sábado, 7 de abril de 2018

AJEDREZ PARA PRINCIPIANTES MADUROS (*)




El Alfil derecho veneraba a su altanera Reina blanca; el Alfil izquierdo, por el contrario, sucumbía al atractivo de la Reina opuesta, la negra. Tanto el Alfil derecho como el izquierdo parecían siempre impasibles, erguidos con gallardía sobre sus puestos, sin dar ninguna muestra de sus tormentos interiores.

El Alfil derecho se culpaba a sí mismo de aquella adoración tan servil como insubordinada, ajena a la bravura de su oficio militar, y el Alfil izquierdo juzgaba su atracción por la Reina enemiga una suerte de deslealtad con los suyos.

Cada uno de ellos creía que su secreto estaba bien protegido por su silencio férreo y su rigidez inexpresiva sobre el tablero. Pero se equivocaban los dos: la Reina blanca ya había sometido al dictamen del Consejo de Palacio aquella atención tan inconveniente, aunque disimulada, de su Alfil derecho; la Reina negra por su parte, cuando no se indignaba, bajaba la cabeza conteniendo en los labios una sonrisa vergonzosa por las ardientes miradas que desde lejos, más allá de las filas enemigas, le lanzaba aquel caballero blanco.

Desde las almenas de las Torres se observaban bien los sonrojos y las muecas nerviosas de aquellas supuestas contiendas de amor y desdén; en las columnas de la soldadesca abundaban entre los Peones rumores que agigantaban o retorcían los hechos.

El Alfil derecho y el Alfil izquierdo fueron desterrados por el Rey, entregados estratégicamente a las intrigas y los intereses en liza en el Palacio. Ni al uno ni al otro se les podía mencionar ni incluir en las crónicas del Reino pese a sus servicios probados. Sólo los juglares andariegos llevaban más allá de las fronteras los cantos que delataban la eficacia de la ingratitud en contubernio con el Poder, para memoria de los hombres y enseñanza de los siglos (¿...o era al revés?).

(*) Para Juan Carlos de Sancho