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jueves, 24 de diciembre de 2020

OJOS

Para Beth Llarena

Si mi hermano gemelo no llegó nunca a pegar a mis padres, no fue por amor ni por compasión, ni tan siquiera por un leve asomo de vergüenza, sino por considerar ese extremo, yo así lo creo, un inconveniente innecesario. Era más práctico para él persuadirles recurriendo a la presión emocional para que le entregaran sucesivas cantidades de dinero, siempre con la excusa de emprender supuestos negocios de los que después nada se sabría. Los viejos accedían dudando y sin ningún entusiasmo, pero aferrados a la ridícula esperanza de que algún día aquel hijo se encaminara con tino y,  por qué no decirlo, intimidados también por la frialdad de sus ojos y la temible seguridad de sus modales. Si un día Arturo Manuel, que así se llamaba, no hubiera desaparecido sin dejarse ver ya para siempre, quién sabe de lo que hubiera sido capaz para acabar de saquearlos, dejándolos en la miseria. Hasta donde podía servirles mi consejo, procuraba proteger a los viejos de sablazos inasumibles para sus ahorros interponiéndome en algún irreparable exceso de generosidad. De nosotros dos, de Arturo y de mí, decía la gente que mostrábamos rasgos prodigiosamente idénticos y que sin embargo poseíamos personalidades prodigiosamente opuestas para tratarse de dos hermanos nacidos de un mismo parto. Por nuestra parte, nos manteníamos a distancia y nunca coincidíamos en la casa donde habíamos crecido y donde aún habitaban los viejos; en realidad, procurábamos no coincidir nunca en ninguna parte. Pienso que acerté siempre al intuir que tanto él como yo detestábamos que existiera el otro, el tener una copia idéntica circulando por ahí, una réplica parásita que nos arrebataba el derecho a poseer una identidad exclusiva, legítima en su integridad, y no diseñada en consonancia con algo exterior, ni del todo ajeno ni del todo propio. No es descabellado sospechar que ese odio a la copia impuesta, irremediable, fuera la explicación a tantas otras cosas. Era irritante la insistencia de la gente en nuestro parecido, engorroso que nos confundieran y que esas confusiones de los conocidos de uno y de otro dieran pie a torpes revelaciones sobre la vida y obras de cada uno en encuentros casuales; por otro lado era indignante que él aprovechara nuestro parecido para sablear a algún amigo mío o para facilitarse la seducción de alguna conocida o alguna novia mía.

¿Por qué esta mañana, en un supermercado de estación, y de improviso, he confundido mucho tiempo más tarde (años, décadas) a Arturo con mi propio reflejo en un cristal, cuando yo observaba un paquete de mascarillas antivirus que se presentaban sobre un expositor, y ha sido justo entonces, en un instante sobrecogedor, que creí ver al antiguo y olvidado gemelo encarnado en mi propio reflejo de ahora sobre el cristal de una vitrina, con estas características que el tiempo ha ido tallando: con mis gafas de ahora, mis kilos de ahora, mis ropas de ahora y mis actuales movimientos reposados, por no decir lentos. Diría que aquella aparición momentánea y el recuerdo de Arturo empezaron disolverse al tiempo de mi salida del supermercado de estación, camino del autobús, aunque yo todavía apretara el paso y desviara la mirada ante cada fugaz encuentro con mi imagen en repentinas cristaleras. Me dirigía a la guagua que me desplazaba al trabajo, y así empezaba otro día en el andén poniendo atención a los casi invariables pasajeros cotidianos, en su mayoría reconocibles a pesar de las mascarillas protectoras, efectuando de nuevo el cálculo ya maquinal de las distancias de seguridad tanto fuera del vehículo como luego al entrar y luego al sentarme, y una vez sentado y relajado, confirmando un día más al estudiar las caras, que la mítica y proverbial expresión de los ojos ha sido sobrevalorada, lo que nunca hubiera creído: esos órganos considerados universalmente los más enigmáticos o reveladores, los más seductores o amenazantes de la fisonomía, resultan ahora congelados, impenetrables, sin la colaboración del resto de la cara, al contrario de lo que podría esperarse... Lo ratifico, por ejemplo, viendo un rostro cuyos ojos parecen, sobre la mascarilla, querer cerrarse de sueño atontado unos asientos más allá, un rostro que tal vez oculte bajo esa tela una sonrisa de éxtasis sensual vibrando en la comisura de la boca, contrayendo con libertad las mejillas, una sonrisa complaciente que haría declarar a esos ojos un abandono de placer muy distinto al cansancio aturdido y soñoliento que de entrada se les puede suponer. Lo mismo podría decir de otros ojos más allá que parecen salirse de sus órbitas, sin que se sepa si es por algo que les asombra o porque son ojos de por sí desorbitados. Y vuelvo a recordar a Arturo de improviso, después de todos estos años, décadas... Razono que en este cambio global y repentino del mundo, con esta pandemia que no esperaba nadie vivir (o morir), en algún sitio tendría que recolocar el recuerdo casi siempre latente de Arturo, del que no sé apenas nada hoy en día; bueno, nada salvo que ha hecho carrera en la delincuencia, donde disfruta de una posición considerable: al parecer ha conseguido destacar en el tráfico de armas, en el de sustancias ilegales y en el de personas, según la prensa y los informativos; ha sabido, dicen, presionar y corromper a jueces, políticos y empresarios, y es de suponer con qué métodos. Ha quedado atrás el tiempo en que yo temía algún daño por su parte, que por ejemplo utilizara mi parecido con él para desviar la atención de la policía o de alguna banda criminal competidora. Hoy, cuando según se ha divulgado, mi hermano se ha sometido varias veces a la cirugía plástica, cuando cualquiera sabe si estará ya tísico o paralítico, que apenas nos quedaría el parecido de los ojos sobre unas mascarillas y tal vez ni eso, tal vez ni nuestras miradas tuvieran un brillo aproximado vistas de cerca...

Veo que han subido dos personas en la estación anterior y yo ni me he dado cuenta, abstraído de nuevo en mi gemelo, a quien en verdad ahora no podría ponerle cuerpo ni cara, salvo que le adjudicara los míos y por pura asociación mecánica, sin base ninguna. Me fijo de nuevo y corroboro que han sido en efecto dos personas y que se han sentado frente a mí a cierta distancia. Me atrae primero y de inmediato una mujer joven, una mujer sensacional que, a propósito, parece con su imagen desmentir mis conclusiones sobre los ojos y las mascarillas y sacudir mis reflexiones hasta dejarlas por el suelo, porque esos grandes ojos azules deslumbran con una intensidad capaz de resplandecer sobre todo lo neutro e impersonal que tienen los demás ojos en esta mañana fría y rutinaria. Eso sí, hay algo que no me rebaten esos ojos, y es que ellos tampoco expresan nada, nada concreto, nada de tanto como quieren abarcar y eso los hace, mira por donde, dispersos; intentaré explicarme: es como si esa cara se quedara dirigida por su cuenta, sin intención alguna, a un punto cualquiera (un punto cualquiera que puedo ser yo, por casualidad). Son fantasmales, esa es la palabra. Unos asientos más allá de la mujer, y más lejos de mí, se ha sentado un tipo de unos treinta años cuyos ojos muy abiertos se mueven con rapidez hacia un lado o hacia otro como un sonado, después se detienen, y por instantes parecen dirigirse a mí sobre una mascarilla de pico redondo, y eso sólo cuando yo hago algún movimiento... o a mí me ha parecido eso. En cualquier caso, habría que observar a estos dos precisamente los rasgos bajo las mascarillas, a ellos más que a nadie entre todo el pasaje porque son inquietantes y porque sus miradas a veces rozan la insolencia.

En la reciente parada ha subido un solo individuo, que llama la atención porque ha ido caminando de la puerta de entrada a la de salida y se ha quedado ahí, de pie, sin aprovechar ningún asiento vacío, agarrado a un barrote y soportando así los vaivenes y las sacudidas del trayecto, frecuentes en esta hora punta. Y, vaya por donde, también se ha dedicado a mirar, a mirarme, de un modo más incómodo y penetrante que los anteriores. Parece esforzarse en hacer memoria como si me conociera, lo que no sería extraño por la edad aproximada y por las apariencias; parece un caso de esos en los que alguien te identifica pero no se atreve a saludar porque han quedado muy lejos el tiempo y las circunstancias de una remota relación, probablemente pasajera y trivial. Aunque he desviado la mirada intentando dar esquinazo a su interés, veo que el tipo sigue observando de frente sin desistir; tal vez espera que yo me me lance a saludar primero para, entonces sí, desviar la cara; hay quien lo hace. Voy pasando de la incomodidad a otra cosa: me crece dentro una furia que me reactiva por momentos; interrogo al tipo desde lejos con movimientos desafiantes de mis brazos aunque él sigue manteniendo la grosería fastidiosa de su mirada por encima de su mascarilla negra. Me levanto congestionado y, sin precipitarme, me dirijo hacia la puerta de salida, donde se encuentra el sujeto, que aún continúa vigilándome sin preocuparse. Cuando ya estoy llegando a él, me sorprende notar a ambos lados de mi espalda, pegados a mí, dos cuerpos a los que no había visto levantarse de sus asientos; en un instante intuyo, sin saber por qué, que son la mujer de mirada azul y el hombre de ojos inquietos de momentos antes. Compruebo que en efecto se trata de ellos dos al mirarlos alternativamente, en tanto cada uno me sujeta por un brazo. Y el que esperaba al fondo del pasillo ha quedado ahora frente a mí con una calma autoritaria; me enseña la credencial que ha sacado mecánicamente de un bolsillo y con una entonación rutinaria recita mis derechos constitucionales llamándome Arturo Manuel, como a mi gemelo, y añadiendo mis apellidos ciertos.

ESTÁNMETIENDOLAPAAAATA

El grito, que ha recorrido la guagua y se ha expandido a la calle al abrirse la puerta hidráulica, ha sido mi gran desahogo explosivo, no tanto por la detención errónea sino por cierto temor camuflado y soportado casi toda una vida, la confirmación de que nunca puede existir pacíficamente eso que llaman otro yo; no: o es otro o es yo afirmándose de las más diversas formas. Grito más veces pero los tres desconocidos me ignoran mientras me van conduciendo a la calle; tan sólo estudian mis ojos sobre la mascarilla como si éstos les interesaran por sí solos, como si me estuvieran examinando pericialmente una irritación, un glaucoma o una dilatación de las pupilas.


Las Palmas de Gran Canaria, 12/12/20

 

Foto de CostumeSpecialiste

domingo, 13 de diciembre de 2020

BONSAI



Hacía mucho que no oía llorar un gato como lo oigo esta noche. Eso quiere decir, probablemente, que en este barrio ningún vecino ha tenido gatos durante años, hasta ahora. Los gatos lloran como bebés roncos, dicen que atormentados por el celo. Yo no estoy tan seguro de que esa queja desgarrada que oigo sea fruto de las ganas de aparearse y no se deba al miedo o al desamparo, que es a lo que de verdad suena. Primero me exaspera, como el llanto de un niño enfermo que no ha aprendido a decir lo que le pasa y por el que no se sabe qué hacer, y al final me entristece. Esta vez el lamento parece venir del interior de un piso cercano, amortiguado por las paredes de alguna casa; llega aniñado y humano. Hace tiempo que tampoco he visto a ninguno por aquí; no he visto gatos en ninguna azotea ni en ningún balcón; apenas he sorprendido a alguno, callejero, merodear cerca de los contenedores de la basura o esconderse bajo la carrocería de algún coche. No ha habido más con los gatos durante años. No he querido criar ninguno desde que no tengo a Bonsai, ni he cultivado la nostalgia de haberlo tenido. Pero el llanto de ese gato me hace recordar cuando sí lo tuve y remontarme a años atrás.
Inesperadamente, ese pelaje pardo que parece llegar ahora desde la tiniebla del pasillo, la figura felina que recorre en silencio el salón de esta casa, ya no es el viejo Bonsai sino su recuerdo en mí, una réplica repentina evacuada del trastero de mi memoria. La cabeza redonda, pequeña en proporción al cuerpo alargado que pasea su elegancia camino del cojín sobre un sillón vacío, es el doble perfecto de aquella hermosa cabeza que hace mucho no habita aquí, reavivada por el llanto de ese otro gato que gime afuera. Cuando lo tuve no me sobresaltaba que brincara sobre mí jugando aunque no lo esperara ni lo viera venir, ni que saliera de un escondrijo bajo una mesa para aprisionarme una pierna, ni que me despertara recorriendo el colchón después de saltar a la cama; sabía siempre que era él, me tenía acostumbrado a sus movimientos inaudibles, a su tacto, a sus saltos sobre superficies mullidas. Sin embargo, después de que se fuera y me pareciera verlo aparecer de improviso en cualquier parte de la casa, ahí sí que me asustaba. Me impresionaban y me entristecían esas visiones fugaces que me asaltaban de improviso con frecuencia: lo podía confundir con un cojín, con una chaqueta tirada sobre el sofá o con una mochila en el suelo. Eran los fantasmas de la costumbre, de mi antigua convivencia con él, los espectros de sus antiguas apariciones habituales en toda la gama de sus actitudes felinas.
De momento no puedo dormir; me vigilan y aguardan diversos Bonsais espectrales en todo el apartamento; el gato vivo y real que una vez tuve era uno solo pero esas réplicas imaginarias no tienen límite a la hora de prodigarse: me espera un gato inmaterial tras la puerta de la cocina, otro debajo de la cama o en un extremo del sofá o escondido en la bañera. Y todos ellos me remiten a aquella noche, una cierta noche inquietante y agorera, y la continuidad de lo que sucedió en ella. Y es verdad que sucedieron cosas, aunque la llegada del sueño pareciera poner fin a la jornada borrando todos sus acontecimientos para dejar sitio al día siguiente por venir. Tras unas horas dormido, recuerdo, desperté y noté algo así como un felino de tamaño humano abrazado a mi cuello, repitiendo en mi oído un ronquido sensual que finalizaba en un suspiro profundo. El fulgor de unos ojos híbridos, a un tiempo de persona y de pantera aferrado a mi cuello, hizo que me apartara gritando y que apenas empezara a tomar consciencia de la realidad cuando, apartado, me senté en el filo de la cama y respiré aliviado al percatarme de que era Sagrario quien ocupaba sobre el colchón el mismo lugar del cruce de humana y gato, o de gata y humano, al que creí estar abrazado un segundo antes. Había llegado, cuando yo ya dormía, de su turno de noche en la centralita del hotel.
-Hombre, ya sé que me ha vuelto el catarro- dijo una voz congestionada- No creo que te contagie otra vez, no te alarmes así- añadió la voz quejosa que tanto me confortaba oír aunque se le notara la mocarrera que ocupaba su nariz y confería una sonoridad indolente a su voz. Miré el reloj; por la hora deduje que haría dos horas y algo más que habría vuelto de su turno en la centralita del hotel.
La observé. Me había hablado inmóvil, tendida sobre el costado, con los ojos cerrados y la barbilla cerca del pecho. La posición era la de alguien dormido. Hasta ahora no había hecho falta que se identificara nunca las noches en que entraba en la cama mientras yo ya dormía. Como al gato, que también usaba cama, la deducía por las costumbres, la reconocía por su peso sobre el colchón o por su roce con mi cuerpo, y no me confundía con ninguno de los dos. Tuve un difuso mal presagio por la quiebra de aquellos reconocimientos implícitos que tanta seguridad daban a nuestra convivencia, la de los tres. Me tendí sobre el costado mirando a la pared, aliviado de que no fuera verdad que un fenómeno de la naturaleza me hubiera tenido atrapado por el cuello. Me tendí sobre el borde de la cama en el que me había sentado, casi en el filo, para permitir que Sagrario recuperara el sueño cuanto antes pero ella insistió en preguntar por qué me había apartado así de ella, por qué me encontraba tan inquieto. Me coloqué boca arriba y vi a Bonsai sentado sobre las patas traseras, atento a la escena. Contesté a Sagrario que nada, nada de importancia al menos, tal vez el efecto de una pesadilla, y me volví de costado hacia mi lado de la cama.
-¡Eh, cariño...! -insistió, presionando levemente con el índice en mi espalda; yo ya sabía que iba a insistir- ¿Qué pesadilla extraña fue esa?... Dime-. Quería escuchar y enterarse. Estaba acostumbrada a escucharlo todo y de todo en su trabajo, me había dicho: escuchaba las consultas de las llamadas internas y externas de los clientes del hotel, sus peticiones y sus encargos; atendía preguntas sobre habitaciones libres, sobre precios, sobre números de teléfonos, masajes, comedores o lavanderías. Orientaba por teléfono a los ya hospedados sobre teatros, organismos, floristerías, coches de alquiler, transportes públicos, restaurantes o comercios renombrados. Programaba las horas a las que algunos decían querer ser despertados, comunicaba el adelanto de la factura a los que lo solicitaban...
Su cuerpo permanecía relajado, abandonado del todo a la comodidad del colchón. Su respiración y los músculos de su cara seguían pareciendo engullidos por las profundidades del sueño. Era como si me estuviera entendiendo con dos mujeres: una, Sagrario, cansada y amante de placeres como dormir; otra, la telefonista de hotel, que no dormía, acostumbrada a todo tipo de voces y a algunos idiomas, siempre atenta a lo que ocurriera o lo que quisieran contarle. Por un momento, lo recuerdo, no supe si seguir hablando o si abandonarme al sueño y dejar que transcurriera así el resto de la noche. No podía saber si ella estaba a punto de dormirse o todavía esperaba más detalles sobre lo sucedido.
- No sé -respondí al fin sin saber si ella me escuchaba-. Una pesadilla, ya te digo. Algo desconocido se me aferraba al cuello. No recuerdo más.
El gato se había ovillado a su lado de la cama y ronroneaba en sueños. Dormía con la cabeza apoyada sobre el bulto de los pies de Sagrario. Y seguiría durmiendo o se levantaría por su cuenta para beber agua, desahogar alguna urgencia o sencillamente merodear en alguna parte de la casa, en cualquier momento de la noche.
-Anda, duerme- juraría que dijo ella en un susurro débil y lejano, pero cómo asegurarlo si momentos antes había estado despierta y hablando con aquella inmovilidad relajada de todo el cuerpo y su voz me había llegado como desde otra mujer, sin que yo viera sus labios moverse debajo del cabello negro y ensortijado que cubría su boca. La poca luz de la calle que se colaba entre las cortinas iluminaban su pijama de satén con lunares rojos. Ahora, además, emitía desde la hondura de sus cuerdas una especie de gemido sonoro, nasal, propio de quien celebra una nueva postura sobre la cama, que sonaba a máxima placidez. Ella gemía, el gato ronroneaba sobre sus pies, el despertador se sumaría a la fanfarria en poco tiempo.
Anda, duerme”, había dicho. Pero faltaba poco para el amanecer y las primeras luces que se filtrarían a través de las cortinas. Desactivé el despertador para que el sueño de Sagrario no se viera innecesariamente interrumpido y la contemplé un momento flotar en el sueño al que parecía haberse entregado por fin. Se volteó de improviso desprendiendo otro gemido de goce inocente. Tenía una mano sobre la cabeza del gato, que se había desplazado hasta su cintura. Parecían ya inseparables. Y eso que al principio les costó acostumbrarse el uno a la otra. Sagrario acortaba las estancias en la casa cuando la visitaba, nerviosa por las carreras del gato de un lado a otro, por sus saltos entre los muebles, por los lanzamientos de juguetes que apartaba de sí con las patas para después lanzarse sobre ellos, y por la vigilancia recelosa del animal que sentía sobre ella. El gato, por su parte, le soltaba resoplidos de rechazo si ella intentaba acercarse o acariciarlo y, con la misma, se perdía de vista; maullaba protestando cuando Sagrario y yo nos abrazábamos o nos sentábamos uniendo nuestras cabezas. Sin embargo, después de la vez en que ella se agripó y acabó instalándose con nosotros para ser cuidada, el gato fue su compañía vigilante a los pies de la cama y ella no dejó de mostrarle agradecimiento hablándole, acariciándolo cuando se acercaba, imitando sus maullidos y sus ronroneos. Convaleciente aún, cuando ya pudo levantarse de la cama, permanecía largos momentos sobre el sofá acompañada del gato, al que no dejaba de rascar suavemente en el cuello o en la panza admirando la pelambre casi rubia bajo las manchas marrones, redondas como anillos en el costado y las alargadas rayas oscuras lo largo del cuerpo. Desde entonces, Bonsai reservaba para mí el juego más gimnástico y competitivo -con dosis de brutalidad- mientras a ella se acercaba para dedicarle largas miradas con parpadeos ostentosos, le empujaba el cuello o la mejilla con su hocico o se restregaba en una de sus piernas con la cola en vertical. Ante estas muestras de adoración casi permanentes, Sagrario no sólo respondía con agrado: desperezaba el cuerpo y se atusaba el cabello entregándose a un ligero éxtasis de vanidad, con sonrisas que se me antojaban triunfales. Ya le había oído decir a ella en un reciente desayuno: “No puede haber muchas mujeres en el mundo adoradas por un gato bengalí”. Ciertamente, era difícil conseguir ejemplares de esa raza y, en ciertos lugares del mundo su venta suele ser exclusiva, pero al principio pensé que su comentario era trivial, incluso irónico. Sin embargo hacía tiempo que se habían afilado sus rasgos, las recientes ondulaciones de su cabello negro, el rímel que le confería misterio y profundidad, y el lápiz de ojos con que estiraba sus contornos hasta la sienes habían dejado atrás un rostro más redondeado e infantil, con las olvidadas gafas de lente circular y aquel cabello liso dividido sin sofisticación por una simple raya a la mitad. Ahora solía mostrarse ufana y rozagante, sonriendo a menudo para sí. A la vista de lo que estaba ocurriendo tuve que admitir en esos días que algo se estaba transformando, que la hasta entonces escasa vanidad de Sagrario, henchida aparentemente por la devoción de Bonsai, se le desbordaba por todo el cuerpo.
***

El llanto de ese gato anónimo pareció haber desaparecido hace tan solo un breve rato, pero vuelvo a oírlo, esta vez más seco y lejano, y me recuerda el maullido casi inaudible -apenas un hilillo de voz suplicante- del Bonsai que entró en esta casa y en mi vida siendo un bebé desvalido: las primeras tomas de leche, la botella de agua tibia en la cajita donde le tocaría dormir, la instalación precipitada de comedero, bebedero y bandeja de arena. Cuando lo veía hacerse poco a poco con el espacio de la casa y cuando compartía los primeros juegos con él, poco me importaba que su raza se hubiera originado en un cruce de gato doméstico y de gato bengala o leopardo asiático, como también le llaman, ni cualquier otro antecedente suyo: era tan sólo mi gato, ni más ni menos. A pesar de eso, lo llamé Bonsai por considerarlo la miniatura de un felino grande, aunque eso apenas fuera una concesión a su figura peculiar y al exotismo de su procedencia. Debo decir, sin embargo, que aquella mañana en que me levanté antes de la hora -desvelado por la pesadilla que me hizo creerme aprisionado por un ser híbrido de felino y humano-, el animal me acompañó a la cocina como siempre esperando una ración leche, pero no me rodeó con sus juegos, no se restregó en la pernera de mi pijama ni me miró dirigiéndome los primeros maullidos del día: se limitó a acompañarme erguido y observándolo todo con ojos de renovado asombro. Me pareció de golpe mucho más corpulento y mayor, también más lejano y extraño, como si hubiera asumido en pocas horas que era un producto de la selva, un prodigio reclamado y cotizado en círculos donde no faltarían estafadores y traficantes de ejemplares valiosos, todo eso de lo que había quedado a salvo en las alturas de nuestro apartamento, que era todo su espacio conocido.
Cuando abrí la puerta para salir de casa, lo vi observando desde lejos sin acercarse corriendo a despedirme; permanecía a pocos metros quieto, noble, majestuoso y -me traspasó otro presagio impreciso y doloroso- parecía dedicarme un último reconocimiento.
Las horas en el trabajo disiparon la rareza y las últimas congojas de la pasada noche. Regresé al medio día pensando que encontraría a Sagrario desperezada y activa, ordenando ropa y reubicando objetos mientras oía música en la radio; y a Bonsai, por su parte, siguiéndola por curiosidad o bien por el contrario desaparecido, oculto en uno de sus recovecos secretos.
El día era luminoso y colorista, como para ahuyentar recuerdos tenebrosos y malos augurios. Aprecié un tráfico pintoresco y variado de personas en mi vuelta al barrio, que recobraba el aspecto cosmopolita que le habían arrebatado los peores años de la crisis. Me percaté de muchas caras desconocidas que ocupaban el lugar de antiguos habitantes que un día dejaron atrás sus casas, sus comercios, sus restaurantes o sus talleres. Observé los negocios nuevos, abiertos con esperanza o temeridad a un futuro incierto, entre ellos una clínica veterinaria recién inaugurada, donde entré para comprar a Bonsai una nueva pelotita de las que botan endiabladamente hasta el techo y un cojín con rascador. En una tienda de delicatessen compré un vino artesanal para alegrar la próxima cena que tuviera en casa con Sagrario.
En contra de todas mis previsiones, el apartamento estaba en silencio cuando llegué. No había rastro de actividad alguna a la vista. Ni la mujer ni el gato respondieron cuando cuando pregunté por ellos en voz alta. No percibí ningún rastro de vida a mi paso por el recibidor, por el baño o por la cocina. Abrí con delicadeza la puerta ya entreabierta del dormitorio. De lo que entonces vi sobre la cama puedo desconfiar todavía por lo sorprendente de la escena y por los pocos segundos que soporté observarla. Sagrario estaba boca arriba como poseída, mirando a las alturas y con el pantalón corto del pijama de satén sobre la almohada, abandonado junto a su oreja. Por debajo de su cintura, había un gran bulto activo y oculto bajo la colcha que ocultaba la pierna derecha de la mujer; la pierna izquierda sobresalía desnuda de la frazada, y sobre ella una pata de Bonsai que abría y cerraba con lentitud su zarpa sobre el muslo de ella. Todo lo demás ocurría bajo la ropa de cama.
Tanto Bonsai como Sagrario debieron notar mi presencia por la respiración o por alguna sombra que proyecté. Yo estaba enmudecido y petrificado. Ella me dirigió unos ojos de criatura extraña y enajenada que parecieron desconocerme y Bonsai asomó su pequeña cabeza para lanzarme una mirada temible, acompañada de uno de esos resoplidos de rechazo o advertencia que reservaba para visitas particularmente odiosas. Sin proponérmelo, me di enseguida la vuelta y recorrí el apartamento hasta la puerta de la calle. Deambulé en la calle sin rumbo, incapaz de sacudirme la incredulidad ni la tristeza por todo lo que presentía. Podría desconfiar todavía, después de tanto tiempo, de aquello que vi si no fuera porque a mi vuelta ya no estaba ninguno de los dos; tampoco el coche de Sagrario. Ella nunca me contestó al teléfono móvil y había abandonado su piso sin dejar señas nuevas. También intenté dar con ella, sin resultado, en el hotel donde había trabajado. Tampoco sirvió de nada denunciar sus desapariciones.

Ojalá no llorara más ese gato afuera, ojalá no me los recordara insistentemente, y su maullido acabara disipándose de una vez en el viento o en la lejanía. En el insomnio que me espera por su causa me cabe apenas pensar, como consuelo, que los dos desaparecidos habían estado siendo objeto de una transformación de la que no me di cuenta, un cambio que más tarde o más temprano tendría que consumarse, incluso involuntariamente. También es verdad que tanto vale acogerse a esa explicación como creerse cualquier otra, dadas las circunstancias. Cualquier especulación me servirá esta noche, acaso, para distraer a duras penas el desgarro de una duermevela interminable y despiadada como un remordimiento.

miércoles, 18 de abril de 2018

LA CADUCIDAD DEL DOBLE

.Para Isabel De La Llave Cadahia
Nunca me revelaron en el periódico cómo fueron localizados los tres dobles que suplantaron durante años al general Isaac Rodrigo (jamás se mencionaba su segundo apellido), el dictador recientemente depuesto por un golpe de su propio ejército. Tan sólo podía saber que entre los miembros de nuestro Consejo de Administración había alguna persona influyente, bien relacionada con las élites políticas y financieras de ciertos países, y capaz por tanto de localizar y reunir a aquellos servidores ocultos del régimen derrocado. El redactor jefe tampoco supo, o tampoco quiso decirme, cómo convencieron a los suplantadores oficiosos para que se prestaran a coincidir en la larga entrevista a tres que me estaba encargando. Le pregunté cómo podía asegurarme, al menos, de las tres identidades.  
-Ahí tendrás las manos libres para averiguar lo que quieras, pero advierto que tendrás que ingeniártelas -me advirtió el redactor jefe-. Son seres a los que se les ha inventado una identidad nueva cuando han dejado de servir como sustitutos, alejados de su país y con una nueva personalidad. Y, además, durante el tiempo en que sirvieron al poder, los servicios secretos escamotearon al mundo su identidad, por supuesto: los mantuvieron desaparecidos del todo y recluidos quién sabe cómo y dónde.
-¿Por qué son tres?- pregunté. El redactor jefe levantó un momento la testuz y se quedó ensimismado como a quien hacen de pronto reparar en lo que no había pensado, con la vista fija en mi corbata nueva. Finalmente se encogió ligeramente de hombros.
-Eso tendrás que averiguarlo tú en la entrevista a tres -concluyó- aunque tal vez ni ellos conozcan el motivo; esa respuesta correspondería darla a los oscuros funcionarios que organizaban al dictador ese servicio tan sumamente discreto. Para lo que sí te pueden servir los tres dobles (digo “pueden”) es para describirte la vida que llevaban, cómo los preparaban para hacerse pasar por Isaac Rodrigo y las ocasiones más importantes en que tuvieron que hacerlo, o las más peligrosas. Es posible también que sepan algo de la trastienda de la dictadura, en ese sentido podrían ser un filón y deberías saber aprovecharlo con morbo.
El redactor jefe añadió finalmente, cuando yo ya cerraba la puerta detrás de mí: “Por supuesto, en tu entrevista no habrá fotos si no consigues convencerlos; de momento se niegan en redondo a salir de su exclusivo anonimato, pero necesitamos esas imágenes...”. Le dirigí con los ojos una resignada señal y me marché a la calle -era mi hora de salida- aunque antes de irme a casa visité un acostumbrado parque para poder pensar en el trabajo que me aguardaba. El día se había nublado de repente y el sol avasallador, que se había enseñoreado de la ciudad, cedió casi de repente a una luz indirecta que daba a todos los colores una consistencia más definida y más civilizada.
'¿Cómo serían esos tres sujetos?', pensaba sentado sobre un banco del parque cuando se me acercó una niña que corría jugando sola sobre los parterres y se detuvo a unos pasos frente a mí, con la mirada fija en mi corbata nueva; era una corbata amarilla con deslumbrantes adornos falsamente mitológicos que yo llevaba por cumplir con quien me la había regalado. Mientras tanto, seguía pensando en los dobles: '¿Les habrían quedado los gestos y maneras de cuando eran aclamados por la muchedumbre como al verdadero general?'. Interrumpió mis cavilaciones una joven alta de paso lento y acompasado que a mi altura dirigió la mirada un instante, sin disimulo, a la corbata colorista que colgaba de mi cuello; después siguió su camino ignorándome al ritmo de una melena negra y brillante que ondeaba a su paso. Yo disipé la impresión que me causó la chica y mi turbación por la corbata volviendo a mis pensamientos sobre el gobernante derrocado y sus tres dobles: '¿Se le parecerían tanto como gemelos?', me preguntaba. El depuesto y huido Isaac Rodrigo -recordaba- tenía un aspecto muy español: moreno, nariz aguileña, la frente elevada y estrecha, el cabello negro peinado hacia atrás. Era alto, más espigado que atlético, lo que compensaba con exageradas hombreras tanto en uniformes militares como en atuendo civil. Su nombre y su apellido, para mi enfado, recordaban a los músicos españoles Isaac Albéniz y el maestro Rodrigo; me sentaba como una pedrada, que semejante tirano se relacionara, aunque sólo fuera por el nombre, con esos dos creadores de belleza.
Tan desconocida para mí como los servidores del tirano era la mansión a la que me dirigí en el día señalado para encontrarme con aquel trío de dobles que me esperaban en ella. Estaba ubicada en una lejana e inaccesible zona residencial que siempre había visto al pasar, desde la carretera. Ni tiempo tuve para observar el edificio ni los huertos y jardines que lo rodeaban. Un individuo empleado de la casa se encargó de dirigirme con precipitación a la parte trasera del caserón; una vez allí abrió una puerta que estaba cerrada con llave y me introdujo por lo que parecía ser una entrada del servicio. Antes de penetrar en el edificio recordé de pronto imágenes olvidadas y accidentales de aquella zona muchos años atrás en excursiones casuales, cuando era más agreste, con casas rústicas que daban a la carretera, con filas de almendros y robles tras los muros, pero la premura de aquel hombre me impidió asegurarme de mi repentino recuerdo. El tipo me condujo por sucesivos pasillos iluminados por amplias lámparas que pendían del techo hasta hacerme llegar a la sala donde aguardaban los tres 'exdobles'. Hecho esto, desapareció. Eché un vistazo a la sala. No contaba con el mobiliario ni la decoración que correspondían con su amplitud ni con la apariencia externa del edificio: apenas algún cuadro con escenas de caza y, en medio de la pared más amplia, un gran espejo con marco de madera tallado que tenía delante una mesa tocador con patas de araña. No en el centro -que resultaba desierto y desaprovechado-, sino en un ángulo extremo de la sala, en torno a una mesa baja, había cuatro sillas, tres de las cuales estaban ya ocupadas por los que con toda seguridad eran los antiguos dobles de Isaac Rodrigo. Ni se levantaron ni respondieron al saludo que les dirigí al mirarlos. Se limitaron a observar sin expresión y así continuaron siguiéndome con la vista en mi camino hasta la silla vacía, junto a ellos, lo que resultaba incómodo e inquietante. Al escrutarlos de cerca, vi que no eran réplicas exactas del depuesto general, y que sus rostros sólo revelaban un confuso parecido físico con él. Uno de ellos había engordado exageradamente, otro parecía mucho más joven que sus compañeros y que el dictador, aunque lucía una avanzada calvicie, y otro, el mejor vestido y peinado, sorprendía por un tinte capilar trigueño del todo inesperado. Cada uno a su modo, eso sí, poseía un cierto aire remoto de parentesco con el depuesto gobernante, hasta el punto de que me pareció hallarme ante unos hermanos o unos primos desconocidos del general Rodrigo en pleno encuentro familiar.
Reaccionaron con silencio unánime cuando les pregunté sus nombres. No me respondieron y permanecieron examinándome. Apenas se miraron entre ellos hasta que me vieron desistir y bajar la cabeza hacia mi bloc de notas. Empecé a temer que todo aquello fuera una pérdida de tiempo y ya me veía a mí mismo dando explicaciones inseguras al redactor jefe de un miserable resultado. Les pregunté también a los tres cómo empezaron su antigua labor, cómo entraron al servicio del general precisamente con el cometido de hacerse pasar por él. Volvieron a mirarse, inseguros, pero, esta vez al menos con una leve señal de interés, comunicándose con los ojos las dudas sobre una posible respuesta, que se hizo esperar:
-Pues no sé -dijo el del pelo teñido-. En mi aldea me decía siempre todo el mundo que me parecía mucho a él, y hasta llegaban curiosos de otros lugares intentando verme y comprobarlo. Un día aparecieron en un coche negro unos hombres que trabajaban para el Estado y me dijeron que la Patria me necesitaba, que yo podía rendirle un buen servicio. Así fue todo.
Los otros dos hicieron suya la explicación asintiendo con la cabeza y confirmando con señales del dedo índice hacia el que había hablado, pero no añadieron nada más por su parte, dando a entender que su caso era idéntico al que se había expuesto y no había más que hablar. “Eso mismo me pasó a mí”, llegó a decir otro. “Sí, fue así”, corroboró el tercero.
Tomé unas notas rápidas y les pregunté enseguida por qué ellos eran más de uno, si acaso el general necesitaba tener varios dobles disponibles. También les hice esta pregunta a los tres indiscriminadamente, con la esperanza de que al menos uno de ellos respondiera.
-Verá -se animó a contestar el gordo-, igual que usted tiene que cambiar la foto en su cédula de identidad, como todo el mundo, porque las personas con el tiempo cambian, ¿no es cierto?, pues el general cambiaba su aspecto y su doble también, pero cada uno a su manera, perdiendo el parecido que tuvieron en su momento, ¿me explico?, y es entonces cuando había que retirarlo y buscar a otro con parecido suficiente.
Como la vez anterior, los que habían estado callados asintieron apenas con exclamaciones y gestos. A cada pregunta, contestada o no, le seguía un silencio incómodo en el que yo esperaba inútilmente alguna explicación suplementaria, alguna ampliación de las escuetas revelaciones que me hacían. Para evitar estas pérdidas de tiempo, con su incomodidad consiguiente, decidí renunciar a preguntas concretas y proponerles en cambio que me contaran sucesivamente, cada cual a su modo, lo que recordaran y tuvieran a bien revelarme sobre sus experiencias durante aquel servicio a la Patria: lo que vivieron, lo que vieron, lo que llegaron a saber...
Otra vez se quedaron pensando y cruzándose miradas. Reaccionó de pronto el más obeso poniendo como condición que vaciara mis bolsillos y me dejara cachear; no querían grabadoras ocultas ni cámaras de foto escondidas. Accedí y, de inmediato, adoptaron los tres a un tiempo una actitud resolutiva y un aire de autoridad marcial incontestable, a tono con el personaje que habían representado casi toda su vida. El de apariencia juvenil se levantó con rapidez, me ordenó ponerme en pie y me vació lo bolsillos depositando sobre la mesa las llaves, la cartera, una pequeña cámara de fotos, algunas monedas sueltas y la corbata de falsos motivos mitológicos que yo, harto de ella, había decidido llevar oculta y enrollada en un bolsillo.
Al volver a sentarme vi cómo inspeccionaba mi cámara el que iba mejor vestido de los tres y lucía un tinte capilar trigueño, no sólo sometiéndola a inspección sino valorando además la posible calidad y la tecnología del artefacto, con ademán de experto. Acto seguido, los tres se pasaron sucesivamente mi corbata, que parecían escudriñar en principio como si ésta contuviera un plano secreto relativo a altos intereses de Estado; al momento rompieron a compartir risitas y burlas más bien afables sobre aquel complemento indumentario tan ostentoso que acababan de examinar, dirigiéndome miradas de sorna desde sus rostros jocosos. Una vez relajados, y antes de que yo pudiera esperarlo, abandonaron su envaramiento castrense y se comportaron como viejos compadres.
Uno de ellos, el más obeso, se desentendió la conversación con los otros dos, de las compartidas anécdotas de su país, de sus lugares de origen, de sus respectivos recuerdos de clandestinidad de lujo al servicio del tirano y de improviso se dirigió a mí, que permanecía callado:
-Verá -me dijo-, como le hemos dicho al principio, todo empieza un día en que aparecen por tu pobre aldea, o por tu barrio, unos hombres muy serios, preguntan por tus padres, se reúnen con ellos en el hogar y les proponen aceptar para su hijo, “tan parecido a nuestro General,carajo”, un destino seguro, bien remunerado, un cargo para toda la vida como servidor del Estado...
A partir de ahí, según me fueron relatando poco a poco entre los tres, habitaron las dependencias siempre custodiadas y ocultas de viejos palacetes ruinosos, o de recintos recónditos en cuarteles distantes o en viejas prisiones militares habilitadas para oficinas del Ejército, por supuesto en plantas inaccesible al público y al resto del personal, militar o civil. Tenían garantizados los cuidados médicos, las vacaciones vigiladas, las visitadoras sexuales, una jubilación y lo que con cierta pompa llamaban “formación” sus guardianes: visionados de la cantidad ingente y reiterativa, en filmaciones antiguas y actuales, de las apariciones públicas del General con las que los atiborraban una y otra vez.
Así le referí al redactor jefe cuando le mostré mi trabajo. Llamé su atención sobre las iniciales con las que podía citar a cada uno de los tres entrevistados en mis notas, puesto que al fin me habían facilitado sus nombres y apellidos, así como sobre las fotos a contraluz acentuado que me permitieron sacar, en un cambio de actitud desde su desconfianza inicial. No ahorré a mi jefe muchos detalles sobre lo siniestro e incierto que había tenido el encargo de marras, ni de la prisa con que abandoné aquella sala cuando finalmente cumplí con mi obligación. Esto último pareció importarle un comino: me miraba sonriente, interesado más bien por el tema del reportaje y complacido por el resultado:
-Esto de mantener dobles en nómina – dijo mi jefe-, y como una propiedad, es puro goce de poderío, un lujo de megalómano como los que se permiten los delincuentes adinerados que cubren de oro y obras de arte los baños donde mean y se cepillan los dientes. Ahora -añadió-, gracias a los contactos que han funcionado en este periódico, revelaremos un aspecto más de esta buena pieza: ¡el tal Isaac Rodrigo..!
Costaba creerlo pero yo le había oído bien: “Gracias a los contactos que han funcionado en este periódico”.., había dicho. Ni una palabra de reconocimiento a mi esfuerzo y mi mano izquierda, por lo menos. Yo miraba fijamente a mi jefe dirigiéndole una mueca sarcástica, por ver si así reparaba en su desconsiderada omisión. Pero sin resultado: no se daba por aludido por más que le insistiera con mis gestos evidentes. “Ordenaré que le reserven una página entera, con texto y fotos”, dijo ufano como si él fuera el autor del reportaje. No me parecía el hombre cauto que por costumbre soportaba el peso de la veteranía con frialdad y descreimiento. Fue entonces cuando me decidí a guardar mis notas y reservarme una última revelación inesperada, algo que había decidido dejar al margen de mis informes hasta ese momento, hasta poder valorarlo con calma:
Había un cuarto doble, el más misterioso, según me habían revelado mis tres entrevistados, confirmándose unos a otros aquella sorpresa final: se trataba  por lo visto del suplantador más reciente, una copia fiel del tirano en su edad actual, ahora que los años lo habían convertido en un abuelito de su propio régimen. “Pero en realidad aún no se le ha visto aunque muchos aseguran que existe”, me decían. No era difícil sospechar que aquel doble no visto, aquello tan vaporoso, era el propio Isaac Rodrigo, que preparaba así su evasión...
Nunca lo supe. Nunca se publicó nada favorable a esa hipótesis ni otras referidas a dobles, reales o supuestos. Reviso ahora mis carpetas de entonces, cuando realicé aquel trabajo, cuando era un joven reportero durante las caídas de las últimas tiranías bananeras, y sólo veo una copia de aquella entrevista mía sobre el derrocamiento de Isaac Rodrigo, que se esfumó para el Mundo. Encuentro también por sorpresa en una de estas carpetas viejas, sin explicarme qué hacía en una de ellas, aquella corbata amarilla con adornos chillones falsamente mitológicos.

jueves, 27 de julio de 2017

LOS DATOS QUE EL DIABLO ESCONDE


Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas” (Comienzo de Creer y destruir, del historiador Christian Ingrao, editorial Acantilado)


Eran historiadores, filósofos, filólogos, juristas y economistas. Fueron niños cuando Alemania sufrió la Guerra de 1.914 y su posterior derrota, hechos determinantes en el auge posterior de la mentalidad nazi. Rozaban la treintena cuando Hitler llegó al poder. Eran los altos titulados -akademiker- de las SS que aportaron justificación teórica incluso a las atrocidades sufridas por cientos de miles de víctimas consideradas hostiles y de raza inferior. Por lo tanto, no es extraño que su caso se halle en el epicentro de la perplejidad que suscitan esas sociedades que -consideradas desarrolladas y cultas- ceden cómplices, o se entregan con entusiasmo, a líderes y movimientos destructivos.

El historiador Christian Ingrao les dedica una investigación de unas 600 páginas en las que plasma las características sociales del aquel universo incluso en documentos del régimen y en testimonios personales hallados y transcritos.Tanto trabajo, tanta erudición, tiene sin embargo un boquete, una zona confusa de desconocimento que no podemos achacar al historiador sino a la misteriosa discreción de sus protagonistas: nunca dejaron testimonio escrito acerca de su infancia durante la Gran Guerra. Alguna vez se refieren a ella como un hecho objetivo pero jamás sueltan prenda de los familiares muertos en el frente, ni de los desplazamientos y cambios forzosos de su familia ni de sus planes y destinos truncados.Ni siquiera en las lebensläufe -especie de curriculum vitae que se elaboraba en la edad adulta- hace ninguno de ellos la mínima mención al asunto.

Aquellos niños, que no participaron directamente en la contienda, vivieron sin embargo la expectación masiva en las vísperas de la declaración de guerra, vieron movilizar a sus adultos, sufrieron en ocasiones la pérdida de varones en su familia y pasaron por penurias alimentarias. El Reich, forzado a la autarquía económica y la carestía, propagaba que esas desgracias eran un ataque directo de los enemigos a la población civil.También según la propaganda, los franceses y belgas eran unos desalmados sin escrúpulos, y los rusos eran crueles, atrasados y sucios. La guerra se entendía como una lucha por la salvación de la identidad histórica alemana que los aliados pretendían destruir. Todo ello se formulaba también en un discurso para niños que se materializaba en juguetes, libros y periódicos, dentro de un marco pedagógico que tenía como ideal la formación de una juventud seria y preocupada.

Pero todo ello lo sabemos por la información general y por testimonios de terceros de los que el autor da pruebas abundantes, pero no lo sabemos por ellos, los verdaderos sujetos de esa experiencia que mejor la podían expresar, por conocimiento directo y por formación. Ese silencio es -a mi entender- un punto débil del libro a pesar de tanta investigación admirable. No me basta la hipótesis plausible del historiador cuando aventura que ese silencio es un indicio del trauma: guerra y derrota alemanas. Si estuviéramos ante un texto literario, ese mutismo podría ser como el dato oculto fundamental que se silencia en ciertas narraciones, pero en un asunto histórico -en este asunto histórico en concreto- me parece en sí mismo un tema de investigación. Y además -llámenme aprensivo- me inquieta: ¿cómo es que coincidían todos en la misma omisión, era una consigna de sociedad secreta dispuesta a seguir organizada?¿Era acaso consecuencia de una educación de guerra? ¿Era un distintivo de casta profesional que exigía la despersonalización y la frialdad? Mientras no se me esclarezcan preguntas así -preguntas que tal vez hallen nunca respuesta- pensaré alguna vez, en mis devaneos, que el dato oculto de esta historia obra en poder del Diablo.

lunes, 6 de junio de 2016

¿PERO QUÉ LE PASA A VENUSIA?


El solajero deslumbraba hiriendo los ojos, destellaba en el suelo y difuminaba el colorido de las flores. Don Cleofás, protegido por la boina de visera, miraba preocupado al patio de recreo que ese día le tocaba vigilar; tenía la vista puesta sobre el encuentro de fútbol que disputaban alumnos de dos cursos diferentes, y se alarmaba en realidad por varios motivos. Una de sus preocupaciones, la más urgente, era de carácter solidario y exigía una inmediata intervención: veía a don Gedeón en ese momento en el centro del patio, distraído en pleno partido de fútbol, así que sin dudarlo encargó a dos alumnas le advirtieran de su parte del riesgo de recibir un pelotazo en los morros y de que sus gafas salieran volando por ahí. Y es que Gedeón no parecía percatarse en realidad de los tumultos en que se internaba durante las avanzadas y los retrocesos de los contendientes en torno a la pelota, ni de las certeras patadas o los cabezazos que la impulsaban atravesando una buena extensión del patio. Además de preservar a su compañero de un empujón o del oprobio de acabar alcanzado por un disparo futbolero, convenía a Cleofás evitar quedarse solo en la vigilancia del patio teniendo encima que atender a un Gedeón accidentado. Don Cleofás vio desde lejos a las niñas dándole el recado, y vio asimismo al advertido apartarse a un lateral del terreno de juego, donde tampoco se percató de que un niño se ocultaba detrás de él para escapar de otros con los que jugaba, usando su cuerpo como escondite.

El segundo motivo de interés era la frecuencia con que algunos pequeños jugadores, demasiados en realidad, se llevaban el pulgar a la boca imitando el gesto que últimamente repetía más de un jugador famoso, o la forma en que señalaban con los índices al cielo después de haber realizado una jugada -como también hacían Messi y otros cuantos más- y, sobre todo, la persistencia y facilidad con que escupían sobre el terreno de juego, andando o parados con las manos en la cintura. Pensó que, al menos en lo relativo a escupitajos, algo se debería hacer “en el terreno educativo”. Vio a otra persona que también parecía imitar a la gente destacada del fútbol, y no era esta vez ningún niño ni ninguna niña, y ése era su tercer motivo de preocupación: doña Venusia, de 1º E, caminaba por los alrededores del patio hablando por el móvil, sola, cubriéndose la boca con la mano libre a la manera de las celebridades, en especial los entrenadores y los presidentes de clubs de fútbol. ¿A qué venía aquel gesto? Al parecer ella había salido del edificio central para hablar a solas por el móvil, se podía entender, pero ahora no parecía que hubiera nadie atento a ella y menos capaz de una lectura de labios a distancia: los alumnos estaban a sus juegos y Gedeón probablemente ni la viera. “Está claro”, concluyó Cleofás, “que con un gesto así más bien se arriesga a que se fijen en ella”. ¿Pero quién?
Doña Venusia, sin apartar la mano izquierda de su boca, y sosteniendo aún el celular con la derecha, empezó a mirar con suspicacia hacia los edificios cercanos cuyas ventanas daban al patio del colegio, una multitud de ventanas, también de balcones, del vecindario donde nunca se veía a nadie asomado -curiosamente- ni limpiando los cristales, pero tras los que, con seguridad, habría ojos escudriñando las entradas y salidas, los recreos, la cuesta empedrada, el jardín, el emparrado bordeado de pequeñas columnas y los movimientos de todo el mundo; alguien oculto detrás de unas cortinas o retirado unos pasos, velado por la sombra. Ella contraía los párpados para afinar la vista y fruncía los labios en un rictus de desconfianza mirando hacia aquellas viviendas. Cleofás ya no pudo seguir distrayéndose con ella; una encendida bronca por un gol confuso había hecho que el niño árbitro se retirara, intimidado, y había en ese momento dos adversarios desafiándose, a punto de resolver la cuestión a trompetazos, jaleados alrededor por sus respectivos partidarios. Se dirigió al lugar del altercado pero en el camino vio que ya Gedeón intervenía con prontitud disolviendo el mogollón y enfriando los ánimos.
Aunque quiso estar más atento al patio a partir de entonces, no pudo evitar fijarse en don Atilio, de Educación Física, que era quien deambulaba ahora por los alrededores del espacio de recreo hablando por su móvil. Buscó con la vista a doña Venusia y de momento no la supo ver; ella se reveló a sus ojos de repente saliendo del bosquecillo conformado con plantas autóctonas en un extenso parterre lateral, un jardín muy formativo cuya vegetación abuntante era ya lo suficientemente tupida como para perderse en ella. Su vestido veraniego de falda larga, de color amarillo claro, le había permitido camuflar su figura entre las flores de risco (amarillas) los matos de risco (amarillos) las orejas de gato (amarillas) y también entre los cardos yesca, los cardos crito y los girasoles, todas flores de un deslumbrante amarillo. A Atilio se le notaba en la cara que veía llegar a Venusia hasta él encandilado por tanta amarillez esplendorosa, luego incómodo por tener que entender lo que ella le decía sin dejar de atender la voz al otro lado de su teléfono móvil y, finalmente, asombrado de que su compañera le cubriera la boca con su mano cuando él intentaba hablar por el teléfono. Ella, por toda explicación, llamó su atención sobre las ventanas del propio colegio señalándolas con el índice. ¿Qué le preocupaba ahora de esas dependencias escolares tras las ventanas: aulas, oficinas y despachos hacia donde por costumbre tampoco se mira nunca pero que posiblemente tengan dentro alguien que tal vez sí observe, o vigile, incluso en horas de recreo? Imposible no seguir curioseando cuando Venusia agarró a Atilio por una de las mangas del chándal intentando llevarlo de la mano acá o allá para señalarle, al parecer, todos los lugares desde donde podían verlo anónimos espectadores, dentro y fuera del recinto. Tampoco fue posible no fijarse en cómo Atilio, con rostro alucinado, incluso asustado, se zafaba de la mano Venusia retirándole su antebrazo con energía para escapar enseguida hacia el bosquecillo, perdiéndose entre los tajinastes, dragos, cardones, cedros y las flores plantadas entre ellos.
La algarabía motivada por el único gol indiscutible de aquel encuentro devolvió su atención al campo de juego. Vio cómo el ímpetu de unos cuantos abrazos sucesivos hizo tambalearse al goleador, que perdía el equilibrio. También había alumnos corriendo eufóricos por todo el patio al tiempo que se quitaban la camiseta para dejar al descubierto otra interior, a lo Iniesta; se incrementaron los escupitajos al suelo, lanzados por ganadores y perdedores, así como proliferaron de inmediato los jugadores que se chupaban los pulgares antes de reubicarse en el terreno. Gedeón, por su parte, cumplía con su cometido vigilante, sin distraerse lo más mínimo, y hasta parecía complacido con el desarrollo del partido. El juego se reanudó con un saque reglamentario en los últimos minutos del recreo; ya se jugaba serenamente por cumplir, sólo por agotar el tiempo destinado al fútbol.
Volvió a mirar a los alrededores del patio. Ya no había rastro de doña Venusia ni de don Atilio; era de suponer que habrían entrado los dos en el edificio, cada uno por su lado. Miró de nuevo hacia todas aquellas paredes y ventanas en las que rutinariamente nadie reparaba nunca, él al menos no les había prestado atención hasta ese momento en que la extraña agitación de Venusia se las hizo notar. Eran, en realidad, demasiados probables espectadores con los ojos puestos sobre uno, a diario, ojos que sumar a los de los alumnos en las clases, que era el público visible y permanente. Siempre estaban expuestos los profesores -pensaba- siempre actuando ante alguien, para alguien, la imagen y la voz siempre entregadas... en un constante escenario. No era de extrañar que cualquiera más susceptible a la atención ajena -alguien tal vez muy perfeccionista, o muy vanidoso- se preocupara tanto como Venusia lo había hecho por tanta supuesta expectación, o como él iba a tener que preocuparse sin remedio por el pelotazo inesperado en la barriga que acababa de recibir; ¡cómo dolía! Desde quién sabe qué ventanas, y tras qué cristales, lo estarían viendo doblarse sobre sí, caminar torpemente con el tronco inclinado hacia adelante y las manos en el estómago, con la boina de visera caída sobre el suelo y pisada por los alumnos que en su auxilio lo rodeaban, que le preguntaban cómo se sentía, que comentaban entre ellos sobre su palidez indudable. Deseaba calmarlos, deseaba recuperar resuello para poder decirles no es nada, se irá pasando, dejen ahora que me apoye en este poste, no me rodeen de esta manera porque necesito aire, un poco de aire nada más... Y no le gustaba que le vieran así. La luminosidad de las primeras horas se iba convirtiendo en agotamiento y bochorno de día carbonizado, en pieles sudadas y excitación nerviosa que enconaría los ánimos hasta la hora de salida, y también en aquella sensación de presión sobre sus sienes caldeadas, confundida ahora con el dolor, ya que en las tripas aún le pesaba el impacto doloroso como una como un bloque de algo sólido y con aristas. Cerca de él repiqueteaban los últimos botes a ras de suelo de la pelota que lo alcanzó. Levantó la cabeza para intentar decirles gracias a todos, ya estoy mejor, no se me echen encima, y vio venir hacia él a don Gedeón apresurado dando largas zancadas, estudiándole con preocupación el semblante tras los reflejos de sus gafas.
-Rediez, don Cleofás -oyó que exclamaba Gedeón-, rediez, reonce y redoce elevados al cubo, ¿estás bien? ¡Vaya cañonazo directo al hígado!... Hay que fijarse más, hay que estar más al loro, compañero. Como yo.

sábado, 7 de mayo de 2016

EXTRAÑA SESIÓN DE CLAUSTRO

Lección de anatomía. Rembrandt


Siendo ya las quince y diecisiete, habían llegado casi todos los profesores a la sala y se iba a abrir la sesión con la lectura del acta anterior. Sentada a un extremo de la larga mesa cuadrangular, Doña Sole observaba a un lado y a otro con qué ánimo entraban por la puerta los demás. Se había situado, como era su costumbre desde hacía un tiempo, cerca del extremo que ocupaba la Junta Directiva del colegio. Se le notaba insegura como pocas veces, confusa, intentando disimular una incómoda indecisión. No sabía cómo pronunciarse sobre el asunto que se sometería aquella tarde al juicio de los profesores. Era un tema nuevo, sorprendente y espinoso del que tampoco el grupo directivo parecía tener una posición tomada... y, si la tenía, bien la disimulaba de momento, por eso doña Sole no paraba de dirigir miradas en oblicuo a las caras de la Directora, del Jefe de Estudios y del Secretario de actas, a ver si les adivinaba las intenciones y por algún mínimo gesto que les pillara al vuelo supiera al fin a qué atenerse: no era frecuente tener que deliberar y decidir sobre si llevar o no llevar a los alumnos, como a actividad cultural externa, a presenciar la realización de una verdadera autopsia, primera vez que les pasaba. Doña Sole solía optar por lo que quisiera en cada caso el equipo directivo, y lo apoyaba en las polémicas si lo veía en apuros a base de subir la voz irrumpiendo en los turnos de palabra contrarios, frivolizando sobre las objeciones mejor fundadas cuando era necesario y también defendiendo, si era menester, las posiciones oficiales incluso hasta en la total falta de argumentos o el evidente ridículo, pero aquella vez su semblante al menos parecía desmentir tanto enérgico arrojo.

Don Cleofás se preguntaba, observando la gravedad en la cara del secretario de actas, cómo trasladaría éste más tarde al papel la endiablada controversia que se avecinaba, y cómo la pasaría a limpio en el libro oficial. Doña Frasca, por su parte, parecía experimentar una evidente congestión de cuello para arriba; cuando leyó el día anterior la convocatoria y orden del día de la reunión en curso, pensó que aquel punto que se proponían discutir era una broma de mal gusto, o un error. A a doña Lidia, profesora de Música se le cruzaban las letras escritas con tiza verde en la pizarra de la sala, y veía turnos de disección en vez de los horarios de biblioteca y de ordenadores allí consignados. Sólo don Gedeón tenía cara de no enterarse. Conociéndolo, estaría abstraído en cualquier elucubración matemática, o tal vez rememorara un tango: aquella mañana le habían oído cantar por los pasillos uno nuevo, Naranjo en flor. En general, todos parecían esperar prudentemente a que fuera otro, u otra, quien hablara primero.
"¿Pero eso sería legal?", preguntó, abriendo fuego, doña Nieves, la más escaldada por la experiencia. La Directora respondió que lo habían consultado y que "más bien sí", que legal lo era. A doña Sole no le gustó nada aquel más bien sí tan apocado, que no la sacaba de dudas sobre qué opción apoyar o qué opción combatir. Sospechaba que el grupo directivo estaba catando el ambiente antes de pronunciarse abiertamente, pero a ella la tenían en ascuas. Hubo más segundos de silencio indeciso y miradas que no se detenían en lugar alguno. Casi todos giraban a un lado y a otro las cabezas interrogándose entre sí. Se sintieron aliviados por fin cuando don Atilio, de Educación Física, requirió el consejo cualificado de doña Paloma, la Orientadora pedagógica: por fin había alguien a quien cargar el muerto, y nunca mejor dicho.
"Pues...", pretendió responder doña Paloma, la orientadora. Vio las caras dirigidas a ella, más deseosas de ver cómo saldría del paso que interesadas cabalmente en la respuesta. "Pues, en fin...", dijo en otro intento de ofrecer sus orientaciones, esta vez cabeceando un poco. No se había esperado aquella situación, la convocatoria del debate dos días antes había coincidido con su visita a otro colegio. La expectación aumentó y se hizo más incómoda. Cuando algunos ojos empezaban a quitarle la vista de encima, decepcionados, y se oyeron resoplidos de incomodidad entre los presentes por la disertación que no empezaba nunca, doña Paloma encontró un socorro inesperado en los programas oficiales: habló de los seres vivos y de los inertes, de la anatomía, del valor educativo de la observación directa, de la recogida y organización de datos, de la formulación de preguntas, de aprender a aprender, y en fin... 

"Me parece una guarrada", juzgó doña Valen, Apoyo y Francés, a la que se quedaron mirando todos. "Me parece una guarrada y una indecencia ofertar a los alumnos una actividad como esa", añadíó. "Y no tengo nada más que decir". Valen era la primera que se mojaba y abría así el camino para que en adelante los demás se atrevieran a elucubrar, preguntar o protestar lo que quisieran en voz alta. Cleofás por su parte se había fijado en el secretario y en cómo éste había escrito casi al dictado cada palabra de Valentina, sin levantar la vista del papel; él, que había sido secretario de actas tiempo atrás en otro colegio, solía extraer un borrador imaginario de todo lo que se manifestaba en las reuniones, como haría esta vez con cada intervención que oyó. A saber:
Don Moisés pregunta qué provecho educativo puede haber en asistir a una autopsia real cuando en la actualidad se dispone de vídeos y de herramientas virtuales que pueden simular paso a paso una operación de esas características.
Doña Nuria recuerda que se ha cansado de pedir un aula para el laboratorio de Naturaleza. Dice que si se le hubiera hecho caso tendríamos ya un espacio y un instrumental donde introducir a los alumnos en ciertas interioridades despiezando insectos y abriendo en canal ranas, perenquenes o lagartijas, incluso piezas mayores. Que ella misma podía haberlo realizado, por lo que aprovecha la ocasión e insiste en la necesidad de montar un laboratorio cuanto antes. La Directora le propone presentar un proyecto para tal fin.
Doña Luz advierte de la posibilidad, más que probable, de que una actividad como esa anime a los alumnos a diseccionarse entre ellos, y ellas: dedos y cosas. El Jefe de Estudios le replica que habría una preparación previa, por parte de los organizadores, para mentalizar seriamente de la finalidad de ese ejercicio y de los peligros de realizarlo en casa o en el colegio, por lo que a él le han informado.
Doña Vicky hace constar que el colegio cuenta con alguna imitación del cuerpo humano, desmontable y sintética, con todas sus vísceras al aire, que nadie utiliza, y que si se acuesta a esos maniquís o muñecos boca arriba y se les cubre con una sábana, pues ya tienes así como cadáveres sobre los que trabajar en clase, y no hace falta ir a por tanta sangre y tanta casquería pringosa a ningún lugar desagradable.
A todas luces estaba ganando el no, el no más rotundo, y a don Salvador -interesado por algún motivo en probar esa experiencia innovadora- se le abombaban las órbitas oculares viendo a un lado y a otro de la concurrencia cómo permanecían en una irritante pasividad algunas personas a las que él suponía interesadas en ampliar horizontes pedagógicos, y que por lo tanto podrían inclinar la balanza del lado de sus preferencias. No comprendía que afectaran una recatada indiferencia y menos aún que exhibieran inalterables aquellas solemnes caras de póquer, así que finalmente se decidió a levantar la mano él mismo para pedir su turno de palabra, según consta:
Don Salvador se lamenta de que los alumnos vean ya en la televisión numerosos ejemplos fantasiosos y deformantes de semejantes labores en las series de policías, por lo que más que vídeos y herramientas virtuales,piensa que lo que más educa en su opinión es la verdad desnuda, la verdad de la vida, o sea, acercarse a esa realidad sin prejuicios, desmitificándola, como lo más normal del mundo.
Doña Basilia alega que basta ir al mercado y detenerse en la carnicería, o en la pescadería, niños o mayores, para encontrar ahí piel y carne troceadas y hasta sangre chorreando en las bandejitas precintadas de los filetes. Que lo otro es un paso más, nada más.
Doña Yoya dice que piensa en su infancia, cuando sus hermanos y primos, y ella misma, ponían bajo la lente del microscopio patas y alas de mosca, y hasta algún pelo arrancado a alguien para mirar su raíz bajo los aumentos, todo por la natural necesidad de descubrir, y que esto que se discute esta tarde es algo así pero más amplio, más complejo y elaborado, de lo que no está bien privar a aquellos entre quienes debemos fomentar la inquietud de la experimentación.
Doña Valentina desea reiterar que le parece una guarrada y no tiene más que añadir.
Don Cleofás desistió de trasladar a su acta imaginaria lo que se dijeron cuando en la sala por fin se enzarzaron en una polémica abierta los partidarios de una y otra postura. En medio de la refriega sólo retenía las interrupciones, las reiteraciones, los titubeos en frases entrecortadas, los “pues yo digo y repito”, los “no he acabado”, los “no me malinterpretes” o “no tergiverses lo que digo”, los “no se peleen, parecen políticos”... Se veía que ya le faltaba práctica. Sólo pudo atender por completo un comentario de don Atilio, claro por lo corto y por lo coincidente con un silencio casual e inesperado en medio de la trifulca, y por lo tanto apto para cualquier acta ficticia en condiciones:
Don Atilio pregunta que, a todas éstas, qué padres o madres autorizarían a sus niños ese tipo de visita “cultural”. Dice que estamos discutiendo para nada.
La Directora salió repentinamente de su prolongado mutismo institucional para responder a don Atilio que esta actividad ya había sido organizada por numerosos centros- aunque al principio se recibiera con la lógica aprensión- “precisamente por el furor que está haciendo en toda la comunidad educativa, también en padres y madres”. Ahí tuvo doña Sole el anhelado indicio para decidir en qué dirección lanzarse en medio de la refriega claustral; al fin la Dirección le dejaba atisbar discretamente la consigna a seguir, y con uno de los argumentos mejor utilizados por doña Sole: era frecuente que pusiera de su parte el supuesto parecer de los padres -considerados así, en bloque- como última palabra . En este caso, sus frases le salieron en tromba por el nerviosismo acumulado, su vozarrón perdió firmeza y se dio de lleno con la oposición persistente de los partidarios del no, así que el asunto en discusión quedó sin remedio en unas agotadoras tablas.
Frustrado y sin energías, don Salvador reparó en Gedeón, cuyo embelesado rostro revelaba una indiferencia insultante a todo lo que se había tratado, si es que se había enterado de algo. Sus ojos parecían gozar, en algún lugar de su mente, del blanco resplandor de las flores del naranjo, de la sonrosada piel de sus frutos y de la verdura de sus troncos. Aún permanecía sentado a la mesa, tal vez sin percatarse de que ya se había cerrado la sesión y de que algunos empezaban a levantarse. Por despecho o por envidia, Salvador lo arrebató de su nirvana sonámbulo interpelándolo en voz alta:
 "¿Y tú no tenías nada que decir, Gedeón, no te interesa esto?, le preguntó casi con aspereza. "Estábamos hablando al fin y al cabo de lo tuyo, Matemáticas y Ciencias Naturales, y tú en la inopia..." Y remató: "¡Qué feliz eres, jodío!"
Gedeón respondió apenas con miradas ausentes a través de pestañas soñolientas; movía los labios musitando algo en voz muy baja, no se sabía qué. Varios a su lado de la mesa tensaron el cuello para poder oírle declamar lo que esperaban fuera otra letra de tango, tal vez inoportuna. Pero Gedeón, subiendo la voz hasta hacerla totalmente audible, hizo notar al fin que esta vez, en consonancia con la inquietud ambiente, desempolvaba los versos románticos de don José de Espronceda:
“...Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.”




martes, 1 de marzo de 2016

DON GEDEÓN Y EL COMETA


A don Gedeón no sólo le sobrevenían evocaciones del tango cuando intentaba enseñar Matemáticas; también le ocurría al revés, que se le colaban en la sesera los decimales o la suma de ángulos durante sus sesiones de baile. En esas ocasiones se ofuscaba, renunciaba a bailar y simplemente observaba sentado a una mesa de su local favorito, un bar nocturno en la zona portuaria que acogía sesiones de tango para aficionados y curiosos. Se limitaba entonces a escuchar la música. “Es otra forma de llevarlo”, se decía él. De todos modos, recordaba, el tango había empezado gustándole más bien como canto -¡esas melodías y esas letras inolvidables!- y sentado podía saborear aún más la belleza de esas joyas conocidas, y de algunas otras desconocidas que él no había descubierto ni en los discos de antes ni en el Youtube de ahora.

Con la copa delante, se dedicaba a mirar cómo iban llegando ellas al baile, locuaces y encantadoras, dispuestas a entregarse a unas cuantas horas de pasos ensayados, giros y casi contorsiones. Llegaban vestidas de calle, llevando en la mano el bolso ancho donde traían el vestido y los zapatos para la danza. Después las observaba entrar al baño o a un cuartito que el local había dispuesto y de ahí las veía salir transformadas, seductoras y más serias, a tono con el rito de pasión y tragedia que sus cuerpos iban a oficiar. Ellos, por su parte, solían llegar de la calle ya trajeados para la ocasión, algunos con ropa convencional y otros casi disfrazados con el sombrero ladeado, un pañuelo cruzado sobre el pecho y la chaqueta ceñida, como compadritos de antes; casi no saludaban ni miraban al llegar y permanecían callados con semblantes severos como estatuas precolombinas, hasta que ellas reaparecían a su lado deslumbrantes y misteriosas.

Gedeón era de los que prescindían de tanta impenetrable rigidez; saludaba, conversaba al llegar y, cuando no bailaba, daba rienda a que sus ojos se le fueran a un punto y a otro del estimulante espectáculo que le rodeaba. Sabía de todos modos que llegado el momento de bailar, entonces sí, tocaría hacerlo como si en cada pareja hombre y mujer no se vieran, ni les importara verse, convirtiendo el rostro en una máscara altanera extraña al deseo del cuerpo, a su estremecimiento o a su sudor.

Sólo rara vez alguna bailarina se dejaba llevar por el éxtasis de la música y el movimiento -cuando no del amor- evidenciando la emoción en su cara con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos. Así lo hacía la última noche en el local una muchacha menuda de pelo corto y negro que bailaba sola; que lo hiciera vestida con suéter rojo y unos jeans corrientes permitía suponer que había venido en principio sin intención de bailar y que finalmente, aficionada sin remedio, había acabado cediendo a la fascinación del ambiente. Don Gedeón andaba todavía ocupado en repeler de su mente las últimas intromisiones matemáticas y tardó en darse cuenta de que aquella chica del suéter rojo bailaba con zapatillas de deporte, manteniéndose todo el tiempo de puntillas sobre sus pies para compensar la falta de tacones altos. Y distraído con los atuendos, los estilos y las proezas que se exhibían de un lado a otro, tardó aún más en verle la cara y darse cuenta de que, mira por dónde, se trataba de doña Rocío, la profesora de 3ºB.

Gedeón tuvo una reacción involuntaria: desplazó su silla un poco más allá de la mesa para ocultarse en la sombra de una pared cercana. ¿Qué intentaba ocultar? Él mismo se respondió que nada, por supuesto. ¿Rechazaba a doña Rocío, le caía mal? No, en absoluto. ¿Entonces, Gedeón, no te agrada este encuentro, que es toda una sorpresa? Uhmmm... no sé. Pues aclárate, se conminó. Ah, pues... es que Rocío (doña Rocío) pertenece al mundo del día y la obligación, ese mundo de niños, familias y convenciones forzadas; por el contrario, este otro mundo nocturno es el mío personal, esto es mi reino, o era mío hasta hace un momento y acaban de asaltarlo, ya no será lo mismo... ¡Gedeón, mira que eres maniático!, se recriminó él solito.

La observó con mayor detenimiento bajo la sombra protectora, primero con aprensión de asediado, después con curiosidad. Doña Rocío recorría la pista con pasos y posturas admirables sobre la punta de sus pies y sin bajar los talones al suelo, con una resistencia muscular considerable. Se habían esfumado por fin los últimos rastros de ángulos, decimales y fracciones, como por ensalmo. La muchacha giraba sola, en un desafío frente al absurdo de bailar sin pareja y sin la ropa adecuada. Seguía exteriorizando el entusiasmo íntimo que la embargaba con los ojos entrecerrados y la barbilla alzada. Tendrás que reconocer, Gedeón, que el tango no te pertenece en exclusiva, que ella gira en un mundo también propio y extraño, tal vez más que el tuyo. ¿Como no había sabido don Gedeón que doña Rocío tuviera tanta ley a aquella música, a aquellos movimientos? Es que en realidad no la conocía, reflexionó. Cada vez que él iba a hablarle, o que ella se dirigía a él para algo trivial o necesario, aparecía doña Sole, la de 4ºA, interrumpiendo; hablaba en su lugar o les cortaba el diálogo con arrumacos dedicados a Rocío: “¡Ay, con lo que vale y no tiene novio!”, exclamaba por ejemplo, haciendo prensa con la punta de los dedos en los mofletes de la muchacha, o regalaba en voz alta cualquier otra majadería, íntima o no (tanto le daba), que retraía a la chica hasta donde la joven no parecía reparar. Desde que doña Sole se le adhirió como una gemela, Rocío se había dejado proteger por ella anulándose, reduciendo el contacto espontáneo con el resto del mundo y haciéndose más frágil, ganada por las dádivas y las intrigas en que la ceñía la otra, más resuelta y astuta. Gedeón recelaba  de doña Sole, a la que veía labrarse una interesada influencia en todos los asuntos administrando con pericia cuchufletas, adulaciones y enredos.

Algo frágil y hermoso había en aquella danza en soledad, a pesar del valor decidido con que Rocío se exponía y a pesar del aguante de sus pantorrillas. Los focos móviles que recorrían la suave penumbra de la sala, recorriendo su cuerpo y su rostro la confirmaban como Rocío, la profesora, y la revelaban también como un insondable tesoro por descubrir. “Un cometa perdido en el planetario”, pensó Gedeón, que sin darse cuenta iba mudando su disposición de ánimo. Cambió el tema musical y doña Rocío no descansó: permaneció en la pista esperando lo compases de lo que sonó enseguida, el viejo y querido A media luz.

Corrientes tres, cuatro, ocho,
segundo piso ascensor,
no hay porteros ni vecinos.
Adentro cocktail y amor.

...no hay porteros ni vecinos”, prometían los versos de Carlos Lenzi, acentuados por los compases melancólicos de la orquesta, y resultaban persuasivos en aquellas circunstancias. Doña Rocío seguía evolucionando con fluidez sobre la pista, en apariencia dueña del curso de su trayectoria, sola pero libre del argot del trabajo, del sesgo reglamentario de cada jornada y de la masa de niños en fila o en avalancha; tan libre como él. 

Juncal doce, veinticuatro,
telefoneá sin temor.
De tarde, té con masitas;
de noche; tango y cantar.

Ya no podía ser de otro modo. Quedaba al fin el camino franco para el encuentro de dos libertades, por lo que pudiera suceder, o no, en la reserva de la media luz, entre giros solitarios que habrían de coincidir por casualidad en el Universo, sin más guía ni testigo que la voz que cantaba. Se levantaría de la silla, abandonaría el escondite y se le haría visible.¿Qué otra cosa cabía sino eso?

Los domingos, tés danzantes;
los lunes, desolación.

Los lunes desolación”, recordaba la letra; pues había que combatirlos, sí señor, había que ganarles la partida. Gedeón emprendió el camino hacia doña Rocío (o Rocío) despacio, sorteando las parejas y sus contorsiones, aproximándose como quien quiere evitar la brusquedad de una sorpresa y complaciéndose en el espacio, más reducido a cada paso, que faltaba para acercarse. Se detuvo clavado en el piso cuando vio aparecer de repente a doña Sole, que llegó antes que él a Rocío. “¡Rediez, la que faltaba!”, berreó Gedeón internamente. No la había visto venir. Tenía los hombros esquinados y el culo contraído, la Doña Sole. Estaba trajeada de hombre, de compadrito, con el sombrero a un lado, el pecho bajo un pañuelo ostentoso, las manos en los bolsillos de la chaqueta y los codos como quillas atropellando a un lado y a otro. Cogió a Rocío de un brazo y empezaron un tango a dos. Doña Sole no tenía la gracia ni la cadencia que sobraban a Rocío, que giraba delante de ella, la envolvía con una pierna, deslizaba los pies a un lado y a otro hasta abrir casi del todo las piernas,cargando coon el esfuerzo del baile. Las dos, pétreas y glaciales en apariencia; las dos, jugando a no verse ni reconocerse, con el ademán de una obstinación ciega e inconsciente, daban el espectáculo más inesperado, sobre todo para don Gedeón.

Camino a casa, rehuyó especular sobre las probabilidades estadísticas de que algo así pudiera pasarle a uno, como a él le había pasado. Se había desvanecido un cometa a pocos metros de sus narices. Le empezaba a doler la cabeza y le atormentaba amargamente la duda sobre sus futuras noches de tango. Cómo podría afrontar en adelante, y en su local amigo, lo que iba a ser ya sin duda una invasión colectiva, la contaminación de su aire y la pérdida del íntimo sabor de cada copa.