miércoles, 12 de agosto de 2015

Tinto de verano. CORO A BOCA CERRADA

Por su apariencia y estilo, seguro que aquel viejo café tenía una historia ilustre, una historia de culto repleta de nombres propios, aunque en sus paredes no hubiera fotografías que lo acreditaran. Era un café discreto y por eso me gustaba aún más, no deseaba conocer su pasado. Los camareros te dejaban en paz después de atenderte; si no los llamabas, tenían la buena costumbre de no acercarse a preguntar cómo estaba todo, o si deseabas algo más. Eran silenciosos, antañones, uniformados con chaquetillas blancas y entrenados en sostener con elegancia las enormes, redondas bandejas plateadas. Era el mejor lugar para agotar el periódico saboreando un coñac.
No sólo no había televisión. Nadie sacaba un móvil ni una tablet allí dentro, aunque no hubiera prohibición expresa de hacerlo, y nadie hablaba en voz alta. Cada mesa -mármol y arabescos- era un islote aparte y apartado, una historia única entretenida con un café, una infusión o una copa; conversaciones susurradas o reservados silencios de concentración y olvido.
Yo respondía con discreción a la discreción del establecimiento. No le decía a nadie que iba allí, ni que frecuentaba el distrito. Quería mantener mi relación con el local al margen del trabajo que ya sabía no me darían por contrato al final del periodo de pruebas por el que llegué a la ciudad. Tampoco lo mencionaba en mi correo ni en mis mensajes online, en tanto que sí daba noticias con detalle de todos mis demás movimientos y rutinas. Llegaba, respondía al saludo de algún camarero, o de la señora que controlaba tras la registradora antigua, y escogía una mesa. Me sentaba, me deshacía del abrigo, desplegaba el periódico y cuando venían a preguntarme pedía mi coñac, siempre la misma marca. Aunque la secuencia era invariable, me agradaba que no me preguntaran nunca “¿Va a ser lo de siempre?”. Siempre se dirigían a uno como si todo empezara en cada ocasión y nada hubiera que darse por supuesto; me parecía el modo más distinguido de evitar una familiaridad innecesaria, y se compadecía mejor con la anónima simpatía no sujeta a compromisos de un viajero de paso con la ciudad que descubre.
Al principio, cada vez, dejaba divagar la mirada de los titulares del periódico a los ocupantes de las otras mesas, sus gestos, sus bisbiseos por momentos reconocibles, formando una estampa intemporal; ya reconocía en ellos a algunos habituales: dos señoras mayores que se sentaban una junto a la otra y se escuchaban inclinando siempre la cabeza hacia la que hablaba, como si se estuvieran confesando. En un grupo de hombres con aire bohemio estaba siempre presente una guitarra acústica que ninguno hacía sonar. Los de mayor gravedad era una pareja chico y chica que lucían prendas oscuras, incluso en días de calor; no abandonaban la seriedad en todo el tiempo de sus encuentros, a veces acompañados de cuartillas escritas sobre las que se intercambiaban comentarios.
Cuando al fin entraba de lleno en la lectura del diario, página a página, favorecida por un agradable estado de concentración, lo hacía removiendo suavemente el coñac, cubriendo el fondo de la copa con la palma de la mano para mantenerlo en la buena temperatura durante unos diez minutos, lo  saboreaba y dejaba la copa sobre la mesa, hasta la próxima. Sin proponérmelo, llegaba siempre al final del periódico coincidiendo con el último de los espaciadísimos sorbos que daba al brandy, en una sincronización que parecía confirmar una tácita armonía establecida entre el local antiguo, el coñac, el periódico, el personal, los ocupantes de las mesas, la apacible hora, yo mismo, y todos estos elementos entre sí. Formábamos, a nuestro modo, un coro a bocca chiusa, un coro a boca cerrada, como el de Madame Butterfly.
La última vez que abrí el periódico en aquel café me topé con el reportaje de una sección veraniega que hablaba de aquel local, de su historia, de viejas tertulias, de artistas bohemios, de escritores y de algún que otro conspirador. No eran muchos los nombres y a la mayoría de ellos se les podía relacionar con otros cafés más famosos, por lo que -imagino- habrían estado allí de paso alguna vez, si no abandonaron el lugar en favor de otros establecimientos con más pujanza. Daba igual, nada sería lo mismo después de la lectura de aquel artículo. También me enteraba, por la lectura, de los fundadores y de los sucesivos propietarios del sitio. Acababa de ocurrir algo desconsolador: el periódico, uno de los integrantes de aquel coro a boca cerrada, había cargado contra los demás: contra aquel espacio, contra mí... traicionando. El café y sus ratos en él habían pasado a engrosar el mundo del dato y de la anécdota; ya podría hablar de todo ello, entretener e ilustrar, tenerlo como referencia de mis itinerarios de viaje, pero se había perdido lo inefable. Para siempre.
Antes de marcharme, me giré en la puerta para ver por última vez a los camareros, el mostrador, el biombo, los percheros de madera, los grupos en torno a las mesas, y me agradó pensar que había escogido aquel antro de calma por las mismas razones que lo prefirieron sus primeros parroquianos. Salí afuera, a la tarde soleada, y aquella ciudad que habitaba aún por unos pocos días, la ciudad que me aprendía a base de perderme en ella mirando a un lado y a otro, se veía más completa: había recuperado un hueco en el plano, una zanja de valor histórico -el café antiguo- como un rico yacimiento bajo una construcción derruida, el tesoro que yo le había estado disputando.