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domingo, 17 de octubre de 2021

ORQUESTA DE CÁMARA


 

La idea debió venir de algún aciago, y ya para siempre maldito, personaje de la Discográfica. Ignorante, pretencioso y arbitrario ejecutivo que nos puso en esta situación incómoda, yo diría que suicida; sí, porque fue echarnos piedras sobre nosotros mismos haber reaccionado con esta mansedumbre complaciente ante el designio de semejante leño de alcornoque; claro, que investido de poder, un poder sobre nuestras vidas, nuestros talentos y nuestra técnica que no va parejo al conocimiento de nada de estas cosas sobre las que se impone sin preguntarnos. Lena piensa que nos disgustamos todos a toro pasado y no lo queremos reconocer, porque nos causó ilusión esto de conocernos al fin, tocando juntos y al mismo tiempo, y no como hasta ahora, conjuntados a distancia por medio de cámaras intranet. Y era un reto para profesionales, considera Arthur, ¿no somos acaso músicos?, arguye, ¿no se supone de nosotros la capacidad de afrontar, como maestros consumados, una ejecución a la que no se negaría un estudiante?; y es más, añade él, hasta un compositor desacostumbrado a interpretar sus piezas, ¿no se aviene a sentarse al piano bajo la dirección de la batuta, ante el público, cuando la ocasión lo requiere, sin padecer un acceso de angustia? Pero qué fácil es hablar, ¡qué fácil es hablar!, porque tanto Lena como Arthur, como Matilde y los restantes, Marcel o Klaus, andan ahora acercándose al escenario en vez de esperar el momento en sus camerinos, asomando sus narices por los extremos para avistar sesgadamente las gradas numerosas de este teatro antiguo, empalideciendo como yo de ver ocuparse las localidades cada vez más rápidamente, y mientras más éxito parece tener la convocatoria, mayor es la tragedia, el cataclismo que intuimos nos espera al final de esta prueba a la que vamos abocados, sin posible marcha atrás. Ahora nadie habla, nadie intenta infundir ánimos aun cuando nos crucemos unos con otros o coincidamos por momentos en algún extremo del escenario. Hasta anoche, Marcel, a pesar de que el nerviosismo en aumento ya empezaba a alcanzar el cénit de la hora presente, aún repetía sin convicción las palabras que tan a menudo se han repetido entre nosotros como un leitmotiv coincidente con las reprimendas del director: ¡Si es lo más normal, es lo que hacen todos!, y nadie le respondía, ya anoche. Precisamente por eso, compañeros, precisamente, les respondía yo al principio (por último sólo lo pensaba), porque es lo más normal, aquello de lo que hemos estado alejados, desacostumbrados y, por qué no decirlo, negados, es por lo que resulta inconcebible este acatamiento ya sin remisión ante las resoluciones de algún atildado patán, un guisante prepotente ¡que se atreve a manejarnos como a un manojo de insignificantes vasallos, un truhán insensible envanecido en su caudillaje mezquino, la madre que lo parió, no me digan que me calme, la madre que lo parió a él y al solícito representante que come a costa nuestra, y la madre de todos nosotros, tontos sin reaccionar a tiempo como era debido, inconscientes que no caían en la cuenta de lo que se les venía encima! Estos desahogos de ira, acompañados de patadas y golpes a cualquier objeto que no fueran los sagrados instrumentos, no los he protagonizado sólo yo, no he sido yo el único al que ha habido que sentar, alentar, traerle agua con azúcar. Qué decir de los exabruptos amargos de Klaus, que postran el ánimo de cualquiera; de los llantos de Lena, que rompe sin consuelo su delicada mansedumbre y se muda en una medusa estridente y plañidera; qué decir de la agresividad apenas controlada de Arthur en algunos momentos, o de la acritud temperamental de Matilde, que se ha vuelto despectiva y cortante con todos. Yo he callado, para qué añadir más leña al fuego, y he permanecido sentado, silencioso, con la cara apoyada en el mástil de mi violín como único amigo capaz de darme comprensión y aliento. Y así he permanecido en tanto los intentos de apaciguar los arrebatos, o las amables llamadas al orden de unos y de otros, degeneraban en una espiral de gritos, insultos y exclamaciones cuando el nerviosismo y el miedo buscaban alivio en estas descargas broncas, imparables. Me levantaba pasado un rato y buscaba un refugio donde permanecer hasta que presumía que las aguas habrían vuelto a su cauce.

Ah, qué distinto era todo hasta ahora. Qué diferente ha sido a lo largo de años y años de trabajar físicamente distantes unos de otros, compenetrados y temperados como el clave de Bach; curtidos, al unísono, en la distancia; entrañables y necesarios sin este trato directo y perturbador. Éramos un grupo, cohesionado y estable, qué digo estable: ¡fiel!, a lo largo de tanto tiempo de perfeccionamiento, de éxitos, de reconocimiento universal. Nos venerábamos y nos queríamos como lo que cada cual era para los otros: un instrumento, un personalidad interpretativa, modelo de virtuosismo en la novedad al servicio de la tradición, de la grandeza intemporal de los sublimes maestros y de la esforzada evolución secular de la Música, de la que somos, tal vez, los más puros depositarios y servidores. ¡Nosotros, los inaugurales! Que nadie me hable, a mí, de crecerse en los retos, de templar los nervios ante pruebas inexcusables para dar cuenta de la maestría y la entrega al arte. Qué mayor reto que haber trabajado y aprendido ejecutando cada pasaje en solitario, imaginando cada uno las magistrales intervenciones de los demás instrumentos anunciadas en las partituras, materializadas en la intuición certera que habíamos obtenido tras años de escucharnos, con sorpresa al principio, con interés cada vez más concentrado después, al recibir los resultados de las grabaciones ya conjuntadas y armonizadas en registro digital, sorprendentemente logradas, merced a los programas especializados y a las manos cuyo peritaje en la más avanzada y escrupulosa mezcla de sonidos hacía de nuestras interpretaciones aisladas, remitidas desde nuestros lugares respectivos en soportes adecuados, ejecuciones luminosas, relecturas precisas y purificadas de las grandes obras, acendradas encarnaciones de los hallazgos creadores en momentos de sublime visión. Ni qué decir tiene que se contaba con nosotros para los retoques, después que recibíamos la versión totalizada no sólo en sonido, sino también en espectro visual pormenorizado en píxeles exactos, que plasmaban la intensidad y la altura de cada impulso sonoro con una fidelidad precisa, como la que no se alcanza con la abstracta notación del pentagrama. Y que entre todos y cada uno íbamos formando un acabado magistral de cada pieza, con nuestras sugerencias, nuestras atentas disconformidades y aclaraciones, donde no faltaban las declaraciones compartidas de sentimientos eufóricos o las impresiones sutiles que nos habían embargado en cada movimiento. Así, afirmadas las últimas rectificaciones, nos extasiábamos en el logro aquilatado que recibíamos para su aprobación final. Qué enervamientos, qué transportes supremos, hasta las lágrimas, producía escuchar finalmente cada producto conseguido, que había llegado a ser eso tan magnífico que finalmente oíamos, desde su comienzo desmembrado e incierto. Y qué delicadeza en comunión, qué actos de entregada acción de gracias, aquellas últimas interpretaciones con la que coronábamos cada una de estas fases, participando desde la lejanía en la interpretación final para nuestros solos oídos, viéndonos y oyéndonos a través de las cámaras web, de tamaño excepcional, que nos han puesto a disposición.

Qué opuesto todo, ahora; qué contrario ha sido todo desde que nos concentraron en el estudio de grabación donde, día tras día, hemos envilecido la mutua veneración que nos profesábamos, la maestría cultivada con tanto esfuerzo, y la dignidad, la perdida dignidad de quien se tiene por dueño de sí, no sujeto a presiones que exceden su esmerado control. En los primeros días, desbordados por el júbilo del encuentro, la alegría de que nos hubieran reunido al fin, para vernos de cerca, hablar y tocar juntos, no nos dimos cuenta de que se colaban en nuestra unión, en nuestro quehacer, la curiosidad, la confidencia, la francachela vulgar, los celos, la envidia, el deseo. Todo lo circunstancial, el burdo accidente y la impureza, toda la corrosión la de la convivencia --el desgaste, el roce, la debilidad- nos contaminaban y distraían de lo que fue nuestra única y persistente atención, nuestra vieja comunión en el ideal. No hubiera sido tan grave que Klaus y Arthur marcharan de juerga las primeras noches, consiguiendo reclutar a la todavía cordial y sonriente Matilde, o que Marcel me arrastrara a interminables partidas de ajedrez que nos sorbían la energía y la imaginación, y nos hacía rivales en un menester extraño e invasor, ni siquiera que mi contrincante en el tablero, Marcel, se fundiera en abrazos de repentina pasión con la dulce Lena; nada de eso hubiera sido tan grave, sostengo, si en lo esencial hubiéramos mantenido el timón. Pero cómo hacerlo, pienso ahora, cómo nos lo habríamos podido exigir si, en los extenuantes y penosos ensayos, nos olíamos, o a sudor o a perfume, o simplemente a piel, ¡nos olíamos, por el amor de Dios!; nos oíamos estornudar, carraspear o toser, nos oíamos incluso los pies marcando los compases con pisadas impías; nos distraíamos con miradas, miradas que a los pocos días hablaban tácitamente de los lances y las complicidades establecidas entre nosotros. Y lo peor: los instrumentos, los admirados instrumentos que eran nuestra única identidad a compartir, como un nombre para cada cual, más verdadero que el del bautismo, aquellos instrumentos ya no se dejaban oír en notas de sonido depurado, en el más expedito aislamiento sensorial para disfrute del oído sensibilizado y pulcro; no: ahora, en burdas interpretaciones, los sentíamos, los de cada compañero, vibrar en la madera o el metal del nuestro, en nuestros cuerpos, y hasta en nuestros asientos. Nos debatíamos angustiosamente en esfuerzos voluntariosos que no hacían sino aumentar la confusión, hasta que cejábamos reconociéndonos extraviados y demolidos. Y fue así hasta que vino el director; ¡el director!, no habíamos pensado en él, pero sabíamos que aparecería a los pocos días para unirse a nosotros en la preparación de la pieza encomendada. ¿Qué podría hacer un director con nosotros? Deseábamos todos, desde lo más hondo, que al menos fuera aséptico, neutro, carente de peculiaridades: que no destacara por blando ni por severo, ni por pasional o por técnico, por arrogante ni por humilde. Que no fuera ni bajo ni alto, ni flaco ni obeso. Que no tuviera melena ni calva, ni verrugas, ni caspa… Sólo así, pensábamos, podría entenderse con nosotros, restituirnos algo de lo perdido, facilitarnos la senda por dónde reencontrar la antigua seguridad, la identidad perdida. Pero qué va, ¡qué va!, hasta en eso hemos tenido mala suerte. El director era melenudo, alto en exceso, con arranques de simpatía calurosa que otra orquesta le hubiera agradecido y también presto a rebotes iracundos que nos enconaban más en nuestra aflicción. Era un apasionado del compositor que intentábamos interpretar, y se había dedicado a él desde los años de aprendizaje; pretendía imponernos, a nosotros, la visión que tenía de la sonata ensayada. Por su parte (y en esto lo disculpamos) no disimulaba la estupefacción desencantada por el espectáculo amorfo y caótico que le ofrecíamos, nosotros, maestros consagrados mundialmente con los que tantas ilusiones se había hecho desde que le propusieron dirigirnos en esta pieza. Finalmente, fueron desoídas las desesperadas peticiones de que se nos equipara con material electrónico individual con el que controlar las ejecuciones, a nuestro modo, aunque actuáramos juntos y conjuntados por las indicaciones de la batuta; o la también descabellada propuesta de que se nos colocara alejados unos de otros, en diferentes puntos del graderío del enorme teatro al aire libre. No había ya luz al final de ningún túnel: todas las salidas habían quedado condenadas.

¿Y es ésta, ahora, la orquesta capaz de encarar la rendida expectación con que la recibirá una multitud de aficionados melómanos, este desangelado manojo de excelencia degradada que se debate en la duda justo cuando ya ve que son ocupadas las últimas localidades, vacías hasta hace un instante? Qué lástima me da, hermanos, verlos como a mí, dominados por el vértigo ante el final temido, fin de la pendiente que iniciamos cuando a un estúpido se le ocurrió esta actuación en directo como colofón de un festival de verano, con la promoción consiguiente, y ¡horror!, la grabación del momento, la perpetuación humillante de lo que puede poner fin a tantos años de prestigio indiscutible; se ve que pensó en todo en su ambición facilona este sátrapa, ¡este sátrapa envanecido, asesino de belleza; este diosecillo de la trivialidad novedosa cegado por el poder! Lo que no sabe, el alevoso, astro que brilla con luz robada, es que se labra su caída con la nuestra; bien, ha cortado por donde le parecía y ya en este momento se puede decir que ha troceado la gloria y el modo de vida de sus esclavos, porque ya nada volverá a ser como antes para ninguno de los que hoy nos exponemos, pero tan cierto es esto como que él caerá hecho un despojo de quirófano, un guiñapo de víscera sobrante reducido a su verdadera dimensión, al fin.

Nos quedaría tal vez nuestro amor por la Música, el dominio sobre la pieza seleccionada, por los años de práctica, para guiarnos entre tinieblas. Pero esta noche en que espero el final apoyado en el mástil de mi violín, me embargan, junto con las notas ya interiorizadas, la vanidad intuida del compositor, también sus pasiones, su cólera reconocida, los extravíos que le atribuyeron, su generosidad proverbial, su nombre, todo lo biográfico que habíamos conseguido abstraer hasta ahora de la admiración profunda y laboriosa consagrada a su música; de tal modo que ahora es selva tupida esta pieza ensayada, también. Así que me dirijo a los demás poco antes de salir, haciendo que concentren en mí los ojos que fijaban en las gradas. Compañeros, les digo, amigos: vamos a salir ahí como extraños especímenes recién capturados cuya evolución ha favorecido el desarrollo prodigioso de un solo sentido en detrimento de todos los demás; por más que hagamos, resignémonos ya, seremos vulnerables, indefensos y torpes. La prueba a que nos someteremos en unos momentos será, para nosotros especialmente, algo parecido a exponer a un compositor a la curiosidad pública en el momento del trance, sabiendo que lo que haga en esos mismos instantes, sin posibilidad de reconsideración o enmienda, será lo que permanezca para siempre de él, inalterable bajo la transparencia inclemente. Nos queda algo a favor, lo único: ya no merece la pena preocuparnos, no hay nada más en qué pensar; así que no estemos atentos a los demás ni al público, ni al resultado y sus consecuencias. Concéntrese cada cual en su instrumento y déjese llevar sin evaluar el momento, observemos los movimientos de la batuta y mecánicamente obedezcamos su guía. Sobra todo lo demás, incluso los sentimientos, múltiples y encontrados, con que nos ha abrumado esta aventura.

Y así veo a mis compañeros salir, uno detrás de otro, conservando al menos la entereza. ¡Cuánto los vuelvo a admirar en un momento, a mis queridos amigos, viéndolos colocarse a cada uno en su lugar! Yo también me he sentado y oigo los aplausos iniciales como de muy lejos, de un sueño, y así también, del mismo modo espectral, veo erigirse ante mí la figura del director. Me he aferrado al violín y procuro no pensar en lo que hago. Sigo adelante, como quien sigue la senda señalada en un plano sin saber dónde lo llevará, sin importarle si es erróneo o caduco el itinerario que contiene. No reparo en los ruidos ni en el silencio. Apenas fui consciente, al empezar, de voces lejanas más allá del escenario, de ruidos del tráfico en las inmediaciones que el silencio del público permitía captar. Luego dejé de oírlos, dejé de oír y de ver, en realidad, cualquier cosa. Y así me sorprende atónito, en un momento, el gesto del director, sonriente, animándome a levantarme, y con apremio insistente, ¿qué habrá podido pasar?; sólo le obedezco por imitación cuando veo que mis compañeros, indecisos, también se levantan de sus sillas según son señalados y alentados por el de la batuta. Al parecer, todo ha acabado. Hay un aplauso al que corresponde nuestro director, con saludos reverentes; es un aplauso que se prolonga y aumenta, quiere hacerse expresivo, una ovación atronadora para la que mis oídos no están acostumbrados, pero que me entibia los miembros y aligera mi circulación. Aparecen personas en el escenario. Lena y Matilde agradecen los ramos de flores que depositan en sus manos con una sonrisa alelada, recién salida del pánico. Nos interrogamos con miradas discretas, apenas de soslayo; los ojos de Matilde parecen recuperar el brillo afectuoso que le había conocido. Lena, la dulce Lena, se concentra en el ramo y lo huele, escondiendo la cara entre las flores. Los aplausos no han cedido y el escenario es ocupado aún por más personas. Una especie de comitiva agasaja al director. Hay flashes, voces, palabras de un lado y de otro que tal vez sean preguntas o felicitaciones. Nosotros permanecemos pasmados, arrimándonos unos a otros en tanto más nos rodean. Las ideas se agolpan y apenas llegan a ser inicios de preguntas en suspenso, antesalas del asombro: ¿qué efecto han podido hacer estos días de cercanía, roces y emociones sobre lo que ha ocurrido?; o por el contrario, ¿ha sido que a pesar de todo la vieja disciplina se ha impuesto sobre este caos de desesperanza? Veo a Marcel, a Klaus y a Arthur caminar con pasos lentos hacia donde nos conducen, casi arrancándonos del estado de parálisis expectante en el que nos hallamos, y animar tiernamente a Lena y a Matilde a emprender la marcha. Aun provistos físicamente de todos los sentidos, estamos como ciegos necesitados de guía, sumidos en una cápsula de estupor. Es comprensible: hemos vadeado una odiosa ciénaga a costa de anularnos. Yo, que vuelvo en mí por segundos y paulatinamente, me hago a la realidad inesperada que me rodea, sigo sin poder ver sino entre láminas de luz que se superponen y quiebran todo lo que miro; aunque la situación ya adquiere nitidez y consistencia real, aún no puedo ver al público que prolonga su estruendo entusiasta, no del todo, aún no puedo verlo porque estoy llorando.

domingo, 19 de septiembre de 2021

ÁLEX, EL MANIGUA




Porque volvió la cara hacia mí por única vez para burlarse y no sé porqué, la mierda de vieja, porque me enfiló manteniendo la provocación con el ojo de acá, porque nunca antes me había prestado atención y fue esa vez, precisamente cuando me quedé mirando el interior del cochecito que empujaba viendo que no había niño dentro sino un triste muñeco en lugar de una criatura, un muñeco envuelto en una frazada de papeles, cuando pensé qué triste, qué tragedia debe haber aquí, y pensé también en la cantidad de veces que nos habíamos cruzado sin que yo me diera cuenta de lo que llevaba en el coche aquella vieja cubierta de harapos, mirando al frente siempre, como embobada, y cuando voy y me apiado, cuando la tengo en cuenta impresionado por aquel muñeco pelón, un juguete ya tan sucio como las greñas de pelo gris que le caían a ella por la cara, va y se burla con una media sonrisa y me mantiene la vista subiendo una de las cejas, ¿tal vez por mi párpado caído? Fue sin pensar que, en vez de ir a por ella, le arrebaté el muñeco, ella se sobresaltó primero, lloriqueando, y le oí una voz joven y clara que no me esperé antes de que intentara cortarme el paso hacia el malecón, desde donde yo habría lanzado el muñeco al mar, hacia lo más hondo, donde vaca no brama ni hijo por su madre llama, para que la mirada aquella saliera de mí, de mi carne y de mis nervios. Me volví hacia el muro dejándola a ella atrás pero volvió a alcanzarme y se aferró a mis ropas, aunque ahora lloraba con un berrido de socorro, un grito rajado antes de quedarse sin voz cada vez. La lancé fuera de mí con un empujón y cayó sobre el terraplén donde nos habíamos cruzado; yo golpeé la cabeza del muñeco contra el muro y el muñeco lloró, esta vez fue el muñeco y no ella, un llanto grabado pero que se oyó verdadero, ya que entonces se acercó la gente creyendo tal vez que reventaba la cabeza de un recién nacido. Vi que se acercaron los del Bárbara Bar, donde yo había estado alguna vez, una de ellas escuchando a otro viejo, un pesado que me hablaba a mí, pero también a todos los demás, contándome una historia de matanzas en una aldea olvidada. Se acercaron también los jóvenes que descansan todas las noches reunidos sobre el muro, fumando sus porquerías, y cuando los vi que se aceleraban hacia mí, atendiendo a los berridos de la vieja, corrí por el terraplén camino hacia la barriada hasta alcanzar la pendiente, oyendo a mis espaldas a la mujer mugrienta insultándome con su voz de mugre destartalada, yo no la entendía como tampoco entendí del todo al viejo del bar, a ver de dónde sale tanto viejo desquiciado y por qué la tomarán conmigo. Corrí por los callejones empinados que atraviesan hasta la montaña el barrio de casas ilegales amenazadas de demolición, trepé por los muros agarrándome a las lascas de piedras adosadas y recorrí azoteas por donde no podían verme, me colé por pasajes sin luz tan estrechos que apenas habríamos cabido otra persona y yo si nos cruzábamos, sólo mi sombra y yo, uno junto al otro, San Marcial y San Marcelino van juntos por un camino. Camino arriba, al paso de mi carrera, veía de refilón, entre aquellas construcciones desnudas e incompletas, familias sentadas frente al televisor, dormitorios de niños de verdad cubiertos con mantas limpias, cocinas provistas de todo donde trasteaban mujeres y todo lo que mantiene el orden y la confianza, y finalmente vi, estoy casi seguro, en una de las últimas casas de las que ya van dando a la montaña, a dos mujeres frente a frente que parecían estar acariciándose hasta que a mi paso una se separó de la otra para acercarse a la ventana y correr la cortina. Yo pensé córtese el susto, no se corte con cuchillo ni martillador martillo, diciendo el ensalmo para ayudarme a correr siguiendo el compás y también para desendemoniarme, y cuando empezaba a reconstruir con detalle lo que apenas pude observar de golpe, el sudor ardiente me llegó a los ojos, me tropecé con una carretilla y caí como pude para no hacerme daño, y me imaginé a la vieja llegando hasta mí con una taza de hierbas para los miembros golpeados pero con ojos de mala intención.

Vi una casa que me pareció vacía, sin luz ni ruidos; salté a una ventana apoyándome primero con los codos, luego con los brazos, sentí que el cuello y la espalda se me contraían, me recorrió un dolor cortante por un costado pero me aguanté el grito, no oía nada atrás, ningún ruido de persecución, pero podía ser por el nerviosismo de la huida, así que me aguanté, contuve la queja como pude por los ángeles del cielo y las misas del misal y las tres palabras fuertes que dicen en el altar. Doblé el cuerpo y caí adentro, caí sobre el suelo en lo que parecía una alcoba sin amueblar del todo, caí de espaldas por el impulso que tomé dando una vuelta completa. Hice ruido con las palmas de las manos abiertas con las que contuve el peso de la cabeza y los hombros; también debí hacer ruido con el golpe de los talones al quedar tendido pero no se abrió ninguna puerta, tampoco sentí pasos de momento. En lo que respiraba con la boca abierta, ya por una vez con el cuerpo abandonado y entregado a lo que pudiera pasar, pensé de nuevo en aquellas dos mujeres sin camisa que se acariciaban por la cintura y los costados mirándose fijamente, y a punto estuve de reírme imaginando que me sorprendieran ahora caliente, pero se me borró la imagen porque apareció la vieja en mi cabeza como entrometiéndose en la escena de aquellas dos en sujetador; se me fue el agrado pecaminoso y me vino de nuevo la pena, no la ira que me dio ni el miedo que vino después sino esta pena sin sentido, si hubiera visto a un niño de verdad en aquel cochecito no me habría conmovido tanto pensando en la anciana que camina noche tras noche recorriendo el mismo tramo cercano al malecón, viniendo tal vez desde muy lejos o camino de algún lugar más lejano aún, en silencio y mirando sólo adelante, ni siquiera al muñeco que ya no va a pasear más porque es como si le hubiera matado un hijo, en eso no había pensado, si para ella era su niño, uno perdido tiempo atrás o el que esperó siempre sin poder tenerlo, yo soy un asesino igual que si le hubiera desmembrado a un bebé de carne y hueso. Sigo estando en esa habitación, oigo que suenan pasos pero estoy sin ganas de levantarme, tal vez la casa esté ocupada en una parte mientras la otra permanece en obras, tampoco sería de extrañar; he subido por callejas empedradas, pasadizos de tierra y capas de cemento en vez de asfalto, y he corrido entre casas de bloques desnudos que cubrían interiores con luz y calor de costumbre. Tal vez la gente de esta casa haya estado esperando para decidirse a buscar donde oyeron mi caída pasada la sorpresa, o tal vez la partida de jóvenes haya llegado hasta aquí y hayan dado aviso. No puedo ver más que unos muros blanquecinos, una espátula, una brocha y un bote que huele a pintura, un bulto que recuerda una cama y se me agolpan las imágenes, la cabeza del crío quebrándose, los dos llantos que sacaban de quicio, la gente que vi acercándose, yo convertido en alguien conocido por unos gritos tras de mí. Alguien dijo “Es Álex” pero no en eso había caído en la cuenta hasta ahora: alguien me reconoció. Pudo ser un parroquiano del bar, alguno de los pocos que supo mi nombre las veces que fui sin que estuviera el viejo de la primera vez, aunque se le siguiera viendo en una de las fotos que cubren las paredes donde están siempre en primer plano futbolistas de ligas locales que se retratan junto al dueño, en una de ellas el viejo largo y huesudo, el viejo de la voz profunda, cubriéndose la cara y empequeñecido. Yo pensaba que más tarde o más temprano yo estaría en una de aquellas fotos por simple ley de vida si seguía yendo al Bárbara Bar, que me codearía con todos a mi manera sin que me relacionaran ya con el viejo, sobre el que seguían preguntándome porque después de aquella historia sangrienta que contó ya no se le volvió a ver por allí, lo que sí está claro, y no me cabe la menor duda, es que alguien dijo Álex y que tal vez añadió mi nombrete, El Manigua, y en ese caso no podía ser otro que mi compadre, el que traía esta noche género robado, ya ni acordarme, el tipo roba por vicio y no por necesidad, ve alguna cosa y no puede contenerse aunque luego no le sirva ni le apetezca. Si no dejo de pensar oiré decir Álex sin que lo diga nadie, y estoy asustado. No sé cuanto tiempo ha pasado y ahora se me hace extraño lo ocurrido, y la huida desesperada cuando a lo mejor nadie corría detrás de mí. Ya no sé si de verdad vi a aquellas mujeres abrazándose por la cintura, o si ellas me vieron tal vez pasar como un rayo y mirar un instante sin poder distinguir por la sorpresa, sin querer molestar porque a mí qué me importa ¿no?, pero el infierno es esto, molestar donde no lo pretendo, sembrar el recelo cuando intento acercarme, que me ofenda la vieja cuando me compadezco y acabar yo maltratando lo que más me conmueve, que se dirija a mí un matusalén que no habla nunca con nadie para entretenerme con crímenes y locuras a la vista de todos; que aparezca yo durante unos abrazos que por otra parte tenían lugar con la ventana abierta y las luces encendidas, pero creo que ni eso serviría en mí descargo porque tal vez no baste hacer las cosas sin mala voluntad, que venga todo a mí sin buscarlo, cuando se tienen estas espaldas cargadas de mono, y este cuello, y esta calva y este párpado caído. Oigo ruidos muy cerca, y murmullos, pero ya de quién; a esta hora se sabrá de sobra que aquello era un muñeco aunque era un niño, hará tiempo que la anciana habrá sido atendida, que las dos mujeres se hayan desvestido totalmente y descansen desnudas si una de ellas no se ha marchado hasta una próxima vez en que correrán por lo menos la cortina, que se hayan apagado los televisores menos en algún recibidor donde dura una reunión hasta altas horas. ¿Quién anda por ahí, cada vez más cerca?, alguien que no puede pegar ojo; las puertas de aquel bar se habrán cerrado y la chica que atiende habrá acabado el paseo con el baboso que la ronda. Mi compadre no puede ser porque ya me habría hablado en voz alta, y a esta hora habrá despachado al hombre que roba por gusto temiendo perderlo para siempre al no poderse cerrar esta noche ningún trato, al viejo extraño se lo ha llevado hace tiempo el viento tirando de sus ropas y no puede haber llegado hasta aquí para contarme historias de muerte, qué tiene que hacer nadie aquí si hasta el Demonio, que sabe me llamo Álex, me ha dejado de su mano porque, a ver, si el recelo que causo en todos se ha convertido para mí en una manera de estar, incluso una seguridad como si me temieran, como si vieran en mí la marca de su pezuña, dónde está el pacto firmado para garantizarme los honores del mundo, los placeres y las riquezas, dónde la flor de las vírgenes y la castidad de las monjas o la constante embriaguez. Ya podrían decirme quiénes son los que me están agarrando, yo ya me he presentado, me llamo Álex como habrán oído, así que suéltenme tanto si son adoradores de Baal o demonios o ángeles, no tienen derecho a esto, sólo les veo el brillo de los pares de ojos que me rodean como vi el brillo de la maldad en la anciana mientras me mantenía una sonrisa que parecía ser disimulada pero sólo para ofender más, o el de los ojos cubiertos de cejas tupidas en el viejo que en el bar nos advertía de que el mal está en todos pero en algunos más, y pueden estar seguros que era el mismo hombre arrogante, entrado en años, con barba gris que seduce a las herejes. Son señales de que lloverá fuego y las trompetas darán entrada al grito que iniciará la gran demolición: déjenme de una vez o díganme quiénes son, yo les he dicho que me llamo Álex, me llamo Álex y conozco al Diablo.

 

sábado, 29 de mayo de 2021

ASEDIO


No pretendió ni fama ni reconocimiento público por haber enviado a los medios las imágenes de las ratas correteando de noche por su gran zona comercial. Recibió los agradecimientos, eso sí, del periódico que publicó la noticia online y en papel, y el moderado asombro de su familia. La imágenes desvelaban la cantidad de ratas de gran tamaño que se apoderaban por las noches de aquel tramo comercial, en grandes grupos y cruzándose a lo loco. Eso y y las notas de redacción que acompañaban las imágenes podrían poner en evidencia a las autoridades y apremiar quien correspondiera para que actuara enseguida. Con eso se daba por satisfecho.

Lo que no esperaba eran criticas, malas actitudes, groserías y rechazo, en fin, cosas como culparlo incluso de la mala fama que podían dar a la zona aquellas imágenes repetidas en los informativos. Y además, ¿cómo podían saber que había sido él, si no había habido colaboración firmada? Pues sí, lo paraban en la calle sujetos que no conocía, o con los que se habría podido cruzar casualmente. Le preguntaban que a santo de qué hacer eso que hizo y perjudicar al barrio. Y más insultos, y más amagos de agredirle acercándose a él. Cuando lo tiraron al suelo de dos puñetazos decidió encerrarse un tiempo en su casa, de alta, muy alta planta. Desde ahí podría usar el teléfono y el portátil para enviar denuncias con detalles y un dibujo robot del agresor al que oyó que llamaban Ayoze, pero pronto tuvo que añadir a esas denuncias que se estaba congregando una pequeña multitud en la acera frente a su edificio mirando tanto a sus ventanas como a su portal, que apenas se veía desde arriba, pero sí se veía que allá abajo había otra multitud: corrían ratas dispuestas a entrar, tal vez ya habían entrado. Aquellos animales tenían muchos edificios para recorrer de abajo arriba, con muchas plantas de muchas puertas pero empezaba a oír el ruido seco de sus patas, todas sus patas, que habían llegado hasta la suya. Las oía golpear y arañar las puertas cada vez mas cerca y un olor desagradable se intensificaba afuera. Gritó a su gente en casa que llamaran a las fuerzas policiales, a los  bomberos y al servicio de desratización municipal, que amontonaran lo que pudiera servir como arma, que alguien preparara unas ollas con agua hirviendo. ¿Cómo pudieron dirigirlas a su casa?, pensó: era materialmente imposible implantarles chips a tantas ratas, o lanzar a su casa tan alta cualquier sustancia que los atrajera o un aparato de ultrasonido que… Y la puerta era gruesa y metálica, pero con tanta rata enorme royendo... 

jueves, 24 de diciembre de 2020

OJOS

Para Beth Llarena

Si mi hermano gemelo no llegó nunca a pegar a mis padres, no fue por amor ni por compasión, ni tan siquiera por un leve asomo de vergüenza, sino por considerar ese extremo, yo así lo creo, un inconveniente innecesario. Era más práctico para él persuadirles recurriendo a la presión emocional para que le entregaran sucesivas cantidades de dinero, siempre con la excusa de emprender supuestos negocios de los que después nada se sabría. Los viejos accedían dudando y sin ningún entusiasmo, pero aferrados a la ridícula esperanza de que algún día aquel hijo se encaminara con tino y,  por qué no decirlo, intimidados también por la frialdad de sus ojos y la temible seguridad de sus modales. Si un día Arturo Manuel, que así se llamaba, no hubiera desaparecido sin dejarse ver ya para siempre, quién sabe de lo que hubiera sido capaz para acabar de saquearlos, dejándolos en la miseria. Hasta donde podía servirles mi consejo, procuraba proteger a los viejos de sablazos inasumibles para sus ahorros interponiéndome en algún irreparable exceso de generosidad. De nosotros dos, de Arturo y de mí, decía la gente que mostrábamos rasgos prodigiosamente idénticos y que sin embargo poseíamos personalidades prodigiosamente opuestas para tratarse de dos hermanos nacidos de un mismo parto. Por nuestra parte, nos manteníamos a distancia y nunca coincidíamos en la casa donde habíamos crecido y donde aún habitaban los viejos; en realidad, procurábamos no coincidir nunca en ninguna parte. Pienso que acerté siempre al intuir que tanto él como yo detestábamos que existiera el otro, el tener una copia idéntica circulando por ahí, una réplica parásita que nos arrebataba el derecho a poseer una identidad exclusiva, legítima en su integridad, y no diseñada en consonancia con algo exterior, ni del todo ajeno ni del todo propio. No es descabellado sospechar que ese odio a la copia impuesta, irremediable, fuera la explicación a tantas otras cosas. Era irritante la insistencia de la gente en nuestro parecido, engorroso que nos confundieran y que esas confusiones de los conocidos de uno y de otro dieran pie a torpes revelaciones sobre la vida y obras de cada uno en encuentros casuales; por otro lado era indignante que él aprovechara nuestro parecido para sablear a algún amigo mío o para facilitarse la seducción de alguna conocida o alguna novia mía.

¿Por qué esta mañana, en un supermercado de estación, y de improviso, he confundido mucho tiempo más tarde (años, décadas) a Arturo con mi propio reflejo en un cristal, cuando yo observaba un paquete de mascarillas antivirus que se presentaban sobre un expositor, y ha sido justo entonces, en un instante sobrecogedor, que creí ver al antiguo y olvidado gemelo encarnado en mi propio reflejo de ahora sobre el cristal de una vitrina, con estas características que el tiempo ha ido tallando: con mis gafas de ahora, mis kilos de ahora, mis ropas de ahora y mis actuales movimientos reposados, por no decir lentos. Diría que aquella aparición momentánea y el recuerdo de Arturo empezaron disolverse al tiempo de mi salida del supermercado de estación, camino del autobús, aunque yo todavía apretara el paso y desviara la mirada ante cada fugaz encuentro con mi imagen en repentinas cristaleras. Me dirigía a la guagua que me desplazaba al trabajo, y así empezaba otro día en el andén poniendo atención a los casi invariables pasajeros cotidianos, en su mayoría reconocibles a pesar de las mascarillas protectoras, efectuando de nuevo el cálculo ya maquinal de las distancias de seguridad tanto fuera del vehículo como luego al entrar y luego al sentarme, y una vez sentado y relajado, confirmando un día más al estudiar las caras, que la mítica y proverbial expresión de los ojos ha sido sobrevalorada, lo que nunca hubiera creído: esos órganos considerados universalmente los más enigmáticos o reveladores, los más seductores o amenazantes de la fisonomía, resultan ahora congelados, impenetrables, sin la colaboración del resto de la cara, al contrario de lo que podría esperarse... Lo ratifico, por ejemplo, viendo un rostro cuyos ojos parecen, sobre la mascarilla, querer cerrarse de sueño atontado unos asientos más allá, un rostro que tal vez oculte bajo esa tela una sonrisa de éxtasis sensual vibrando en la comisura de la boca, contrayendo con libertad las mejillas, una sonrisa complaciente que haría declarar a esos ojos un abandono de placer muy distinto al cansancio aturdido y soñoliento que de entrada se les puede suponer. Lo mismo podría decir de otros ojos más allá que parecen salirse de sus órbitas, sin que se sepa si es por algo que les asombra o porque son ojos de por sí desorbitados. Y vuelvo a recordar a Arturo de improviso, después de todos estos años, décadas... Razono que en este cambio global y repentino del mundo, con esta pandemia que no esperaba nadie vivir (o morir), en algún sitio tendría que recolocar el recuerdo casi siempre latente de Arturo, del que no sé apenas nada hoy en día; bueno, nada salvo que ha hecho carrera en la delincuencia, donde disfruta de una posición considerable: al parecer ha conseguido destacar en el tráfico de armas, en el de sustancias ilegales y en el de personas, según la prensa y los informativos; ha sabido, dicen, presionar y corromper a jueces, políticos y empresarios, y es de suponer con qué métodos. Ha quedado atrás el tiempo en que yo temía algún daño por su parte, que por ejemplo utilizara mi parecido con él para desviar la atención de la policía o de alguna banda criminal competidora. Hoy, cuando según se ha divulgado, mi hermano se ha sometido varias veces a la cirugía plástica, cuando cualquiera sabe si estará ya tísico o paralítico, que apenas nos quedaría el parecido de los ojos sobre unas mascarillas y tal vez ni eso, tal vez ni nuestras miradas tuvieran un brillo aproximado vistas de cerca...

Veo que han subido dos personas en la estación anterior y yo ni me he dado cuenta, abstraído de nuevo en mi gemelo, a quien en verdad ahora no podría ponerle cuerpo ni cara, salvo que le adjudicara los míos y por pura asociación mecánica, sin base ninguna. Me fijo de nuevo y corroboro que han sido en efecto dos personas y que se han sentado frente a mí a cierta distancia. Me atrae primero y de inmediato una mujer joven, una mujer sensacional que, a propósito, parece con su imagen desmentir mis conclusiones sobre los ojos y las mascarillas y sacudir mis reflexiones hasta dejarlas por el suelo, porque esos grandes ojos azules deslumbran con una intensidad capaz de resplandecer sobre todo lo neutro e impersonal que tienen los demás ojos en esta mañana fría y rutinaria. Eso sí, hay algo que no me rebaten esos ojos, y es que ellos tampoco expresan nada, nada concreto, nada de tanto como quieren abarcar y eso los hace, mira por donde, dispersos; intentaré explicarme: es como si esa cara se quedara dirigida por su cuenta, sin intención alguna, a un punto cualquiera (un punto cualquiera que puedo ser yo, por casualidad). Son fantasmales, esa es la palabra. Unos asientos más allá de la mujer, y más lejos de mí, se ha sentado un tipo de unos treinta años cuyos ojos muy abiertos se mueven con rapidez hacia un lado o hacia otro como un sonado, después se detienen, y por instantes parecen dirigirse a mí sobre una mascarilla de pico redondo, y eso sólo cuando yo hago algún movimiento... o a mí me ha parecido eso. En cualquier caso, habría que observar a estos dos precisamente los rasgos bajo las mascarillas, a ellos más que a nadie entre todo el pasaje porque son inquietantes y porque sus miradas a veces rozan la insolencia.

En la reciente parada ha subido un solo individuo, que llama la atención porque ha ido caminando de la puerta de entrada a la de salida y se ha quedado ahí, de pie, sin aprovechar ningún asiento vacío, agarrado a un barrote y soportando así los vaivenes y las sacudidas del trayecto, frecuentes en esta hora punta. Y, vaya por donde, también se ha dedicado a mirar, a mirarme, de un modo más incómodo y penetrante que los anteriores. Parece esforzarse en hacer memoria como si me conociera, lo que no sería extraño por la edad aproximada y por las apariencias; parece un caso de esos en los que alguien te identifica pero no se atreve a saludar porque han quedado muy lejos el tiempo y las circunstancias de una remota relación, probablemente pasajera y trivial. Aunque he desviado la mirada intentando dar esquinazo a su interés, veo que el tipo sigue observando de frente sin desistir; tal vez espera que yo me me lance a saludar primero para, entonces sí, desviar la cara; hay quien lo hace. Voy pasando de la incomodidad a otra cosa: me crece dentro una furia que me reactiva por momentos; interrogo al tipo desde lejos con movimientos desafiantes de mis brazos aunque él sigue manteniendo la grosería fastidiosa de su mirada por encima de su mascarilla negra. Me levanto congestionado y, sin precipitarme, me dirijo hacia la puerta de salida, donde se encuentra el sujeto, que aún continúa vigilándome sin preocuparse. Cuando ya estoy llegando a él, me sorprende notar a ambos lados de mi espalda, pegados a mí, dos cuerpos a los que no había visto levantarse de sus asientos; en un instante intuyo, sin saber por qué, que son la mujer de mirada azul y el hombre de ojos inquietos de momentos antes. Compruebo que en efecto se trata de ellos dos al mirarlos alternativamente, en tanto cada uno me sujeta por un brazo. Y el que esperaba al fondo del pasillo ha quedado ahora frente a mí con una calma autoritaria; me enseña la credencial que ha sacado mecánicamente de un bolsillo y con una entonación rutinaria recita mis derechos constitucionales llamándome Arturo Manuel, como a mi gemelo, y añadiendo mis apellidos ciertos.

ESTÁNMETIENDOLAPAAAATA

El grito, que ha recorrido la guagua y se ha expandido a la calle al abrirse la puerta hidráulica, ha sido mi gran desahogo explosivo, no tanto por la detención errónea sino por cierto temor camuflado y soportado casi toda una vida, la confirmación de que nunca puede existir pacíficamente eso que llaman otro yo; no: o es otro o es yo afirmándose de las más diversas formas. Grito más veces pero los tres desconocidos me ignoran mientras me van conduciendo a la calle; tan sólo estudian mis ojos sobre la mascarilla como si éstos les interesaran por sí solos, como si me estuvieran examinando pericialmente una irritación, un glaucoma o una dilatación de las pupilas.


Las Palmas de Gran Canaria, 12/12/20

 

Foto de CostumeSpecialiste

domingo, 13 de diciembre de 2020

BONSAI



Hacía mucho que no oía llorar un gato como lo oigo esta noche. Eso quiere decir, probablemente, que en este barrio ningún vecino ha tenido gatos durante años, hasta ahora. Los gatos lloran como bebés roncos, dicen que atormentados por el celo. Yo no estoy tan seguro de que esa queja desgarrada que oigo sea fruto de las ganas de aparearse y no se deba al miedo o al desamparo, que es a lo que de verdad suena. Primero me exaspera, como el llanto de un niño enfermo que no ha aprendido a decir lo que le pasa y por el que no se sabe qué hacer, y al final me entristece. Esta vez el lamento parece venir del interior de un piso cercano, amortiguado por las paredes de alguna casa; llega aniñado y humano. Hace tiempo que tampoco he visto a ninguno por aquí; no he visto gatos en ninguna azotea ni en ningún balcón; apenas he sorprendido a alguno, callejero, merodear cerca de los contenedores de la basura o esconderse bajo la carrocería de algún coche. No ha habido más con los gatos durante años. No he querido criar ninguno desde que no tengo a Bonsai, ni he cultivado la nostalgia de haberlo tenido. Pero el llanto de ese gato me hace recordar cuando sí lo tuve y remontarme a años atrás.
Inesperadamente, ese pelaje pardo que parece llegar ahora desde la tiniebla del pasillo, la figura felina que recorre en silencio el salón de esta casa, ya no es el viejo Bonsai sino su recuerdo en mí, una réplica repentina evacuada del trastero de mi memoria. La cabeza redonda, pequeña en proporción al cuerpo alargado que pasea su elegancia camino del cojín sobre un sillón vacío, es el doble perfecto de aquella hermosa cabeza que hace mucho no habita aquí, reavivada por el llanto de ese otro gato que gime afuera. Cuando lo tuve no me sobresaltaba que brincara sobre mí jugando aunque no lo esperara ni lo viera venir, ni que saliera de un escondrijo bajo una mesa para aprisionarme una pierna, ni que me despertara recorriendo el colchón después de saltar a la cama; sabía siempre que era él, me tenía acostumbrado a sus movimientos inaudibles, a su tacto, a sus saltos sobre superficies mullidas. Sin embargo, después de que se fuera y me pareciera verlo aparecer de improviso en cualquier parte de la casa, ahí sí que me asustaba. Me impresionaban y me entristecían esas visiones fugaces que me asaltaban de improviso con frecuencia: lo podía confundir con un cojín, con una chaqueta tirada sobre el sofá o con una mochila en el suelo. Eran los fantasmas de la costumbre, de mi antigua convivencia con él, los espectros de sus antiguas apariciones habituales en toda la gama de sus actitudes felinas.
De momento no puedo dormir; me vigilan y aguardan diversos Bonsais espectrales en todo el apartamento; el gato vivo y real que una vez tuve era uno solo pero esas réplicas imaginarias no tienen límite a la hora de prodigarse: me espera un gato inmaterial tras la puerta de la cocina, otro debajo de la cama o en un extremo del sofá o escondido en la bañera. Y todos ellos me remiten a aquella noche, una cierta noche inquietante y agorera, y la continuidad de lo que sucedió en ella. Y es verdad que sucedieron cosas, aunque la llegada del sueño pareciera poner fin a la jornada borrando todos sus acontecimientos para dejar sitio al día siguiente por venir. Tras unas horas dormido, recuerdo, desperté y noté algo así como un felino de tamaño humano abrazado a mi cuello, repitiendo en mi oído un ronquido sensual que finalizaba en un suspiro profundo. El fulgor de unos ojos híbridos, a un tiempo de persona y de pantera aferrado a mi cuello, hizo que me apartara gritando y que apenas empezara a tomar consciencia de la realidad cuando, apartado, me senté en el filo de la cama y respiré aliviado al percatarme de que era Sagrario quien ocupaba sobre el colchón el mismo lugar del cruce de humana y gato, o de gata y humano, al que creí estar abrazado un segundo antes. Había llegado, cuando yo ya dormía, de su turno de noche en la centralita del hotel.
-Hombre, ya sé que me ha vuelto el catarro- dijo una voz congestionada- No creo que te contagie otra vez, no te alarmes así- añadió la voz quejosa que tanto me confortaba oír aunque se le notara la mocarrera que ocupaba su nariz y confería una sonoridad indolente a su voz. Miré el reloj; por la hora deduje que haría dos horas y algo más que habría vuelto de su turno en la centralita del hotel.
La observé. Me había hablado inmóvil, tendida sobre el costado, con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. La posición era la de alguien dormido. Hasta ahora no había hecho falta que se identificara nunca las noches en que entraba en la cama mientras yo ya dormía. Como al gato, que también usaba cama, la deducía por las costumbres, la reconocía por su peso sobre el colchón o por su roce con mi cuerpo, y no me confundía con ninguno de los dos. Tuve un difuso mal presagio por la quiebra de aquellos reconocimientos implícitos que tanta seguridad daban a nuestra convivencia, la de los tres. Me tendí sobre el costado mirando a la pared, aliviado de que no fuera verdad que un fenómeno de la naturaleza me hubiera tenido atrapado por el cuello. Me tendí sobre el borde de la cama en el que me había sentado, casi en el filo, para permitir que Sagrario recuperara el sueño cuanto antes pero ella insistió en preguntar por qué me había apartado así de ella, por qué me encontraba tan inquieto. Me coloqué boca arriba y vi a Bonsai sentado sobre las patas traseras, atento a la escena. Contesté a Sagrario que nada, nada de importancia al menos, tal vez el efecto de una pesadilla, y me volví de costado hacia mi lado de la cama.
-¡Eh, cariño...! -insistió, presionando levemente con el índice en mi espalda; yo ya sabía que iba a insistir- ¿Qué pesadilla extraña fue esa?... Dime-. Quería escuchar y enterarse. Estaba acostumbrada a escucharlo todo y de todo en su trabajo, me había dicho: escuchaba las consultas de las llamadas internas y externas de los clientes del hotel, sus peticiones y sus encargos; atendía preguntas sobre habitaciones libres, sobre precios, sobre números de teléfonos, masajes, comedores o lavanderías. Orientaba por teléfono a los ya hospedados sobre teatros, organismos, floristerías, coches de alquiler, transportes públicos, restaurantes o comercios renombrados. Programaba las horas a las que algunos decían querer ser despertados, comunicaba el adelanto de la factura a los que lo solicitaban...
Su cuerpo permanecía relajado, abandonado del todo a la comodidad del colchón. Su respiración y los músculos de su cara seguían pareciendo engullidos por las profundidades del sueño. Era como si me estuviera entendiendo con dos mujeres: una, Sagrario, cansada y amante de placeres como dormir; otra, la telefonista de hotel, que no dormía, acostumbrada a todo tipo de voces y a algunos idiomas, siempre atenta a lo que ocurriera o lo que quisieran contarle. Por un momento, lo recuerdo, no supe si seguir hablando o si abandonarme al sueño y dejar que transcurriera así el resto de la noche. No podía saber si ella estaba a punto de dormirse o todavía esperaba más detalles sobre lo sucedido.
- No sé -respondí al fin sin saber si ella me escuchaba-. Una pesadilla, ya te digo. Algo desconocido se me aferraba al cuello. No recuerdo más.
El gato se había ovillado a su lado de la cama y ronroneaba en sueños. Dormía con la cabeza apoyada sobre el bulto de los pies de Sagrario. Y seguiría durmiendo o se levantaría por su cuenta para beber agua, desahogar alguna urgencia o sencillamente merodear en alguna parte de la casa, en cualquier momento de la noche.
-Anda, duerme- juraría que dijo ella en un susurro débil y lejano, pero cómo asegurarlo si momentos antes había estado despierta y hablando con aquella inmovilidad relajada de todo el cuerpo y su voz me había llegado como desde otra mujer, sin que yo viera sus labios moverse debajo del cabello negro y ensortijado que cubría su boca. La poca luz de la calle que se colaba entre las cortinas iluminaban su pijama de satén con lunares rojos. Ahora, además, emitía desde la hondura de sus cuerdas una especie de gemido sonoro, nasal, propio de quien celebra una nueva postura sobre la cama, que sonaba a máxima placidez. Ella gemía, el gato ronroneaba sobre sus pies, el despertador se sumaría a la fanfarria en poco tiempo.
Anda, duerme”, había dicho. Pero faltaba poco para el amanecer y las primeras luces que se filtrarían a través de las cortinas. Desactivé el despertador para que el sueño de Sagrario no se viera innecesariamente interrumpido y la contemplé un momento flotar en el sueño al que parecía haberse entregado por fin. Se volteó de improviso desprendiendo otro gemido de goce inocente. Tenía una mano sobre la cabeza del gato, que se había desplazado hasta su cintura. Parecían ya inseparables. Y eso que al principio les costó acostumbrarse el uno a la otra. Sagrario acortaba las estancias en la casa cuando la visitaba, nerviosa por las carreras del gato de un lado a otro, por sus saltos entre los muebles, por los lanzamientos de juguetes que apartaba de sí con las patas para después lanzarse sobre ellos, y por la vigilancia recelosa del animal que sentía sobre ella. El gato, por su parte, le soltaba resoplidos de rechazo si ella intentaba acercarse o acariciarlo y, con la misma, se perdía de vista; maullaba protestando cuando Sagrario y yo nos abrazábamos o nos sentábamos uniendo nuestras cabezas. Sin embargo, después de la vez en que ella se agripó y acabó instalándose con nosotros para ser cuidada, el gato fue su compañía vigilante a los pies de la cama y ella no dejó de mostrarle agradecimiento hablándole, acariciándolo cuando se acercaba, imitando sus maullidos y sus ronroneos. Convaleciente aún, cuando ya pudo levantarse de la cama, permanecía largos momentos sobre el sofá acompañada del gato, al que no dejaba de rascar suavemente en el cuello o en la panza admirando la pelambre casi rubia bajo las manchas marrones, redondas como anillos en el costado y las alargadas rayas oscuras lo largo del cuerpo. Desde entonces, Bonsai reservaba para mí el juego más gimnástico y competitivo -con dosis de brutalidad- mientras a ella se acercaba para dedicarle largas miradas con parpadeos ostentosos, le empujaba el cuello o la mejilla con su hocico o se restregaba en una de sus piernas con la cola en vertical. Ante estas muestras de adoración casi permanentes, Sagrario no sólo respondía con agrado: desperezaba el cuerpo y se atusaba el cabello entregándose a un ligero éxtasis de vanidad, con sonrisas que se me antojaban triunfales. Ya le había oído decir a ella en un reciente desayuno: “No puede haber muchas mujeres en el mundo adoradas por un gato bengalí”. Ciertamente, era difícil conseguir ejemplares de esa raza y, en ciertos lugares del mundo su venta suele ser exclusiva, pero al principio pensé que su comentario era trivial, incluso irónico. Sin embargo hacía tiempo que se habían afilado sus rasgos, las recientes ondulaciones de su cabello negro, el rímel que le confería misterio y profundidad, y el lápiz de ojos con que estiraba sus contornos hasta la sienes habían dejado atrás un rostro más redondeado e infantil, con las olvidadas gafas de lente circular y aquel cabello liso dividido sin sofisticación por una simple raya a la mitad. Ahora solía mostrarse ufana y rozagante, sonriendo a menudo para sí. A la vista de lo que estaba ocurriendo tuve que admitir en esos días que algo se estaba transformando, que la hasta entonces escasa vanidad de Sagrario, henchida aparentemente por la devoción de Bonsai, se le desbordaba por todo el cuerpo.
***

El llanto de ese gato anónimo pareció haber desaparecido hace tan solo un breve rato, pero vuelvo a oírlo, esta vez más seco y lejano, y me recuerda el maullido casi inaudible -apenas un hilillo de voz suplicante- del Bonsai que entró en esta casa y en mi vida siendo un bebé desvalido: las primeras tomas de leche, la botella de agua tibia en la cajita donde le tocaría dormir, la instalación precipitada de comedero, bebedero y bandeja de arena. Cuando lo veía hacerse poco a poco con el espacio de la casa y cuando compartía los primeros juegos con él, poco me importaba que su raza se hubiera originado en un cruce de gato doméstico y de gato bengala o leopardo asiático, como también le llaman, ni cualquier otro antecedente suyo: era tan sólo mi gato, ni más ni menos. A pesar de eso, lo llamé Bonsai por considerarlo la miniatura de un felino grande, aunque eso apenas fuera una concesión a su figura peculiar y al exotismo de su procedencia. Debo decir, sin embargo, que aquella mañana en que me levanté antes de la hora -desvelado por la pesadilla que me hizo creerme aprisionado por un ser híbrido de felino y humano-, el animal me acompañó a la cocina como siempre esperando una ración leche, pero no me rodeó con sus juegos, no se restregó en la pernera de mi pijama ni me miró dirigiéndome los primeros maullidos del día: se limitó a acompañarme erguido y observándolo todo con ojos de renovado asombro. Me pareció de golpe mucho más corpulento y mayor, también más lejano y extraño, como si hubiera asumido en pocas horas que era un producto de la selva, un prodigio reclamado y cotizado en círculos donde no faltarían estafadores y traficantes de ejemplares valiosos, todo eso de lo que había quedado a salvo en las alturas de nuestro apartamento, que era todo su espacio conocido.
Cuando abrí la puerta para salir de casa, lo vi observando desde lejos sin acercarse corriendo a despedirme; permanecía a pocos metros quieto, noble, majestuoso y -me traspasó otro presagio impreciso y doloroso- parecía dedicarme un último reconocimiento.
Las horas en el trabajo disiparon la rareza y las últimas congojas de la pasada noche. Regresé al medio día pensando que encontraría a Sagrario desperezada y activa, ordenando ropa y reubicando objetos mientras oía música en la radio; y a Bonsai, por su parte, siguiéndola por curiosidad o bien por el contrario desaparecido, oculto en uno de sus recovecos secretos.
El día era luminoso y colorista, como para ahuyentar recuerdos tenebrosos y malos augurios. Aprecié un tráfico pintoresco y variado de personas en mi vuelta al barrio, que recobraba el aspecto cosmopolita que le habían arrebatado los peores años de la crisis. Me percaté de muchas caras desconocidas que ocupaban el lugar de antiguos habitantes que un día dejaron atrás sus casas, sus comercios, sus restaurantes o sus talleres. Observé los negocios nuevos, abiertos con esperanza o temeridad a un futuro incierto, entre ellos una clínica veterinaria recién inaugurada, donde entré para comprar a Bonsai una nueva pelotita de las que botan endiabladamente hasta el techo y un cojín con rascador. En una tienda de delicatessen compré un vino artesanal para alegrar la próxima cena que tuviera en casa con Sagrario.
En contra de todas mis previsiones, el apartamento estaba en silencio cuando llegué. No había rastro de actividad alguna a la vista. Ni la mujer ni el gato respondieron cuando cuando pregunté por ellos en voz alta. No percibí ningún rastro de vida a mi paso por el recibidor, por el baño o por la cocina. Abrí con delicadeza la puerta ya entreabierta del dormitorio. De lo que entonces vi sobre la cama puedo desconfiar todavía por lo sorprendente de la escena y por los pocos segundos que soporté observarla. Sagrario estaba boca arriba como poseída, mirando a las alturas y con el pantalón corto del pijama de satén sobre la almohada, abandonado junto a su oreja. Por debajo de su cintura, había un gran bulto activo y oculto bajo la colcha que ocultaba la pierna derecha de la mujer; la pierna izquierda sobresalía desnuda de la frazada, y sobre ella una pata de Bonsai que abría y cerraba con lentitud su zarpa sobre el muslo de ella. Todo lo demás ocurría bajo la ropa de cama.
Tanto Bonsai como Sagrario debieron notar mi presencia por la respiración o por alguna sombra que proyecté. Yo estaba enmudecido y petrificado. Ella me dirigió unos ojos de criatura extraña y enajenada que parecieron desconocerme y Bonsai asomó su pequeña cabeza para lanzarme una mirada temible, acompañada de uno de esos resoplidos de rechazo o advertencia que reservaba para visitas particularmente odiosas. Sin proponérmelo, me di enseguida la vuelta y recorrí el apartamento hasta la puerta de la calle. Deambulé en la calle sin rumbo, incapaz de sacudirme la incredulidad ni la tristeza por todo lo que presentía. Podría desconfiar todavía, después de tanto tiempo, de aquello que vi si no fuera porque a mi vuelta ya no estaba ninguno de los dos; tampoco el coche de Sagrario. Ella nunca me contestó al teléfono móvil y había abandonado su piso sin dejar señas nuevas. También intenté dar con ella, sin resultado, en el hotel donde había trabajado. Tampoco sirvió de nada denunciar sus desapariciones.

Ojalá no llorara más ese gato afuera, ojalá no me los recordara insistentemente, y su maullido acabara disipándose de una vez en el viento o en la lejanía. En el insomnio que me espera por su causa me cabe apenas pensar, como consuelo, que los dos desaparecidos habían estado siendo objeto de una transformación de la que no me di cuenta, un cambio que más tarde o más temprano tendría que consumarse, incluso involuntariamente. También es verdad que tanto vale acogerse a esa explicación como creerse cualquier otra, dadas las circunstancias. Cualquier especulación me servirá esta noche, acaso, para distraer a duras penas el desgarro de una duermevela interminable y despiadada como un remordimiento.

jueves, 30 de abril de 2020

GEDEÓN EN CUARENTENA


A quienes conozcan a don Gedeón, maestro de Primaria (en este mismo blog), no necesitaré advertirles de que el tipo es un ardiente devoto del tango, la danza de los grandes abrazos y restregones, esto es, el baile menos apropiado para esta época precavida y puritana a fuerza de malos contagios. Después de tantos días de clausura, ya no encuentra entusiasmo para acometer online el baile de alguna pieza apasionada: esas ganas ya han desfallecido en él y en las compañeras de la Academia de baile con las que mantiene el contacto virtual. Eso sí, ya con cierto vicio rutinario, se prometen en cada comunicación fogosos reencuentros artísticos para cuando llegue finalmente el día, el ansiado día, en el que se prodigarán mutuamente los mayores esfuerzos de entrega y virtuosismo, dispuestos a bailar mejor que nunca.
Como ya ha empezado a sentir el peso del tanto aislamiento, y aprovechando que no lo ve nadie, en algún arranque repentino baila con una fregona sin usar; le ha clavado con grapas en el palo un rostro de cartulina con ojos imposibles y le ha puesto de nombre Malena. Sobre la cartulina ha pegado una mascarilla de fabricación propia, con lo que los ojos de Malena, como los de mucha gente en estos días, adquieren la inquietante intensidad de la alerta y también la responsabilidad de expresar la emoción por sí solos, sin el complemento facial de la boca y las mejillas. “¿Decías algo, Malena?”, le pregunta alguna vez bajándole la mascarilla para saber si sonríe o se entristece, o si sigue teniendo la “voz de sombra” que dice el canto. Aunque al principio sólo bailaba con ella, ahora incluso le habla alguna vez y la sienta a su lado a ratos mientras él trabaja intentando relajarse. Tiene que preparar varias clases digitalizadas para cinco grupos de niños y enviarlas a la dirección web indicada, corregir por ese medio los trabajos que le remiten los alumnos y asimismo atender telemáticamente las observaciones y consultas que llegan a su ordenador, frente al que vive.
Ya ha observado que las pruebas y los trabajos de algunos alumnos no llegan y, en otros casos, no se corresponden con su rendimiento ejemplar. No sabe a cuáles de ellos se les habrá llevado un familiar el peligroso virus que nos tiene a todos en la trinchera ni en cuáles de sus familias se habrá ensañado el descalabro. De improviso los ve a todos en la playa caminando sobre un mundo mejor, con bolsos de coronavirus, gorritos de coronavirus, flotadores de coronavirus de varios colores, y con pelotas de playa que tienen pintadas en su esfera esas trompetillas alarmantes tan caracterís…  De repente l
o saca de su ensoñación una llamada al móvil, de la directora de su colegio: “Oye, Gedeón, ¿me oyes?.. No sabes la jarana que has provocado al dar la clase telemática al lado de esa fregona con cara que aparece ahí sentada. Me han llamado las familias, me ha llamado la Inspección Educativa... Ten más cuidado, ya sé que estás siempre en las nubes pero mira que ahora expones en carne viva tu intimidad, que no quiero saber cómo es, por cierto. ¡Tanguero!..”






jueves, 23 de abril de 2020

¡Pero qué estará pasando afuera!



Llevaba no sé cuántos minutos abstraído frente a la ventana, así que no supe en qué momento aterrizó sobre el alféizar aquella polilla negra. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin ver ninguna polilla inquietante, ni negra ni blanca, así que -sin ser decididamente supersticioso- cedí a una aprensión repentina que me hizo relacionar su aparición con la actualidad del  virus y la pandemia de su p... madre. Se tiene a la polilla negra por mensajera de la muerte, la muerte de quien la ve, y se le achaca la responsabilidad de las desgracias que recaen sobre la casa que invade..."¿Ya vienes a por mí?", le pregunté de inmediato. No respondió la tía; siguió como la encontré, callada, inmóvil y amenazante tras el cristal.
Pasado el susto me planteé su presencia bajo otra óptica y consideré, como vengo haciendo, los cambios que los animales estarán sufriendo en sus costumbres y en sus recorridos, y hasta qué punto se habrán verificado en los incluso en los insectos por todo lo que está pasando. La ausencia de una humanidad confinada en sus casas ha mejorado el aire del planeta en gran medida. Supongo que también estará aseando y relajando muchas costas; y así se llegan noticias de ballenas cerca de La Laja en la Palmas de Gran Canaria y cerca del muelle de la Palma, de delfines pasándolo cañón en la Bahía de Santa Cruz de Tenerife y en el Puerto de Mogán.
En mi encierro he pensado más de una vez en esas segundas residencias temporalmente abandonadas, y en esos locales de negocios clausurados, a merced delincuentes, de tribus de okupas y de manadas improvisadas de animales fugitivos o abandonados y, en efecto, las cabras que se han visto disfrutando de un hotel en Fuerteventura, o de un instituto de en Corralejo pueden ser un botón de muestra de lo que se encuentre en los posibles regresos.
Pero, volviendo a la polilla negra y otros bichos inquietantes, aún quedaría por oír -creyéndolo o no- qué habrá del mundo esotérico, incluso satánico: en qué ha afectado este vacío planetario a diablos, diablesas, íncubos, súcubos y todo ese personal incordiante en una dimensión paralela. Aún me queda por saber si mi polilla era una siniestra emisaria del inframundo y sus infiernos o si la pobre -en vista de la desolación de las calles- sólo pretendía ser mascota.


jueves, 4 de abril de 2019

¡POBRE SALOMÓN!


Para Acoraida del Rosario

A ver, Marcial, tío, ponme una jarra. Hoy me conformo con cerveza, que ya vengo mareado. He estado leyendo a Salomón en la Biblia, al rey Salomón..., ¡el sabio, el sapientísimo, no veas!; no sé si sabes de quién te hablo: hijo del rey David, tercer monarca del Israel unificado... En fin, todo eso. Busca en la Wikipedia cuando puedas, Marcial. Tú eres muy joven para conocer Salomón y la reina de Saba, la película en la que sale Gina Lollobrigida. Imponente en aquel tiempo, oye. ¿No tienes las anchoas que me gustan para acompañar el líquido? Bueno, pues ponme unos manises salados... Pues te decía que vengo mareado porque he estado leyendo sus Proverbios, que es un libro como de consejos y advertencias, y ahí pasa el tío de los vicios a las virtudes, de las virtudes a los vicios, todo en zigzag; en fin, que te mareas... Te dice, por ejemplo, "En el rostro del entendido aparece la sabiduría". Vale, pues a continuación te suelta: "Más los ojos del necio vagan hasta el extremo de la Tierra"... ¿Que por qué me metí yo a leer eso? Por un trabajo de bachiller de mi hijo el pequeño; el cabrón prefiere a la madre, vive con la madre, pero cuando se las ve con algo complicado recurre al viejo, aquí presente. No tengas hijos pequeños, Marcial, tenlos ya mayores, listos para irse a tomar viento. Ve poniéndome esa jarra, que creo que la aguanto.
Pues el Salomón este (o el Salomón aquel, que ya es muy antiguo) no solo te marea con sus contrastes, pasando de una cosa a su contraria, sino que también te desconcierta criticando al que guiña los ojos, al que hace señales con los dedos o habla con los pies... Dime, Marcial, ¿tú me has visto hacer algo de eso a mí, que me he quedado preocupado? Igual es que a Salomón cuesta entenderlo porque era muy inteligente. Le pidió a Dios la sabiduría, por encima de otros dones, y Dios se la concedió; ya ves, se buscó al mejor proveedor y tuvo la mercancía de calidad. Tanto que era un elitista de la inteligencia, tanto que llega a aconsejar no reprender ni corregir a torpes y deslenguados. En cambio dice: "Da al sabio y serás más sabio". Sabía escoger, el jodido. Imagino que todos los consejos que da en su libro los ofrece con ánimo selectivo, para según quién. Y no me reproches que me esté desahogando contigo de los Proverbios, Marcial; desde que la gente se pega al móvil no le da la tabarra al barman, no lo niegues.
Escucha esto, por ejemplo (lo he anotado para no olvidarlo tal cual): "Como zarcillo de oro en el hocico de un cerdo es la mujer hermosa apartada de razón" ¿Eh, cómo se te queda el cuerpo?: la razón, el cacumen...  Pero en cuanto a mujeres hermosas, a mí no me la pega. De repente pone a caer de un burro a alguna convirtiéndola casi al mismo tiempo en una adúltera, en una ramera o en una descocada. Pero, amigo mío, lo hace con un deleite por el que se le escapa el deseo o la nostalgia. En cualquier caso, lo hace con la atención que no dedica a la decente. Ahí lo traiciona la imaginación o el recuerdo. Algo de eso sé yo, que de joven escribía. La creación es muy peligrosa: nunca sabes lo que acarrea. Sí, vale que la describa como astuta, alborotadora y rencillosa, son sus palabras, pero en boca de ella pone palabras de entrega: "Hoy he pagado mi votos, hoy he salido a encontrarte". Y, fíjate, Marcial, a nadie más pone voz en todo el libro de los Proverbios, solo a ella. "He recamado y perfumado mi lecho con áloe, mirra y canela". ¿Lo ves? Qué atención al detalle y qué sensualidad en un libro de consejos. A mí no me engaña, el pobre Salomón debió de perder la sesera por una criatura sensual, una fuerza de la naturaleza de las que esclavizan el corazón sin darse cuenta (o como si no se dieran cuenta), algo para renacer disuelto en sonrisas, por unos ojos que iluminan los aposentos cuando es de noche, por un cuerpo insondable en sus modestas dimensiones; algo instintivo, inconsciente como el peñasco que te aplasta sin saberlo. Ya empiezo a hablar como Salomón, Marcial. Como si el tipo estuviera aquí con nosotros intentando ahogar en alcohol el recuerdo de aquella mujer (llamémosle Gina, como Gina Lollobrigida), la que le hizo sentir tal vez que no era tan grande como se creía, sino un simple mortal. Le haría notar que al fin y al cabo sus territorios los heredó de su padre, sus escritos tenían más autores, y la prosperidad de su reinado se debía también a buenos administradores y generales. Que para mantener un harén de cientos mujeres había que explotar a mucha gente. Sabía dónde dar para demolerte, la tal Gina, aquella Gina... ¡mi Gina,joder! Tú la recuerdas, ¿verdad, Marcialito?, cómo entraba ufana de mi brazo, con un aire tan tierno como desafiante. ¿Te acuerdas de la impresión que causaba  cuando llegaba de la calle buscándome y desbarataba la reunión que tuviera con los muchachos? Ellos no la tragaban. Se la comían con los ojos pero no la pasaban. Ante mi entusiasmo callaban y desviaban la mirada. No me advertían de un probable hogar roto, de la familia descompuesta, aunque lo pensaran. Tampoco me habría importado, Marcial, del mismo modo que no me creí aquel abandono, el paso del esplendor a la soledad tan cruel, tan sin motivo, tan indiferente...
Te lo confieso a ti porque no están los demás: aún deseo que aparezca, de vez en cuando. Me lo reprocho, no creas; me maldigo, pero aún tengo la necesidad de comprobar que era real, que todo aquello sucedió. No sé si habrá vuelto a pasar por aquí. Tampoco tú me lo dirías. En fin, Marcial, tómate una cerveza conmigo, que el bar está casi vacío. Si aparece... si Gina apareciera, dile que los Proverbios tenían razón, aunque no sea verdad, dile que la blandura de sus palabras convirtieron en bocado fácil el alma de este varón, pero que nunca volverá a pasar. Díselo aunque no le importe. Y a mí que me parta un rayo, Marcialito.



martes, 5 de junio de 2018

Kafkiano viene de Kafka


1
Don Gedeón despertó sin poder recordar cómo era, de qué trataba, aquel sueño que acababa de dejarle en el cuerpo un impreciso mal presagio. Comprobó que la luz del día era ya plena a pesar de las cortinas que aún permitían dormir a la mujer tendida a su lado. Desde que apartó las sábanas para incorporarse se sintió confusamente extraño y, al mismo tiempo, se le recrudeció el regusto del mal sueño que había empezado a disiparse. Se esforzaba de nuevo en retener al menos una pista de la pesadilla, algo que lo ayudara a tirar de la aquella historia. Le parecía que iba conseguirlo de un momento a otro pero apenas empezaba a adentrarse en la madeja de un argumento o entrever el esbozo de un escenario, enseguida se disolvían todos los intentos de reconstruir al menos una frase, una fisonomía, un lugar. Tan sólo recuperaba de aquel sueño brochazos sin forma de un amarillo chillón y un rojo de sangre seca sobre bultos indescifrables.
Sentado al borde de la cama, respiró hondo y se desperezó. Notó cierta torpeza en sus movimientos y un tacto desacostumbrado en los dedos cuando se masajeó el pelo para relajarse. Lo atribuyó a su despertar agitado y se levantó de la cama. Se puso en pie con la impresión de que su cabeza inesperadamente iba rumbo al techo, hasta el punto de que se agachó para evitar darse un golpe en la coronilla. Pasado el susto, se vio de pie al lado de la cama con su estatura de siempre; no se lo explicaba. Atónito por unos segundos, se encogió finalmente de hombros y alargó el brazo para abrir la puerta del dormitorio. De inmediato vio cómo su brazo se extendía más allá de donde él había pretendido, y al contraerlo de inmediato también le pareció que lo hacía con una rapidez mayor que la que él había aplicado al movimiento. Se le vino a la cabeza, casi caprichosamente, la historia de un tipo que despertó con un cuerpo diferente al suyo, una chifladura del cine o de los libros, no podía recordar del todo, algo muy angustioso. Le habría gustado que su compañera hubiera estado despierta para pedirle que lo observara y le dijera si le notaba algo extraño, algo que él no notara, pero tuvo en cuenta en seguida los turnos de noche de la mujer en la centralita de un hotel, las horas que le imponían sin respeto a contrato, y renunció a despertarla. Comprobó que su cuerpo se ajustaba como siempre a las dimensiones del pijama, sin que su persona lo desbordara, sin que se reventaran las costuras y sin que brazos ni piernas sobresalieran de la prenda. Era otro dato importante. Pero aun así, la impresión de que algo en él excedía sus dimensiones, o tal vez sus impulsos o su coordinación corporal, se afianzaba más por momentos. Hay que ver, pensó, lo que hace la cabeza de uno, cualquiera diría que sigo dormido y soñando.
Abrió la puerta para salir del dormitorio notando una leve inseguridad en sus cortos pasos. Lo alarmó de repente el aleteo frenético con que lo recibió el pájaro canario que se agitaba dentro de su jaula; el animal intentaba volar como si quisiera escaparse dándose golpes contra los barrotes de su pequeña prisión. Nunca había hecho aquello. Gedeón temió que aquella reacción se debiera a su presencia y caminó hacia una silla alejada de la jaula. Sentado, vio cómo el canario desistía al fin de sus intentos de huida y cómo se mantenía, vuelto hacia él, sobre un columpio de la jaula, con las alas extendidas en señal de desafío. El pecho del pájaro bombeaba como si fuera a estallar en cualquier momento. Gedeón se levantó con cuidado y caminó hacia el baño rozando las pared opuesta a la de la jaula, le preocupaba aquella respiración tan agitada y deseaba que el pájaro recobrara la calma. Se le vino de nuevo a la cabeza el tipo aquel que despertó con un cuerpo distinto al suyo, le pareció recordar que una vez fuera de su habitación el personaje aquel, cariñoso e inofensivo, infundía pánico y rechazo en sus seres queridos. Era un libro, ahora estaba seguro, algo alejado de sus gustos que seguramente le animaron a leer hacía mucho tiempo.
La ducha caliente, habitualmente muy rápida, se prolongó como en ninguna otra ninguna mañana. Gedeón no acertaba a mantener el equilibrio acostumbrado remojándose, enjabonándose, secándose. Parecía que sus miembros actuaran por su cuenta y le complicaban la tarea de ducharse cuando, además, evitaba resbalar sobre el plato de la ducha. La detención en la sala por el incidente con el pájaro y la tardanza en acabar de ducharse le retrasaron sobre el tiempo previsto para salir de casa puntualmente, camino al trabajo. Decidió renunciar a afeitarse, así que salió del baño sin poder verse bien sobre el espejo empañado por el vapor del agua caliente. Aún no había podido observarse para buscar algo, alguna muestra aunque fuera muy vaga, de un cambio, una rareza en él. Recorrió la sala intentando no acercarse a la jaula. El canario había relajado su respiración y su pequeño cuerpo no bombeaba de aquella manera alarmante. En la habitación, intentó compensar con apresuramiento su torpeza al vestirse. Lo hacía casi sin apartar la vista de la mujer dormida que tanto atraía su mirada, la que por los turnos de noche no lo acompañaba ya a los locales de baile donde habían solido acudir.

2
Salió de la casa con el calor de un café reciente en el estómago, sin tomar nada más. Por no saber lo que en verdad le ocurría, renunció a usar su coche aquella mañana. Aún así se acercó al vehículo para mirarse en el espejo retrovisor, donde se vio pequeño y alejado por el efecto de distorsión de la superficie convexa. El taxista que lo llevó no pareció apreciar nada en el pasajero, y eso que Gedeón estuvo atento por el rabillo del ojo a cualquier posible gesto de asombro o de alarma por disimulado que fuera. Finalmente, aprovechó que lo llevaban de un lado a otro de la ciudad sin que tuviera que hacer nada sino dejarse trasladar y se relajó recostado en su asiento. Quiso observar los detalles laterales de la carretera en las que no solía detener la vista y recrearse en las nubes, los edificios o las bocacalles que el taxi iba dejando atrás. Volvió aquella impresión agorera del mal sueño pero esta vez no le prestó la mínima atención. Le asaltó el recuerdo de los últimos momentos en su casa, antes de salir a la calle, y recobró en su memoria un cabello largo y ensortijado cubriendo casi del todo la mejilla de la mujer dormida en su cama; de haber tenido él más tiempo y ella menos cansancio, la habría despertado entre juegos, haciéndole cosquillas en la nariz con las puntas de sus cabellos como ella solía hacerle, así hasta que estornudara, y hubiera preparado el desayuno para los dos. Todavía era temprano para telefonear pero se propuso llamarla a media mañana para preguntarle, entre otras cosas, por el estado del pájaro canario. Empezó a sentir un sueño tardío cuando la luz cruda que lo despertó se empezaba a nublar y la brisa adquiría una agradable frescura que le recorría los miembros a través de la ventanilla del coche. Las nubes, de un tramo a otro del recorrido, pasaban del añil al rosa o a un amarillo manzanilla. El mal presagio del sueño se confundió al fin con las extraña impresiones que había tenido sobre su cuerpo y con la reacción del pájaro en su jaula. Unas repentinas gotas le hicieron incorporarse en el asiento, reanudar el estado de vigilia, cerrar la ventanilla y secar los cristales de sus gafas; se las colocó imaginando la reacción del pájaro en la jaula multiplicada por la multitud de personas con las que tendría que vérselas en su día a día y en las repercusiones de esa temida excitación masiva. Cuando llegó a su destino, el taxista tampoco dio esa vez señales de curiosidad o asombro en el rápido vistazo que le dedicó para despedirlo pero desde el taxi Gedeón vio que en el pavimento, en aquella calle aledaña al colegio a donde llegaban los coches, se había formado un gran charco debido a la lluvia o bien a los manguerazos del servicio municipal de limpieza, al fin cristalino donde intentaría escrutar su aspecto de arriba a abajo y despejar esas dudas sobre su cuerpo que no había resuelto hasta ahora ni con los espejos ni con el taxista, primer y único ser humano despierto con quien había tomado contacto aquel día.

3
A la izquierda de don Gedeón y frente al charco en plena crecida por la lluvia, dos alumnas del centro educativo observaban la superficie del agua intentando descubrir qué era lo que buscaba ahí el profesor. A su derecha, un grupo heterogéneo de estudiantes lo miraban con curiosidad esperando que respondiera a la pregunta que uno de ellos le hacía: “¿Qué está mirando en el charco, profe, se le ha caído algo?” Gedeón no respondía, imantado por la superficie del charco donde las gotas que seguían cayendo generaban ondas concéntricas sucesivas y donde un ligero viento erizaba la superficie y le impedía obtener una visión nítida y estable de sus propias trazas. También estaba ajeno a que, a su espalda, el alumno de 6ºC Arnold Tanausú hacía amagos burlones de empujarlo hacia el agua estancada. “¿Qué le pasa hoy, don Gedeón?”, oyó que le preguntaba una voz conocida, “¿está montando una clase para estos niños sobre el ecosistema de la charca, bajo la lluvia?”. Era doña Basilia, que le hablaba sin detenerse y con la cabeza gacha para proteger su cara de la lluvia, sin fijarse detenidamente en Gedeón y más bien mirando al soslayo a los niños que lo rodeaban: “¡Andando a ponerse a cubierto!”, les conminó, “que van a coger una pulmonía y después vienen los papás reclamando!” Gedeón abandonó resignado el intento de verse o de que lo miraran con la debida atención y se encaminó al interior del colegio buscando cobijo. ¡La sala de profesores!, pensó. Aunque llegaba muy ajustado de tiempo, todavía podría, si se apresuraba, encontrar ahí a casi todo el personal. Y alguien, se dijo, alguien al menos podría revelarle alguna cosa o dar muestras de asombro si se le alargaban los miembros o se le descontrolaban los movimientos como a un potro acabado de nacer. Entró en la sala con pasos cortos y precavidos, mirando a un lado y a otro a la espera del primer aspaviento, de la primera pregunta pasmada o, directamente, de la desbandada gritona que provocaría el pavor contagiado. Encontró a cada quien como solía, previsible, ritual, ocupando el mismo asiento fijo que parecía pertenecerle en propiedad y concentrado encarnizadamente en el rol que repetía a diario sin variación alguna: quien era gracioso hacía su gracia al coro fiel que se las coreaba siempre, quien intrigaba por costumbre bajaba la voz para hablar a su círculo de confianza invariable, y quien simplemente conversaba lo hacía ocupando el mismo lugar de cada día, junto a las mismas personas. Era algo que Gedeón sabía que sucedía en algunos colegios y en otros no: que en los momentos de espera o descanso resultara todo el mundo más inflexible y rutinario que en una reunión reglamentada. Esto es kafkiano, se dijo, y de inmediato cayó en la cuenta de que había solido usar de vez en cuando esa expresión sin haber pensado nunca que kafkiano venía de Kafka, sin haber recordado que era ese Kafka (Franz Kafka, ahora hacía memoria) quien había escrito aquella historia del tipo que amaneció con un cuerpo monstruoso. La leyó hacía muchos años por curiosidad, animado por lo que oía decir a sus conocidos de las obras de aquel autor. Rememoró sin pretenderlo la tristeza y la debilidad progresiva que llevaron a aquel monstruo a la muerte y la triste serenidad con que la familia finalmente, a consecuencia de su fallecimiento, planeaba la economía doméstica para un futuro sin él. Se entristeció, temió por sí mismo y cayó de nuevo en la desazón con que la enigmática pesadilla de la noche anterior lo sorprendía en algún que otro momento. Recorrió la sala y pasó entre los profesores como si él fuera invisible y ellos casi figuras de cera, sin producir ninguna reacción entre quienes seguían centrados en su respectivo pasatiempo.

4
Esperaba a los alumnos de su primera clase en la sala de Informática pensando en que se avecinaba el gran momento, ineludible, en que sus posibles mutaciones se hicieran manifiestas a los niños: ya no podrían pasar desapercibidas en una sesión entera con un grupo; los que le habían rodeado junto al charco lo vieron todo el rato quieto y con la cara dirigida a la superficie del agua. Se preparaba para una escandalera monumental que recorrería todo el centro y se contagiaría de un aula a otra. Pensaba en la llegada de los bomberos, o del Samur, o de la Policía. Y en los interrogatorios, los tests, las exploraciones médicas, la prensa, las redes... Celebridad internacional, pensaba. Celebridades él y Kafka, a quien sacarían a colación relacionándolo con él y a quien dedicarían reediciones de su obra más famosa. De momento, sin embargo, actuaría según lo planificado: recordaría a los alumnos las instrucciones para acceder a los ejercicios aritméticos virtuales que tanto les entretenían, y después supervisaría el trabajo de cada uno mirando una pantalla tras otra. Oyeron las instrucciones de don Gedeón mirando a los ordenadores y no a él, deseando encender los aparatos e iniciar cuanto antes sus primeras búsquedas. Tampoco ellos lo veían, no con la mirada atenta.
Tal como Gedeón esperaba, el orden inicial de la clase saltó hecho trizas de inmediato: muchos de los aparatos estaban cochambrosos y averiados y media clase le solicitaba ayuda al mismo tiempo. Hubo que hacer parejas, como otras veces, para aprovechar los que funcionaban. A eso había que añadir la necesidad impaciente de auxilio a quienes no recordaban las claves ni la ruta a la página web. Tuvo la impresión de que sus brazos iban a transformarse para llegar al mismo tiempo a cada sitio donde lo reclamaban e hizo un esfuerzo, innecesario o no, por contenerlos en sus normales dimensiones.
Cuando estuvieron todos atendidos y orientados, se sentó para relajarse y verlos trabajar desde atrás. Había vuelto la calma, o eso parecía. No se había fijado hasta entonces en Arnold Tanausú, que probablemente llevara desde el principio de la sesión con un sombrero llamativo en la cabeza que no se podía tener en la clase. Se sintió desganado para levantarse, ir hasta ese alumno y obligarle a guardar aquello. Fue su brazo el que se disparó por su cuenta hacia la cabeza del tal Arnold en lo que debieron ser nanosegundos; le descubrió la cabeza, lanzó el sombrero por la ventana y regresó a su posición y tamaño habituales en lo que Arnold Tanausú miraba a un lado y a otro preguntándose qué podía haber ocurrido; el alumno sólo notó que algo le rozaba la cabeza y ahora, despeinado, no sabía dónde había parado su sombrero. Luego era verdad y tenía razón el pájaro esta mañana, pensó Gedeón, debo asumirlo: soy un monstruo, y de los que llaman endriago.
La alumna Nereida María, en pareja con otra frente a un ordenador nuevo, abría de cuando en cuando el cuaderno donde guardaba una foto del joven actor Mario Casas y se embelesaba dándole vistazos furtivos, desviando la vista de sus obligaciones. La mano de Gedeón, a menos velocidad en esta incursión, llegó hasta la foto, la sacó del cuaderno y la dejó apoyada en una mochilita junto al ordenador, con Mario Casas presentando una actitud peleona muy sexi dirigida a Nereida María. Cuando la niña vio la foto frente a ella, y a Mario Casas mirándola así, puso inconscientemente la mano sobre el hombro de su compañera sin decidirse a contarle nada todavía, y sin saber si lo haría nunca.
La relativa lentitud con que se alargó y se recogió el brazo de Gedeón esta segunda vez, le permitió observar que su extremidad adquiría otro tono de piel al expandirse, y se llenaba de rugosidades. Sus manos se ensanchaban y al cerrarse formaban un puño desorbitado y temible. También observó que todos esos cambios desaparecían cuando su brazo regresaba velozmente a él. Debería estar aterrorizado y fuera de sí, don Gedeón, pero inexplicablemente permanecía sereno y, para mayor sorpresa, incluso divertido. Se sentía ágil, poderoso y ligero de ánimos. Pensó en las ventajas que aquellos desconcertantes poderes le reportarían junto con los inevitables problemas, pensó incluso que a partir de ahora podría atrapar con su propia mano cualquier DRON inesperado que apareciera fisgando tras las ventanas.