sábado, 7 de mayo de 2016

EXTRAÑA SESIÓN DE CLAUSTRO

Lección de anatomía. Rembrandt


Siendo ya las quince y diecisiete, habían llegado casi todos los profesores a la sala y se iba a abrir la sesión con la lectura del acta anterior. Sentada a un extremo de la larga mesa cuadrangular, Doña Sole observaba a un lado y a otro con qué ánimo entraban por la puerta los demás. Se había situado, como era su costumbre desde hacía un tiempo, cerca del extremo que ocupaba la Junta Directiva del colegio. Se le notaba insegura como pocas veces, confusa, intentando disimular una incómoda indecisión. No sabía cómo pronunciarse sobre el asunto que se sometería aquella tarde al juicio de los profesores. Era un tema nuevo, sorprendente y espinoso del que tampoco el grupo directivo parecía tener una posición tomada... y, si la tenía, bien la disimulaba de momento, por eso doña Sole no paraba de dirigir miradas en oblicuo a las caras de la Directora, del Jefe de Estudios y del Secretario de actas, a ver si les adivinaba las intenciones y por algún mínimo gesto que les pillara al vuelo supiera al fin a qué atenerse: no era frecuente tener que deliberar y decidir sobre si llevar o no llevar a los alumnos, como a actividad cultural externa, a presenciar la realización de una verdadera autopsia, primera vez que les pasaba. Doña Sole solía optar por lo que quisiera en cada caso el equipo directivo, y lo apoyaba en las polémicas si lo veía en apuros a base de subir la voz irrumpiendo en los turnos de palabra contrarios, frivolizando sobre las objeciones mejor fundadas cuando era necesario y también defendiendo, si era menester, las posiciones oficiales incluso hasta en la total falta de argumentos o el evidente ridículo, pero aquella vez su semblante al menos parecía desmentir tanto enérgico arrojo.

Don Cleofás se preguntaba, observando la gravedad en la cara del secretario de actas, cómo trasladaría éste más tarde al papel la endiablada controversia que se avecinaba, y cómo la pasaría a limpio en el libro oficial. Doña Frasca, por su parte, parecía experimentar una evidente congestión de cuello para arriba; cuando leyó el día anterior la convocatoria y orden del día de la reunión en curso, pensó que aquel punto que se proponían discutir era una broma de mal gusto, o un error. A a doña Lidia, profesora de Música se le cruzaban las letras escritas con tiza verde en la pizarra de la sala, y veía turnos de disección en vez de los horarios de biblioteca y de ordenadores allí consignados. Sólo don Gedeón tenía cara de no enterarse. Conociéndolo, estaría abstraído en cualquier elucubración matemática, o tal vez rememorara un tango: aquella mañana le habían oído cantar por los pasillos uno nuevo, Naranjo en flor. En general, todos parecían esperar prudentemente a que fuera otro, u otra, quien hablara primero.
"¿Pero eso sería legal?", preguntó, abriendo fuego, doña Nieves, la más escaldada por la experiencia. La Directora respondió que lo habían consultado y que "más bien sí", que legal lo era. A doña Sole no le gustó nada aquel más bien sí tan apocado, que no la sacaba de dudas sobre qué opción apoyar o qué opción combatir. Sospechaba que el grupo directivo estaba catando el ambiente antes de pronunciarse abiertamente, pero a ella la tenían en ascuas. Hubo más segundos de silencio indeciso y miradas que no se detenían en lugar alguno. Casi todos giraban a un lado y a otro las cabezas interrogándose entre sí. Se sintieron aliviados por fin cuando don Atilio, de Educación Física, requirió el consejo cualificado de doña Paloma, la Orientadora pedagógica: por fin había alguien a quien cargar el muerto, y nunca mejor dicho.
"Pues...", pretendió responder doña Paloma, la orientadora. Vio las caras dirigidas a ella, más deseosas de ver cómo saldría del paso que interesadas cabalmente en la respuesta. "Pues, en fin...", dijo en otro intento de ofrecer sus orientaciones, esta vez cabeceando un poco. No se había esperado aquella situación, la convocatoria del debate dos días antes había coincidido con su visita a otro colegio. La expectación aumentó y se hizo más incómoda. Cuando algunos ojos empezaban a quitarle la vista de encima, decepcionados, y se oyeron resoplidos de incomodidad entre los presentes por la disertación que no empezaba nunca, doña Paloma encontró un socorro inesperado en los programas oficiales: habló de los seres vivos y de los inertes, de la anatomía, del valor educativo de la observación directa, de la recogida y organización de datos, de la formulación de preguntas, de aprender a aprender, y en fin... 

"Me parece una guarrada", juzgó doña Valen, Apoyo y Francés, a la que se quedaron mirando todos. "Me parece una guarrada y una indecencia ofertar a los alumnos una actividad como esa", añadíó. "Y no tengo nada más que decir". Valen era la primera que se mojaba y abría así el camino para que en adelante los demás se atrevieran a elucubrar, preguntar o protestar lo que quisieran en voz alta. Cleofás por su parte se había fijado en el secretario y en cómo éste había escrito casi al dictado cada palabra de Valentina, sin levantar la vista del papel; él, que había sido secretario de actas tiempo atrás en otro colegio, solía extraer un borrador imaginario de todo lo que se manifestaba en las reuniones, como haría esta vez con cada intervención que oyó. A saber:
Don Moisés pregunta qué provecho educativo puede haber en asistir a una autopsia real cuando en la actualidad se dispone de vídeos y de herramientas virtuales que pueden simular paso a paso una operación de esas características.
Doña Nuria recuerda que se ha cansado de pedir un aula para el laboratorio de Naturaleza. Dice que si se le hubiera hecho caso tendríamos ya un espacio y un instrumental donde introducir a los alumnos en ciertas interioridades despiezando insectos y abriendo en canal ranas, perenquenes o lagartijas, incluso piezas mayores. Que ella misma podía haberlo realizado, por lo que aprovecha la ocasión e insiste en la necesidad de montar un laboratorio cuanto antes. La Directora le propone presentar un proyecto para tal fin.
Doña Luz advierte de la posibilidad, más que probable, de que una actividad como esa anime a los alumnos a diseccionarse entre ellos, y ellas: dedos y cosas. El Jefe de Estudios le replica que habría una preparación previa, por parte de los organizadores, para mentalizar seriamente de la finalidad de ese ejercicio y de los peligros de realizarlo en casa o en el colegio, por lo que a él le han informado.
Doña Vicky hace constar que el colegio cuenta con alguna imitación del cuerpo humano, desmontable y sintética, con todas sus vísceras al aire, que nadie utiliza, y que si se acuesta a esos maniquís o muñecos boca arriba y se les cubre con una sábana, pues ya tienes así como cadáveres sobre los que trabajar en clase, y no hace falta ir a por tanta sangre y tanta casquería pringosa a ningún lugar desagradable.
A todas luces estaba ganando el no, el no más rotundo, y a don Salvador -interesado por algún motivo en probar esa experiencia innovadora- se le abombaban las órbitas oculares viendo a un lado y a otro de la concurrencia cómo permanecían en una irritante pasividad algunas personas a las que él suponía interesadas en ampliar horizontes pedagógicos, y que por lo tanto podrían inclinar la balanza del lado de sus preferencias. No comprendía que afectaran una recatada indiferencia y menos aún que exhibieran inalterables aquellas solemnes caras de póquer, así que finalmente se decidió a levantar la mano él mismo para pedir su turno de palabra, según consta:
Don Salvador se lamenta de que los alumnos vean ya en la televisión numerosos ejemplos fantasiosos y deformantes de semejantes labores en las series de policías, por lo que más que vídeos y herramientas virtuales,piensa que lo que más educa en su opinión es la verdad desnuda, la verdad de la vida, o sea, acercarse a esa realidad sin prejuicios, desmitificándola, como lo más normal del mundo.
Doña Basilia alega que basta ir al mercado y detenerse en la carnicería, o en la pescadería, niños o mayores, para encontrar ahí piel y carne troceadas y hasta sangre chorreando en las bandejitas precintadas de los filetes. Que lo otro es un paso más, nada más.
Doña Yoya dice que piensa en su infancia, cuando sus hermanos y primos, y ella misma, ponían bajo la lente del microscopio patas y alas de mosca, y hasta algún pelo arrancado a alguien para mirar su raíz bajo los aumentos, todo por la natural necesidad de descubrir, y que esto que se discute esta tarde es algo así pero más amplio, más complejo y elaborado, de lo que no está bien privar a aquellos entre quienes debemos fomentar la inquietud de la experimentación.
Doña Valentina desea reiterar que le parece una guarrada y no tiene más que añadir.
Don Cleofás desistió de trasladar a su acta imaginaria lo que se dijeron cuando en la sala por fin se enzarzaron en una polémica abierta los partidarios de una y otra postura. En medio de la refriega sólo retenía las interrupciones, las reiteraciones, los titubeos en frases entrecortadas, los “pues yo digo y repito”, los “no he acabado”, los “no me malinterpretes” o “no tergiverses lo que digo”, los “no se peleen, parecen políticos”... Se veía que ya le faltaba práctica. Sólo pudo atender por completo un comentario de don Atilio, claro por lo corto y por lo coincidente con un silencio casual e inesperado en medio de la trifulca, y por lo tanto apto para cualquier acta ficticia en condiciones:
Don Atilio pregunta que, a todas éstas, qué padres o madres autorizarían a sus niños ese tipo de visita “cultural”. Dice que estamos discutiendo para nada.
La Directora salió repentinamente de su prolongado mutismo institucional para responder a don Atilio que esta actividad ya había sido organizada por numerosos centros- aunque al principio se recibiera con la lógica aprensión- “precisamente por el furor que está haciendo en toda la comunidad educativa, también en padres y madres”. Ahí tuvo doña Sole el anhelado indicio para decidir en qué dirección lanzarse en medio de la refriega claustral; al fin la Dirección le dejaba atisbar discretamente la consigna a seguir, y con uno de los argumentos mejor utilizados por doña Sole: era frecuente que pusiera de su parte el supuesto parecer de los padres -considerados así, en bloque- como última palabra . En este caso, sus frases le salieron en tromba por el nerviosismo acumulado, su vozarrón perdió firmeza y se dio de lleno con la oposición persistente de los partidarios del no, así que el asunto en discusión quedó sin remedio en unas agotadoras tablas.
Frustrado y sin energías, don Salvador reparó en Gedeón, cuyo embelesado rostro revelaba una indiferencia insultante a todo lo que se había tratado, si es que se había enterado de algo. Sus ojos parecían gozar, en algún lugar de su mente, del blanco resplandor de las flores del naranjo, de la sonrosada piel de sus frutos y de la verdura de sus troncos. Aún permanecía sentado a la mesa, tal vez sin percatarse de que ya se había cerrado la sesión y de que algunos empezaban a levantarse. Por despecho o por envidia, Salvador lo arrebató de su nirvana sonámbulo interpelándolo en voz alta:
 "¿Y tú no tenías nada que decir, Gedeón, no te interesa esto?, le preguntó casi con aspereza. "Estábamos hablando al fin y al cabo de lo tuyo, Matemáticas y Ciencias Naturales, y tú en la inopia..." Y remató: "¡Qué feliz eres, jodío!"
Gedeón respondió apenas con miradas ausentes a través de pestañas soñolientas; movía los labios musitando algo en voz muy baja, no se sabía qué. Varios a su lado de la mesa tensaron el cuello para poder oírle declamar lo que esperaban fuera otra letra de tango, tal vez inoportuna. Pero Gedeón, subiendo la voz hasta hacerla totalmente audible, hizo notar al fin que esta vez, en consonancia con la inquietud ambiente, desempolvaba los versos románticos de don José de Espronceda:
“...Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.”