lunes, 26 de enero de 2015

Páginas recuperadas. EL MAR Y LOS DIRECTORES DE ORQUESTA (I)


Mi poco evocadora memoria retiene con cierta plasticidad y detallismo los antiguos conciertos de la TV en blanco y negro, las horas de música de gala donde por adicción al aparato la familia no apartaba la vista de la pantalla, en espera de otro programa que interesara más. Recuerdo que, junto al desinterés, provocaban una veneración supersticiosa del tipo “eso tiene que ser muy importante porque no lo entiendo”. Y, se suponía, aquello sólo lo debía apreciar la gente entendida, la que sabe en qué momento preciso es lícito aplaudir, toser, carraspear o quejarse de algo. Gente fina.
Esa impresión quedaba reforzada por el despego con que los directores de orquesta miraban a un lado y a otro al entrar en la sala que por obligado decoro los aclamaba con discretos aplausos o con golpecitos de arcos sobre los atriles musicales. Solían ser viejos y adustos –o me lo parecían a mí, aún ebrio de infancia- cuando no obesos de gordura mayestática. Hieráticos, imponentes, las cámaras de televisión llegaban a captarlos dirigiendo miradas de reprimido furor a los errores de los músicos de tan distinguidas orquestas. Yo los veía abrir exageradamente los ojos mientras dirigían la música, y endurecer el mentón de sus rostros implacables. Y era tal la altivez de sus miradas fulminantes, tal el alboroto de sus greñas hechas relámpagos, tal la violencia de sus batutazos al aire que parecía que todo ello fuera dirigido a sus pobres músicos o a la miserable realidad que representaba el público encopetado, por más que aquel público supiera cuándo y cuándo no se debía aplaudir.
Para castigar la incomprensible, ofensiva arrogancia, y evitar la pesadez, mi ingenio infantil recurría a la mágica solución de bajar del todo el volumen a la tele. Entonces, los músicos de la cuerda, con sus arcos súbitamente mudos, parecía que estuvieran serruchando queso; el del triángulo, que intentara venderte un pájaro que ya había echado a volar; los de los instrumentos de viento, con toda la cara hinchada, que intentaran inflar un globo roto… y todo aquello era tanto más cómico cuanto mejor se conjuntaban y actuaban al unísono. Hasta el pianista, que parecía estar diciendo siempre que sí a su reflejo en la madera del piano, daba esa impresión de absurdo y mecánico acuerdo… Y el director de nuevo… ¡allí estaba!, ya desenfrenado en su furor, creando corrientes de aire con su melena despeinada, lanzando rayos como un Júpiter a diestro y siniestro.
Esa era mi mejor relación con la música clásica. Pero no tardarían en cambiar las cosas.