lunes, 14 de abril de 2014

Vuelvo de un viaje muy largo (*)

Ilustración: Jaime González
La materia de la que estaba hecha Olivia probablemente no podría explicar todo el poder gravitatorio por el que el Tiempo -o al menos, mi tiempo- se curvó en torno a ella, como lo hizo mi espacio. No había en Olivia densidad atómica para provocar un cataclismo así. Ni su propia trayectoria en el espacio-tiempo, tan azarosa y fugaz, permitía revelar nada más allá de una ingrávida sutileza. Sólo la intervención de una materia invisible en torno a ella, una espesura oculta a cualquier posibilidad de detección, pero más cargada de anónimas partículas que todo lo observable, podría brindar la pista de aquella caída mía en torno a su esfera, que culminaría giro tras giro en una precipitación inerte hacia su centro ineludible.

Así que sólo la interacción de esa ingente sustancia -apenas calculable por los poderosos efectos de su atracción en los cuerpos- nos pudo convertir en dos juguetes atrapados en una misma órbita; uno atrayendo hacia un centro tenebroso que engullera la luz, y otro entregado a ese encontronazo inevitable cuyas chispas formarían un aro incandescente para los telescopios; uno, el cometa imantado que se acercaría a la estrella voraz que lo arrastrara y otro, la estrella que lo recibiría exponiéndose a la cicatriz indeleble que el choque le tallaría en la piel.

Pasado el efecto Olivia, maltrecho ahora por el desgaste de las colisiones y los desgarros gravitatorios, me enfrento a los restos de su influencia con la extrañeza que producen las visiones del duermevela: observo un mechero que dejó, su tacita de café abandonada o un resto de su caligrafía como me veo a mí, un electrón arrojado sobre tierra firme que ya no pertenecerá jamás del todo al mundo previsible, hecho aparentemente a la medida de los sentidos, desprovisto para siempre de la radiación astral que revestía su modesta dimensión: la irresistible gravedad de Olivia.



(*) Texto recuperado de mi antiguo blog