jueves, 3 de diciembre de 2015

VELOCES FORMAS DEL MIEDO


El cabo se reía. Se carcajeaba. Se le partía la caja del pecho de tanta risotada que, apenas por momentos, lograba reprimir en la oscuridad de la nave para que todos pudiéramos dormir. También él necesitaba dormir, lo necesitaba más que nadie. Le habían alargado en tres horas de más el servicio del día a cargo de las dependencias de su unidad, y aun así no paraba de reírse. Había recibido en poco tiempo órdenes y contraórdenes casi incompatibles cuando ya contaba con ser relevado, pero todavía se descojonaba sobre la almohada. Había sido en poco tiempo confundido, apremiado, amenazado y dejado a su suerte por sus superiores, y no conseguía controlar las carcajadas. Había sido apelado, cuestionado y abroncado por compañeros de su vida cotidiana, pero ahora les estaba contagiando aquella risa tonta en la oscuridad, con oleadas que se extendían y retroalimentaban a lo largo de las dos filas de literas, frente a frente en la nave de la Compañía. También se oían las protestas de los que exigían silencio para dormir, y que con ello conseguían enfriar la algarabía tan sólo unos segundos, sin poder evitar que enseguida se reanudara la juerga con más virulencia. Hacía tres horas, el sargento de semana le había dado las primeras extrañas órdenes:

- Te llegarán tarde los que que han estado destacados en el polvorín de La Marañosa- le había dicho-. Ahora mismo están cenando en el comedor, que sigue abierto para ellos. Quiero decir que aparecerán por esa puerta después del toque de silencio. Aun así, mantén las luces encendidas. No te vayas a la cama hasta que todo acabe.

Se trataba de darles tiempo cuando llegaran para que entregaran los cargadores con la munición, limpiaran los fusiles, recogieran ropa de cama y, finalmente, se acostaran, le explicó. Pero todo aquello era desacostumbrado, pensó el cabo, ¿y por qué el sargento lo dejaba todo sobre sus espaldas? “Procura que lo hagan todo cuanto antes”, conminó el sargento antes de retirarse a su cuartito.

Los que no conseguían dormir bajo las luces encendidas, observaron con calma cómo llegaba la sección que había sido destacada en La Marañosa; se entretuvieron viendo a esos compañeros ir y venir de las duchas, hacer las camas y desmontar los fusiles de asalto para engrasarlos por fuera y por dentro. Reapareció el mismo sargento de semana cuando todo parecía marchar bien, a pesar de la irregularidad. No miraba a un lado y a otro para supervisar el cumplimiento de sus instrucciones sino que se acercó al cabo con precipitación, fijando en él fulgor de sus ojos saltones.

-Mientras tienes la luz encendida- dijo el sargento- suena la alarma en el Cuerpo de Guardia. Ordenan que apagues de inmediato. Bueno, me lo ordenan a mí y te lo ordeno yo a ti.

-¿Apagar la luz, mi sargento, -intentó replicar el cabo- cuando todavía está todo a medio hacer?

-Si no apagas me cae un puro a mí. Y, si me crujen a mí, te crujo yo a ti. ¿Cómo lo ves?

Y le recordó al cabo, oportunamente:

-Estás esperando un permiso. Tú sabrás.

El sargento de semana se dio la vuelta, dando por concluidas las contraórdenes, y se dirigió de nuevo hacia su cuartito. Minutos después, el cabo, desconcertado y solo, llevó lentamente el dedo al interruptor de la luz y, antes de pulsar, miró un momento al grupo de los que en el suelo aún tenían fusiles desmontados, con trapitos engrasados en las manos y otros secos. Miró a los que aún extendían la ropa limpia sobre sus camas. Pensó, sin verlos, en los que todavía estaban mojados, incluso enjabonados, en las duchas. Bajó la mano un momento anticipando todo lo que se iba a iniciar en un instante, apenas llevara la punta de su dedo al interruptor, ahora convertido en un dispositivo temible. Ya se había producido alboroto cuando recorrió las  naves adivirtiendo que la luz se apagaría enseguida. Muchos se propusieron continuar con lo que estaban haciendo.

Pulsó por fin el interruptor. Estaba hecho. En la oscuridad se oyeron los aspavientos, las preguntas, las protestas. Se oyó el ruido metálico de las partes sueltas de los fusiles desmontados. Chirriaban sobre el suelo las literas que habían sido rodadas para vestir de limpio las camas. Vociferaban los que encontraban a algún otro en su lecho, ocupado por error en la oscuridad. En la oscuridad, recorrió la compañía para controlarlo todo en lo que pudiera. En la zona de duchas, oía las voces tras las puertas, veía brillar ojos interrogantes de los que aún se secaban. No quiso enterarse bien de lo que pretendía un soldado que lo persiguió en pelotas, totalmente enjabonado aún, y que resbaló antes de alcanzarlo. Oyó el ruido de los huesos contra el suelo de aquel soldado y las voces de los que se acercaron a alzarlo.

Se fue a su cama cuando la situación ya se había calmado y recompuesto, después de casi dos horas. Cerraba los ojos y la oscuridad se le llenaba de manchas blancas repentinas, como fuegos fatuos: las de los ojos desorbitados que no entendían lo que estaba pasando, las de la ropa interior de los que llegaban a tientas su cama y los que se bajaban de camas equivocadas, las de la espuma recorriendo los cuerpos que salían enjabonados y a ciegas de las duchas. Aquellas manchas blancas le hacían reír, estúpidamente y a raudales, y tenía que volver a abrir los ojos. Primero recibió con gozo aquella risa porque le desahogaba la tensión, después temió que las carcajadas no acabaran, que se prolongaran hasta la mañana en sus primeros pasos, en el desayuno y en el trabajo diario a continuación.

Despertó cuando se encendieron de nuevo las luces y verificó que ya estaba amaneciendo. En su confusión pensó: “Si he despertado, se supone que he dormido, y se supone que también acabaron por dormirse los demás, pero no sé a qué hora, en qué momento ocurrió.” Se levantó por fin adormilado, espabilándose camino de los lavabos. También sus compañeros se desperezaban andando con el jaboncillo en las manos y la toalla sobre el antebrazo, como espectros. Le sorprendió ver que, a esa hora de las legañas, todo estuviera sucediendo como otras tantas mañanas, sin que nadie le dijera nada sobre los hechos de anoche y todos mostraran la mismas trazas enajenadas de la salida del sueño. Vio todas las literas perfectamente alineadas, según vio. Todos los fusiles de asalto estaban bajo candado en el en el armero. También veía en orden, sin resto alguno de actividad accidentada, el lugar donde se desarmaron y limpiaron los fusiles a oscuras: ni una suela tuerca suelta, ni un tornillo, ni un solo trapo grasiento abandonado por las prisas... Increíble, pensó. Por eso le extrañó que a la vuelta de los lavabos estuvieran presentes todos los mandos de la Compañía -capitán, tenientes, alféreces, brigadas y sargentos- aguardando a la tropa para constituir la formación de diana. “¿Pero tan grave ha sido?” -se preguntó el cabo- “¿Vendrán crujir a mí o al sargento?”

No habló el Capitán, que presidía aquel grupo. Tampoco habló el suboficial de semana, a quien le habría tocado por rutina dirigir la formación. Al cabo le dio la impresión de que todos ellos, con los ojos puestos en algún horizonte, esquivaban la alarmada sorpresa de los soldados. El encargado de dirigirse a la tropa fue uno de los dos tenientes. Tres de las cuatro secciones de la Compañía saldrían inmediatamente, armadas a patrullar, por calles de Madrid, dijo, con equipo completo, armamento y munición real. Se adelantaría la hora del desayuno y a la vuelta del comedor tendrían que pasar a toda prisa por la Armería para recoger lo necesario. “Se prolongan para hoy los servicios internos de ayer, excepcionalmente” -añadió- “El sargento les leerá ahora todos los nombres.”.

No hubo más explicaciones. El cabo, que repetiría su labor del día anterior, vio a todos prepararse para salir a las calles con una seriedad inexpresiva y mecánica, como si fuera esa actitud la única manera de no alborotarse ni venirse abajo. En los últimos días, revistas de actualidad habían publicado reportajes sobre alguna que otra intentona sediciosa, una de ellas llamada Operación Galaxia. Pero no había manera de saber si aquello tenía que ver con esos asuntos. De golpe recordó como lejanos y desvanecidos los sobresaltos de la noche anterior, por más que también fueran insólitos. A él le tocaría esperar sin noticias, sin saber en qué tesitura se habrían de ver sus compañeros ni cuándo regresarían, ni en qué situación del diablo estaba el mundo allá afuera, extramuros del aquel cuartel.