sábado, 21 de abril de 2018

FANTASÍA OPUS 12

El afinador de pianos encontró una mañana, en el mecanismo interno del instrumento que afinaba, el diario de doña Sole y, en vez de devolvérselo a su dueña, lo ocultó en su caja de herramientas. La curiosidad lo impulsó a leerlo aquella misma tarde. En aquellas páginas estaban fechadas y comentadas cada una de las visitas y revisiones que él, como afinador, le había hecho a lo largo del tiempo, con el detalle de sus cambios de aspecto sucesivos, sus pequeños retrasos cuando se produjeron y las fórmulas de saludo y despedida que no recordaba haber ido alterando. En total, eran ya nueve años desde que había empezado a afinar aquel piano y en el diario de doña Sole se volvía a ver a sí mismo con el bigote que un día suprimió, con la coleta que dejó de hacerse o con aquellos varios pantalones de pinza, y hasta con la cazadora de leñador que envejeció decolorándose… Sin embargo él no recordaba, así de pronto, el aspecto que tenía doña Sole en cada una de aquellas fechas. Repasó mentalmente y la fue recuperando como había sido: más dulce y sonriente al principio, con prendas aún juveniles; más recargada y provocativa después, con un brillo devastador en los ojos; finalmente, sobria y mustia como en la actualidad. Las anotaciones venían acompañadas de los títulos de las piezas que ella siempre se hallaba tocando cuando él llegaba. Al verlas anotadas de seguido, nota tras nota debajo de cada fecha, reparó en que eran las piezas más apasionadas o intimistas del periodo romántico. Ni se había fijado en eso.

La anotación final, por supuesto, no podía contener referencia alguna sobre aquella última visita, ya que él se había apropiado del diario; en cambio, el último apunte expresaba la confesión de que su propietaria lo había dejado esta última vez bajo la tapa del piano a propósito, como punto final a una pasión que empezó en agradecimiento hacia él por ser la única persona de la que tenía ayuda y estímulo para seguir interpretando la adorada música, sin que él lo supiera; pero fue por su oído y su técnica unidos al afinar, y por la delicada pericia con que trataba a su querido instrumento -con esmero de amante entregado y conocedor- que ella lo fue interiorizando hasta adorarlo despierta y en sueños, del embeleso a la exaltada ilusión, sin importarle delatarse esperándolo ante el teclado con aquellas notas de amor tan descaradamente reveladoras para quien supiera escuchar... Y así año tras año, hasta acabar todo en desengañada tristeza, dispuesta ella a no tocar el piano nunca más después de la Fantasía Opus 12de Schumann con que lo aguardó por última vez aquella mañana.

Las circunstancias no permitían excusa profesional para visitar a doña Sole con la esperanza de que aún no fuera demasiado tarde. Tendría que volver a aquella casa poniendo sobre la mesa todas las cartas de su sorpresa y su interés recién nacido por ella. No era posible que acabara así la historia con la mujer cuya atención por él había sobrevivido al bigote, a la coleta, a los pantalones de pinza o a la cazadora de leñador que envejeció decolorándose sin que a nadie –ni siquiera a él mismo- le hubiera importado un pimiento.

Ilustración inicial: autor desconocido.

Schumann: Fantasiestücke op 12 - Intérprete: Yeol Eum Son


EL SAURIO, EL TRADUCTOR Y LA BELLA


El esfuerzo por traducir los bellos textos -esa difícil y puntillosa fidelidad a las intenciones de la obra ajena- le deparaba al traductor un goce inusual de lectura, vedado comúnmente al lector habitual que busca en las palabras su inmediato e irreflexivo disfrute. El goce para el traductor consistía en apreciar amplificado, como en una gigantesca pantalla de plasma, todo el talento, toda la musicalidad, toda la belleza que contenían, en ajustadas dosis, las palabras, frases y párrafos de los textos que traducía, merced precisamente al trabajo lento, dubitativo a veces, que acarreaba detenerse en cada vocablo o giro del original hasta conseguir los equivalentes acertados en un idioma distinto. Era por esto su empeño en contemplar, a través de los cambios cromáticos de un camaleón que poseía, todos los matices de piel de su comprensiva amante, que se tumbaba boca arriba y cerraba los ojos, dejando escapar alguna risita nerviosa al sentir al saurio, recorriendo con morosidad sensual los promontorios, las planicies y las oquedades de su cuerpo. El traductor conocía la lentitud con que el cuerpo del camaleón pasa de un color a otro, cosa que no ocurre sin que se demore en un punto haciendo visible toda una gama de colores o matices intermedios; así que se recreaba contemplando cómo era la bella... "traducida", centímetro a centímetro, en los cambios meticulosos del animal, que siempre quedaba a un palmo de los labios, sin alcanzar nunca la boca tentadora: el traductor -inclemente- lo apartaba cada vez de la mujer tendida antes de dejarlo llegar a esa zona de la cara que habla por sí misma, siempre coloreada por alguna de las variedades del carmín que se encuentran en el mercado.

Para Juan Carlos de Sancho

miércoles, 18 de abril de 2018

LA CADUCIDAD DEL DOBLE

.Para Isabel De La Llave Cadahia
Nunca me revelaron en el periódico cómo fueron localizados los tres dobles que suplantaron durante años al general Isaac Rodrigo (jamás se mencionaba su segundo apellido), el dictador recientemente depuesto por un golpe de su propio ejército. Tan sólo podía saber que entre los miembros de nuestro Consejo de Administración había alguna persona influyente, bien relacionada con las élites políticas y financieras de ciertos países, y capaz por tanto de localizar y reunir a aquellos servidores ocultos del régimen derrocado. El redactor jefe tampoco supo, o tampoco quiso decirme, cómo convencieron a los suplantadores oficiosos para que se prestaran a coincidir en la larga entrevista a tres que me estaba encargando. Le pregunté cómo podía asegurarme, al menos, de las tres identidades.  
-Ahí tendrás las manos libres para averiguar lo que quieras, pero advierto que tendrás que ingeniártelas -me advirtió el redactor jefe-. Son seres a los que se les ha inventado una identidad nueva cuando han dejado de servir como sustitutos, alejados de su país y con una nueva personalidad. Y, además, durante el tiempo en que sirvieron al poder, los servicios secretos escamotearon al mundo su identidad, por supuesto: los mantuvieron desaparecidos del todo y recluidos quién sabe cómo y dónde.
-¿Por qué son tres?- pregunté. El redactor jefe levantó un momento la testuz y se quedó ensimismado como a quien hacen de pronto reparar en lo que no había pensado, con la vista fija en mi corbata nueva. Finalmente se encogió ligeramente de hombros.
-Eso tendrás que averiguarlo tú en la entrevista a tres -concluyó- aunque tal vez ni ellos conozcan el motivo; esa respuesta correspondería darla a los oscuros funcionarios que organizaban al dictador ese servicio tan sumamente discreto. Para lo que sí te pueden servir los tres dobles (digo “pueden”) es para describirte la vida que llevaban, cómo los preparaban para hacerse pasar por Isaac Rodrigo y las ocasiones más importantes en que tuvieron que hacerlo, o las más peligrosas. Es posible también que sepan algo de la trastienda de la dictadura, en ese sentido podrían ser un filón y deberías saber aprovecharlo con morbo.
El redactor jefe añadió finalmente, cuando yo ya cerraba la puerta detrás de mí: “Por supuesto, en tu entrevista no habrá fotos si no consigues convencerlos; de momento se niegan en redondo a salir de su exclusivo anonimato, pero necesitamos esas imágenes...”. Le dirigí con los ojos una resignada señal y me marché a la calle -era mi hora de salida- aunque antes de irme a casa visité un acostumbrado parque para poder pensar en el trabajo que me aguardaba. El día se había nublado de repente y el sol avasallador, que se había enseñoreado de la ciudad, cedió casi de repente a una luz indirecta que daba a todos los colores una consistencia más definida y más civilizada.
'¿Cómo serían esos tres sujetos?', pensaba sentado sobre un banco del parque cuando se me acercó una niña que corría jugando sola sobre los parterres y se detuvo a unos pasos frente a mí, con la mirada fija en mi corbata nueva; era una corbata amarilla con deslumbrantes adornos falsamente mitológicos que yo llevaba por cumplir con quien me la había regalado. Mientras tanto, seguía pensando en los dobles: '¿Les habrían quedado los gestos y maneras de cuando eran aclamados por la muchedumbre como al verdadero general?'. Interrumpió mis cavilaciones una joven alta de paso lento y acompasado que a mi altura dirigió la mirada un instante, sin disimulo, a la corbata colorista que colgaba de mi cuello; después siguió su camino ignorándome al ritmo de una melena negra y brillante que ondeaba a su paso. Yo disipé la impresión que me causó la chica y mi turbación por la corbata volviendo a mis pensamientos sobre el gobernante derrocado y sus tres dobles: '¿Se le parecerían tanto como gemelos?', me preguntaba. El depuesto y huido Isaac Rodrigo -recordaba- tenía un aspecto muy español: moreno, nariz aguileña, la frente elevada y estrecha, el cabello negro peinado hacia atrás. Era alto, más espigado que atlético, lo que compensaba con exageradas hombreras tanto en uniformes militares como en atuendo civil. Su nombre y su apellido, para mi enfado, recordaban a los músicos españoles Isaac Albéniz y el maestro Rodrigo; me sentaba como una pedrada, que semejante tirano se relacionara, aunque sólo fuera por el nombre, con esos dos creadores de belleza.
Tan desconocida para mí como los servidores del tirano era la mansión a la que me dirigí en el día señalado para encontrarme con aquel trío de dobles que me esperaban en ella. Estaba ubicada en una lejana e inaccesible zona residencial que siempre había visto al pasar, desde la carretera. Ni tiempo tuve para observar el edificio ni los huertos y jardines que lo rodeaban. Un individuo empleado de la casa se encargó de dirigirme con precipitación a la parte trasera del caserón; una vez allí abrió una puerta que estaba cerrada con llave y me introdujo por lo que parecía ser una entrada del servicio. Antes de penetrar en el edificio recordé de pronto imágenes olvidadas y accidentales de aquella zona muchos años atrás en excursiones casuales, cuando era más agreste, con casas rústicas que daban a la carretera, con filas de almendros y robles tras los muros, pero la premura de aquel hombre me impidió asegurarme de mi repentino recuerdo. El tipo me condujo por sucesivos pasillos iluminados por amplias lámparas que pendían del techo hasta hacerme llegar a la sala donde aguardaban los tres 'exdobles'. Hecho esto, desapareció. Eché un vistazo a la sala. No contaba con el mobiliario ni la decoración que correspondían con su amplitud ni con la apariencia externa del edificio: apenas algún cuadro con escenas de caza y, en medio de la pared más amplia, un gran espejo con marco de madera tallado que tenía delante una mesa tocador con patas de araña. No en el centro -que resultaba desierto y desaprovechado-, sino en un ángulo extremo de la sala, en torno a una mesa baja, había cuatro sillas, tres de las cuales estaban ya ocupadas por los que con toda seguridad eran los antiguos dobles de Isaac Rodrigo. Ni se levantaron ni respondieron al saludo que les dirigí al mirarlos. Se limitaron a observar sin expresión y así continuaron siguiéndome con la vista en mi camino hasta la silla vacía, junto a ellos, lo que resultaba incómodo e inquietante. Al escrutarlos de cerca, vi que no eran réplicas exactas del depuesto general, y que sus rostros sólo revelaban un confuso parecido físico con él. Uno de ellos había engordado exageradamente, otro parecía mucho más joven que sus compañeros y que el dictador, aunque lucía una avanzada calvicie, y otro, el mejor vestido y peinado, sorprendía por un tinte capilar trigueño del todo inesperado. Cada uno a su modo, eso sí, poseía un cierto aire remoto de parentesco con el depuesto gobernante, hasta el punto de que me pareció hallarme ante unos hermanos o unos primos desconocidos del general Rodrigo en pleno encuentro familiar.
Reaccionaron con silencio unánime cuando les pregunté sus nombres. No me respondieron y permanecieron examinándome. Apenas se miraron entre ellos hasta que me vieron desistir y bajar la cabeza hacia mi bloc de notas. Empecé a temer que todo aquello fuera una pérdida de tiempo y ya me veía a mí mismo dando explicaciones inseguras al redactor jefe de un miserable resultado. Les pregunté también a los tres cómo empezaron su antigua labor, cómo entraron al servicio del general precisamente con el cometido de hacerse pasar por él. Volvieron a mirarse, inseguros, pero, esta vez al menos con una leve señal de interés, comunicándose con los ojos las dudas sobre una posible respuesta, que se hizo esperar:
-Pues no sé -dijo el del pelo teñido-. En mi aldea me decía siempre todo el mundo que me parecía mucho a él, y hasta llegaban curiosos de otros lugares intentando verme y comprobarlo. Un día aparecieron en un coche negro unos hombres que trabajaban para el Estado y me dijeron que la Patria me necesitaba, que yo podía rendirle un buen servicio. Así fue todo.
Los otros dos hicieron suya la explicación asintiendo con la cabeza y confirmando con señales del dedo índice hacia el que había hablado, pero no añadieron nada más por su parte, dando a entender que su caso era idéntico al que se había expuesto y no había más que hablar. “Eso mismo me pasó a mí”, llegó a decir otro. “Sí, fue así”, corroboró el tercero.
Tomé unas notas rápidas y les pregunté enseguida por qué ellos eran más de uno, si acaso el general necesitaba tener varios dobles disponibles. También les hice esta pregunta a los tres indiscriminadamente, con la esperanza de que al menos uno de ellos respondiera.
-Verá -se animó a contestar el gordo-, igual que usted tiene que cambiar la foto en su cédula de identidad, como todo el mundo, porque las personas con el tiempo cambian, ¿no es cierto?, pues el general cambiaba su aspecto y su doble también, pero cada uno a su manera, perdiendo el parecido que tuvieron en su momento, ¿me explico?, y es entonces cuando había que retirarlo y buscar a otro con parecido suficiente.
Como la vez anterior, los que habían estado callados asintieron apenas con exclamaciones y gestos. A cada pregunta, contestada o no, le seguía un silencio incómodo en el que yo esperaba inútilmente alguna explicación suplementaria, alguna ampliación de las escuetas revelaciones que me hacían. Para evitar estas pérdidas de tiempo, con su incomodidad consiguiente, decidí renunciar a preguntas concretas y proponerles en cambio que me contaran sucesivamente, cada cual a su modo, lo que recordaran y tuvieran a bien revelarme sobre sus experiencias durante aquel servicio a la Patria: lo que vivieron, lo que vieron, lo que llegaron a saber...
Otra vez se quedaron pensando y cruzándose miradas. Reaccionó de pronto el más obeso poniendo como condición que vaciara mis bolsillos y me dejara cachear; no querían grabadoras ocultas ni cámaras de foto escondidas. Accedí y, de inmediato, adoptaron los tres a un tiempo una actitud resolutiva y un aire de autoridad marcial incontestable, a tono con el personaje que habían representado casi toda su vida. El de apariencia juvenil se levantó con rapidez, me ordenó ponerme en pie y me vació lo bolsillos depositando sobre la mesa las llaves, la cartera, una pequeña cámara de fotos, algunas monedas sueltas y la corbata de falsos motivos mitológicos que yo, harto de ella, había decidido llevar oculta y enrollada en un bolsillo.
Al volver a sentarme vi cómo inspeccionaba mi cámara el que iba mejor vestido de los tres y lucía un tinte capilar trigueño, no sólo sometiéndola a inspección sino valorando además la posible calidad y la tecnología del artefacto, con ademán de experto. Acto seguido, los tres se pasaron sucesivamente mi corbata, que parecían escudriñar en principio como si ésta contuviera un plano secreto relativo a altos intereses de Estado; al momento rompieron a compartir risitas y burlas más bien afables sobre aquel complemento indumentario tan ostentoso que acababan de examinar, dirigiéndome miradas de sorna desde sus rostros jocosos. Una vez relajados, y antes de que yo pudiera esperarlo, abandonaron su envaramiento castrense y se comportaron como viejos compadres.
Uno de ellos, el más obeso, se desentendió la conversación con los otros dos, de las compartidas anécdotas de su país, de sus lugares de origen, de sus respectivos recuerdos de clandestinidad de lujo al servicio del tirano y de improviso se dirigió a mí, que permanecía callado:
-Verá -me dijo-, como le hemos dicho al principio, todo empieza un día en que aparecen por tu pobre aldea, o por tu barrio, unos hombres muy serios, preguntan por tus padres, se reúnen con ellos en el hogar y les proponen aceptar para su hijo, “tan parecido a nuestro General,carajo”, un destino seguro, bien remunerado, un cargo para toda la vida como servidor del Estado...
A partir de ahí, según me fueron relatando poco a poco entre los tres, habitaron las dependencias siempre custodiadas y ocultas de viejos palacetes ruinosos, o de recintos recónditos en cuarteles distantes o en viejas prisiones militares habilitadas para oficinas del Ejército, por supuesto en plantas inaccesible al público y al resto del personal, militar o civil. Tenían garantizados los cuidados médicos, las vacaciones vigiladas, las visitadoras sexuales, una jubilación y lo que con cierta pompa llamaban “formación” sus guardianes: visionados de la cantidad ingente y reiterativa, en filmaciones antiguas y actuales, de las apariciones públicas del General con las que los atiborraban una y otra vez.
Así le referí al redactor jefe cuando le mostré mi trabajo. Llamé su atención sobre las iniciales con las que podía citar a cada uno de los tres entrevistados en mis notas, puesto que al fin me habían facilitado sus nombres y apellidos, así como sobre las fotos a contraluz acentuado que me permitieron sacar, en un cambio de actitud desde su desconfianza inicial. No ahorré a mi jefe muchos detalles sobre lo siniestro e incierto que había tenido el encargo de marras, ni de la prisa con que abandoné aquella sala cuando finalmente cumplí con mi obligación. Esto último pareció importarle un comino: me miraba sonriente, interesado más bien por el tema del reportaje y complacido por el resultado:
-Esto de mantener dobles en nómina – dijo mi jefe-, y como una propiedad, es puro goce de poderío, un lujo de megalómano como los que se permiten los delincuentes adinerados que cubren de oro y obras de arte los baños donde mean y se cepillan los dientes. Ahora -añadió-, gracias a los contactos que han funcionado en este periódico, revelaremos un aspecto más de esta buena pieza: ¡el tal Isaac Rodrigo..!
Costaba creerlo pero yo le había oído bien: “Gracias a los contactos que han funcionado en este periódico”.., había dicho. Ni una palabra de reconocimiento a mi esfuerzo y mi mano izquierda, por lo menos. Yo miraba fijamente a mi jefe dirigiéndole una mueca sarcástica, por ver si así reparaba en su desconsiderada omisión. Pero sin resultado: no se daba por aludido por más que le insistiera con mis gestos evidentes. “Ordenaré que le reserven una página entera, con texto y fotos”, dijo ufano como si él fuera el autor del reportaje. No me parecía el hombre cauto que por costumbre soportaba el peso de la veteranía con frialdad y descreimiento. Fue entonces cuando me decidí a guardar mis notas y reservarme una última revelación inesperada, algo que había decidido dejar al margen de mis informes hasta ese momento, hasta poder valorarlo con calma:
Había un cuarto doble, el más misterioso, según me habían revelado mis tres entrevistados, confirmándose unos a otros aquella sorpresa final: se trataba  por lo visto del suplantador más reciente, una copia fiel del tirano en su edad actual, ahora que los años lo habían convertido en un abuelito de su propio régimen. “Pero en realidad aún no se le ha visto aunque muchos aseguran que existe”, me decían. No era difícil sospechar que aquel doble no visto, aquello tan vaporoso, era el propio Isaac Rodrigo, que preparaba así su evasión...
Nunca lo supe. Nunca se publicó nada favorable a esa hipótesis ni otras referidas a dobles, reales o supuestos. Reviso ahora mis carpetas de entonces, cuando realicé aquel trabajo, cuando era un joven reportero durante las caídas de las últimas tiranías bananeras, y sólo veo una copia de aquella entrevista mía sobre el derrocamiento de Isaac Rodrigo, que se esfumó para el Mundo. Encuentro también por sorpresa en una de estas carpetas viejas, sin explicarme qué hacía en una de ellas, aquella corbata amarilla con adornos chillones falsamente mitológicos.

sábado, 7 de abril de 2018

AJEDREZ PARA PRINCIPIANTES MADUROS (*)




El Alfil derecho veneraba a su altanera Reina blanca; el Alfil izquierdo, por el contrario, sucumbía al atractivo de la Reina opuesta, la negra. Tanto el Alfil derecho como el izquierdo parecían siempre impasibles, erguidos con gallardía sobre sus puestos, sin dar ninguna muestra de sus tormentos interiores.

El Alfil derecho se culpaba a sí mismo de aquella adoración tan servil como insubordinada, ajena a la bravura de su oficio militar, y el Alfil izquierdo juzgaba su atracción por la Reina enemiga una suerte de deslealtad con los suyos.

Cada uno de ellos creía que su secreto estaba bien protegido por su silencio férreo y su rigidez inexpresiva sobre el tablero. Pero se equivocaban los dos: la Reina blanca ya había sometido al dictamen del Consejo de Palacio aquella atención tan inconveniente, aunque disimulada, de su Alfil derecho; la Reina negra por su parte, cuando no se indignaba, bajaba la cabeza conteniendo en los labios una sonrisa vergonzosa por las ardientes miradas que desde lejos, más allá de las filas enemigas, le lanzaba aquel caballero blanco.

Desde las almenas de las Torres se observaban bien los sonrojos y las muecas nerviosas de aquellas supuestas contiendas de amor y desdén; en las columnas de la soldadesca abundaban entre los Peones rumores que agigantaban o retorcían los hechos.

El Alfil derecho y el Alfil izquierdo fueron desterrados por el Rey, entregados estratégicamente a las intrigas y los intereses en liza en el Palacio. Ni al uno ni al otro se les podía mencionar ni incluir en las crónicas del Reino pese a sus servicios probados. Sólo los juglares andariegos llevaban más allá de las fronteras los cantos que delataban la eficacia de la ingratitud en contubernio con el Poder, para memoria de los hombres y enseñanza de los siglos (¿...o era al revés?).

(*) Para Juan Carlos de Sancho

miércoles, 28 de marzo de 2018

11 nuevos breves

Los microplásticos que digiero, provenientes del mar, son de primera calidad y cocinados por los mejores chefs.
Que rabien los envidiosos.




Adquirió un iglú en el Ártico pero el continente ya había desaparecido; ahora navega sobre un bloque de hielo en compañía de tres focas y una docena de pingüinos, en busca de los promotores y agentes inmobiliarios que tan eficazmente le estafaron.

Odiaba tanto el poder que se quemaba teniendo la sartén por el mango.


¡Cada uno en su casa y Dios en la de todos!”, dijo la abuela primera. “Todos tenemos problemas”, añadió la abuela segunda, “y el que no los tiene sale a la calle a buscárselos”.
Las dos se dieron la razón con movimientos afirmativos de cabeza y se cogieron del brazo para dar el paseo e las tardes.

(Y quien no tenga abuela, que se aprenda el Refranero)




Por muy breve que fuera, aquel cruce de miradas no me cabe en un microrrelato.



TERRORES MUY FORMALES
De noche le espantaban aquellos telefonazos a tan altas horas: sus pesadillas, de paseo por la ciudad, le avisaban siempre de su vuelta a casa.


Y PUNTO

Pirateó por Internet los puntos del carnet por puntos, los puntos de las principales ligas deportivas y hasta los puntos de su operación de rodilla; lo intentó con dos de los cuatro puntos cardinales e incluso se bajó los 'punto en boca' necesarios para mantener todo eso en secreto, pero vivía temiendo que alguien, algún día, le pusiera los puntos sobre las íes...

EN SEMANA SANTA

Me asomé a ver el paso de la procesión del Ku Kux Klan. Portaban sobre un trono a un Judas viviente que pendía de un patíbulo con su bolsa de monedas. Éste me señaló con el dedo como al próximo reo de aquel linchamiento litúrgico. Desde entonces me camuflo bajo odiosos hábitos blancos y capuchas puntiagudas. 





EL guía del museo se alarmó al comprobar que las caras de los visitantes se repetían ya tanto como sus explicaciones.


El elefante olisqueaba el jardín especialmente embriagado por el olor de las rosas, hasta que una abeja le demostró con su aguijón los peligros de la flora civilizada.


SELECCIÓN muy NATURAL
Las olas que invadían las oquedades de aquel acantilado no arrastraban los desechos que dejaban los bañistas... sino a los mismos bañistas.


DIETÉTICA FUTURISTA
Aquel comensal presumía de estarse zampando un postre de cucarachas, alimento del futuro. Le advertí que eran dátiles.

viernes, 17 de noviembre de 2017

AEROPUERTOS


En estos tiempos de revuelo patriótico y furor identitario, vuelvo a soñar con aeropuertos. Me gusta frecuentar esos espacios impersonales,desprovistos de color local, superficies inmensas concebidas con lujo y sofisticación para apenas momentos de paso. Disfruto con la babel de lenguas que se suceden en los altavoces. Miro los paneles que consignan las salidas y llegadas de aviones, con sus procedencias y destinos, como si tuviera al alcance de la mano desaparecer rumbo a cualquier lugar del mundo dejándome llevar de un simple impulso. Todo parece estar abierto y al alcance de la mano. No cargo con mitos, leyendas ni símbolos que me señalen el camino para bien o para mal.

Veo la variedad de rasgos de pasajeros que facturan, esperan, embarcan o regresan sin tiempo ni necesidad para el arraigo ni la costumbre; veo en algún momento que entre toda esta gente se abre paso un equipo de tripulación: azafatas, auxiliares y pilotos que arrastran sus equipajes con ruedas camino a algún avión próximo a despegar. Durante el vuelo serán humanos: tendrán nombres, graduaciones, rutinas, rostros y gestos. En el vestíbulo extenso del aeropuerto, en cambio, son fugaces seres del aire que han accedido a avanzar apresurados entre la muchedumbre en tránsito.

Pruebo a permanecer en uno de estos espacios cosmopolitas sin ningún plan de volar, sin esperar a nadie tampoco, como quien visita una ciudad. Hay nutridos estancos y librerías actualizadas, supermercados, boutiques... En la cafetería-restaurante encuentro de casi todo, y casi todo ello aséptico, precintado, dispuesto de un modo práctico casi para ser dispensado y consumido en cadena de montaje, al servicio de lo indispensable.

Hay algo de orfandad y desamparo en estos paseos apátridas, con sensaciones de vacío, pero también el estímulo renovado para construirse sin las agarraderas protectoras de lo heredado o de lo ya aprendido.

sábado, 9 de septiembre de 2017

ADIÓS A LOS PUEBLOS PESQUEROS


En su infancia, Aníbal Fabián pasaba largos ratos siguiendo el vuelo de las gaviotas, a las que creía palomas grandes: las “palomas del mar”, como le insistía a sus padres. Con el tiempo supo que no eran palomas pero de todos modos las consideró siempre amigas, las aves marinas más cercanas a las personas y a la tierra firme, presentes en el cielo de los muelles, en las playas o en las costas escarpadas. Las asociaba arbitrariamente a los viajes, a los luminosos días del verano y a la espuma de las olas; alguna vez le impulsaban a tararear alguna vieja canción que se las evocaba ahondando su simpatía por ellas, así que jamás presagió que un día una gaviota le robara la cartera. Sucedió en la terraza de un modesto y pintoresco restaurante de la costa anexo al hotel donde se hospedaba. Él había acabado de comer, le habían dejado la cuenta sobre la mesa y ya tenía entre los dedos la tarjeta bancaria para pagar mientras en la otra mano sostenía su vieja cartera marrón con estrías y un dibujo marino grabado en el centro. Fue visto y no visto: un brusco aleteo repentino derribó la taza del café que estaba acabando y lo hizo dirigir la vista, incrédulo, hacia el ave que de inmediato se alejaba remontando el vuelo con rapidez endiablada. En la terraza todo el mundo lo miraba. “¡Fíjate, le ha cogido la cartera, se la lleva en el pico!”, oyó que alguien exclamaba en otra mesa. Fue ese comentario entre alarmado y divertido lo que le hizo reparar de golpe en aquella mano ya sin cartera, la cartera que en mala hora había sostenido con una suavidad absurda y arriesgada. Miró de nuevo, más dolido que furioso, a aquella gaviota ya muy distante que cruzaba el mar de la playa rumbo a unas montañas lejanas. Incluso contra sí mismo, se repitió los versos de Silvio Rodríguez: “¿A dónde te marchas, canción de la brisa/ tan rápida, tan detenida?”. Renegó de inmediato de aquella canción que asaltó involuntariamente su memoria porque el momento no admitía lirismo y no se concedió ni un segundo de complacencia en aquellas notas que ensalzaban una gaviota en vuelo. Un camarero se le acercó para ofrecerle un licor cortesía de la casa, “para endulzarle el desagrado por el incidente, señor”. Aníbal Fabián levantó la cabeza y vio que en aquella terraza todo el mundo seguía mirándolo. Después dirigió de nuevo la vista con vergüenza a su mano vacía, una mano ridícula y atontada al final de un largo brazo acodado sobre la mesa. Finalmente, rechazó el licor ofrecido. Su estómago sobresaltado, que ya ni conservaba siquiera la satisfacción del almuerzo -una lubina gloriosa, de fiesta mayor, acompañada de un excelente Albariño-, no habría recibido bien el líquido.

Afortunadamente conservaba la tarjeta bancaria pero el resto de su documentación se había ido con la cartera: el carnet de identidad, el del club de baloncesto, una tarjeta de compras y unos 40 euros en efectivo, según recordaba, así que tras dejar la terraza se encaminó apresuradamente a dar parte de lo sucedido:
-Mire, caballero- le decía un guardia civil tras el mostrador del cuartelillo del pueblo-, usted no puede denunciar a una gaviota porque no es persona jurídica- Él se percataba de que, alrededor, los presentes en la dependencia habían suspendido sus quehaceres para escuchar con sorna y poco disimulo su intento de denuncia- Además, en realidad -continuó disertando el agente- no se puede decir que un pájaro robe; técnicamente, la gaviota no le ha robado la cartera.
-Pues yo no se la he prestado- replicó Aníbal.
Le sugirieron diera parte del hecho como pérdida y eso hizo para acabar cuanto antes, sin estar muy convencido. “Tampoco es muy técnico hablar de pérdida en este caso”, pensó. La atención sobre él y su percance había sido cada vez más descarada en el interior de la oficina policial y el agente que lo había atendido con corrección y gentileza no podía evitar, sin embargo, el asomo de una sonrisa jocosa. Al salir se vio rodeado a pocos metros por la chiquillería curiosa, que caminó tras sus pasos bajo el sol de la tarde a lo largo de aquella zona del pueblo pescador con casitas blancas y puertas azules recién pintadas, macetas con flores en los muros de las azoteas y en algún caso una barca cerca de la puerta. Aunque algunas de esas casas llevaban tiempo habitadas como segunda residencia por forasteros, aquella seguía siendo la zona artesanal del pueblo, la que por largo tiempo debió constituir su núcleo vecinal y económico. Los chiquillos lo seguían cada vez a menor distancia; a su espalda, oía botar el balón con el se que debían disponer a jugar y oía también, por sus conversaciones, que estaban al tanto de lo de la gaviota rapaz y hasta del parte de lo sucedido que acababa de dar en aquella oficina policial. Tuvo la impresión de que olían a pescado. Todo aquel pueblo debía oler a pescado, no sólo la zona de pescadores: aquí y allá se capturaba pescado, se cargaba pescado, se empaquetaba pescado, se exportaba pescado, se cocinaba pescado, se servía pescado y, mayoritariamente, se consumía también. El olor debía de ser perceptible para todo tipo de aves marinas, incluso a muy larga distancia.
“¡Maldita mi mano floja!”, exclamó para sí recordando su percance de sobremesa; aquel modo blando de sostener la cartera -ahora que lo reflexionaba- pudo ser interpretado por la gaviota como una provocación o un ofrecimiento. Pero aquel grupo de chiquillos con balón se estaba convirtiendo en un nuevo problema; ya casi le daban alcance y no parecían dispuestos a dejarlo en paz. Aníbal los encaró y les sugirió que fueran a jugar al fútbol a algún sitio pero ellos no le hicieron caso, se quedaron mirándolo con la sonrisa en los labios.
-¡No molesten más al señor!- oyó que decía a su espalda la voz de una mujer- ¡Váyanse por ahí de una vez a jugar o a sus casas, venga!
Aquel grupo de pequeños energúmenos se disolvió enseguida sin rechistar. Se disolvieron serios y en silencio y además se dispersaron para reagruparse de nuevo unos metros más allá camino a algún lugar, botando el balón. A Aníbal Fabián le pareció que con ellos se disolvía también el olor a pescado que se había hecho tan próximo, o tal vez eran cosas suyas. Se giró y vio a una mujer joven de baja estatura y cara redonda en compañía de su perro parecido a un boxer, la que había dispersado a los críos. La mujer lo observaba con una sonrisa abierta y benévola. Vestía un pullover azul celeste muy ligero y holgado, debajo del cual parecía no haber más prendas, y un pantaloncito ajustado que llegaba a la pantorrilla. Parecía divertida: mostraba en los ojos, tras unos lentes redondos, chispas de malicia inquieta y penetrante difíciles de eludir.
-Hola, buenas, jajajá -saludó la joven de aquel modo antes de que él le diera las gracias por haber intervenido-. Disculpe, pero usted debe de ser el que tuvo el contratiempo con la gaviota, ¿verdad? No se moleste conmigo pero es que me hace gracia, sobre todo siendo usted tan serio, tan serio y tan largo, con ese aire tan severo, jajajá... no se ofenda. ¿Cómo pudo escogerlo a usted aquella gaviota?
-Bueno, aquel pajarraco era una encarnación de mi exmujer- contestó Aníbal, que no parecía haberse incomodado-. Ahí tiene la explicación.
La joven risueña se presentó como “Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo”. Se entretuvo en explicarle a Aníbal, para empezar, que las gaviotas son aves astutas, muy sociales y organizadas, y con un complejo sistema de comunicación. Él a su vez le dijo que se llamaba Aníbal Fabián, que era profesor de educación física desde hacía unos diez años e instructor de varios equipos de baloncesto infantiles y juveniles. Habían empezado a caminar juntos por las lindes del pueblo sin proponérselo explícitamente y sin haber pensado hacia dónde. Compartieron respectivamente anécdotas e incidencias del trabajo en las canchas juveniles y en los consultorios veterinarios; se sorprendieron del algunas coincidencias. Derivaron en la conversación hacia los viajes y las escapadas veraniegas, los lugares descubiertos, los idiomas practicados, los timos padecidos y los tratos impecables o no de algunas poblaciones y establecimientos. De ahí pasaron a las rutinas personales, los gustos culinarios, los paisajes de culto, algunas canciones y películas y los intentos por mantener lo que se podía de viejas aficiones que la falta de tiempo y las obligaciones intentaban relegar. Cuando ya se escuchaban uno a otro hablar de amistades y de viejos amores, el sol del mediodía había dejado paso a un dulce comienzo de crepúsculo. Aníbal, sin distraerse de lo que contaba la chica, miraba la porción de mar que se dejaba contemplar entre dos bloques de casas bajas; era un mar apacible del que sobresalía un farallón donde se detenían por momentos algunas gaviotas para reemprender al poco tiempo el vuelo. Presintió con cierta melancolía que Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo, había de ser uno más de esos descubrimientos fortuitos y deliciosos de los viajes que en el momento nunca parecen tan fáciles de olvidar como en realidad lo son, que él tal vez nunca volvería a aquel pueblo y, si lo hacía, lo podría encontrar muy transformado, como ocurría con tantas cosas cada vez más. En cuanto a las aves que observaba, se profetizaba a sí mismo que, como las juveniles gaviotas de Serrat, no habían de volver jamás.

El siguiente amanecer se alzó con una luz y una temperatura que a Aníbal le hubiera gustado que se prolongaran a lo largo del día: una claridad sin estridencias ni deslumbramientos acentuaba los colores sin devorarlos, desvelando su variedad y belleza; el calor amable no traspasaba invasivo el tejido del polo que se había puesto, tan sólo confería tranquilidad y valor para salir del apartamento al filo de la madrugada. Era un amanecer, se dijo, “reconstituyente”, como el paseo y el baño de mar que pensaba darse sin que mediara el café de la mañana ni ninguna infusión ni nada. Como deportista, había probado muchas veces esos chapuzones mañaneros después de una ligera caminata; eran algo energético, “combustible” para todo el día. Salió del hotel y pasó junto a la terraza del restaurante ahora sin mesas ni sillas, parecía una modesta placita rodeada de parterres florecidos. Encaminó sus pasos hacia la pequeña playa con la toalla doblada sobre un antebrazo. Disfrutó de caminar en silencio y, más aún, de no ver a nadie en aquella zona ligeramente más urbana y cosmopolita del pueblo. Llegó a la playa, que nunca antes había visitado a esa hora y “¡Vaya!”, exclamó, allí estaban ellas, las gaviotas otra vez, sobrevolando el lugar, ocupando las rocas que destacaban del agua y la pequeña bahía de arena que aún no había sido cubierta por el pedregal conformado por las olas. Iban de un lado a otro sobre el arenal o las rocas, o bien aterrizaban o emprendían el vuelo según les pareciera. Y eran numerosas; recordó que Duncan Dhu cantaba aquello de cien gaviotas dónde irán. “Coño”, pensó, “pues aquí se han juntado más de cien”. Relajadas y ajenas, no se cuidaban de aquel hombre espigado, con polo, bermudas y chancletas que decidió seguir observándolas y contemplando el paisaje, renunciando a pasar entre las aves camino al agua. Era el turno de ellas, pensó, y decidió respetarlo. Una hora más tarde emprendió el regreso al hotel satisfecho otra vez de no ver a nadie pero ignorando que él sí era visto y vigilado. Aunque no caminara nadie por aquellas calles, aparentemente, se sabía ya de dónde venía él y qué había hecho allí, a juzgar por los cotilleos que se propagaron más tarde. Aunque todas las puertas y ventanas parecían cerradas a piedra y barro, siempre se debe pensar que hay alguien que fisga y acecha para divulgar después, y esta vez con añadidos prejuiciosos y retorcidos: durante el tiempo que permaneció en su habitación de hotel hasta el almuerzo, Aníbal Fabián no supo que se había extendido durante la mañana, con bastante mala entraña o bastante necedad, que “ese turista tan largo, tan largo y con la cara tan tristona, al que una gaviota le birló ayer la cartera al vuelo, estaba buscándola esta mañana en la playa para distinguirla de las demás y atraparla; se le ha ido la olla”.

Aníbal llegó a la terraza del restaurante llevando su ropa más ventilada y protegiéndose con gafas oscuras. El sol imponía su esplendor avasallando al límite del calor y deslumbrando sin ningún reparo. Junto a las mesas habían instalado sombrillas altas que suavizaban en gran parte la situación. Prescindió esta vez del pescado, a pesar de ser especialidad reconocida del lugar, y se decidió por una ensalada exótica seguida de una tortilla española con cebolla y en jugo de tomate; para acompañar todo eso pidió una botella mediana de espumoso rosado Casal Mendes y viva Portugal, concluyó. Miró con poca curiosidad a la concurrencia en lo que esperaba los platos. Le extrañó mucho que aún lo miraran con velada curiosidad, o con una sorna que en algunos casos era ya burla desafiante. También sorprendió sin explicárselo caras de preocupación que parecían estudiarlo. Él ignoraba que lo podían considerar un ser etravagante, si no un pertubado, debido a los rumores que habían circulado aquella mañana. “Ya se cansarán”, se dijo. Se concentró en la comida desde que le sirvieron y, al acabar, quiso responder a toda aquella burla y a aquella expectación casi persecutoria que había aguantado desde el día anterior, sorprendiendo a su vez, provocando el desconcierto hasta descolocar. Se puso en pie cuan largo era -su cabeza sobresalía por encima de la sombrilla-, alzó la copa brindando a los asistentes de un lado a otro, girando el torso en un gesto torero, y ya había empezado a cosechar tímidos aplausos cuando un objeto que él reconoció como su cartera cayó desde lo alto sobre la sombrilla silenciando a los presentes. El objeto rebotó y acabó en el suelo, de donde lo recogió enseguida; lo abrió y extrajo antes de nada su DNI, que mostró triunfalmente también con la gallardía de un diestro. Esta vez nadie vio en el cielo ningún ser volador, vivo o artificial, alejándose en el cielo. La necesidad de sacar la cabeza debajo de la sombrilla, la severa brillantez del sol y la atención que pusieron a la cartera que cayó les hizo tardar en mirar hacia arriba. Se mantuvieron en la terraza las sonrisas y los gestos de celebración en honor de Aníbal hasta quel paso de los minutos dio tiempo a pensar que aquella casualidad, como casualidad, era demasiada casualidad, una casualidad inquietante y esotérica, incluso.


Nadie pudo notar en aquel comedor que era justamente Aníbal el más asustado. Había empezado a tener miedo, mucho, miedo hasta de sí mismo. Algo en su relación con aquel pueblo (ignoraba lo que podía ser) ocasionaba lo inexplicable y lo tenía intranquilo: podía ser un maleficio, un extraño cruce de energías, unba conjunción cósmica equivocada o un terremoto en su carta astral, él no entendía de eso, lo cierto es que aquella misma tarde pagó su estancia en el hotel y salió de allí con su equipaje. “Pon el pueblo en el retrovisor”, dicen en las películas americanas cuando aconsejan a alguien huir. Y eso hacía él, empezando a serenarse en su coche, disfrutando de un suave atardecer que aliviaba de los ardores del mediodía y conduciendo con placer en aquella carretera sin tráfico en aquel momento. La placidez se le vino abajo en un instante cuando vio posada sobre la señal de entrada y salida del pueblo una gaviota, sola, alejada del mar. No quiso ni detenerse a curiosear; habría podido pararse un momento en el arcén y observarla, decirle algo, preguntarle si había sido ella la ladronzuela, algo. Pero no. Prefirió acelerar con moderación y seguir carretera adelante sin permitirse vacilaciones. Sólo se consintió una repentina nostalgia por Lorena Cruz, la veterinaria del pueblo. Impulsivamente, como si diera un recado a la gaviota para la chica, buscó en el aparato musical de su coche la dulce canción de Marina Rossell: “Oh! Gavina voladora que volteges prop del mar/

i al pas del vent, mar enfora, vas voltant fins a arribar...”