sábado, 6 de septiembre de 2014

Tiempo de peppermint

Una mujer tumbada sobre su cama se abandonaba a la placidez de la modorra en compañía. Si sonaba el teléfono con insistencia desde el salón, o si irrumpían timbrazos en la puerta de su apartamento, los ignoraba hasta que cesaban de oírse. No se dejaba incomodar por el nerviosimo del hombre tendido a su lado, al que sí alarmaban los timbrazos prolongados. Ella, en cambio, como si nada; resistía en silencio relajada o proseguía la conversación que había entretenido a los dos. Ahora bien, aquella misma mujer sí que saltaba literalmente de la cama si de repente le apetecía ir a por el peppermint o traer café para los dos. Bajaba al suelo de una sola zancada sobre el costado del hombre y desaparecía tras la puerta como si algo en la casa absorbiera su cuerpo desnudo y la atrajera irresistiblemente, sin dejarle a él contemplar su trasero, sus pasos, ni su melena oscura balanceándose detrás de la espalda. El hombre sobre la cama clamaba con desconsuelo:
-Cuando vuelvas, ¡entra despacio!
A ella le alcanzaría la súplica tal vez en el pequeño pasillo, en la cocina o en el saloncito; lo mismo daba: más allá de la puerta por la que había salido, todo era la misma oscuridad, un espacio opaco que la había engullido con rapidez inhumana, como inhumana era la lentitud con la que se hacía esperar.
-¡Despacio, entra despacio! –le recordaba él si creía oír los pies descalzos de la mujer regresando al trote.
Pero ella no cambiaba la marcha antes de entrar; sí lo hacía una vez reaparecida, camino a la cama. En la lentitud se acentuaba más el juego de sus hombros y sus caderas acercándose. Lo más admirable para él era verla cambiar el ritmo de sus  pasos sin que se notara, como un desafío a la física y al tiempo: no realizaba una mínima detención para corregir la inercia de su prisa, ni tenía que recomponer la figura para pasar de la precipitación a la calma, tanto si avanzaba con las manos vacías como si sostenía la bandejita con los cafés y la copa de peppermint con hielo que tanto la enloquecía, el único licor que toleraba.
Durante el tiempo impreciso que duró aquella relación él le regalaba cada tanto una botellita de peppermint, que la mujer colocaba en un pequeño aparador con cristales. Siempre que se hallaban en la casa de ella, el hombre observaba la lenta regularidad con la que iba perdiendo nivel el líquido esmeralda dentro del recipiente. Él podría haber medido la duración de aquella época por la cantidad de botellas que le regaló, pero en la actualidad es incapaz de calcular cuántos peppermint duró aquello, muchos años atrás. Con seguridad, no llegó a contarlos ni fue consciente del último. No tiene el recuerdo de una ruptura ni de un final determinado. Tal vez aquel final consistió sólo en no echarse tanto en falta cuando no se veían, o en el olvido cada vez más frecuente de quedar para una próxima ocasión al final de cada cita. Anemia, triste pero incruenta.
Sí recuerda con seguridad que ella dejó de ocupar aquel apartamento. Él ha buscado su número de teléfono en alguna vieja libreta, en las hojas de los libros que leía entonces o en una guía polvorienta de teléfonos conservada por algún misterio. Sabe que no serviría de nada encontrar aquel número de teléfono, que lo busca por una especie de antojo supersticioso, porque sería el del apartamento que ella dejó y en aquel tiempo en que los dos se entendían sólo se contaba con esas dos señas: el domicilio postal y el teléfono fijo; nadie tenía entonces un móvil y no se conocían el Internet ni esos inventos.
A pesar de todo, ella se ha convertido por último en su recuerdo más risueño, cuando todos los demás se desvanecen. Encantado de recuperarla al menos de ese modo, la sitúa cada vez con más fijeza en el momento de aquel cambio de marcha en la habitación, como si aquel visto y no visto que iba del acelerón a la majestad elegante hubiera abolido el tiempo, creando para ellos una dimensión ajena al desgaste y la muerte, la única órbita donde suplicarle de nuevo, con mayor urgencia: “¡Despacio, más despacio!”, antes de que la vuelva a tragar otra espesura absorbente y ella a su paso le deje apenas la estela de su melena negra ondeando detrás de la espalda.