viernes, 21 de julio de 2017

SANTIAGO GIL, EXTRAMUROS. A propósito de una relectura.



"Las películas avanzan como los trenes en la noche", decía François Truffaut encarnándose a sí mismo en el film La noche americana. Yo ignoro si llegará el día en que la fluidez será una característica de estilo diferenciada en el cine o en la literatura; si lo llegara a ser, las novelas de Santiago Gil serían ejemplo de recorrido imaginario sin aparentes obstáculos ni detenciones, siempre avanzando en la medida en que se acoplan entre sí las situaciones de la narración y los actos de sus personajes, ofreciendo la engañosa impresión de conformar historias lineales y simples, como viajes que presentan por las ventanillas una estimulante variedad de paisajes que se van sucediendo como si todos fueran el mismo.

Una manera directa de contar de sobrada eficacia y una difícil sencillez permanente de vocabulario le han permitido a este autor, además, ser diáfano al adentrarse en la complejidad de caracteres poseídos por la irreversible demencia en sus entornos cotidianos, o al borde de trastornos que se suman a situaciones de marginación: nos los hace no sólo creíbles sino comprensibles, haciéndoles traspasar -también con fluidez- la frontera entre la sensatez y la locura. Habría que añadir otra característica en común, casi invariablemente: el aislamiento físico, la reclusión en interiores o en espacios abiertos pero tan cercados como ellos mismos.

En mi opinión -y en la medida en que le he podido seguir como lector- Santiago Gil rompe con esas constantes en la novela Villa Melpómene. Se trata de una obra basada en las visitas a Gran Canaria del compositor francés Camille Saint-Säens y sus estancias en Guía siendo ya un septuagenario célebre. El desarrollo argumental fluye, también en este caso, sobre raíles pulidos y aceitados, pero los dos personajes principales -el músico y su biógrafo- se van dando a conocer en paralelo tomando alternativamente la voz narradora, pasando el protagonismo de uno a otro merced a las coincidencias que se dan en sus respectivas peripecias. Los personajes no son atormentados dementes sino seres realizados que no consiguen, a pesar de todo, alcanzar la felicidad por otro lado inalcanzable. Y los momentos de encierro en espacios clausurados (Villa Melpómene, Guía) contrastan con las trayectorias cosmopolitas y andariegas que se trazan en sus páginas, la sucesión de viajes y las pinceladas de paisaje grancanario, desde los arduos caminos de interior hasta las costas aún inexploradas, vistos a través de la mirada conmovida del músico compositor de El carnaval de los animales.

En una novela posterior, La costa de los ausentes, la frecuencia viajera y la variedad de paisajes tienen mayor detalle y fuerza descriptiva, pero tal vez sea la que nos ocupa, Villa Melpómene, la primera que desvió la mirada del autor desde los enclaustramientos neuróticos a los espacios abiertos.



Saint-Säens, por Manwill