de roble con aquel posapié plateado que ayudaba a estabilizar la posición sobre los altos taburetes. Ahora todo lo tienen geométrico y artificial. Abundan las mujeres cuando antes sólo entraban para llevarse a algún marido borracho. Nosotros, los del dominó, nos retiramos cuando otros ocupan nuestra mesa y las sillas donde nos sentamos, no porque físicamente nos estorben sino porque no está bien que el dominó de los espectros se entrometa en el trato de los vivos, así que salimos del bar apaciblemente, como entramos, sin saber cuándo regresaremos. El viejo ring-ring del teléfono -ya nos hemos dado cuenta- sale imitado de alguno de esos aparatitos con pantalla que todos tienen en la mano y miran sin parar, y los cascos de los caballos son los de unas pocas tartanas que están haciendo circular como antiguallas para los turistas.

Ilustración bajada de wallpoper.com