domingo, 26 de octubre de 2014

¿Dónde están las llaves?





Desde hacía tres noches su señora se dormía con un brazo en alto y el dedo medio de la mano señalando al techo, tieso. En las dos ocasiones intentó despertarla hablándole, sacudiendo sus hombros con suavidad y cacheteándole las mejillas para averiguar qué le pasaba. No hubo resultado. Y en las dos ocasiones, también, el sueño lo venció impidiéndole comprobar qué ocurría con aquel brazo y aquel dedo de su pareja durante toda la noche. Tanto la primera como la segunda vez la mujer amaneció relajada, sin ningún síntoma de cambio y concentrada serenamente en su rutina, así que de momento el marido prefirió no referirse al brazo en alto ni preguntarle nada al respecto.
Pero esa noche tercera, al hombre se le vino a la cabeza la tradicional siesta que practicaban los curas de cierta orden religiosa: sentados y con las llaves en alto, sostenido el llavero por una de las manos, se dejaban adormecer sesteando en apacible duermevela; cuando el brazo caía por el sueño y las llaves tintineaban despertándolos del todo, daban su siesta por concluida. Y de ese mismo modo decidió él controlar su propio sueño, sosteniendo las llaves en alto hasta que el ruido lo despertara y así saber si la posición dormida de su mujer había variado a lo largo de la noche. Pero, al observar de nuevo a su esposa dormida con el brazo en alto y el dedo medio estirado, le hizo gracia esta vez y se aprovechó de aquel dedo tieso ensartándolo por el aro del llavero cargado con las llaves de la casa, las del coche y algunas otras más. Si el brazo de su legítima caía o cambiaba la posición, el tintineo sería casi estridente en el silencio de la noche y, al menos, él despertaría.
Y despertó; el reloj de sobremesa daba las cuatro y veinte. Su esposa no estaba en la cama. Una corriente de aire sospechosa que recorría la casa lo puso de golpe en pie. La puerta de la calle, que de noche se cerraba con doble cerradura, estaba abierta y no se oía nada en toda la casa. No había rastro de la durmiente ni en el descansillo del piso ni en toda la escalera del inmueble, que recorrió arriba y abajo. 
Dio parte de la desaparición a la mañana siguiente, después de llamar a un cerrajero, pero nunca supo nada más de la parienta ni del llavero que contenía su juego de llaves de la casa, las del coche y algunas otras más.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Lo que se fue con él

Nicky
Los muertos humanos ocupan un espacio disperso, a veces desconocido, en las huellas que fueron dejando en en este mundo. Es por ello que pueden reaparecer en fotos o en vídeos ignorados, grabados incluso por turistas fortuitos, o atrapados por casualidad en algún reportaje televisivo del canal menos pensado; bailando, sonriendo o brindando en reuniones con gente que nunca volvieron a ver pero que alguien conservó y le puede apetecer enseñar. 

Estos descubrimientos póstumos atestiguan que quienes ya se fueron conservaban otra realidad en algún lado, por pequeña que fuera, una faceta que desbordó el rol que desempeñaron en vida para amores, amigos, jefes, profesores, hijos… Cualquier persona con un mínimo de biografía adulta se reserva para sí algún otro mundo imprevisto, aunque sea en un escaso rincón de su secreto. Cuesta aceptar que un humano fue sólo y fundamentalmente médico, transportista, abogada o concejal; ni convenir que su realidad se agotara del todo –desde el primero de sus días− en ser padre, hermana o pareja, sin dejar al margen al menos un momento accidental y olvidable.

Un perro, por el contrario, no deja en herencia revelaciones así; no se presentan datos inesperados que dilaten su identidad cuando se extingue. Sus dueños ya suelen tener presentes las vacunas, los juegos, los paseos y las posibles peleas que tuvo en vida; saben y recuerdan a quién ladró, mordió o recibió con el rabo alborotado. Parecería incluso que su efímera existencia se entregó sin reservas a la adoración de los humanos a los que obedecía sin dejar de observarlos un momento, aprendiéndose sus costumbres y movimientos hasta el punto de poder anticiparse a sus intenciones. Que nunca vivió para sí mismo, en definitiva, de espaldas o al margen de sus amos; que pasajero y sustituible, no pudo dejar detrás otro rastro distinto a sus humildes objetos, a algún juguete heredable o a su presencia en fotos de familia.

Los dueños, de todos modos, con mucha probabilidad ignoren qué otro perro soliviantaba en vida al suyo desde la distancia con ladridos de furia o rivalidad, o cuáles otros lo reclamaban con aullidos al juego desde alguna azotea solitaria, bajo el calor o el frío. Nunca identificarían los gatos que salieron espantados por sus ladridos desde el lugar donde querían maullar toda la noche, los mismos gatos que su perro sí tendría identificados por su olor o por sus timbres quejumbrosos. Raramente compartirían con los dueños el recuerdo del animal los vecinos anónimos que lo veían asomarse a horas fijas para señalárselo desde la distancia al bebé de la casa, o simplemente para saludarlo; tal vez incluso le tuvieran puesto un nombre.

No se suele saber cómo vive el propio perro la rutina de los ruidos de la calle en cualquier hora del día, ni si ese conjunto de voces, puertas, mercancías y motores rutinarios que lo atraen componen otra parte de sus relaciones y de su espacio, que él no distingue drásticamente del de la casa. Sólo un perro sabe, a su modo, qué diferencia hay entre las sirenas de los coches que le hacen aullar de otras que no; qué ruido imperceptible al umbral de los sentidos humanos lo deja largo rato concentrado y alerta. Quedan sin respuesta las preguntas por los movimientos de un perro durante la noche, mientras la casa duerme, cuando anda y desanda itinerarios de cuyo sentido es poseedor exclusivo, como lo es de los motivos que en la calle lo llevan a rastrear o detenerse en determinados espacios sin interés aparente.

Un perro protagoniza esa otra vida incomunicable, poblada de seres y de estímulos cotidianos, pero de un modo tan simultáneo y visible que no requiere de revelaciones póstumas. En el mismo espacio y tiempo que comparte con las personas experimenta y controla otra dimensión en la que los dueños con probabilidad no reparen aunque la tengan alrededor o en la retaguardia, y tan amplia como para valorar aún más la fidelidad que el perro dedica a su gente; como para considerar, en fin, aún más asombrosa esa atención constante a los suyos por la que parece que no vive para sí, que apenas puede dejar detrás otro rastro distinto a sus humildes objetos, a algún juguete heredable o a su presencia en fotos de familia.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Tiempo de peppermint

Una mujer tumbada sobre su cama se abandonaba a la placidez de la modorra en compañía. Si sonaba el teléfono con insistencia desde el salón, o si irrumpían timbrazos en la puerta de su apartamento, los ignoraba hasta que cesaban de oírse. No se dejaba incomodar por el nerviosimo del hombre tendido a su lado, al que sí alarmaban los timbrazos prolongados. Ella, en cambio, como si nada; resistía en silencio relajada o proseguía la conversación que había entretenido a los dos. Ahora bien, aquella misma mujer sí que saltaba literalmente de la cama si de repente le apetecía ir a por el peppermint o traer café para los dos. Bajaba al suelo de una sola zancada sobre el costado del hombre y desaparecía tras la puerta como si algo en la casa absorbiera su cuerpo desnudo y la atrajera irresistiblemente, sin dejarle a él contemplar su trasero, sus pasos, ni su melena oscura balanceándose detrás de la espalda. El hombre sobre la cama clamaba con desconsuelo:
-Cuando vuelvas, ¡entra despacio!
A ella le alcanzaría la súplica tal vez en el pequeño pasillo, en la cocina o en el saloncito; lo mismo daba: más allá de la puerta por la que había salido, todo era la misma oscuridad, un espacio opaco que la había engullido con rapidez inhumana, como inhumana era la lentitud con la que se hacía esperar.
-¡Despacio, entra despacio! –le recordaba él si creía oír los pies descalzos de la mujer regresando al trote.
Pero ella no cambiaba la marcha antes de entrar; sí lo hacía una vez reaparecida, camino a la cama. En la lentitud se acentuaba más el juego de sus hombros y sus caderas acercándose. Lo más admirable para él era verla cambiar el ritmo de sus  pasos sin que se notara, como un desafío a la física y al tiempo: no realizaba una mínima detención para corregir la inercia de su prisa, ni tenía que recomponer la figura para pasar de la precipitación a la calma, tanto si avanzaba con las manos vacías como si sostenía la bandejita con los cafés y la copa de peppermint con hielo que tanto la enloquecía, el único licor que toleraba.
Durante el tiempo impreciso que duró aquella relación él le regalaba cada tanto una botellita de peppermint, que la mujer colocaba en un pequeño aparador con cristales. Siempre que se hallaban en la casa de ella, el hombre observaba la lenta regularidad con la que iba perdiendo nivel el líquido esmeralda dentro del recipiente. Él podría haber medido la duración de aquella época por la cantidad de botellas que le regaló, pero en la actualidad es incapaz de calcular cuántos peppermint duró aquello, muchos años atrás. Con seguridad, no llegó a contarlos ni fue consciente del último. No tiene el recuerdo de una ruptura ni de un final determinado. Tal vez aquel final consistió sólo en no echarse tanto en falta cuando no se veían, o en el olvido cada vez más frecuente de quedar para una próxima ocasión al final de cada cita. Anemia, triste pero incruenta.
Sí recuerda con seguridad que ella dejó de ocupar aquel apartamento. Él ha buscado su número de teléfono en alguna vieja libreta, en las hojas de los libros que leía entonces o en una guía polvorienta de teléfonos conservada por algún misterio. Sabe que no serviría de nada encontrar aquel número de teléfono, que lo busca por una especie de antojo supersticioso, porque sería el del apartamento que ella dejó y en aquel tiempo en que los dos se entendían sólo se contaba con esas dos señas: el domicilio postal y el teléfono fijo; nadie tenía entonces un móvil y no se conocían el Internet ni esos inventos.
A pesar de todo, ella se ha convertido por último en su recuerdo más risueño, cuando todos los demás se desvanecen. Encantado de recuperarla al menos de ese modo, la sitúa cada vez con más fijeza en el momento de aquel cambio de marcha en la habitación, como si aquel visto y no visto que iba del acelerón a la majestad elegante hubiera abolido el tiempo, creando para ellos una dimensión ajena al desgaste y la muerte, la única órbita donde suplicarle de nuevo, con mayor urgencia: “¡Despacio, más despacio!”, antes de que la vuelva a tragar otra espesura absorbente y ella a su paso le deje apenas la estela de su melena negra ondeando detrás de la espalda.

lunes, 25 de agosto de 2014

Las cegueras del limpiacristales


Trabajo en los dominios del suicida, suspendido en las alturas sin llamar la atención de los de abajo. Yo tampoco los veo; mi oficio consiste en limpiar, por supuesto, pero también en no ver. No miro hacia abajo como en las primeras semanas, cuando divisaba desde las alturas los toldos abiertos que poco servirían en caso de caída pero producían la ilusión de que el golpe final quedaría amortiguado. Por descontado, nada de sentirse un gigante mirando las lejanías de la ciudad enorme, ni superior a la masa de gente que desde aquí parece diminuta. Uno va a lo que va sin distraerse un momento; se trata de limpiar en tiempo récord enormes fachadas de cristal interminable. No hay tiempo para la vanidad.

Además, mis paisajes obligados desde que me cuelgo arriba son las escenas que tienen lugar frente a mí, en cada dependencia de cada planta, que también intento no ver. Aparezco de golpe tras los cristales como una araña gigante. Hay quien no se impresiona, por la costumbre, pero otros se paralizan.  Interrumpen en seguida  las carcajadas, los abrazos o las broncas. Yo no puedo dar muestras de que me entero (no debo enterarme) y no puedo dejar que mis ojos se vean nunca de frente mientras le doy con la mano a la herramienta. Ciego y sin alma, como las chicas que se exhiben sentadas tras las cristaleras del Barrio Rojo, en Ámsterdam; la única vez que las vi, durante un viaje, no se me ocurrió nadie con quien identificarme más por el curro, ni alpinistas ni albañiles de rascacielos.

Eso no quita para que encuentre en cualquier piso niños o adolescentes que se inflen a hacerme fotos con los móviles. No me cuesta ignorarlos. Me cuesta más desentenderme de las mujeres que están limpiando los cristales desde dentro mientras yo los limpio y rasco por fuera. A veces buscan quedarse frente a frente, cristal por medio, en un juego sin consecuencias. Al mover el brazo alargado sobre sus cabezas con el paño en la mano, sus escotes cobran vida; eso cuando no planchan sus tetas o sus labios pegándolos al cristal. También mis ojos se desvían y mi cara permanece impasible, lo que no impide que en un barrido involuntario vea una sonrisa alegre y descarada en la cara de alguna mujer que olvido dos pisos más abajo.

No niego que a pesar del oficio se vive cierta tensión, o cuando menos incomodidad o repugnancia, ante circunstancias que se producen delante de uno y que no se detienen ante mi presencia. Me refiero a palizas, a escenas de pasión, a fajos de billetes de doscientos contados deprisa y guardados de inmediato en un maletín. Uno no es dueño del tiempo que está delante de cada cristal; tiene que acabar la limpieza de cada uno aunque en el interior se prolongue la visión de un grupo de locos armados vestidos con uniformes desconocidos, por ejemplo. Y quien dice eso también dice un parto desgarrado, o la agonía desesperada de cualquiera sin compañía ni ayuda, mientras uno ruega para que el móvil esa vez, incluso a esas alturas, tenga cobertura. 

Eso sí, a pesar de la experiencia me quedo sin recursos al sorprender -como sucede ahora- a un hombre apuntando con un rifle de mira telescópica. Esto no me había pasado nunca. Un hombre apostado en un lado del ventanal, que ha dejado de dirigir su arma a un punto de la lejanía y que ahora la dirige hacia mí con unos ojos más desalmados que los míos. Se ve que duda, no sabe qué hacer. Habrá preparado con mucho trabajo un posible asesinato, tal vez había conseguido el único lugar desde el que su disparo sería efectivo. Ahora sí que miro hacia abajo y localizo con simpatía los toldos abiertos de allá abajo, que apenas se ven. Sólo recuerdo el caso de un colega, uno ya jubilado, al que le ocurrió algo así pero no logro recordar qué hizo; será por el miedo pero esa parte de la historia se me ha borrado. El hombre armado se extraña de verme mirar hacia abajo, hacia los toldos. Miro hacia abajo y lo miro a él, que de un momento a otro saldrá de su indecisión; desaparecerá huyendo o me descerrajará un tiro, o las dos cosas y no por ese orden. Hago esfuerzos pero no consigo recordar cómo salvó el pellejo aquel colega, el jubilado. Yo miro de nuevo abajo y miro al tipo, miro abajo y al tipo, abajo y al tipo otra vez. Miro, veo...

lunes, 21 de julio de 2014

A cargo de todo (*)


El señor de la casa, de la que soy mayordomo, es a su vez mayordomo de otra casa, más rica e importante. El señor no tiene tantos coches como su señor, ni habita en la misma zona, ni lleva a sus hijos al mismo colegio. Sin embargo el señor posee dos coches último modelo, vive en una mansión de dos plantas de barrio residencial y ha matriculado a sus hijos en un colegio que cobra aparte las clases de informática, alemán o taekwondo.

Ser mayordomo de otro mayordomo es un asunto harto complicado. El señor no se conforma con los resultados de un buen servicio; antes bien, juzga y cuestiona los métodos de trabajo según el patrón de su profesionalidad: extrema las exigencias de etiqueta, cronometra las labores, evalúa tras un vistazo el celo o la negligencia del servicio en sus obligaciones. Además, el señor -tal vez interesado en deshacerse en su propia casa del envaramiento a que lo obliga su oficio- se concede a sí mismo la máxima tolerancia en lo que a modales se refiere. Todo el rigor que aplica a la servidumbre se vuelve para con él permisividad abusiva. Se manifiesta vulgar, descuidado y prepotente, haciendo gala de una familiaridad despótica con la que pone a prueba el decoro imperturbable de la servidumbre. Se comprenderá que el servicio dure poco en la mansión. Apenas he podido acostumbrarme a las cocineras, jardineros, pinches y sirvientes, lo cual intensifica mi responsabilidad sobre el aprendizaje del servicio, tarea recomenzada una y otra vez, aunque por otro lado me ha proporcionado variedad, evitándome las relaciones viciadas, el aburrimiento y el meticuloso mantenimiento de las debidas distancias con los subalternos.

Afortunadamente, el señor no para en el hogar a menudo, pues allá donde sirve (¡cuánto me gusta esa palabra refiriéndome a él!)  pernocta, como es natural, en la habitación que le tienen asignada. A veces me complazco en figurármelo servil y atosigado. Pero mi alegría se desvanece si me lo imagino a cargo de una casa billonaria, impersonal e inmensa, ajeno a la inspección directa de sus señores y al mando un personal escrupuloso con el que bastará apenas tener organizada la rutina, y codeándose acaso con secretarios titulados en posesión de varios idiomas. O tal vez sea tenido él mismo por asistente de confianza en asuntos, con seguridad importantísimos, del trabajo y la vida social de sus señores.

 Pero ahí no acaban mis penas, porque si el señor sólo está en casa en sus días de asueto y en cortos periodos vacacionales, la señora y los niños son un suplicio cotidiano. Al menos el señor, en su celo vigilante, entiende de qué va la intendencia y se pliega a las explicaciones razonables de sus servidores. No así su mujer, capaz de imitarle en su regia intolerancia pero no en el tino de refrenar con realismo las vanas exigencias que nos ponen a todos al borde del colapso. Cuando está el señor, la voz de mando es una sola, voz competente en la materia aunque polarizada por la doble condición de criado (qué gusto me da pensarlo) y señor. Y esa voz de mando es ejercida tanto sobre el servicio como sobre su mal educada familia, a la que le sale al paso con severidad imponiéndose a su propio mal ejemplo.

La señora tiene prohibido al servicio decir que el señor es mayordomo de otro señor, y mucho menos que sirve. Despidió a la última chica del servicio porque se le oyó mencionar algo así desde el pasillo, durante una cena con invitados, amigos de la casa que no ignoran en qué trabaja el señor. Deslució el agasajo a sus amistades empleándose a fondo en el regodeo innecesario de su regañina. Lo peor es que tampoco lo podemos comentar entre nosotros; incluso corre peligro quien aluda, no sin la conveniente cautela, al conocimiento que tiene el señor en materia de lustre de metales, selección de cubiertos o ritual protocolario.

Hoy he tenido que interceder por la nueva cocinera, a la que se reprocha tener saturada la despensa, por más que ello se deba a las modificaciones del menú que de forma imprevista ordena la señora sin esperar a que las existencias comestibles se agoten. La señora, consciente del engorro que ha causado su ligereza en expulsiones recientes, tras mirarme en oblicuo y con malicia, ha sucumbido a lo evidente, pero, incapaz de encajar enteramente la derrota, se ha referido a mi prolongada permanencia en la casa como a un caso sorprendente, ajeno a las costumbres de su jurisdicción y, por supuesto, corregible. ¡Hay que ver cuánto tiempo llevas con nosotros!, Marcelo, dejó caer. Una observación temible con tuteo incluido, aunque a decir verdad, no exenta de sarcasmo retozón. Porque si es cierto que mi permanencia en esta casa excede lo acostumbrado y previsible, este hecho -por el que no sé si felicitarme o compadecerme- tiene una explicación, aunque costosamente confesable: es con un servidor con quien la señora pone la cornamenta al señor.

Aún no me explico cómo llegué a descender a esta tesitura esclavista, entregándome a los ardores de semejante bestia parda. La señora, dicho sea de paso, no tiene mucha imaginación ni demasiado mundo, y su noción de la mayordomía ideal le está dictada por las comedias cinematográficas y los comerciales de la televisión. La enloquece que, en las consumaciones adúlteras, le pase un algodón por la espalda o le comunique que me he tomado la libertad, señora, de traer bombones con que lubrificar a la señora. Cosas así. Y eso con delantal y todo, o con la pajarita, y esmerando el tratamiento.

Me avergüenza decir que accedí en un principio como venganza hacia mis patrones, y tras algunas tardes de juego clandestino, quise llevar hasta el refinamiento mi desquite insinuando a la señora la posibilidad de que su esposo, mi señor, ejerciera de modo semejante su mayordomía en la opulencia de algún aposento kilométrico, proporcionando el mismo placer a la otra señora, señora. Para mi decepción y sorpresa, las menciones al empleo del señor en estos casos, lejos de escarnecerla, la excitan sobremanera, y con ellas he delatado mi ánimo revanchista, por lo que la señora, aun cuando me mantiene en casa, me vigila y fustiga un poco más. El resto de la servidumbre aún me muestra respeto por la capacidad que se me supone de negociar ante la soberbia desmedida de su patrona, aunque está por ver hasta cuándo podré conservar la gracia de su mudable disposición. El cerco se estrecha de un lado y de otro, y la situación se me va de las manos cada día.

Esta misma tarde, la señora, no sé si por devolverme el golpe o por introducir estímulos a nuestros devaneos, me ha instado a que la acometiera… como debe de hacer con tu mujer el fontanero, Marcelo, o el chico de la compra, con lo que ha sembrado la sospecha y la cavilación amarga donde sólo habitaban la confianza y la serenidad habitual. Como dije, ser mayordomo de un mayordomo tiene sus complicaciones.


(*) Relato del libro, ya descatalogado, Para después de colgar.

sábado, 14 de junio de 2014

Parecido a la esfera de Copérnico

No miré cuál sería aquel canal que empezaba a interesarme -en la pantalla no aparecía su anagrama- pero por nada del mundo me habría perdido un solo instante del documental que estaba viendo para intentar averiguarlo. Sin embargo, ¿qué canal sería aquél que se arriesgaba con un reportaje científico tan avanzado, en fondo y forma, como el que había encontrado sin proponérmelo? Sería interesante saberlo para acudir a él en futuras ocasiones.
 Mi visión y mi mente estaban entregadas a la plancha circular que giraba con lentitud, en posición casi horizontal, en la parte inferior de la imagen que proyectaba la pantalla. Tal superficie circular, iluminada desde arriba por un resplandor anaranjado, dejaba ver una superficie que me recordaba vagamente a la famosa esfera de Copérnico que he visto en algunas fotos.
 No había nada más: bajo la luz, sólo el plano circular que simbolizaría –adiviné- no ya la Tierra sino el Universo. Bien habrían podido los creadores del programa simularlo con más lujo de detalle y colorido, y hacerlo girar con algo más de rapidez, acompañando las imágenes de explicaciones habladas. Pero no: eso habría sido lo fácil, eso le habría quitado su carácter verdaderamente formativo e innovador. Era necesario -comprendí enseguida- que la plancha circular girara y girara en silencio en medio del gran vacío y con la lentitud necesaria para que los televidentes contrastaran la apabullante lentitud del Cosmos con el precipitado calendario que mide nuestra fugacidad; era necesario asimismo que se prescindiera de explicaciones para aproximar a nuestra intuición el magnífico silencio donde se hallan rotando, no insignificantes planetas, sino sistemas enteros con sus soles, y las galaxias a las que estos pertenecen también en rotación sin fin en torno al Universo hasta ahora concebido.
 Me hallaba, verdaderamente, ante un modo de divulgación revolucionaria, no basada en la obvia transmisión informativa sino en la inmersión del espectador en esa realidad lejana a nuestras coordenadas habituales y formada por entidades cuánticas, agujeros negros y demás extravagancias. Sólo una cosa no llegaba a entender, algo que no encajaba en la enseñanza intuitiva del documental. ¿Por qué se acompañaban los lentos giros de la plancha circular con un zumbido constante donde debía reinar un escalofriante silencio? Aquello, a mi modo de ver, no casaba en nada con la audacia pedagógica a que parecía responder la idea de aquello, pero alguna explicación tendría si yo lo meditaba… Y en ello estaba cuando de repente se encendió la luz de la estancia y vi acercarse a mi mujer, que clavaba en mí su mirada perpleja con verdadero interés científico. “¿Pero qué haces a oscuras en la cocina -me preguntó- y mirando tanto el microondas?”

sábado, 3 de mayo de 2014

TÍMIDUS-ERECTUS, un cuadro de Francisco Lezcano


¿Qué le cuartea la cabeza, estriada y sin boca, y le tiene los ojos inyectados? ¿En qué ha fijado la vista desde lo alto que tanto le predispone a curvarse como si ensayara un regreso a la postura fetal? Él, acostumbrado a erguirse, ahora a medio camino de volver al estado del renacuajo. ¿Qué horror lo ha exiliado de la tribu que tan arriba se mantiene, sobre dos palmos de desfiladero?

Puede que, huidizo y previsor, huya de la furia de los dioses o la de sus emisarios terrestres; o  quizá purgue el haberse negado a adorar a algún ídolo de codicia y de sangre. Tal vez, tras observar de lejos la vorágine, confíe apenas en lo que aún tiene de anfibio. Abajo no se toleran la duda o la indecisión. Su tiempo requiere el arrojo sobre las enormes presas a cazar, la fe arrolladora en la victoria frente a las tribus que intentan saquear la caza y apropiarse del asentamiento junto al río. El hechicero domina los arcanos, enseña las palabras rituales que los mantiene unidos, los cánticos que encorajinan para el asalto.

Pero él  piensa, y eso ha sido señalado como una debilidad suicida y una afrenta al valor. Alguna enfermiza mutación le ha distanciado de la comunal certeza, le ha hecho estremecerse frente a la sangre. Tendrá que alimentarse de rastrojos, de frutos temporeros y de torpes insectos. Si abandona las alturas acabarán con él, o bien los suyos o los de cualquier otra tribu, suspicaces ante un espécimen aislado, el primer eremita del mundo.