viernes, 12 de febrero de 2021
CASI AÑORO LAS VIEJAS CARTAS (Y SIN CASI)
lunes, 8 de febrero de 2021
(CASI) ODIO EL CHAT
Lo confieso: uso mucho el chat aunque en diferido, esto es, escribiendo relajadamente un pie de foto o de vídeo, o enviando un saludo, un recuerdo o una broma bientencionada para dejar que el destinatario lo responda a placer si le parece, en el momento que pueda; eso es algo que está muy bien: es confortable y práctico. Pero entrar a discutir o dar explicaciones en directo chateando, lo advierto, puede acarrear algo más que un malentendido y, cuando menos, la frustración de haber complicado aún más algún enredo que al principio se pretendía desenredar, enzarzándose en equívocos estériles.
Para empezar, no se ve ni se oye en estos casos al interlocutor (tal vez cabría decir el contendiente); se priva uno de los gestos y de todas las variaciones corporales que ayudarían a iluminar el sentido de lo que se está leyendo y así calibrar la actitud de la otra parte. Tampoco se oye la voz furiosa, conciliadora o bromista de esa persona a la que hay que interpretar sobre la marcha. No se dispone de tiempo relajado para afinar las palabras con esas afirmaciones rápidas, cortas y cortantes, que pueden acabar construyéndose precipitadamente, con un acerado cinismo involuntario, o con la dureza descarnada que tal vez no se hubiera pretendido jamás. Tampoco hay mucha oportunidad para aclaraciones o repreguntas, como se dice ahora en los debates políticos. Y tampoco tiene todo el mundo la misma velocidad al teclear: algunos, generalmente los más jóvenes, pueden abrumar con su inmediatez de réplica; sin embargo a los más torpes y lentos muy a menudo se les enredan, en su desventaja, tanto los dedos como las ideas y entonces, quien los conozca, recordará tal vez unos tristes versos de Pablo Milanés: Cuando camino junto a ti llevo una prisa/ que mueve a risa y mueve a trágico dolor... Sí, ya sé, el corrector automático es en principio una ayuda: nos hace correr haciendo que escribamos palabras enteras con una sola pulsación, pero cuanto más se depende de él, por torpes, más peligro hay de que nos cuelen por su cuenta palabras muy desacertadas y no las veamos a tiempo, que las enviemos sin cambiarlas y que empeoremos así lo que ya era un duelo a primera sangre acabando en duelo a muerte, aunque verbal y a distancia.
Se me dirá también, lerdo de mí, que para esto existen los dibujitos llamados emoticonos, para mostrar precisamente el ánimo y la intención que no desvelan las palabras, pero de esos dibujitos se prescinde cuando el asunto se caldea y se desea acabar de un modo claro y terminante; además, se les suele emplear para subrayar la intención de lo escrito y no para matizarlo, y son también un adorno para alegrar el envío... cuando éste ya es alegre.
En fin, temo que los robots, cuando sean aún mucho más sofisticados y humanos, nos encuentren a nosotros maquinales y robotizados, por gusto, queriendo competir con ellos en su terreno, y nos puedan meter los goles por la escuadra, cuantas veces quieran.
jueves, 24 de diciembre de 2020
OJOS
Para Beth Llarena
Si mi hermano gemelo no llegó nunca a pegar a mis padres, no fue por amor ni por compasión, ni tan siquiera por un leve asomo de vergüenza, sino por considerar ese extremo, yo así lo creo, un inconveniente innecesario. Era más práctico para él persuadirles recurriendo a la presión emocional para que le entregaran sucesivas cantidades de dinero, siempre con la excusa de emprender supuestos negocios de los que después nada se sabría. Los viejos accedían dudando y sin ningún entusiasmo, pero aferrados a la ridícula esperanza de que algún día aquel hijo se encaminara con tino y, por qué no decirlo, intimidados también por la frialdad de sus ojos y la temible seguridad de sus modales. Si un día Arturo Manuel, que así se llamaba, no hubiera desaparecido sin dejarse ver ya para siempre, quién sabe de lo que hubiera sido capaz para acabar de saquearlos, dejándolos en la miseria. Hasta donde podía servirles mi consejo, procuraba proteger a los viejos de sablazos inasumibles para sus ahorros interponiéndome en algún irreparable exceso de generosidad. De nosotros dos, de Arturo y de mí, decía la gente que mostrábamos rasgos prodigiosamente idénticos y que sin embargo poseíamos personalidades prodigiosamente opuestas para tratarse de dos hermanos nacidos de un mismo parto. Por nuestra parte, nos manteníamos a distancia y nunca coincidíamos en la casa donde habíamos crecido y donde aún habitaban los viejos; en realidad, procurábamos no coincidir nunca en ninguna parte. Pienso que acerté siempre al intuir que tanto él como yo detestábamos que existiera el otro, el tener una copia idéntica circulando por ahí, una réplica parásita que nos arrebataba el derecho a poseer una identidad exclusiva, legítima en su integridad, y no diseñada en consonancia con algo exterior, ni del todo ajeno ni del todo propio. No es descabellado sospechar que ese odio a la copia impuesta, irremediable, fuera la explicación a tantas otras cosas. Era irritante la insistencia de la gente en nuestro parecido, engorroso que nos confundieran y que esas confusiones de los conocidos de uno y de otro dieran pie a torpes revelaciones sobre la vida y obras de cada uno en encuentros casuales; por otro lado era indignante que él aprovechara nuestro parecido para sablear a algún amigo mío o para facilitarse la seducción de alguna conocida o alguna novia mía.
¿Por qué esta mañana, en un supermercado de estación, y de improviso, he confundido mucho tiempo más tarde (años, décadas) a Arturo con mi propio reflejo en un cristal, cuando yo observaba un paquete de mascarillas antivirus que se presentaban sobre un expositor, y ha sido justo entonces, en un instante sobrecogedor, que creí ver al antiguo y olvidado gemelo encarnado en mi propio reflejo de ahora sobre el cristal de una vitrina, con estas características que el tiempo ha ido tallando: con mis gafas de ahora, mis kilos de ahora, mis ropas de ahora y mis actuales movimientos reposados, por no decir lentos. Diría que aquella aparición momentánea y el recuerdo de Arturo empezaron disolverse al tiempo de mi salida del supermercado de estación, camino del autobús, aunque yo todavía apretara el paso y desviara la mirada ante cada fugaz encuentro con mi imagen en repentinas cristaleras. Me dirigía a la guagua que me desplazaba al trabajo, y así empezaba otro día en el andén poniendo atención a los casi invariables pasajeros cotidianos, en su mayoría reconocibles a pesar de las mascarillas protectoras, efectuando de nuevo el cálculo ya maquinal de las distancias de seguridad tanto fuera del vehículo como luego al entrar y luego al sentarme, y una vez sentado y relajado, confirmando un día más al estudiar las caras, que la mítica y proverbial expresión de los ojos ha sido sobrevalorada, lo que nunca hubiera creído: esos órganos considerados universalmente los más enigmáticos o reveladores, los más seductores o amenazantes de la fisonomía, resultan ahora congelados, impenetrables, sin la colaboración del resto de la cara, al contrario de lo que podría esperarse... Lo ratifico, por ejemplo, viendo un rostro cuyos ojos parecen, sobre la mascarilla, querer cerrarse de sueño atontado unos asientos más allá, un rostro que tal vez oculte bajo esa tela una sonrisa de éxtasis sensual vibrando en la comisura de la boca, contrayendo con libertad las mejillas, una sonrisa complaciente que haría declarar a esos ojos un abandono de placer muy distinto al cansancio aturdido y soñoliento que de entrada se les puede suponer. Lo mismo podría decir de otros ojos más allá que parecen salirse de sus órbitas, sin que se sepa si es por algo que les asombra o porque son ojos de por sí desorbitados. Y vuelvo a recordar a Arturo de improviso, después de todos estos años, décadas... Razono que en este cambio global y repentino del mundo, con esta pandemia que no esperaba nadie vivir (o morir), en algún sitio tendría que recolocar el recuerdo casi siempre latente de Arturo, del que no sé apenas nada hoy en día; bueno, nada salvo que ha hecho carrera en la delincuencia, donde disfruta de una posición considerable: al parecer ha conseguido destacar en el tráfico de armas, en el de sustancias ilegales y en el de personas, según la prensa y los informativos; ha sabido, dicen, presionar y corromper a jueces, políticos y empresarios, y es de suponer con qué métodos. Ha quedado atrás el tiempo en que yo temía algún daño por su parte, que por ejemplo utilizara mi parecido con él para desviar la atención de la policía o de alguna banda criminal competidora. Hoy, cuando según se ha divulgado, mi hermano se ha sometido varias veces a la cirugía plástica, cuando cualquiera sabe si estará ya tísico o paralítico, que apenas nos quedaría el parecido de los ojos sobre unas mascarillas y tal vez ni eso, tal vez ni nuestras miradas tuvieran un brillo aproximado vistas de cerca...
Veo que han subido dos personas en la estación anterior y yo ni me he dado cuenta, abstraído de nuevo en mi gemelo, a quien en verdad ahora no podría ponerle cuerpo ni cara, salvo que le adjudicara los míos y por pura asociación mecánica, sin base ninguna. Me fijo de nuevo y corroboro que han sido en efecto dos personas y que se han sentado frente a mí a cierta distancia. Me atrae primero y de inmediato una mujer joven, una mujer sensacional que, a propósito, parece con su imagen desmentir mis conclusiones sobre los ojos y las mascarillas y sacudir mis reflexiones hasta dejarlas por el suelo, porque esos grandes ojos azules deslumbran con una intensidad capaz de resplandecer sobre todo lo neutro e impersonal que tienen los demás ojos en esta mañana fría y rutinaria. Eso sí, hay algo que no me rebaten esos ojos, y es que ellos tampoco expresan nada, nada concreto, nada de tanto como quieren abarcar y eso los hace, mira por donde, dispersos; intentaré explicarme: es como si esa cara se quedara dirigida por su cuenta, sin intención alguna, a un punto cualquiera (un punto cualquiera que puedo ser yo, por casualidad). Son fantasmales, esa es la palabra. Unos asientos más allá de la mujer, y más lejos de mí, se ha sentado un tipo de unos treinta años cuyos ojos muy abiertos se mueven con rapidez hacia un lado o hacia otro como un sonado, después se detienen, y por instantes parecen dirigirse a mí sobre una mascarilla de pico redondo, y eso sólo cuando yo hago algún movimiento... o a mí me ha parecido eso. En cualquier caso, habría que observar a estos dos precisamente los rasgos bajo las mascarillas, a ellos más que a nadie entre todo el pasaje porque son inquietantes y porque sus miradas a veces rozan la insolencia.
En la reciente parada ha subido un solo individuo, que llama la atención porque ha ido caminando de la puerta de entrada a la de salida y se ha quedado ahí, de pie, sin aprovechar ningún asiento vacío, agarrado a un barrote y soportando así los vaivenes y las sacudidas del trayecto, frecuentes en esta hora punta. Y, vaya por donde, también se ha dedicado a mirar, a mirarme, de un modo más incómodo y penetrante que los anteriores. Parece esforzarse en hacer memoria como si me conociera, lo que no sería extraño por la edad aproximada y por las apariencias; parece un caso de esos en los que alguien te identifica pero no se atreve a saludar porque han quedado muy lejos el tiempo y las circunstancias de una remota relación, probablemente pasajera y trivial. Aunque he desviado la mirada intentando dar esquinazo a su interés, veo que el tipo sigue observando de frente sin desistir; tal vez espera que yo me me lance a saludar primero para, entonces sí, desviar la cara; hay quien lo hace. Voy pasando de la incomodidad a otra cosa: me crece dentro una furia que me reactiva por momentos; interrogo al tipo desde lejos con movimientos desafiantes de mis brazos aunque él sigue manteniendo la grosería fastidiosa de su mirada por encima de su mascarilla negra. Me levanto congestionado y, sin precipitarme, me dirijo hacia la puerta de salida, donde se encuentra el sujeto, que aún continúa vigilándome sin preocuparse. Cuando ya estoy llegando a él, me sorprende notar a ambos lados de mi espalda, pegados a mí, dos cuerpos a los que no había visto levantarse de sus asientos; en un instante intuyo, sin saber por qué, que son la mujer de mirada azul y el hombre de ojos inquietos de momentos antes. Compruebo que en efecto se trata de ellos dos al mirarlos alternativamente, en tanto cada uno me sujeta por un brazo. Y el que esperaba al fondo del pasillo ha quedado ahora frente a mí con una calma autoritaria; me enseña la credencial que ha sacado mecánicamente de un bolsillo y con una entonación rutinaria recita mis derechos constitucionales llamándome Arturo Manuel, como a mi gemelo, y añadiendo mis apellidos ciertos.
ESTÁNMETIENDOLAPAAAATA
El grito, que ha recorrido la guagua y se ha expandido a la calle al abrirse la puerta hidráulica, ha sido mi gran desahogo explosivo, no tanto por la detención errónea sino por cierto temor camuflado y soportado casi toda una vida, la confirmación de que nunca puede existir pacíficamente eso que llaman otro yo; no: o es otro o es yo afirmándose de las más diversas formas. Grito más veces pero los tres desconocidos me ignoran mientras me van conduciendo a la calle; tan sólo estudian mis ojos sobre la mascarilla como si éstos les interesaran por sí solos, como si me estuvieran examinando pericialmente una irritación, un glaucoma o una dilatación de las pupilas.
Las Palmas de Gran Canaria,
Foto de CostumeSpecialiste
domingo, 13 de diciembre de 2020
BONSAI
jueves, 30 de abril de 2020
GEDEÓN EN CUARENTENA
Como ya ha empezado a sentir el peso del tanto aislamiento, y aprovechando que no lo ve nadie, en algún arranque repentino baila con una fregona sin usar; le ha clavado con grapas en el palo un rostro de cartulina con ojos imposibles y le ha puesto de nombre Malena. Sobre la cartulina ha pegado una mascarilla de fabricación propia, con lo que los ojos de Malena, como los de mucha gente en estos días, adquieren la inquietante intensidad de la alerta y también la responsabilidad de expresar la emoción por sí solos, sin el complemento facial de la boca y las mejillas. “¿Decías algo, Malena?”, le pregunta alguna vez bajándole la mascarilla para saber si sonríe o se entristece, o si sigue teniendo la “voz de sombra” que dice el canto. Aunque al principio sólo bailaba con ella, ahora incluso le habla alguna vez y la sienta a su lado a ratos mientras él trabaja intentando relajarse. Tiene que preparar varias clases digitalizadas para cinco grupos de niños y enviarlas a la dirección web indicada, corregir por ese medio los trabajos que le remiten los alumnos y asimismo atender telemáticamente las observaciones y consultas que llegan a su ordenador, frente al que vive.
Ya ha observado que las pruebas y los trabajos de algunos alumnos no llegan y, en otros casos, no se corresponden con su rendimiento ejemplar. No sabe a cuáles de ellos se les habrá llevado un familiar el peligroso virus que nos tiene a todos en la trinchera ni en cuáles de sus familias se habrá ensañado el descalabro. De improviso los ve a todos en la playa caminando sobre un mundo mejor, con bolsos de coronavirus, gorritos de coronavirus, flotadores de coronavirus de varios colores, y con pelotas de playa que tienen pintadas en su esfera esas trompetillas alarmantes tan caracterís… De repente lo saca de su ensoñación una llamada al móvil, de la directora de su colegio: “Oye, Gedeón, ¿me oyes?.. No sabes la jarana que has provocado al dar la clase telemática al lado de esa fregona con cara que aparece ahí sentada. Me han llamado las familias, me ha llamado la Inspección Educativa... Ten más cuidado, ya sé que estás siempre en las nubes pero mira que ahora expones en carne viva tu intimidad, que no quiero saber cómo es, por cierto. ¡Tanguero!..”
jueves, 23 de abril de 2020
¡Pero qué estará pasando afuera!
En mi encierro he pensado más de una vez en esas segundas residencias temporalmente abandonadas, y en esos locales de negocios clausurados, a merced delincuentes, de tribus de okupas y de manadas improvisadas de animales fugitivos o abandonados y, en efecto, las cabras que se han visto disfrutando de un hotel en Fuerteventura, o de un instituto de en Corralejo pueden ser un botón de muestra de lo que se encuentre en los posibles regresos.
Pero, volviendo a la polilla negra y otros bichos inquietantes, aún quedaría por oír -creyéndolo o no- qué habrá del mundo esotérico, incluso satánico: en qué ha afectado este vacío planetario a diablos, diablesas, íncubos, súcubos y todo ese personal incordiante en una dimensión paralela. Aún me queda por saber si mi polilla era una siniestra emisaria del inframundo y sus infiernos o si la pobre -en vista de la desolación de las calles- sólo pretendía ser mascota.
viernes, 17 de abril de 2020
ÉCHAME DE TU CASA DE MUÑECAS
Moraleja: QUÉDATE EN CASA





