sábado, 15 de agosto de 2015

Tinto de verano: A LA VISTA DE CÁMARAS OCULTAS



No puedo pensar en cámaras de seguridad sin desear cometer un delito. Están en todas partes esos ojos electrónicos que permanecen invisibles, agazapados ante la ceguera o la indiferencia atolondrada de la gente que no piensa que está siendo grabada, pero todas esas horas de imágenes confusas se quedan en nada si no ocurre una paliza en un aparcamiento, una colisión de vehículos, un asalto violento o el enfrentamiento de dos bandas futboleras armadas hasta los dientes. Me angustia no controlar ni aprovechar ningún plano, ningún sonido de esa otra existencia mía, desconocida, de escenas fugaces y fantasmales.
A veces entro en alguna joyería sin el propósito de comprar nada, ni de llevarme nada. Son espacios refinados y silenciosos que merece la pena visitar para aprender y admirarse, como museos, y a los que supongo más dotados de cámaras de seguridad que encuadran el menor recoveco. He estado visitándolos para aproximarme a la remota probabilidad de que yo fuera la avanzadilla de una banda de guante blanco que esperara mi señal para entrar y desvalijar con virtuosismo; acercarme tan sólo a la imaginaria circunstancia de que repartiría después con los demás, tras un asalto relámpago, en la plataforma de un gran furgón clandestino; gozar con la sabrosa conjetura de que nos dispersaríamos después, cada uno con su parte, hasta el destino final en alguna isla del Caribe, acompañado yo de una joven cómplice, exótica y fatal. Así hasta esta vez, en esta última joyería, donde la naturalidad amable, profesional y en apariencia confiada con que me ha atendido una mujer muy bien vestida, ha desentonado de tal manera con la intención retorcida e inmadura que me había traído aquí que con esfuerzo he podido reprimir una risotada nerviosa, con esfuerzo y una mueca desconcertante. Ahí me ha dado vergüenza y habría desistido de estos devaneos de delincuente si no llego a reconocer en el hombre embalsamado en gomina y acompañado de un portafolios que en otro mostrador preguntaba por un collar a M.R.P., viejo condiscípulo de Instituto.
Desde hacía años y años no lo veía sino en los medios de comunicación. Se ha pasado la vida encaramado a cargos institucionales, saltando de uno a otro. De paso, ha estado encausado por tráfico de influencias y otros asuntos feos pero ha logrado eludir los cargos con una buena defensa. A mí no me la da. Cuando le he oído alguna vez en televisión, le he reconocido ese timbre de voz impostado, algo pastoso y gutural que empleaba para ganarse a los profesores con comentarios de fingida trascendencia, adaptados en cada caso al gusto del docente de quien pretendía obtener un redondeo favorable de la nota o incluso un punto de favor con el que mantener la calificación media. Con esos talentos ha hecho carrera toda su vida. No necesito pruebas: tipos como él son la pasta o el caldo básico de lo que después, a veces, acaba en los tribunales. Están hechos para eso, tanto en la vida pública y asociativa como en el sector privado, o en esas franjas turbias en que ambos mundos se confunden. No estaría de más caerle encima, inmovilizarlo y hacerle confesar las tropelías a cogotazos después de hacerlo chillar como a un gorrino. Esa confesión quedaría grabada por alguna cámara de seguridad, no sé cuál pero alguna habría. Sería delinquir, pero por una buena causa, como si yo fuera un robin hood de los bosques electrónicos. Habría que prepararlo bien, tendría que conseguir su confesión con datos inequívocos, incontestables, sólo conocidos por él, no vaya a ser que alegue haber hablado sólo por coacción. No estaría mal, insisto. Lo prepararé todo a conciencia siguiéndolo, aprendiéndome sus itinerarios, sus relaciones y actividades; tendré hacerme el encontradizo explotando recuerdos escolares y de aquí a un cierto tiempo quién sabe, quién sabe, tal vez llegue la hora, al fin, la hora de dar cumplimiento no a uno sino a dos de mis íntimos deseos.