jueves, 5 de mayo de 2016

DE LOS QUE NADIE HABLA, de Evelyn de Lezcano

Fotograma de El cielo sobre Berlín, de Wim Wender

"Ángel de luz, ardiendo,
¡oh, ven!, y con tu espada
incendia los abismos donde yace
mi subterráneo ángel de las nieblas."
(Rafael ALBERTI. Sobre los ángeles) 

"... Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
(Rainer Maria RILKE, Elegías del Duino)

"Ángel que miraste con la ira de un cíclope
y al abrazarme fuiste montaña que se derrumba,
Ángel-Yo indigente
entre piedras y barro."
(Evelyn de LEZCANO. De los que nadie habla)


Se diría que la aparición del ángel en la poesía, al margen la época, el estilo y la mentalidad de cada poeta, alude de una forma u otra a un misterio tremendo, al estremecimiento del miedo sobrecogedor junto a la fascinación por lo que, al menos simbólicamente, supera a los mortales. No es vano especular con la hipótesis de que la poesía debió de ser el primer cauce elaborado que el lenguaje tuvo para dar cuenta de los primitivos asombros y los inciales temblores. Sus repeticiones serían, no un recurso estético entre otros, sino tal vez la expresión de ese ritmo  que es “uno de los más profundos si no el más decisivo de todos los fenómenos que constituyen la vida y muy especialmente la extraña vida que se deposita en las obras de humana creación. En la aurora de la humana historia fue el ritmo el descubrimiento inicial en cuanto al conocimiento íntimo de las cosas (María Zambrano, Poema y sistema). “Color de amanecer,/color de atardecer contra la piedra,/un mantra a cada paso./El paso y el mantra./Color de amanecer,/ color de atardecer...” (Evelyn de Lezcano).
En el poemario De los que nadie habla (Huerga y Fierro editores, 2015) se dan cita ángeles iracundos o indigentes, dioses caducos, astros que nos miran, días en que caen los cirios en todas las catedrales, estrellas que se rebelan contra la noche, brisas que se desgajan del huracán... entre otros síntomas de un orbe en ebullición apocalíptica, donde tiene presencia el ángel atemorizando, o asimilándose a la naturaleza humana o creando el vacío y la desolación con su ausencia. Que este paisaje cósmico en constante angustia se pueda alternar con referencias al ámbito más humanamente cercano, incluso con pinceladas de cotidianidad casi hogareña, se debe atribuir a la especial sensibilidad de la autora y a la capacidad de irnos dejando en cualquier caso en la retina imágenes que traspasan la imaginación. Eso sin contar con el dominio expresivo en que no siempre reparará el lector de forma consciente aunque le cautive. Por ejemplo, la fuerza visual de sus imágenes (“...las oraciones se pegan a los muros,/ como el hollín/a la máscara/de quien rinde sus manos/a la ceniza”). Por ejemplo, admoniciones como bienaventuranzas invertidas (“Abominados los que traducen/la señales de humo entre las sombras...”) o el elocuente uso de repeticiones salmódicas. 
Es el libro que nos ocupa una creación infrecuente y arriesgada, en el que el lector transita entre indirectas resonancias bíblicas e intuyendo paso a paso símbolos que le involucran más allá de la razón, pero forjado en la solidez de una autora indiscutible. Evelyn de Lezcano ha publicado anteriormente en revistas literarias y en 2014 entregó a la imprenta su primer libro, Hombre. También es la creadora de los textos del blog La aurora del orfebre. 

BREVE MUESTRA DE TEXTOS 

Sigue aquí la sombra del ángel gris.
Busca que pronuncie esa palabra
que sólo él conoce,
la palabra que viaja sola.
La palabra aventada,
grano de sus alas negras.
No quiere que cruce puentes.
Sólo una palabra. Una:
escrita sobre la piedra que amasa muros,
los muros de la ciudad escondida.
Ángel gris, ¿Cuál es su sonido?
Ángel, déjame escuchar aunque sólo sea el eco,
el eco que evite a la boca ser un pozo de escombros
y a los ojos charca seca de la que huyen las ranas.
Evítame el grito del búho frente a la luna áspera.

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Detrás de las sombras,
en la sombras del ojo abierto
que la catedral inventa,
las oraciones se pegan a los muros,
como el hollín
a la máscara
de quien rinde sus manos
a la ceniza.

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Y esos árboles que lloran
y crispan sus hojas contra el viento.
Ese incomprendido viento
que busca cobijo entre las ramas,
las abraza y ruega un hospedaje
donde liberarse del murmullo
y de los gestos petrificados
en el latido de los relojes
que el Ángel abandonó.

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Abominados los que traducen
las señales de humo entre las sombras.
Los que del zumbido de los claustros
entresacan la voz muda del verdadero éxodo.
Aquellos que tocan el acuchillado paredón
y silban la canción de la luz.
Los que huelen la sangre herviente
en el rescoldo abandonado de la hoguera.
Abominados los que sobreaguan
entre cascos de hielo glacial,
el frío polar sin horizonte.
Tal vez, un día, el gran ojo sin rostro los mire.

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Tú,
llanto desnudo,
grito
al Dios envejecido,
preguntas si vuelve de algún viaje,
si partió alguna vez.
Y al filo de la amnesia
le susurras:
que no te mire,
que no te enseñe
cómo danzan
los caballos fustigados.
Y le pides que se arrodille entre los adobes,
que escarbe de una vez
que te ayude a encontrar
el escondido reloj,
el fruto de la arena,
la duna donde todo se confunde.

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Siempre está el húmedo gris
bajo el dintel
de lo astros que nos miran
y al quitarnos el sombrero ante el asombro de su luz,
como una hormiga en la noche verde,
olvidamos
que bajo los parasoles de la congoja
hay Ángeles que arquean vértebras,
que entre los húmedos paraguas,
el secreto,
ronda oculto en las oquedades.