lunes, 6 de junio de 2016

¿PERO QUÉ LE PASA A VENUSIA?


El solajero deslumbraba hiriendo los ojos, destellaba en el suelo y difuminaba el colorido de las flores. Don Cleofás, protegido por la boina de visera, miraba preocupado al patio de recreo que ese día le tocaba vigilar; tenía la vista puesta sobre el encuentro de fútbol que disputaban alumnos de dos cursos diferentes, y se alarmaba en realidad por varios motivos. Una de sus preocupaciones, la más urgente, era de carácter solidario y exigía una inmediata intervención: veía a don Gedeón en ese momento en el centro del patio, distraído en pleno partido de fútbol, así que sin dudarlo encargó a dos alumnas le advirtieran de su parte del riesgo de recibir un pelotazo en los morros y de que sus gafas salieran volando por ahí. Y es que Gedeón no parecía percatarse en realidad de los tumultos en que se internaba durante las avanzadas y los retrocesos de los contendientes en torno a la pelota, ni de las certeras patadas o los cabezazos que la impulsaban atravesando una buena extensión del patio. Además de preservar a su compañero de un empujón o del oprobio de acabar alcanzado por un disparo futbolero, convenía a Cleofás evitar quedarse solo en la vigilancia del patio teniendo encima que atender a un Gedeón accidentado. Don Cleofás vio desde lejos a las niñas dándole el recado, y vio asimismo al advertido apartarse a un lateral del terreno de juego, donde tampoco se percató de que un niño se ocultaba detrás de él para escapar de otros con los que jugaba, usando su cuerpo como escondite.

El segundo motivo de interés era la frecuencia con que algunos pequeños jugadores, demasiados en realidad, se llevaban el pulgar a la boca imitando el gesto que últimamente repetía más de un jugador famoso, o la forma en que señalaban con los índices al cielo después de haber realizado una jugada -como también hacían Messi y otros cuantos más- y, sobre todo, la persistencia y facilidad con que escupían sobre el terreno de juego, andando o parados con las manos en la cintura. Pensó que, al menos en lo relativo a escupitajos, algo se debería hacer “en el terreno educativo”. Vio a otra persona que también parecía imitar a la gente destacada del fútbol, y no era esta vez ningún niño ni ninguna niña, y ése era su tercer motivo de preocupación: doña Venusia, de 1º E, caminaba por los alrededores del patio hablando por el móvil, sola, cubriéndose la boca con la mano libre a la manera de las celebridades, en especial los entrenadores y los presidentes de clubs de fútbol. ¿A qué venía aquel gesto? Al parecer ella había salido del edificio central para hablar a solas por el móvil, se podía entender, pero ahora no parecía que hubiera nadie atento a ella y menos capaz de una lectura de labios a distancia: los alumnos estaban a sus juegos y Gedeón probablemente ni la viera. “Está claro”, concluyó Cleofás, “que con un gesto así más bien se arriesga a que se fijen en ella”. ¿Pero quién?
Doña Venusia, sin apartar la mano izquierda de su boca, y sosteniendo aún el celular con la derecha, empezó a mirar con suspicacia hacia los edificios cercanos cuyas ventanas daban al patio del colegio, una multitud de ventanas, también de balcones, del vecindario donde nunca se veía a nadie asomado -curiosamente- ni limpiando los cristales, pero tras los que, con seguridad, habría ojos escudriñando las entradas y salidas, los recreos, la cuesta empedrada, el jardín, el emparrado bordeado de pequeñas columnas y los movimientos de todo el mundo; alguien oculto detrás de unas cortinas o retirado unos pasos, velado por la sombra. Ella contraía los párpados para afinar la vista y fruncía los labios en un rictus de desconfianza mirando hacia aquellas viviendas. Cleofás ya no pudo seguir distrayéndose con ella; una encendida bronca por un gol confuso había hecho que el niño árbitro se retirara, intimidado, y había en ese momento dos adversarios desafiándose, a punto de resolver la cuestión a trompetazos, jaleados alrededor por sus respectivos partidarios. Se dirigió al lugar del altercado pero en el camino vio que ya Gedeón intervenía con prontitud disolviendo el mogollón y enfriando los ánimos.
Aunque quiso estar más atento al patio a partir de entonces, no pudo evitar fijarse en don Atilio, de Educación Física, que era quien deambulaba ahora por los alrededores del espacio de recreo hablando por su móvil. Buscó con la vista a doña Venusia y de momento no la supo ver; ella se reveló a sus ojos de repente saliendo del bosquecillo conformado con plantas autóctonas en un extenso parterre lateral, un jardín muy formativo cuya vegetación abuntante era ya lo suficientemente tupida como para perderse en ella. Su vestido veraniego de falda larga, de color amarillo claro, le había permitido camuflar su figura entre las flores de risco (amarillas) los matos de risco (amarillos) las orejas de gato (amarillas) y también entre los cardos yesca, los cardos crito y los girasoles, todas flores de un deslumbrante amarillo. A Atilio se le notaba en la cara que veía llegar a Venusia hasta él encandilado por tanta amarillez esplendorosa, luego incómodo por tener que entender lo que ella le decía sin dejar de atender la voz al otro lado de su teléfono móvil y, finalmente, asombrado de que su compañera le cubriera la boca con su mano cuando él intentaba hablar por el teléfono. Ella, por toda explicación, llamó su atención sobre las ventanas del propio colegio señalándolas con el índice. ¿Qué le preocupaba ahora de esas dependencias escolares tras las ventanas: aulas, oficinas y despachos hacia donde por costumbre tampoco se mira nunca pero que posiblemente tengan dentro alguien que tal vez sí observe, o vigile, incluso en horas de recreo? Imposible no seguir curioseando cuando Venusia agarró a Atilio por una de las mangas del chándal intentando llevarlo de la mano acá o allá para señalarle, al parecer, todos los lugares desde donde podían verlo anónimos espectadores, dentro y fuera del recinto. Tampoco fue posible no fijarse en cómo Atilio, con rostro alucinado, incluso asustado, se zafaba de la mano Venusia retirándole su antebrazo con energía para escapar enseguida hacia el bosquecillo, perdiéndose entre los tajinastes, dragos, cardones, cedros y las flores plantadas entre ellos.
La algarabía motivada por el único gol indiscutible de aquel encuentro devolvió su atención al campo de juego. Vio cómo el ímpetu de unos cuantos abrazos sucesivos hizo tambalearse al goleador, que perdía el equilibrio. También había alumnos corriendo eufóricos por todo el patio al tiempo que se quitaban la camiseta para dejar al descubierto otra interior, a lo Iniesta; se incrementaron los escupitajos al suelo, lanzados por ganadores y perdedores, así como proliferaron de inmediato los jugadores que se chupaban los pulgares antes de reubicarse en el terreno. Gedeón, por su parte, cumplía con su cometido vigilante, sin distraerse lo más mínimo, y hasta parecía complacido con el desarrollo del partido. El juego se reanudó con un saque reglamentario en los últimos minutos del recreo; ya se jugaba serenamente por cumplir, sólo por agotar el tiempo destinado al fútbol.
Volvió a mirar a los alrededores del patio. Ya no había rastro de doña Venusia ni de don Atilio; era de suponer que habrían entrado los dos en el edificio, cada uno por su lado. Miró de nuevo hacia todas aquellas paredes y ventanas en las que rutinariamente nadie reparaba nunca, él al menos no les había prestado atención hasta ese momento en que la extraña agitación de Venusia se las hizo notar. Eran, en realidad, demasiados probables espectadores con los ojos puestos sobre uno, a diario, ojos que sumar a los de los alumnos en las clases, que era el público visible y permanente. Siempre estaban expuestos los profesores -pensaba- siempre actuando ante alguien, para alguien, la imagen y la voz siempre entregadas... en un constante escenario. No era de extrañar que cualquiera más susceptible a la atención ajena -alguien tal vez muy perfeccionista, o muy vanidoso- se preocupara tanto como Venusia lo había hecho por tanta supuesta expectación, o como él iba a tener que preocuparse sin remedio por el pelotazo inesperado en la barriga que acababa de recibir; ¡cómo dolía! Desde quién sabe qué ventanas, y tras qué cristales, lo estarían viendo doblarse sobre sí, caminar torpemente con el tronco inclinado hacia adelante y las manos en el estómago, con la boina de visera caída sobre el suelo y pisada por los alumnos que en su auxilio lo rodeaban, que le preguntaban cómo se sentía, que comentaban entre ellos sobre su palidez indudable. Deseaba calmarlos, deseaba recuperar resuello para poder decirles no es nada, se irá pasando, dejen ahora que me apoye en este poste, no me rodeen de esta manera porque necesito aire, un poco de aire nada más... Y no le gustaba que le vieran así. La luminosidad de las primeras horas se iba convirtiendo en agotamiento y bochorno de día carbonizado, en pieles sudadas y excitación nerviosa que enconaría los ánimos hasta la hora de salida, y también en aquella sensación de presión sobre sus sienes caldeadas, confundida ahora con el dolor, ya que en las tripas aún le pesaba el impacto doloroso como una como un bloque de algo sólido y con aristas. Cerca de él repiqueteaban los últimos botes a ras de suelo de la pelota que lo alcanzó. Levantó la cabeza para intentar decirles gracias a todos, ya estoy mejor, no se me echen encima, y vio venir hacia él a don Gedeón apresurado dando largas zancadas, estudiándole con preocupación el semblante tras los reflejos de sus gafas.
-Rediez, don Cleofás -oyó que exclamaba Gedeón-, rediez, reonce y redoce elevados al cubo, ¿estás bien? ¡Vaya cañonazo directo al hígado!... Hay que fijarse más, hay que estar más al loro, compañero. Como yo.