viernes, 1 de diciembre de 2017

BONSAI



Hacía mucho que no oía llorar un gato como lo oigo esta noche. Eso quiere decir, probablemente, que en este barrio ningún vecino ha tenido gatos durante años, hasta ahora. Los gatos lloran como bebés roncos, dicen que atormentados por el celo. Yo no estoy tan seguro de que esa queja desgarrada que oigo sea fruto de las ganas de aparearse y no se deba al miedo o al desamparo, que es a lo que de verdad suena. Primero me exaspera, como el llanto de un niño enfermo que no ha aprendido a decir lo que le pasa y por el que no se sabe qué hacer, y al final me entristece. Esta vez el lamento parece venir del interior de un piso cercano, amortiguado por las paredes de alguna casa; llega aniñado y humano. Hace tiempo que tampoco he visto a ninguno por aquí; no he visto gatos en ninguna azotea ni en ningún balcón; apenas he sorprendido a alguno, callejero, merodear cerca de los contenedores de la basura o esconderse bajo la carrocería de algún coche. No ha habido más con los gatos durante años. No he querido criar ninguno desde que no tengo a Bonsai, ni he cultivado la nostalgia de haberlo tenido. Pero el llanto de ese gato me hace recordar cuando sí lo tuve y remontarme a años atrás.
Inesperadamente, ese pelaje pardo que parece llegar ahora desde la tiniebla del pasillo, la figura felina que recorre en silencio el salón de esta casa, ya no es el viejo Bonsai sino su recuerdo en mí, una réplica repentina evacuada del trastero de mi memoria. La cabeza redonda, pequeña en proporción al cuerpo alargado que pasea su elegancia camino del cojín sobre un sillón vacío, es el doble perfecto de aquella hermosa cabeza que hace mucho no habita aquí, reavivada por el llanto de ese otro gato que gime afuera. Cuando lo tuve no me sobresaltaba que brincara sobre mí jugando aunque no lo esperara ni lo viera venir, ni que saliera de un escondrijo bajo una mesa para aprisionarme una pierna, ni que me despertara recorriendo el colchón después de saltar a la cama; sabía siempre que era él, me tenía acostumbrado a sus movimientos inaudibles, a su tacto, a sus saltos sobre superficies mullidas. Sin embargo, después de que se fuera y me pareciera verlo aparecer de improviso en cualquier parte de la casa, ahí sí que me asustaba. Me impresionaban y me entristecían esas visiones fugaces que me asaltaban de improviso con frecuencia: lo podía confundir con un cojín, con una chaqueta tirada sobre el sofá o con una mochila en el suelo. Eran los fantasmas de la costumbre, de mi antigua convivencia con él, los espectros de sus antiguas apariciones habituales en toda la gama de sus actitudes felinas.
De momento no puedo dormir; me vigilan y aguardan diversos Bonsais espectrales en todo el apartamento; el gato vivo y real que una vez tuve era uno solo pero esas réplicas imaginarias no tienen límite a la hora de prodigarse: me espera un gato inmaterial tras la puerta de la cocina, otro debajo de la cama o en un extremo del sofá o escondido en la bañera. Y todos ellos me remiten a aquella noche, una cierta noche inquietante y agorera, y la continuidad de lo que sucedió en ella. Y es verdad que sucedieron cosas, aunque la llegada del sueño pareciera poner fin a la jornada borrando todos sus acontecimientos para dejar sitio al día siguiente por venir. Tras unas horas dormido, recuerdo, desperté y noté algo así como un felino de tamaño humano abrazado a mi cuello, repitiendo en mi oído un ronquido sensual que finalizaba en un suspiro profundo. El fulgor de unos ojos híbridos, a un tiempo de persona y de pantera aferrado a mi cuello, hizo que me apartara gritando y que apenas empezara a tomar consciencia de la realidad cuando, apartado, me senté en el filo de la cama y respiré aliviado al percatarme de que era Sagrario quien ocupaba sobre el colchón el mismo lugar del cruce de humana y gato, o de gata y humano, al que creí estar abrazado un segundo antes. Había llegado, cuando yo ya dormía, de su turno de noche en la centralita del hotel.
-Hombre, ya sé que me ha vuelto el catarro- dijo una voz congestionada- No creo que te contagie otra vez, no te alarmes así- añadió la voz quejosa que tanto me confortaba oír aunque se le notara la mocarrera que ocupaba su nariz y confería una sonoridad indolente a su voz. Miré el reloj; por la hora deduje que haría dos horas y algo más que habría vuelto de su turno en la centralita del hotel.
La observé. Me había hablado inmóvil, tendida sobre el costado, con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. La posición era la de alguien dormido. Hasta ahora no había hecho falta que se identificara nunca las noches en que entraba en la cama mientras yo ya dormía. Como al gato, que también usaba cama, la deducía por las costumbres, la reconocía por su peso sobre el colchón o por su roce con mi cuerpo, y no me confundía con ninguno de los dos. Tuve un difuso mal presagio por la quiebra de aquellos reconocimientos implícitos que tanta seguridad daban a nuestra convivencia, la de los tres. Me tendí sobre el costado mirando a la pared, aliviado de que no fuera verdad que un fenómeno de la naturaleza me hubiera tenido atrapado por el cuello. Me tendí sobre el borde de la cama en el que me había sentado, casi en el filo, para permitir que Sagrario recuperara el sueño cuanto antes pero ella insistió en preguntar por qué me había apartado así de ella, por qué me encontraba tan inquieto. Me coloqué boca arriba y vi a Bonsai sentado sobre las patas traseras, atento a la escena. Contesté a Sagrario que nada, nada de importancia al menos, tal vez el efecto de una pesadilla, y me volví de costado hacia mi lado de la cama.
-¡Eh, cariño...! -insistió, presionando levemente con el índice en mi espalda; yo ya sabía que iba a insistir- ¿Qué pesadilla extraña fue esa?... Dime-. Quería escuchar y enterarse. Estaba acostumbrada a escucharlo todo y de todo en su trabajo, me había dicho: escuchaba las consultas de las llamadas internas y externas de los clientes del hotel, sus peticiones y sus encargos; atendía preguntas sobre habitaciones libres, sobre precios, sobre números de teléfonos, masajes, comedores o lavanderías. Orientaba por teléfono a los ya hospedados sobre teatros, organismos, floristerías, coches de alquiler, transportes públicos, restaurantes o comercios renombrados. Programaba las horas a las que algunos decían querer ser despertados, comunicaba el adelanto de la factura a los que lo solicitaban...
Su cuerpo permanecía relajado, abandonado del todo a la comodidad del colchón. Su respiración y los músculos de su cara seguían pareciendo engullidos por las profundidades del sueño. Era como si me estuviera entendiendo con dos mujeres: una, Sagrario, cansada y amante de placeres como dormir; otra, la telefonista de hotel, que no dormía, acostumbrada a todo tipo de voces y a algunos idiomas, siempre atenta a lo que ocurriera o lo que quisieran contarle. Por un momento, lo recuerdo, no supe si seguir hablando o si abandonarme al sueño y dejar que transcurriera así el resto de la noche. No podía saber si ella estaba a punto de dormirse o todavía esperaba más detalles sobre lo sucedido.
- No sé -respondí al fin sin saber si ella me escuchaba-. Una pesadilla, ya te digo. Algo desconocido se me aferraba al cuello. No recuerdo más.
El gato se había ovillado a su lado de la cama y ronroneaba en sueños. Dormía con la cabeza apoyada sobre el bulto de los pies de Sagrario. Y seguiría durmiendo o se levantaría por su cuenta para beber agua, desahogar alguna urgencia o sencillamente merodear en alguna parte de la casa, en cualquier momento de la noche.
-Anda, duerme- juraría que dijo ella en un susurro débil y lejano, pero cómo asegurarlo si momentos antes había estado despierta y hablando con aquella inmovilidad relajada de todo el cuerpo y su voz me había llegado como desde otra mujer, sin que yo viera sus labios moverse debajo del cabello negro y ensortijado que cubría su boca. La poca luz de la calle que se colaba entre las cortinas iluminaban su pijama de satén con lunares rojos. Ahora, además, emitía desde la hondura de sus cuerdas una especie de gemido sonoro, nasal, propio de quien celebra una nueva postura sobre la cama, que sonaba a máxima placidez. Ella gemía, el gato ronroneaba sobre sus pies, el despertador se sumaría a la fanfarria en poco tiempo.
Anda, duerme”, había dicho. Pero faltaba poco para el amanecer y las primeras luces que se filtrarían a través de las cortinas. Desactivé el despertador para que el sueño de Sagrario no se viera innecesariamente interrumpido y la contemplé un momento flotar en el sueño al que parecía haberse entregado por fin. Se volteó de improviso desprendiendo otro gemido de goce inocente. Tenía una mano sobre la cabeza del gato, que se había desplazado hasta su cintura. Parecían ya inseparables. Y eso que al principio les costó acostumbrarse el uno a la otra. Sagrario acortaba las estancias en la casa cuando la visitaba, nerviosa por las carreras del gato de un lado a otro, por sus saltos entre los muebles, por los lanzamientos de juguetes que apartaba de sí con las patas para después lanzarse sobre ellos, y por la vigilancia recelosa del animal que sentía sobre ella. El gato, por su parte, le soltaba resoplidos de rechazo si ella intentaba acercarse o acariciarlo y, con la misma, se perdía de vista; maullaba protestando cuando Sagrario y yo nos abrazábamos o nos sentábamos uniendo nuestras cabezas. Sin embargo, después de la vez en que ella se agripó y acabó instalándose con nosotros para ser cuidada, el gato fue su compañía vigilante a los pies de la cama y ella no dejó de mostrarle agradecimiento hablándole, acariciándolo cuando se acercaba, imitando sus maullidos y sus ronroneos. Convaleciente aún, cuando ya pudo levantarse de la cama, permanecía largos momentos sobre el sofá acompañada del gato, al que no dejaba de rascar suavemente en el cuello o en la panza admirando la pelambre casi rubia bajo las manchas marrones, redondas como anillos en el costado y las alargadas rayas oscuras lo largo del cuerpo. Desde entonces, Bonsai reservaba para mí el juego más gimnástico y competitivo -con dosis de brutalidad- mientras a ella se acercaba para dedicarle largas miradas con parpadeos ostentosos, le empujaba el cuello o la mejilla con su hocico o se restregaba en una de sus piernas con la cola en vertical. Ante estas muestras de adoración casi permanentes, Sagrario no sólo respondía con agrado: desperezaba el cuerpo y se atusaba el cabello entregándose a un ligero éxtasis de vanidad, con sonrisas que se me antojaban triunfales. Ya le había oído decir a ella en un reciente desayuno: “No puede haber muchas mujeres en el mundo adoradas por un gato bengalí”. Ciertamente, era difícil conseguir ejemplares de esa raza y, en ciertos lugares del mundo su venta suele ser exclusiva, pero al principio pensé que su comentario era trivial, incluso irónico. Sin embargo hacía tiempo que se habían afilado sus rasgos, las recientes ondulaciones de su cabello negro, el rímel que le confería misterio y profundidad, y el lápiz de ojos con que estiraba sus contornos hasta la sienes habían dejado atrás un rostro más redondeado e infantil, con las olvidadas gafas de lente circular y aquel cabello liso dividido sin sofisticación por una simple raya a la mitad. Ahora solía mostrarse ufana y rozagante, sonriendo a menudo para sí. A la vista de lo que estaba ocurriendo tuve que admitir en esos días que algo se estaba transformando, que la hasta entonces escasa vanidad de Sagrario, henchida aparentemente por la devoción de Bonsai, se le desbordaba por todo el cuerpo.
***

El llanto de ese gato anónimo pareció haber desaparecido hace tan solo un breve rato, pero vuelvo a oírlo, esta vez más seco y lejano, y me recuerda el maullido casi inaudible -apenas un hilillo de voz suplicante- del Bonsai que entró en esta casa y en mi vida siendo un bebé desvalido: las primeras tomas de leche, la botella de agua tibia en la cajita donde le tocaría dormir, la instalación precipitada de comedero, bebedero y bandeja de arena. Cuando lo veía hacerse poco a poco con el espacio de la casa y cuando compartía los primeros juegos con él, poco me importaba que su raza se hubiera originado en un cruce de gato doméstico y de gato bengala o leopardo asiático, como también le llaman, ni cualquier otro antecedente suyo: era tan sólo mi gato, ni más ni menos. A pesar de eso, lo llamé Bonsai por considerarlo la miniatura de un felino grande, aunque eso apenas fuera una concesión a su figura peculiar y al exotismo de su procedencia. Debo decir, sin embargo, que aquella mañana en que me levanté antes de la hora -desvelado por la pesadilla que me hizo creerme aprisionado por un ser híbrido de felino y humano-, el animal me acompañó a la cocina como siempre esperando una ración leche, pero no me rodeó con sus juegos, no se restregó en la pernera de mi pijama ni me miró dirigiéndome los primeros maullidos del día: se limitó a acompañarme erguido y observándolo todo con ojos de renovado asombro. Me pareció de golpe mucho más corpulento y mayor, también más lejano y extraño, como si hubiera asumido en pocas horas que era un producto de la selva, un prodigio reclamado y cotizado en círculos donde no faltarían estafadores y traficantes de ejemplares valiosos, todo eso de lo que había quedado a salvo en las alturas de nuestro apartamento, que era todo su espacio conocido.
Cuando abrí la puerta para salir de casa, lo vi observando desde lejos sin acercarse corriendo a despedirme; permanecía a pocos metros quieto, noble, majestuoso y -me traspasó otro presagio impreciso y doloroso- parecía dedicarme un último reconocimiento.
Las horas en el trabajo disiparon la rareza y las últimas congojas de la pasada noche. Regresé al medio día pensando que encontraría a Sagrario desperezada y activa, ordenando ropa y reubicando objetos mientras oía música en la radio; y a Bonsai, por su parte, siguiéndola por curiosidad o bien por el contrario desaparecido, oculto en uno de sus recovecos secretos.
El día era luminoso y colorista, como para ahuyentar recuerdos tenebrosos y malos augurios. Aprecié un tráfico pintoresco y variado de personas en mi vuelta al barrio, que recobraba el aspecto cosmopolita que le habían arrebatado los peores años de la crisis. Me percaté de muchas caras desconocidas que ocupaban el lugar de antiguos habitantes que un día dejaron atrás sus casas, sus comercios, sus restaurantes o sus talleres. Observé los negocios nuevos, abiertos con esperanza o temeridad a un futuro incierto, entre ellos una clínica veterinaria recién inaugurada, donde entré para comprar a Bonsai una nueva pelotita de las que botan endiabladamente hasta el techo y un cojín con rascador. En una tienda de delicatessen compré un vino artesanal para alegrar la próxima cena que tuviera en casa con Sagrario.
En contra de todas mis previsiones, el apartamento estaba en silencio cuando llegué. No había rastro de actividad alguna a la vista. Ni la mujer ni el gato respondieron cuando cuando pregunté por ellos en voz alta. No percibí ningún rastro de vida a mi paso por el recibidor, por el baño o por la cocina. Abrí con delicadeza la puerta ya entreabierta del dormitorio. De lo que entonces vi sobre la cama puedo desconfiar todavía por lo sorprendente de la escena y por los pocos segundos que soporté observarla. Sagrario estaba boca arriba como poseída, mirando a las alturas y con el pantalón corto del pijama de satén sobre la almohada, abandonado junto a su oreja. Por debajo de su cintura, había un gran bulto activo y oculto bajo la colcha que ocultaba la pierna derecha de la mujer; la pierna izquierda sobresalía desnuda de la frazada, y sobre ella una pata de Bonsai que abría y cerraba con lentitud su zarpa sobre el muslo de ella. Todo lo demás ocurría bajo la ropa de cama.
Tanto Bonsai como Sagrario debieron notar mi presencia por la respiración o por alguna sombra que proyecté. Yo estaba enmudecido y petrificado. Ella me dirigió unos ojos de criatura extraña y enajenada que parecieron desconocerme y Bonsai asomó su pequeña cabeza para lanzarme una mirada temible, acompañada de uno de esos resoplidos de rechazo o advertencia que reservaba para visitas particularmente odiosas. Sin proponérmelo, me di enseguida la vuelta y recorrí el apartamento hasta la puerta de la calle. Deambulé en la calle sin rumbo, incapaz de sacudirme la incredulidad ni la tristeza por todo lo que presentía. Podría desconfiar todavía, después de tanto tiempo, de aquello que vi si no fuera porque a mi vuelta ya no estaba ninguno de los dos; tampoco el coche de Sagrario. Ella nunca me contestó al teléfono móvil y había abandonado su piso sin dejar señas nuevas. También intenté dar con ella, sin resultado, en el hotel donde había trabajado. Tampoco sirvió de nada denunciar sus desapariciones.

Ojalá no llorara más ese gato afuera, ojalá no me los recordara insistentemente, y su maullido acabara disipándose de una vez en el viento o en la lejanía. En el insomnio que me espera por su causa me cabe apenas pensar, como consuelo, que los dos desaparecidos habían estado siendo objeto de una transformación de la que no me di cuenta, un cambio que más tarde o más temprano tendría que consumarse, incluso involuntariamente. También es verdad que tanto vale acogerse a esa explicación como creerse cualquier otra, dadas las circunstancias. Cualquier especulación me servirá esta noche, acaso, para distraer a duras penas el desgarro de una duermevela interminable y despiadada como un remordimiento.

viernes, 17 de noviembre de 2017

AEROPUERTOS


En estos tiempos de revuelo patriótico y furor identitario, vuelvo a soñar con aeropuertos. Me gusta frecuentar esos espacios impersonales,desprovistos de color local, superficies inmensas concebidas con lujo y sofisticación para apenas momentos de paso. Disfruto con la babel de lenguas que se suceden en los altavoces. Miro los paneles que consignan las salidas y llegadas de aviones, con sus procedencias y destinos, como si tuviera al alcance de la mano desaparecer rumbo a cualquier lugar del mundo dejándome llevar de un simple impulso. Todo parece estar abierto y al alcance de la mano. No cargo con mitos, leyendas ni símbolos que me señalen el camino para bien o para mal.

Veo la variedad de rasgos de pasajeros que facturan, esperan, embarcan o regresan sin tiempo ni necesidad para el arraigo ni la costumbre; veo en algún momento que entre toda esta gente se abre paso un equipo de tripulación: azafatas, auxiliares y pilotos que arrastran sus equipajes con ruedas camino a algún avión próximo a despegar. Durante el vuelo serán humanos: tendrán nombres, graduaciones, rutinas, rostros y gestos. En el vestíbulo extenso del aeropuerto, en cambio, son fugaces seres del aire que han accedido a avanzar apresurados entre la muchedumbre en tránsito.

Pruebo a permanecer en uno de estos espacios cosmopolitas sin ningún plan de volar, sin esperar a nadie tampoco, como quien visita una ciudad. Hay nutridos estancos y librerías actualizadas, supermercados, boutiques... En la cafetería-restaurante encuentro de casi todo, y casi todo ello aséptico, precintado, dispuesto de un modo práctico casi para ser dispensado y consumido en cadena de montaje, al servicio de lo indispensable.

Hay algo de orfandad y desamparo en estos paseos apátridas, con sensaciones de vacío, pero también el estímulo renovado para construirse sin las agarraderas protectoras de lo heredado o de lo ya aprendido.

sábado, 9 de septiembre de 2017

ADIÓS A LOS PUEBLOS PESQUEROS


En su infancia, Aníbal Fabián pasaba largos ratos siguiendo el vuelo de las gaviotas, a las que creía palomas grandes: las “palomas del mar”, como le insistía a sus padres. Con el tiempo supo que no eran palomas pero de todos modos las consideró siempre amigas, las aves marinas más cercanas a las personas y a la tierra firme, presentes en el cielo de los muelles, en las playas o en las costas escarpadas. Las asociaba arbitrariamente a los viajes, a los luminosos días del verano y a la espuma de las olas; alguna vez le impulsaban a tararear alguna vieja canción que se las evocaba ahondando su simpatía por ellas, así que jamás presagió que un día una gaviota le robara la cartera. Sucedió en la terraza de un modesto y pintoresco restaurante de la costa anexo al hotel donde se hospedaba. Él había acabado de comer, le habían dejado la cuenta sobre la mesa y ya tenía entre los dedos la tarjeta bancaria para pagar mientras en la otra mano sostenía su vieja cartera marrón con estrías y un dibujo marino grabado en el centro. Fue visto y no visto: un brusco aleteo repentino derribó la taza del café que estaba acabando y lo hizo dirigir la vista, incrédulo, hacia el ave que de inmediato se alejaba remontando el vuelo con rapidez endiablada. En la terraza todo el mundo lo miraba. “¡Fíjate, le ha cogido la cartera, se la lleva en el pico!”, oyó que alguien exclamaba en otra mesa. Fue ese comentario entre alarmado y divertido lo que le hizo reparar de golpe en aquella mano ya sin cartera, la cartera que en mala hora había sostenido con una suavidad absurda y arriesgada. Miró de nuevo, más dolido que furioso, a aquella gaviota ya muy distante que cruzaba el mar de la playa rumbo a unas montañas lejanas. Incluso contra sí mismo, se repitió los versos de Silvio Rodríguez: “¿A dónde te marchas, canción de la brisa/ tan rápida, tan detenida?”. Renegó de inmediato de aquella canción que asaltó involuntariamente su memoria porque el momento no admitía lirismo y no se concedió ni un segundo de complacencia en aquellas notas que ensalzaban una gaviota en vuelo. Un camarero se le acercó para ofrecerle un licor cortesía de la casa, “para endulzarle el desagrado por el incidente, señor”. Aníbal Fabián levantó la cabeza y vio que en aquella terraza todo el mundo seguía mirándolo. Después dirigió de nuevo la vista con vergüenza a su mano vacía, una mano ridícula y atontada al final de un largo brazo acodado sobre la mesa. Finalmente, rechazó el licor ofrecido. Su estómago sobresaltado, que ya ni conservaba siquiera la satisfacción del almuerzo -una lubina gloriosa, de fiesta mayor, acompañada de un excelente Albariño-, no habría recibido bien el líquido.

Afortunadamente conservaba la tarjeta bancaria pero el resto de su documentación se había ido con la cartera: el carnet de identidad, el del club de baloncesto, una tarjeta de compras y unos 40 euros en efectivo, según recordaba, así que tras dejar la terraza se encaminó apresuradamente a dar parte de lo sucedido:
-Mire, caballero- le decía un guardia civil tras el mostrador del cuartelillo del pueblo-, usted no puede denunciar a una gaviota porque no es persona jurídica- Él se percataba de que, alrededor, los presentes en la dependencia habían suspendido sus quehaceres para escuchar con sorna y poco disimulo su intento de denuncia- Además, en realidad -continuó disertando el agente- no se puede decir que un pájaro robe; técnicamente, la gaviota no le ha robado la cartera.
-Pues yo no se la he prestado- replicó Aníbal.
Le sugirieron diera parte del hecho como pérdida y eso hizo para acabar cuanto antes, sin estar muy convencido. “Tampoco es muy técnico hablar de pérdida en este caso”, pensó. La atención sobre él y su percance había sido cada vez más descarada en el interior de la oficina policial y el agente que lo había atendido con corrección y gentileza no podía evitar, sin embargo, el asomo de una sonrisa jocosa. Al salir se vio rodeado a pocos metros por la chiquillería curiosa, que caminó tras sus pasos bajo el sol de la tarde a lo largo de aquella zona del pueblo pescador con casitas blancas y puertas azules recién pintadas, macetas con flores en los muros de las azoteas y en algún caso una barca cerca de la puerta. Aunque algunas de esas casas llevaban tiempo habitadas como segunda residencia por forasteros, aquella seguía siendo la zona artesanal del pueblo, la que por largo tiempo debió constituir su núcleo vecinal y económico. Los chiquillos lo seguían cada vez a menor distancia; a su espalda, oía botar el balón con el se que debían disponer a jugar y oía también, por sus conversaciones, que estaban al tanto de lo de la gaviota rapaz y hasta del parte de lo sucedido que acababa de dar en aquella oficina policial. Tuvo la impresión de que olían a pescado. Todo aquel pueblo debía oler a pescado, no sólo la zona de pescadores: aquí y allá se capturaba pescado, se cargaba pescado, se empaquetaba pescado, se exportaba pescado, se cocinaba pescado, se servía pescado y, mayoritariamente, se consumía también. El olor debía de ser perceptible para todo tipo de aves marinas, incluso a muy larga distancia.
“¡Maldita mi mano floja!”, exclamó para sí recordando su percance de sobremesa; aquel modo blando de sostener la cartera -ahora que lo reflexionaba- pudo ser interpretado por la gaviota como una provocación o un ofrecimiento. Pero aquel grupo de chiquillos con balón se estaba convirtiendo en un nuevo problema; ya casi le daban alcance y no parecían dispuestos a dejarlo en paz. Aníbal los encaró y les sugirió que fueran a jugar al fútbol a algún sitio pero ellos no le hicieron caso, se quedaron mirándolo con la sonrisa en los labios.
-¡No molesten más al señor!- oyó que decía a su espalda la voz de una mujer- ¡Váyanse por ahí de una vez a jugar o a sus casas, venga!
Aquel grupo de pequeños energúmenos se disolvió enseguida sin rechistar. Se disolvieron serios y en silencio y además se dispersaron para reagruparse de nuevo unos metros más allá camino a algún lugar, botando el balón. A Aníbal Fabián le pareció que con ellos se disolvía también el olor a pescado que se había hecho tan próximo, o tal vez eran cosas suyas. Se giró y vio a una mujer joven de baja estatura y cara redonda en compañía de su perro parecido a un boxer, la que había dispersado a los críos. La mujer lo observaba con una sonrisa abierta y benévola. Vestía un pullover azul celeste muy ligero y holgado, debajo del cual parecía no haber más prendas, y un pantaloncito ajustado que llegaba a la pantorrilla. Parecía divertida: mostraba en los ojos, tras unos lentes redondos, chispas de malicia inquieta y penetrante difíciles de eludir.
-Hola, buenas, jajajá -saludó la joven de aquel modo antes de que él le diera las gracias por haber intervenido-. Disculpe, pero usted debe de ser el que tuvo el contratiempo con la gaviota, ¿verdad? No se moleste conmigo pero es que me hace gracia, sobre todo siendo usted tan serio, tan serio y tan largo, con ese aire tan severo, jajajá... no se ofenda. ¿Cómo pudo escogerlo a usted aquella gaviota?
-Bueno, aquel pajarraco era una encarnación de mi exmujer- contestó Aníbal, que no parecía haberse incomodado-. Ahí tiene la explicación.
La joven risueña se presentó como “Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo”. Se entretuvo en explicarle a Aníbal, para empezar, que las gaviotas son aves astutas, muy sociales y organizadas, y con un complejo sistema de comunicación. Él a su vez le dijo que se llamaba Aníbal Fabián, que era profesor de educación física desde hacía unos diez años e instructor de varios equipos de baloncesto infantiles y juveniles. Habían empezado a caminar juntos por las lindes del pueblo sin proponérselo explícitamente y sin haber pensado hacia dónde. Compartieron respectivamente anécdotas e incidencias del trabajo en las canchas juveniles y en los consultorios veterinarios; se sorprendieron del algunas coincidencias. Derivaron en la conversación hacia los viajes y las escapadas veraniegas, los lugares descubiertos, los idiomas practicados, los timos padecidos y los tratos impecables o no de algunas poblaciones y establecimientos. De ahí pasaron a las rutinas personales, los gustos culinarios, los paisajes de culto, algunas canciones y películas y los intentos por mantener lo que se podía de viejas aficiones que la falta de tiempo y las obligaciones intentaban relegar. Cuando ya se escuchaban uno a otro hablar de amistades y de viejos amores, el sol del mediodía había dejado paso a un dulce comienzo de crepúsculo. Aníbal, sin distraerse de lo que contaba la chica, miraba la porción de mar que se dejaba contemplar entre dos bloques de casas bajas; era un mar apacible del que sobresalía un farallón donde se detenían por momentos algunas gaviotas para reemprender al poco tiempo el vuelo. Presintió con cierta melancolía que Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo, había de ser uno más de esos descubrimientos fortuitos y deliciosos de los viajes que en el momento nunca parecen tan fáciles de olvidar como en realidad lo son, que él tal vez nunca volvería a aquel pueblo y, si lo hacía, lo podría encontrar muy transformado, como ocurría con tantas cosas cada vez más. En cuanto a las aves que observaba, se profetizaba a sí mismo que, como las juveniles gaviotas de Serrat, no habían de volver jamás.

El siguiente amanecer se alzó con una luz y una temperatura que a Aníbal le hubiera gustado que se prolongaran a lo largo del día: una claridad sin estridencias ni deslumbramientos acentuaba los colores sin devorarlos, desvelando su variedad y belleza; el calor amable no traspasaba invasivo el tejido del polo que se había puesto, tan sólo confería tranquilidad y valor para salir del apartamento al filo de la madrugada. Era un amanecer, se dijo, “reconstituyente”, como el paseo y el baño de mar que pensaba darse sin que mediara el café de la mañana ni ninguna infusión ni nada. Como deportista, había probado muchas veces esos chapuzones mañaneros después de una ligera caminata; eran algo energético, “combustible” para todo el día. Salió del hotel y pasó junto a la terraza del restaurante ahora sin mesas ni sillas, parecía una modesta placita rodeada de parterres florecidos. Encaminó sus pasos hacia la pequeña playa con la toalla doblada sobre un antebrazo. Disfrutó de caminar en silencio y, más aún, de no ver a nadie en aquella zona ligeramente más urbana y cosmopolita del pueblo. Llegó a la playa, que nunca antes había visitado a esa hora y “¡Vaya!”, exclamó, allí estaban ellas, las gaviotas otra vez, sobrevolando el lugar, ocupando las rocas que destacaban del agua y la pequeña bahía de arena que aún no había sido cubierta por el pedregal conformado por las olas. Iban de un lado a otro sobre el arenal o las rocas, o bien aterrizaban o emprendían el vuelo según les pareciera. Y eran numerosas; recordó que Duncan Dhu cantaba aquello de cien gaviotas dónde irán. “Coño”, pensó, “pues aquí se han juntado más de cien”. Relajadas y ajenas, no se cuidaban de aquel hombre espigado, con polo, bermudas y chancletas que decidió seguir observándolas y contemplando el paisaje, renunciando a pasar entre las aves camino al agua. Era el turno de ellas, pensó, y decidió respetarlo. Una hora más tarde emprendió el regreso al hotel satisfecho otra vez de no ver a nadie pero ignorando que él sí era visto y vigilado. Aunque no caminara nadie por aquellas calles, aparentemente, se sabía ya de dónde venía él y qué había hecho allí, a juzgar por los cotilleos que se propagaron más tarde. Aunque todas las puertas y ventanas parecían cerradas a piedra y barro, siempre se debe pensar que hay alguien que fisga y acecha para divulgar después, y esta vez con añadidos prejuiciosos y retorcidos: durante el tiempo que permaneció en su habitación de hotel hasta el almuerzo, Aníbal Fabián no supo que se había extendido durante la mañana, con bastante mala entraña o bastante necedad, que “ese turista tan largo, tan largo y con la cara tan tristona, al que una gaviota le birló ayer la cartera al vuelo, estaba buscándola esta mañana en la playa para distinguirla de las demás y atraparla; se le ha ido la olla”.

Aníbal llegó a la terraza del restaurante llevando su ropa más ventilada y protegiéndose con gafas oscuras. El sol imponía su esplendor avasallando al límite del calor y deslumbrando sin ningún reparo. Junto a las mesas habían instalado sombrillas altas que suavizaban en gran parte la situación. Prescindió esta vez del pescado, a pesar de ser especialidad reconocida del lugar, y se decidió por una ensalada exótica seguida de una tortilla española con cebolla y en jugo de tomate; para acompañar todo eso pidió una botella mediana de espumoso rosado Casal Mendes y viva Portugal, concluyó. Miró con poca curiosidad a la concurrencia en lo que esperaba los platos. Le extrañó mucho que aún lo miraran con velada curiosidad, o con una sorna que en algunos casos era ya burla desafiante. También sorprendió sin explicárselo caras de preocupación que parecían estudiarlo. Él ignoraba que lo podían considerar un ser etravagante, si no un pertubado, debido a los rumores que habían circulado aquella mañana. “Ya se cansarán”, se dijo. Se concentró en la comida desde que le sirvieron y, al acabar, quiso responder a toda aquella burla y a aquella expectación casi persecutoria que había aguantado desde el día anterior, sorprendiendo a su vez, provocando el desconcierto hasta descolocar. Se puso en pie cuan largo era -su cabeza sobresalía por encima de la sombrilla-, alzó la copa brindando a los asistentes de un lado a otro, girando el torso en un gesto torero, y ya había empezado a cosechar tímidos aplausos cuando un objeto que él reconoció como su cartera cayó desde lo alto sobre la sombrilla silenciando a los presentes. El objeto rebotó y acabó en el suelo, de donde lo recogió enseguida; lo abrió y extrajo antes de nada su DNI, que mostró triunfalmente también con la gallardía de un diestro. Esta vez nadie vio en el cielo ningún ser volador, vivo o artificial, alejándose en el cielo. La necesidad de sacar la cabeza debajo de la sombrilla, la severa brillantez del sol y la atención que pusieron a la cartera que cayó les hizo tardar en mirar hacia arriba. Se mantuvieron en la terraza las sonrisas y los gestos de celebración en honor de Aníbal hasta quel paso de los minutos dio tiempo a pensar que aquella casualidad, como casualidad, era demasiada casualidad, una casualidad inquietante y esotérica, incluso.


Nadie pudo notar en aquel comedor que era justamente Aníbal el más asustado. Había empezado a tener miedo, mucho, miedo hasta de sí mismo. Algo en su relación con aquel pueblo (ignoraba lo que podía ser) ocasionaba lo inexplicable y lo tenía intranquilo: podía ser un maleficio, un extraño cruce de energías, unba conjunción cósmica equivocada o un terremoto en su carta astral, él no entendía de eso, lo cierto es que aquella misma tarde pagó su estancia en el hotel y salió de allí con su equipaje. “Pon el pueblo en el retrovisor”, dicen en las películas americanas cuando aconsejan a alguien huir. Y eso hacía él, empezando a serenarse en su coche, disfrutando de un suave atardecer que aliviaba de los ardores del mediodía y conduciendo con placer en aquella carretera sin tráfico en aquel momento. La placidez se le vino abajo en un instante cuando vio posada sobre la señal de entrada y salida del pueblo una gaviota, sola, alejada del mar. No quiso ni detenerse a curiosear; habría podido pararse un momento en el arcén y observarla, decirle algo, preguntarle si había sido ella la ladronzuela, algo. Pero no. Prefirió acelerar con moderación y seguir carretera adelante sin permitirse vacilaciones. Sólo se consintió una repentina nostalgia por Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo. Impulsivamente, como si diera un recado a la gaviota para la chica, buscó en el aparato musical de su coche la dulce canción de Marina Rossell: “Oh! Gavina voladora que volteges prop del mar/

i al pas del vent, mar enfora, vas voltant fins a arribar...” 

jueves, 24 de agosto de 2017

Con la venia. Ya pocos lo nombran.


"OBRA POÉTICA DE BORGES"

Agradezco al ocaso
y al cardo que ama la flor,
a la luna y al dios que quise ser
que yo, desasistido
del oro de los tigres,
de la sombra imantada del puñal,
de la urdimbre de viejas teologías,
hallara al fin, gestado el largo sueño,
escrito ya y brotado de otras manos,
el libro de mi vida.

E.G.A

jueves, 27 de julio de 2017

LOS DATOS QUE EL DIABLO ESCONDE


Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas” (Comienzo de Creer y destruir, del historiador Christian Ingrao, editorial Acantilado)


Eran historiadores, filósofos, filólogos, juristas y economistas. Fueron niños cuando Alemania sufrió la Guerra de 1.914 y su posterior derrota, hechos determinantes en el auge posterior de la mentalidad nazi. Rozaban la treintena cuando Hitler llegó al poder. Eran los altos titulados -akademiker- de las SS que aportaron justificación teórica incluso a las atrocidades sufridas por cientos de miles de víctimas consideradas hostiles y de raza inferior. Por lo tanto, no es extraño que su caso se halle en el epicentro de la perplejidad que suscitan esas sociedades que -consideradas desarrolladas y cultas- ceden cómplices, o se entregan con entusiasmo, a líderes y movimientos destructivos.

El historiador Christian Ingrao les dedica una investigación de unas 600 páginas en las que plasma las características sociales del aquel universo incluso en documentos del régimen y en testimonios personales hallados y transcritos.Tanto trabajo, tanta erudición, tiene sin embargo un boquete, una zona confusa de desconocimento que no podemos achacar al historiador sino a la misteriosa discreción de sus protagonistas: nunca dejaron testimonio escrito acerca de su infancia durante la Gran Guerra. Alguna vez se refieren a ella como un hecho objetivo pero jamás sueltan prenda de los familiares muertos en el frente, ni de los desplazamientos y cambios forzosos de su familia ni de sus planes y destinos truncados.Ni siquiera en las lebensläufe -especie de curriculum vitae que se elaboraba en la edad adulta- hace ninguno de ellos la mínima mención al asunto.

Aquellos niños, que no participaron directamente en la contienda, vivieron sin embargo la expectación masiva en las vísperas de la declaración de guerra, vieron movilizar a sus adultos, sufrieron en ocasiones la pérdida de varones en su familia y pasaron por penurias alimentarias. El Reich, forzado a la autarquía económica y la carestía, propagaba que esas desgracias eran un ataque directo de los enemigos a la población civil.También según la propaganda, los franceses y belgas eran unos desalmados sin escrúpulos, y los rusos eran crueles, atrasados y sucios. La guerra se entendía como una lucha por la salvación de la identidad histórica alemana que los aliados pretendían destruir. Todo ello se formulaba también en un discurso para niños que se materializaba en juguetes, libros y periódicos, dentro de un marco pedagógico que tenía como ideal la formación de una juventud seria y preocupada.

Pero todo ello lo sabemos por la información general y por testimonios de terceros de los que el autor da pruebas abundantes, pero no lo sabemos por ellos, los verdaderos sujetos de esa experiencia que mejor la podían expresar, por conocimiento directo y por formación. Ese silencio es -a mi entender- un punto débil del libro a pesar de tanta investigación admirable. No me basta la hipótesis plausible del historiador cuando aventura que ese silencio es un indicio del trauma: guerra y derrota alemanas. Si estuviéramos ante un texto literario, ese mutismo podría ser como el dato oculto fundamental que se silencia en ciertas narraciones, pero en un asunto histórico -en este asunto histórico en concreto- me parece en sí mismo un tema de investigación. Y además -llámenme aprensivo- me inquieta: ¿cómo es que coincidían todos en la misma omisión, era una consigna de sociedad secreta dispuesta a seguir organizada?¿Era acaso consecuencia de una educación de guerra? ¿Era un distintivo de casta profesional que exigía la despersonalización y la frialdad? Mientras no se me esclarezcan preguntas así -preguntas que tal vez hallen nunca respuesta- pensaré alguna vez, en mis devaneos, que el dato oculto de esta historia obra en poder del Diablo.

viernes, 21 de julio de 2017

SANTIAGO GIL, EXTRAMUROS. A propósito de una relectura.



"Las películas avanzan como los trenes en la noche", decía François Truffaut encarnándose a sí mismo en el film La noche americana. Yo ignoro si llegará el día en que la fluidez será una característica de estilo diferenciada en el cine o en la literatura; si lo llegara a ser, las novelas de Santiago Gil serían ejemplo de recorrido imaginario sin aparentes obstáculos ni detenciones, siempre avanzando en la medida en que se acoplan entre sí las situaciones de la narración y los actos de sus personajes, ofreciendo la engañosa impresión de conformar historias lineales y simples, como viajes que presentan por las ventanillas una estimulante variedad de paisajes que se van sucediendo como si todos fueran el mismo.

Una manera directa de contar de sobrada eficacia y una difícil sencillez permanente de vocabulario le han permitido a este autor, además, ser diáfano al adentrarse en la complejidad de caracteres poseídos por la irreversible demencia en sus entornos cotidianos, o al borde de trastornos que se suman a situaciones de marginación: nos los hace no sólo creíbles sino comprensibles, haciéndoles traspasar -también con fluidez- la frontera entre la sensatez y la locura. Habría que añadir otra característica en común, casi invariablemente: el aislamiento físico, la reclusión en interiores o en espacios abiertos pero tan cercados como ellos mismos.

En mi opinión -y en la medida en que le he podido seguir como lector- Santiago Gil rompe con esas constantes en la novela Villa Melpómene. Se trata de una obra basada en las visitas a Gran Canaria del compositor francés Camille Saint-Säens y sus estancias en Guía siendo ya un septuagenario célebre. El desarrollo argumental fluye, también en este caso, sobre raíles pulidos y aceitados, pero los dos personajes principales -el músico y su biógrafo- se van dando a conocer en paralelo tomando alternativamente la voz narradora, pasando el protagonismo de uno a otro merced a las coincidencias que se dan en sus respectivas peripecias. Los personajes no son atormentados dementes sino seres realizados que no consiguen, a pesar de todo, alcanzar la felicidad por otro lado inalcanzable. Y los momentos de encierro en espacios clausurados (Villa Melpómene, Guía) contrastan con las trayectorias cosmopolitas y andariegas que se trazan en sus páginas, la sucesión de viajes y las pinceladas de paisaje grancanario, desde los arduos caminos de interior hasta las costas aún inexploradas, vistos a través de la mirada conmovida del músico compositor de El carnaval de los animales.

En una novela posterior, La costa de los ausentes, la frecuencia viajera y la variedad de paisajes tienen mayor detalle y fuerza descriptiva, pero tal vez sea la que nos ocupa, Villa Melpómene, la primera que desvió la mirada del autor desde los enclaustramientos neuróticos a los espacios abiertos.



Saint-Säens, por Manwill

martes, 11 de julio de 2017

MARIPOSAS PARA EMILIO


Ellas alcanzaron el esplendor, se alzaron como mariposas únicas, deslumbraron en la historia y las ficciones al desplegar y batir las alas más hermosas; con ellas trazaron el vuelo más insuperablemente esquivo e inaccesible para algunos pobres mortales, impotentes ante su gloria o su belleza. Se llamaban, por ejemplo, La Malinche, Diana Spencer, Ana Bolena, Gilda o María de Magdala. Para mayor melancolía, nunca pudieron volver a la etapa de crisálida cuando les llegó el abandono, el hacha del verdugo, el campo de concentración o la prostitución. No hubo forma de protegerlas; los pobres mortales comprobaron que ellas eran igual de inaccesibles en la decadencia y la tragedia que en el vuelo triunfal.

Mariposas imposibles es el título del único libro de poesía publicado hasta ahora por Emilio González Déniz, y en sus páginas reserva con tino su atención y su música a cada mariposa. La segunda parte del poemario lo componen textos de amor con colores dominantes, colores sin correspondencia apreciable con situaciones o matices de la pasión: cada color muestra un valor desconocido según el verso en que se le encuentre.

Emilio González Déniz es desde hace ya tiempo uno de los novelistas indiscutibles de Canarias, maestro en la obra coral o en la novela corta o más íntima. Bardinia, La mitad de un credo, Bolero para una mujer o Tríptico de fuego son ejemplos de su prolijo talento. Su última novela, El tren delantero, es todo un homenaje al cine y una muestra de su maestría también en las narraciones cortas que aparecen ensartadas en su argumento.


BREVE MUESTRA DE TEXTOS

Diana Spencer

Cenicienta se calzó unos zapatos de cristal
y voló en carroza de fantasía
para ir a encontrar a su príncipe antes que el reloj diera las doce.
Blancanieves anduvo entre los enanos
mientras esperaba a su príncipe,
que finalmente llegó en bayo corcel altivo.
la bella durmiente soñó plácidamente durante cien años
hasta que el beso de su príncipe soñado la despertó.

A ti te condujeron hasta el príncipe de los príncipes,
el Príncipe de Gales,
en carroza de fantsía, calzada, vestida
y coronada con el cristal más limpio del mundo,
el diamante,
coqueteaste con enanos y soñaste con el beso del príncipe,
pero él no quiso besarte.
El reloj dio las doce y entraste en el túnel del tiempo,
sin beso y sin príncipe.

La bruja había ganado.

___________

Wang Joung

Fuiste escogida para ser deposada por el dios
de carne que habitaba la Ciudad Prohibida.
Él te dedicó algunos instantes,
pero su carnalidad gozaba más del sudor de los esclavos.

No te importó el rechazo del dios
porque ser mirada un instante por él
era el privilegio más alto que podía gozar una mujer mortal.

Estuviste a su lado cuando lo destronaron,
le sostuviste la corona cuando a la fuerza
lo hicieron monarca de Manchuria,
y lloraste su prisión cuando lo condenaron
a cuidar para siempre el jardín de la Ciudad Prohibida.

Vagaste sola por los tugurios de  Pekín, Cantón y Shangai.
Antes de diluirte en el olvido,
vendiste en los mecados del amor de Hong-Kong
la delicada piel de porcelana
de la única y no desada esposa de P'u Yi,
el último emperador de China.

_________

Ojos de frecuencia larga.
espiral estrecha, verde.
Nace en mí la esperanza al evocarlos
en miradas vivas,
vegetales.
La vida es parda como tu mirar verde,
vivo verde,
quietud,
pardo,
par (a) do (s).

___________

El incoloro azul de tu sonrisa
se va en el aire.
la saliva, beso transparente,
azul en la mejilla, roja
en los labios.
Malva otra vez y
transparente, llenas vacíos
y eternizas llanos.
Estás, crees y sientes,
malva da tu besar,
madad de paraíso.
Sonrisa azul, roja succión,
malva-da.

__________

Mariposas

Mariposa es mujer que quiere ser otra:
ella misma.

Dos mujeres,
una sola, con las manos abiertas,
buscándose en las mariposas,
falenas de imposibles,
mariposas de la pasión no correspondida,
reflejos de mujer que huye de la realidad.

Todas las mariposas buscan imposibles.

La niña de las mariposas, de Antonio Padrón

martes, 14 de febrero de 2017

LA RADIO Y YO



Aunque suelo ignorar los establecidos “Días Internacionales de...”, ayer día 13 de febrero no me sustraje a la celebración del dedicado a la Radio, medio de comunicación al que había desplazado hace años de mis hábitos de oyente en favor de la Televisión o de la navegación por Internet. En estos últimos meses, sin embargo, he recuperado ese mundo, donde se descubren innumerables e interesantes personajes y acontecimientos que no parecen caber en las programaciones de las cadenas televisivas ni en las páginas de la prensa escrita, y cuyo rastro en la web suelo desconocer: aventureros, nutricionistas serios, divulgadores de los últimos descubrimientos, escritores noveles con obra ya considerable o activistas sociales comprometidos con causas arduas y desconocidas. Ayer fue, para mí, un día para recordar momentos familiares de la lejana niñez en torno al aparato de radio, cuando adjudicaba con la imaginación rostro, decorado y color a las voces que parecían provenir del artilugio y los actos y sucesos que estas describían.
Hubo un tiempo ya lejano en que se podía seguir la radionovela Ama Rosa en la calle, camino a casa y sin tener transistor, sólo con prestar atención a los aparatos de radio de las casas vecinas en el barrio suspendido en un inquieto silencio. Tiempos en que seducían la dicción y el verbo de los Boby Deglané o Matías Prats padre presentando o transmitiendo espectáculos musicales, humorísticos o deportivos. Tiempos de orquestas que sonaban como las de “Yo soy aquel negrito” o emisoras con las que podías quedar enganchado oyendo durante horas música árabe fácil de sintonizar. Hubo un tiempo asimismo en que fue la Radio el medio de la propaganda política por excelencia para informar, desinformar o promover la conformación y crecimiento de los grandes movimientos de masas, en ocasiones con discursos en lengua extranjera que lograban seducir por el ritmo y la fuerza declamatoria de aquellas voces a las que no se les entendía nada. O tiempos en que era posible la broma pesada y genial que un joven Orson Welles gastó a la población estadounidense haciéndole creer con recursos radiofónicos que la Tierra estaba siendo invadida, en tiempo real, por extraterrestres. Era ayer el momento de recordar todo eso como también que, cuando parecía que la Radio iba camino de una segura y total postergación, se hizo imprescindible herramienta social la noche de un 23 de febrero, en la que el Congreso de los Diputados de una democracia recién nacida permaneció secuestrada por unos desagradables golpistas, al parecer afortunadamente chapuceros.
Ahora, con los nuevos medios tecnológicos, la Radio ha conseguido extenderse y complementarse con la Televisión o con la Red: sus programas se pueden ver, filmados, desveladas las fisonomías y los espacios que se dejaban en exclusiva a la imaginación antes aguijoneada por los sonidos. Tal vez vayamos camino de una confusión o combinación de recursos para ser informados o entretenidos cuando hasta ahora, todavía, dependemos de uno solo de preferencia.
Ayer se concedieron públicamente lo premios culturales El ojo crítico, espacio de Radio Nacional donde oí nombrar a jóvenes dramaturgos, escritores y músicos de los que no había oído hablar pero a los que merece la pena seguir la pista. Tuvo el premio especial del jurado el cineasta José Luis Garci, director de las míticas Asignatura pendiente y Solos en la madrugada. En la modalidad bianual “premio iberoamericano” se reconoció al poeta portugués Nuno Judice, voz de un interés indudable del que no habría tenido noticia (yo al menos) si no es por este programa de Radio.

martes, 17 de enero de 2017

PARTES NOMBRADAS



En los senos se llamaba Nuria; su novio escondía la cara entre ellos ahuecando la pronunciación de aquel nombre repetidamente. Sus hombros, en cambio, se llamaban Matilde; él se los había bautizado horas antes, a la luz del primer atardecer, cuando sobresalían de las tiras de un vestido fresco de verano. En el cuello era Elvira, donde su amante se detenía apenas el tiempo de recorrerlo, declamándolo, antes de descender hacia otras zonas. Las manos se le convertían en Belén, sobre todo en las palmas cálidas y protectoras donde él refugiaba la cara unos segundos. Allá abajo sus pies,como dos desconocidos, pertenecían a Amanda, y eran siempre tratados con devoción en los empeines. En sus rodillas y corvas, se transformaba en Teresa casi sin tiempo para acostumbrarse. Se convertía en Davinia en la extensión del vientre, bajo la franja de luz que llegaba del postigo y cruzaba la cama. Llegado el momento, el culo respondía al nombre de Yazmina. Y casi a continuación, ella veía a su chico desaparecer entretenido entre sus piernas, fondeando en los pliegues y las cavidades estremecidas que allí había, intrigada pero divertida, ganada por el morbo de aquella infidelidad con todas las desconocidas, imaginarias o recordadas, que sin embargo confluían en ella, o que eran ella. Cuando el tipo levantaba la cara y la acercaba de nuevo, la chica quedaba siempre aguardando a que finalmente la bautizara a ella, a ella toda, por si él era capaz de nombrar algo de aquel fulgor en sus ojos, de su curiosidad o de la tensión surcada en su frente, de la media sonrisa en la comisura y de sus palabras en voz baja, preguntando. Pero él se quedaba, una noche más, balbuceando de nuevo en la penumbra, intentando impotente un nombre que no acababa nunca de abrirse en sus labios, un palabra que la abarcara plenamente, hasta que vencido dejaba caer la cabeza en la almohada prometiendo que la próxima vez sin falta, la próxima vez, mi amor, le surgiría de adentro por fin cómo nombrarla inventándola, con naturalidad, una próxima vez en que ella nuevamente empezara llamándose Nuria, allí en los senos...

Foto: Natalia Mindru

lunes, 16 de enero de 2017

SI YO LES DIJERA...


Si yo les dijera que existe una narración de hace décadas (*) que aborda asuntos como el acoso escolar, la integración y la homofobia cuando aún no se llamaban así. Si yo les dijera que las circunstancias de esa narración se ambientan en tiempos de crisis y pobreza. Si les dijera igualmente que en esos tiempos duros los lazos familiares de los personajes les permiten unirse para celebrar, al menos sin carencias alimenticias, una festividad nacional. Si les dijera que el autor nos detalla con mano maestra los platos y los postres de una gastronomía familiar de tradición campesina suculenta... de los primeros platos a los postres.

Tal vez si les dijera todo eso, ustedes pensarían que una historia así, de existir, habría tenido que ser ya muy reeditada y leída en una época de estrecheces que muchos han sorteado gracias a la pensiones de los abuelos y demás ayudas de la parentela providencial; una época asimismo sensibilizada contra el acoso, la homofobia o la marginación de los diferentes. Si, además, existe un auge de la afición y competición culinarias rayanas en el empalago, esa narración debería haber sido la narración de la crisis, de esta gran recesión de la que no se sabe si hemos salido o si vamos saliendo...

Pues podría decirles que añadan a todo lo anterior que se trata de una obrita breve, de lectura fácil y agradable, que en unos casos se ha publicado como novela corta y en otros, como cuento literario. Para más inri, digamos también que la personalidad de su autor, en un episodio con morbo de su vida, ha sido recreada por el cine en una reciente película de éxito: Capote, protagonizada por Philip Seymour Hoffman. El escritor Truman Capote, por lo tanto, le sonará incluso a mucha gente que no lo ha leído en su vida -incluso a gente que no lee a nadie- gracias a la pantalla grande, lo que no deja de ser un tirón.

Me resulta imposible tener la respuesta a por qué no se ha acudido a una obra así, tan oportuna además de excelente, para la reedición, la lectura (incluida la escolar) o el debate. Pero eso, improbables lectoras y lectores, es un desafuero que siempre se puede enmendar, todo un vacío a llenar con facilidad interesándose por buscarla, leerla y sacarle todo el provecho estético y educativo que facilita.

(*) El invitado del día de Acción de Gracias, de Truman Capote