viernes, 1 de diciembre de 2017

BONSAI



Hacía mucho que no oía llorar un gato como lo oigo esta noche. Eso quiere decir, probablemente, que en este barrio ningún vecino ha tenido gatos durante años, hasta ahora. Los gatos lloran como bebés roncos, dicen que atormentados por el celo. Yo no estoy tan seguro de que esa queja desgarrada que oigo sea fruto de las ganas de aparearse y no se deba al miedo o al desamparo, que es a lo que de verdad suena. Primero me exaspera, como el llanto de un niño enfermo que no ha aprendido a decir lo que le pasa y por el que no se sabe qué hacer, y al final me entristece. Esta vez el lamento parece venir del interior de un piso cercano, amortiguado por las paredes de alguna casa; llega aniñado y humano. Hace tiempo que tampoco he visto a ninguno por aquí; no he visto gatos en ninguna azotea ni en ningún balcón; apenas he sorprendido a alguno, callejero, merodear cerca de los contenedores de la basura o esconderse bajo la carrocería de algún coche. No ha habido más con los gatos durante años. No he querido criar ninguno desde que no tengo a Bonsai, ni he cultivado la nostalgia de haberlo tenido. Pero el llanto de ese gato me hace recordar cuando sí lo tuve y remontarme a años atrás.
Inesperadamente, ese pelaje pardo que parece llegar ahora desde la tiniebla del pasillo, la figura felina que recorre en silencio el salón de esta casa, ya no es el viejo Bonsai sino su recuerdo en mí, una réplica repentina evacuada del trastero de mi memoria. La cabeza redonda, pequeña en proporción al cuerpo alargado que pasea su elegancia camino del cojín sobre un sillón vacío, es el doble perfecto de aquella hermosa cabeza que hace mucho no habita aquí, reavivada por el llanto de ese otro gato que gime afuera. Cuando lo tuve no me sobresaltaba que brincara sobre mí jugando aunque no lo esperara ni lo viera venir, ni que saliera de un escondrijo bajo una mesa para aprisionarme una pierna, ni que me despertara recorriendo el colchón después de saltar a la cama; sabía siempre que era él, me tenía acostumbrado a sus movimientos inaudibles, a su tacto, a sus saltos sobre superficies mullidas. Sin embargo, después de que se fuera y me pareciera verlo aparecer de improviso en cualquier parte de la casa, ahí sí que me asustaba. Me impresionaban y me entristecían esas visiones fugaces que me asaltaban de improviso con frecuencia: lo podía confundir con un cojín, con una chaqueta tirada sobre el sofá o con una mochila en el suelo. Eran los fantasmas de la costumbre, de mi antigua convivencia con él, los espectros de sus antiguas apariciones habituales en toda la gama de sus actitudes felinas.
De momento no puedo dormir; me vigilan y aguardan diversos Bonsais espectrales en todo el apartamento; el gato vivo y real que una vez tuve era uno solo pero esas réplicas imaginarias no tienen límite a la hora de prodigarse: me espera un gato inmaterial tras la puerta de la cocina, otro debajo de la cama o en un extremo del sofá o escondido en la bañera. Y todos ellos me remiten a aquella noche, una cierta noche inquietante y agorera, y la continuidad de lo que sucedió en ella. Y es verdad que sucedieron cosas, aunque la llegada del sueño pareciera poner fin a la jornada borrando todos sus acontecimientos para dejar sitio al día siguiente por venir. Tras unas horas dormido, recuerdo, desperté y noté algo así como un felino de tamaño humano abrazado a mi cuello, repitiendo en mi oído un ronquido sensual que finalizaba en un suspiro profundo. El fulgor de unos ojos híbridos, a un tiempo de persona y de pantera aferrado a mi cuello, hizo que me apartara gritando y que apenas empezara a tomar consciencia de la realidad cuando, apartado, me senté en el filo de la cama y respiré aliviado al percatarme de que era Sagrario quien ocupaba sobre el colchón el mismo lugar del cruce de humana y gato, o de gata y humano, al que creí estar abrazado un segundo antes. Había llegado, cuando yo ya dormía, de su turno de noche en la centralita del hotel.
-Hombre, ya sé que me ha vuelto el catarro- dijo una voz congestionada- No creo que te contagie otra vez, no te alarmes así- añadió la voz quejosa que tanto me confortaba oír aunque se le notara la mocarrera que ocupaba su nariz y confería una sonoridad indolente a su voz. Miré el reloj; por la hora deduje que haría dos horas y algo más que habría vuelto de su turno en la centralita del hotel.
La observé. Me había hablado inmóvil, tendida sobre el costado, con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. La posición era la de alguien dormido. Hasta ahora no había hecho falta que se identificara nunca las noches en que entraba en la cama mientras yo ya dormía. Como al gato, que también usaba cama, la deducía por las costumbres, la reconocía por su peso sobre el colchón o por su roce con mi cuerpo, y no me confundía con ninguno de los dos. Tuve un difuso mal presagio por la quiebra de aquellos reconocimientos implícitos que tanta seguridad daban a nuestra convivencia, la de los tres. Me tendí sobre el costado mirando a la pared, aliviado de que no fuera verdad que un fenómeno de la naturaleza me hubiera tenido atrapado por el cuello. Me tendí sobre el borde de la cama en el que me había sentado, casi en el filo, para permitir que Sagrario recuperara el sueño cuanto antes pero ella insistió en preguntar por qué me había apartado así de ella, por qué me encontraba tan inquieto. Me coloqué boca arriba y vi a Bonsai sentado sobre las patas traseras, atento a la escena. Contesté a Sagrario que nada, nada de importancia al menos, tal vez el efecto de una pesadilla, y me volví de costado hacia mi lado de la cama.
-¡Eh, cariño...! -insistió, presionando levemente con el índice en mi espalda; yo ya sabía que iba a insistir- ¿Qué pesadilla extraña fue esa?... Dime-. Quería escuchar y enterarse. Estaba acostumbrada a escucharlo todo y de todo en su trabajo, me había dicho: escuchaba las consultas de las llamadas internas y externas de los clientes del hotel, sus peticiones y sus encargos; atendía preguntas sobre habitaciones libres, sobre precios, sobre números de teléfonos, masajes, comedores o lavanderías. Orientaba por teléfono a los ya hospedados sobre teatros, organismos, floristerías, coches de alquiler, transportes públicos, restaurantes o comercios renombrados. Programaba las horas a las que algunos decían querer ser despertados, comunicaba el adelanto de la factura a los que lo solicitaban...
Su cuerpo permanecía relajado, abandonado del todo a la comodidad del colchón. Su respiración y los músculos de su cara seguían pareciendo engullidos por las profundidades del sueño. Era como si me estuviera entendiendo con dos mujeres: una, Sagrario, cansada y amante de placeres como dormir; otra, la telefonista de hotel, que no dormía, acostumbrada a todo tipo de voces y a algunos idiomas, siempre atenta a lo que ocurriera o lo que quisieran contarle. Por un momento, lo recuerdo, no supe si seguir hablando o si abandonarme al sueño y dejar que transcurriera así el resto de la noche. No podía saber si ella estaba a punto de dormirse o todavía esperaba más detalles sobre lo sucedido.
- No sé -respondí al fin sin saber si ella me escuchaba-. Una pesadilla, ya te digo. Algo desconocido se me aferraba al cuello. No recuerdo más.
El gato se había ovillado a su lado de la cama y ronroneaba en sueños. Dormía con la cabeza apoyada sobre el bulto de los pies de Sagrario. Y seguiría durmiendo o se levantaría por su cuenta para beber agua, desahogar alguna urgencia o sencillamente merodear en alguna parte de la casa, en cualquier momento de la noche.
-Anda, duerme- juraría que dijo ella en un susurro débil y lejano, pero cómo asegurarlo si momentos antes había estado despierta y hablando con aquella inmovilidad relajada de todo el cuerpo y su voz me había llegado como desde otra mujer, sin que yo viera sus labios moverse debajo del cabello negro y ensortijado que cubría su boca. La poca luz de la calle que se colaba entre las cortinas iluminaban su pijama de satén con lunares rojos. Ahora, además, emitía desde la hondura de sus cuerdas una especie de gemido sonoro, nasal, propio de quien celebra una nueva postura sobre la cama, que sonaba a máxima placidez. Ella gemía, el gato ronroneaba sobre sus pies, el despertador se sumaría a la fanfarria en poco tiempo.
Anda, duerme”, había dicho. Pero faltaba poco para el amanecer y las primeras luces que se filtrarían a través de las cortinas. Desactivé el despertador para que el sueño de Sagrario no se viera innecesariamente interrumpido y la contemplé un momento flotar en el sueño al que parecía haberse entregado por fin. Se volteó de improviso desprendiendo otro gemido de goce inocente. Tenía una mano sobre la cabeza del gato, que se había desplazado hasta su cintura. Parecían ya inseparables. Y eso que al principio les costó acostumbrarse el uno a la otra. Sagrario acortaba las estancias en la casa cuando la visitaba, nerviosa por las carreras del gato de un lado a otro, por sus saltos entre los muebles, por los lanzamientos de juguetes que apartaba de sí con las patas para después lanzarse sobre ellos, y por la vigilancia recelosa del animal que sentía sobre ella. El gato, por su parte, le soltaba resoplidos de rechazo si ella intentaba acercarse o acariciarlo y, con la misma, se perdía de vista; maullaba protestando cuando Sagrario y yo nos abrazábamos o nos sentábamos uniendo nuestras cabezas. Sin embargo, después de la vez en que ella se agripó y acabó instalándose con nosotros para ser cuidada, el gato fue su compañía vigilante a los pies de la cama y ella no dejó de mostrarle agradecimiento hablándole, acariciándolo cuando se acercaba, imitando sus maullidos y sus ronroneos. Convaleciente aún, cuando ya pudo levantarse de la cama, permanecía largos momentos sobre el sofá acompañada del gato, al que no dejaba de rascar suavemente en el cuello o en la panza admirando la pelambre casi rubia bajo las manchas marrones, redondas como anillos en el costado y las alargadas rayas oscuras lo largo del cuerpo. Desde entonces, Bonsai reservaba para mí el juego más gimnástico y competitivo -con dosis de brutalidad- mientras a ella se acercaba para dedicarle largas miradas con parpadeos ostentosos, le empujaba el cuello o la mejilla con su hocico o se restregaba en una de sus piernas con la cola en vertical. Ante estas muestras de adoración casi permanentes, Sagrario no sólo respondía con agrado: desperezaba el cuerpo y se atusaba el cabello entregándose a un ligero éxtasis de vanidad, con sonrisas que se me antojaban triunfales. Ya le había oído decir a ella en un reciente desayuno: “No puede haber muchas mujeres en el mundo adoradas por un gato bengalí”. Ciertamente, era difícil conseguir ejemplares de esa raza y, en ciertos lugares del mundo su venta suele ser exclusiva, pero al principio pensé que su comentario era trivial, incluso irónico. Sin embargo hacía tiempo que se habían afilado sus rasgos, las recientes ondulaciones de su cabello negro, el rímel que le confería misterio y profundidad, y el lápiz de ojos con que estiraba sus contornos hasta la sienes habían dejado atrás un rostro más redondeado e infantil, con las olvidadas gafas de lente circular y aquel cabello liso dividido sin sofisticación por una simple raya a la mitad. Ahora solía mostrarse ufana y rozagante, sonriendo a menudo para sí. A la vista de lo que estaba ocurriendo tuve que admitir en esos días que algo se estaba transformando, que la hasta entonces escasa vanidad de Sagrario, henchida aparentemente por la devoción de Bonsai, se le desbordaba por todo el cuerpo.
***

El llanto de ese gato anónimo pareció haber desaparecido hace tan solo un breve rato, pero vuelvo a oírlo, esta vez más seco y lejano, y me recuerda el maullido casi inaudible -apenas un hilillo de voz suplicante- del Bonsai que entró en esta casa y en mi vida siendo un bebé desvalido: las primeras tomas de leche, la botella de agua tibia en la cajita donde le tocaría dormir, la instalación precipitada de comedero, bebedero y bandeja de arena. Cuando lo veía hacerse poco a poco con el espacio de la casa y cuando compartía los primeros juegos con él, poco me importaba que su raza se hubiera originado en un cruce de gato doméstico y de gato bengala o leopardo asiático, como también le llaman, ni cualquier otro antecedente suyo: era tan sólo mi gato, ni más ni menos. A pesar de eso, lo llamé Bonsai por considerarlo la miniatura de un felino grande, aunque eso apenas fuera una concesión a su figura peculiar y al exotismo de su procedencia. Debo decir, sin embargo, que aquella mañana en que me levanté antes de la hora -desvelado por la pesadilla que me hizo creerme aprisionado por un ser híbrido de felino y humano-, el animal me acompañó a la cocina como siempre esperando una ración leche, pero no me rodeó con sus juegos, no se restregó en la pernera de mi pijama ni me miró dirigiéndome los primeros maullidos del día: se limitó a acompañarme erguido y observándolo todo con ojos de renovado asombro. Me pareció de golpe mucho más corpulento y mayor, también más lejano y extraño, como si hubiera asumido en pocas horas que era un producto de la selva, un prodigio reclamado y cotizado en círculos donde no faltarían estafadores y traficantes de ejemplares valiosos, todo eso de lo que había quedado a salvo en las alturas de nuestro apartamento, que era todo su espacio conocido.
Cuando abrí la puerta para salir de casa, lo vi observando desde lejos sin acercarse corriendo a despedirme; permanecía a pocos metros quieto, noble, majestuoso y -me traspasó otro presagio impreciso y doloroso- parecía dedicarme un último reconocimiento.
Las horas en el trabajo disiparon la rareza y las últimas congojas de la pasada noche. Regresé al medio día pensando que encontraría a Sagrario desperezada y activa, ordenando ropa y reubicando objetos mientras oía música en la radio; y a Bonsai, por su parte, siguiéndola por curiosidad o bien por el contrario desaparecido, oculto en uno de sus recovecos secretos.
El día era luminoso y colorista, como para ahuyentar recuerdos tenebrosos y malos augurios. Aprecié un tráfico pintoresco y variado de personas en mi vuelta al barrio, que recobraba el aspecto cosmopolita que le habían arrebatado los peores años de la crisis. Me percaté de muchas caras desconocidas que ocupaban el lugar de antiguos habitantes que un día dejaron atrás sus casas, sus comercios, sus restaurantes o sus talleres. Observé los negocios nuevos, abiertos con esperanza o temeridad a un futuro incierto, entre ellos una clínica veterinaria recién inaugurada, donde entré para comprar a Bonsai una nueva pelotita de las que botan endiabladamente hasta el techo y un cojín con rascador. En una tienda de delicatessen compré un vino artesanal para alegrar la próxima cena que tuviera en casa con Sagrario.
En contra de todas mis previsiones, el apartamento estaba en silencio cuando llegué. No había rastro de actividad alguna a la vista. Ni la mujer ni el gato respondieron cuando cuando pregunté por ellos en voz alta. No percibí ningún rastro de vida a mi paso por el recibidor, por el baño o por la cocina. Abrí con delicadeza la puerta ya entreabierta del dormitorio. De lo que entonces vi sobre la cama puedo desconfiar todavía por lo sorprendente de la escena y por los pocos segundos que soporté observarla. Sagrario estaba boca arriba como poseída, mirando a las alturas y con el pantalón corto del pijama de satén sobre la almohada, abandonado junto a su oreja. Por debajo de su cintura, había un gran bulto activo y oculto bajo la colcha que ocultaba la pierna derecha de la mujer; la pierna izquierda sobresalía desnuda de la frazada, y sobre ella una pata de Bonsai que abría y cerraba con lentitud su zarpa sobre el muslo de ella. Todo lo demás ocurría bajo la ropa de cama.
Tanto Bonsai como Sagrario debieron notar mi presencia por la respiración o por alguna sombra que proyecté. Yo estaba enmudecido y petrificado. Ella me dirigió unos ojos de criatura extraña y enajenada que parecieron desconocerme y Bonsai asomó su pequeña cabeza para lanzarme una mirada temible, acompañada de uno de esos resoplidos de rechazo o advertencia que reservaba para visitas particularmente odiosas. Sin proponérmelo, me di enseguida la vuelta y recorrí el apartamento hasta la puerta de la calle. Deambulé en la calle sin rumbo, incapaz de sacudirme la incredulidad ni la tristeza por todo lo que presentía. Podría desconfiar todavía, después de tanto tiempo, de aquello que vi si no fuera porque a mi vuelta ya no estaba ninguno de los dos; tampoco el coche de Sagrario. Ella nunca me contestó al teléfono móvil y había abandonado su piso sin dejar señas nuevas. También intenté dar con ella, sin resultado, en el hotel donde había trabajado. Tampoco sirvió de nada denunciar sus desapariciones.

Ojalá no llorara más ese gato afuera, ojalá no me los recordara insistentemente, y su maullido acabara disipándose de una vez en el viento o en la lejanía. En el insomnio que me espera por su causa me cabe apenas pensar, como consuelo, que los dos desaparecidos habían estado siendo objeto de una transformación de la que no me di cuenta, un cambio que más tarde o más temprano tendría que consumarse, incluso involuntariamente. También es verdad que tanto vale acogerse a esa explicación como creerse cualquier otra, dadas las circunstancias. Cualquier especulación me servirá esta noche, acaso, para distraer a duras penas el desgarro de una duermevela interminable y despiadada como un remordimiento.