jueves, 9 de junio de 2016

APENAS UN REMANSO

En el café. Kika Selezneff 
Doña Valentina no observaba apenas a Gedeón, para qué; le era ya familiar, demasiado familiar, verlo corregir ejercicios en la sala del café, con la taza al lado, dejando con frecuencia que el cortado se le enfriara sin darse cuenta, como también era previsible verlo levantarse para recalentar el líquido en el microondas, en ocasiones más de una vez; ése era el único momento en que él alzaba la vista de los papeles, sin decir ni media, sin ocuparse de quién entraba ni de quién salía.

Don Gedeón tampoco reparaba en Valentina; estaba demasiado acostumbrado a verla calentar café nuevo de un modo resolutivo y casi automático cada vez que llegaba, y disponer sobre la mesa, en platitos de cartón con cubiertos de plástico, algunas de las galletitas, pastelillos o bombones que quedaran en la amplia alacena, haciéndolo todo con un dinamismo tan maquinal y silencioso como si pensara marcharse de inmediato después de beber un sorbo, como una ejecutiva sin tiempo. Pero esta vez Valentina, inesperadamente, detuvo en seco los pasos en una de sus vueltas entre la alacena y la cafetera eléctrica, abrió los ojos sorprendidos y se giró sobre los talones observando intrigada los ejercicios que corregía Gedeón.

-Disculpa -le dijo-, pero me he fijado cuando paso cerca y veo que las notas que pones son todas de nueves y dieces, nueves y dieces... Chico, ¿tan bien te va?

Gedeón sonrió con modestia antes de confesarle que se trataba de los exámenes de los empollones, siempre empezaba por ahí para animarse a corregir los ejercicios: "¡Ya vendrán después otras notas, ya!", pronosticó. Valentina apenas concedió un gesto de comprensión a su compañero y se dirigió de nuevo a la cafetera eléctrica. A la vuelta se sentó frente a él, le puso delante una taza con café nuevo y le acercó la lata grande que contenía una buena variedad de galletas en cestitos de papel plisado. “Para que te animes aún mas”, le dijo. Él tan sólo dirigió los ojos sobre las gafas hacia las novedades de la mesa y le dio las gracias a Valen, después continuó a lo suyo.

-A cuerpo de rey estás, ¿eh, Gedeón? -le preguntó Valentina- No es el Cafetín de Buenos Aires, ya te gustaría, pero no te falta de nada. Si acaso, la música...

Gedeón levantó la cabeza y arqueó las cejas sorprendido, por las atenciones y por la mención al histórico tango. No se lo esperaba en ella. Y Valentina sonrió como si hubiera previsto su sorpresa.

-¿Qué te creías, que sólo tú conocías de tangos? Tienen letras preciosas, soberbias, y yo soy la de Lengua y Literatura, no lo olvides. Cafetín... es para mí casi el mejor, como poema -opinó Valentina, y arrancó a canturrear con voz muy suave: “... Nací a las penas /bebí mis años /y me entregué sin luchaar”. 

-Ya veo que te gusta -le reconoció Gedeón. Y se le ocurrió proponerle, tan sólo hablando por hablar-: ¿Qué tal si montamos aquí un día del tango, tú y yo, como actividad específica de tu Lengua y Literatura? Hay días en el año para todos los asuntos, así que por qué no... Y que acabe todo el mundo hablando lunfardo, que se arme una buena. Yo aporto los discos.

Che, malevo! -replicó Valen de inmediato-, soy la de Lengua (...Castellana) y Literatura, no lo olvidés. El lunfardo es casi otro idioma y yo no soy una entendida, tal vez tú sí -dijo, y se llevó la taza de café a los labios; después le arrimó aún más el cortado a Gedeón, incitándolo a tomarlo antes de que se le enfriara.

¡Lunfardo, dices!; mirá que sos fanático, Gedeón”, continuaba ella la broma cuando empezó a oírse el tintineo seco del manojo de llaves del portero del centro, cuyos pasos parecían aproximarse aunque de momento no se pudiera precisar a qué distancia estaba ni si en realidad se dirigía a la salita. Esperaron guardando un silencio momentáneo y el sonido de las llaves fue en aumento. Serafín apareció finalmente en la puerta con su ropa de faena, el llavero abultadísimo al cinto, y saludó antes de entrar.

-Llegas a tiempo, Serafín. Hay café recién hecho -informó Valentina al portero y se dirigió a Gedeón, avivándolo-: ¡Pero don Gedeón..., ofrezca usted unas galletas a nuestro guardián de bienes, de esas que tiene ahí cerca! 

-¿A nuestro qué...?

-Se llama guardián de bienes, que no portero. Ya has aprendido algo nuevo, ¿ves? Soy la de Lengua y Literatura.

Serafín, guardián de bienes, rechazó las galletas con una sonrisa y se apoyó en un lado de la puerta con la tacita de café en la mano.

¿Sabes, Serafín? -dijo Valentina-, los porteros (los guardianes de bienes) son los
Cafetín de Buenos Aires, José Marchi
personajes más alucinantes y misteriosos de los colegios. Nunca se sabe dónde están ni por dónde van a aparecer, siempre precedidos por el ruido de sus llaves, que los anuncian pero sin descubrirlos; cuando hay silencio por esos pasillos se oyen las llaves por más tiempo y alargan el misterio. Conocen lugares del edificio donde nadie ha puesto la vista ni sabe qué puede haber, si es que a alguien le interesa: sótanos, pasadizos, desvanes, pozos... Conocen materialmente las tripas de la iluminación y la ferretería de todo este decorado. Y a eso hay que añadir (ojo) lo que van sabiendo discretamente de todos a lo largo del tiempo, la historia acumulada de los cursos y de los equipos que se han ido sucediendo, la cara oculta de los acontecimientos...

-¡Ya será menos..! -repuso Serafín, cabeceando y sin abandonar una sonrisa tímida.

-Dime una cosa -inquirió Valentina-: tú que estás en todas partes, ¿no te habrás topado en algún momento, por algún sitio, con el DRON de don Gedeón, aquí presente? Es sabido que un día vio, o creyó ver, un DRON espiando por la ventana de su clase con malas intenciones, y después por la ventana de un pasillo, y que el cacharro no se le ha vuelto a aparecer desde entonces, aunque todo el mundo se ha quedado con la duda y ya hay otras personas que fantasean mucho con el DRON de don Gedeón.

Lo había dicho así y lo había repetido: “el DRON de don Gedeón”, proclamando el fenómeno como un ser real y notorio, a cuya relación -ya del dominio público- Gedeón tendría que resignarse por un tiempo, sobrellevando la curiosidad, la desconfianza o la guasa de quien quisiera recordarle aquella aparición voladora. La misma alusión de Valen y sus preguntas del momento parecían responder a esas tres intenciones: la curiosidad, la desconfianza y la guasa, como si brincara de una a otra alternativamente y no pudiera saberse en cuál de ellas se establecería al fin.

-¿Eh, Serafín? -persistió Valentina-, ¿no has visto volando por ahí nada parecido? Ese artefacto debería llevar un cascabel, algo colgado que anunciara que está cerca, como a ti te anuncia el llavero. Claro que tal vez no sea cosa real sino imaginada, o algo mágico, o tal vez sea un enviado de poderes que están más allá de nuestro control, quién sabe, para vigilarnos. En ese caso... ¿quién le pone el cascabel al DRON?

-En ese caso -intervino Gedeón- daría escrúpulo intentarlo. Nadie pondría ese cascabel... ni al gato.

-¿Has dicho “escrúpulo”...de verdad has dicho eso? -preguntó Valentina con cierto asombro en la mirada- ¡Es curioso, es realmente muy, muy curioso..!

Miró a uno y a otro sin desvelarles qué era tan, tan curioso, manteniendo el suspense y la expresión de asombro. Gedeón y Serafín intercambiaron discretamente una mirada de desconcierto. El portero había cambiado de repente la amable y tímida sonrisa por un ademán interesado y grave. Gedeón arrugó el entrecejo fijando dos ojos como dos signos de interrogación en su compañera y, al fin escamado por la intriga, le preguntó casi ofendido si por casualidad él había empleado mal la palabra “escrúpulo.”

-Está bien empleada, pero no se trata de eso -Valentina miró a uno, después al otro, cada vez más picados por la incómoda curiosidad-. Es como si hoy todo se concatenara -explicó- y todo guardara relación de un modo sorprendente (el DRON, el llavero, el cascabel, el escrúpulo): ¿saben cómo se llama el pequeño grano interior que hace sonar un cascabel? -y volvió a hacer una pausa dramática, sin desvelarles la respuesta todavía -En realidad es prodigioso.

-Rediez, dínoslo ya... ¿Cómo se llama? -apremió Gedeón.

-¡Espera, hombre!, los estoy preparando porque esto es demasiado hermoso y aquí hay corazones sensibles -advirtió Valentina. Serafín hizo señas de que ya se tenía que marchar y ella unió sus manos en forma de ruego para que esperara un instante más-. Pues atiendan: el grano que hace sonar el cascabel por dentro se llama es,cru,pu,li,llo -dijo enfatizando cada sílaba, y finalmente repitió todo seguido-: ¡escrupulillo! ¿No es poético, no es maravilloso? -preguntó a nadie en concreto-. A mí es que esa palabra me llega al alma, a lo más hondo...

Y antes de que se le escapara un sollozo, les recordó que ella era la de Lengua y Literatura.