lunes, 2 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. ESPERA QUE TE DIGA (*)




Bien… iré al grano, o me volveré loco; no digo loco pero sí torpe, confuso... Bien, al grano, decía.  ¿De qué te ríes? Otra vez he dicho “bien, al grano”, ¿verdad? Te reías de eso. Bien... (vaya, otra vez). Tú no te desesperes, por favor; tú, mantén la tranquilidad. Ah, sí, lo olvidaba: tú siempre estás tranquila. Ojalá pudiera yo estar así. Yo sí que no estoy tranquilo. ¿Te sirvo más?... Yo, con tu permiso, necesito otra. ¿Por dónde iba?.. Esto es terrible. Qué fácil resultaba hace una hora. ¿Y por qué preparar las cosas si al final no sirve de nada? Eso es lo que me dices siempre. Dime la verdad, pero la verdad: ¿tú nunca anticipas, no prevés las cosas? Joder, quién pudiera... Pues no te creo. Mientes, como una bellaca. ¿Te lo demuestro? Cuando fuiste, por ejemplo, a la fiesta de Rita, te preparaste a conciencia, pensaste con detalle en los que iban a ir todos -uno por uno- sabías de antemano en qué momento tenías que apartarla para hablarle y pedirle aquel favor... No, perdona, no te estoy llamando calculadora. Joder, ¿por qué lo tienes que entender todo así, por la tremenda?...  Sí, ya sé que es un tópico: lo de calculadora en la mujer va siempre acompañado de fría, fría y calculadora (en otras palabras, bruja), lo sé. Pero es que yo no te estoy llamando eso, por dios. Que no, que no digo que seas una bruja. Estás sacando las cosas de quicio. Bueno, las estamos sacando de quicio, perdona. Y he empezado yo, lo reconozco. Yo sólo quería decir que eres previsora: vamos, que necesitas revisar la baraja como todo el mundo... A lo que íbamos. ¿No te das cuenta de que nuestras peleas parecen peleas de novios… desde hace tiempo? ¿En qué? ¿Cómo que en qué? Pues en que son tontas... Ya empezamos otra vez: ¡Si yo no he dicho que seas tonta!... Mujer, que te están oyendo, que se va a enterar todo el mundo. Anda, toma un poco de esto, venga. Hazlo por mí, que nunca te pido nada (bueno, sólo una cosa, ya sabes; pero como siempre me la niegas, no cuenta) ¿Ya, mejor? ¿Fumamos la pipa de la paz? No me digas que tienes prisa; ¡no, venga, seguro que no es así!, si habíamos venido a cenar. Eso es que te has enfadado: ¡que te conozco! De acuerdo, acabaremos pronto, te lo aseguro. Me lo estás poniendo difícil. Está bien: nuestras peleas no son de novios. ¡Pero deberían!... Ya está, ya lo he dicho... ¡No!, no respondas. Aún no lo he dicho en realidad. Verás, tengo que decirte algo explícitamente (decírtelo, no dártelo a entender ni dejarlo caer ni nada de eso). Ahora te callas, por favor. Me toca a mí. Lo tengo que pronunciar inequívocamente, vocalizarlo con claridad. Después, tu respuesta será... también inequívoca, la peor o la más maravillosa de todas. Después, ya no tendrás que escuchar nada más porque no habrá más ocasiones como ésta o, por el contrario, tendremos muchas, mucho tiempo para decirlo todo. Bueno, verás... ¿Que te debí advertir de que esto era una encerrona? ¿Pero cómo que una encerrona? Somos amigos, a..mi..gos. De encerronas, nada: amigos y hay confianza, y eso lo hace más difícil, y por eso tengo que ser tan claro y preciso y tú no me dejas llegar, o por lo menos no me estás ayudando en nada, con lo que a mí me cuesta. ¡Amigos!, y desde hace tiempo. Por eso, si te lo digo con una canción de amor te creerás que estoy halagando tus gustos musicales (que conozco) y al final no se sabrá si entendiste o yo creí que entendiste ni si yo te entendí lo que quiera que dieras a entender con alusiones, con... Y lo mismo si te hablo de una película, o si te enfoco el asunto teóricamente. Y si te hablo de mis sentimientos, ¡bueno!... Para empezar: si te digo que te quiero, pues tú me dirás que también me quieres, y mucho, que me lo has demostrado, pero vete a saber de qué estaríamos hablando… Si te digo que no, que no es eso, que quiero tenerte, pues tres cuartos de lo mismo porque, con la confianza de años, nos hemos dicho ya tantas burradas... (yo más, claro). Y, lo que más temo: si doy rienda suelta a la sinceridad, si te hablo de lo inseguro que todo esto me ha tenido hasta ahora, que para mí ha sido una sorpresa y que no lo he pretendido, que siento que es la única vez que me pasa (aunque no es la única, pero como si lo fuera), si te hablo de que no duermo bien, de que me río solo, que sólo pienso en los momentos que vamos a estar juntos, pues ya está: una confidencia más. Te pondrías a apoyarme, a orientarme como confidente y, al final, seré yo mismo quien te habrá ayudado a acorazarte en tu papel de consejera solidaria, en tu papel de siempre, que te debe dar más seguridad. Y eso no: aquí ya no hay bromas, ni paños de lágrimas, ni psicoanálisis... ¡Esto es la guerra, joder! ¿Y qué más da si me oyen?... Si aún no me has oído tú... ¿Y por qué retiras la mano? ¡No me estarás respondiendo ya! Deja esa mano donde estaba. ¿Te da miedo esto? Sí, ya veo que te estás aturdiendo. Oye, una cosa: si me tienes que decir que no, no me digas que esto es muy bonito, que te sientes halagada, que quisieras no perder a un amigo. Ya no seré amigo a partir de esta noche, o sea, que no pierdes nada. Y si me dices que sí, tampoco vamos a ser amigos sino otra cosa. Ya sabes: estaríamos comprometidos, nos deberíamos explicaciones, nos querríamos tener en exclusiva... ¡Me cago en diez, que mal lo estoy haciendo! Casi te estoy espantando... Mira, vamos a hacer una cosa. Paramos aquí; sí, paramos, ¿vale? Yo te vuelvo a llenar el vaso, ¿ves? Así. Y ahora, pues lleno el mío. Tú tomas un trago, yo otro. Y después, nadie habla: ¡silencio durante unos segundos! Tú no dirás una palabra sino escucharás, ¿entendido?, y yo no diré ya nada más sino escuetamente lo que necesito decirte. Eso sí, la mano la sigues dejando aquí, que aquí está bien; tiempo tendrás de retirarla si es el caso. Bien: bebamos... ¡Pero bueno! ¿De cuándo a acá bebes tú a sorbitos y sin gana? Si este vino te encanta. Pareces un pajarito bebiendo, ahora. ¿No me estarás haciendo un desprecio, no? ¿Que soy tonto? Ahora resulta que soy tonto. Vamos, me estás dando la noche. Me has roto el clima, la situación, todo, con lo que me había costado el manduque y la puesta en escena. No, perdona; no he querido parecer mezquino. Quería decir que esta vez lo he hecho con una intención determinada. No sería la primera vez que te invito sin mayor interés, ya lo sabes (como tú a mí, es verdad; bastantes veces, sí). ¿Te acuerdas de aquella noche en que salimos los dos achispados de aquel restaurante, con una tontuna encima que no veíamos? ¿Y te acuerdas de que nos besamos en los morros delante de Rita y lo que nos reíamos después? Y al día siguiente, como si nada. Bien. Como te iba diciendo...

(*) Del libro Cuentos del Bárbara Bar. Imagen de la película El lado oscuro del corazón.