martes, 7 de abril de 2015

Última página recuperada. SIEMPRE VIEJO VERDE



Al hombre, con los años, le falla definitivamente la tercera pierna; es como una amputación, una pérdida humillante que el miembro empieza a anunciar, primero, con desfallecimientos ocasionales; después, con más frecuentes alarmas de pasotismo inoportuno, hasta que se recluye para siempre en un retiro filosófico donde recomponer su autoestima.
Entonces queda el bastón como tercera pierna ortopédica, batuta patriarcal, monumento a lo que la tizona fue… cuando atizaba. Un buen bastón, cetro de la veteranía laureada, debe tener cierto punto pirata (como buena pata de palo) y también cierto punto espadachín, gala de tantas gestas de amor aunque no todas fueran victorias.
Con la tercera pierna jubilada, el deseo vuelve a ser un asunto hipotético y fuente de vana curiosidad: un prodigio a desarmar como se despiezaban los juguetes, en una década remota, para desentrañar su secreto; pura materia de palabras prohibidas y siluetas inalcanzables. Y si otra cosa fue, más sensible y jugosa, la memoria no basta para revivirlo.
Como en la infancia, hay que mirar más adentro o más allá, desmontar las carcasa desatornillando o rompiendo, haciendo girar cada pieza para ver qué podrá haber (...qué pudo haber) del otro lado. Tras un cuello o una espalda que anuncian el paraíso perdido, hay que conocer el rostro pese a los obstáculos y más allá del decoro, o haciendo que se vuelva con cualquier excusa o o tomando la delantera para volverse y mirar.
Ya lo decía Berlanga en una entrevista: “Soy viejo verde desde los ocho años”.

sábado, 21 de marzo de 2015

ANILLOS DE HUMO

Foto: Saarah Moon


Para Jessica Santana

Cada día la miraba adormilarse, soñar acaso entre cabezadas incómodas, en aquel desayuno de urgencia antes del trabajo, y repentinamente espabilarse, reconstruirse del todo sacando con dedos ágiles el pitillo que fumaría fuera del local.  Veía cómo se levantaba de la mesa mientras sus compañeras de taller la miraban salir a la calle casi siempre con algún comentario; la observaba bajar ligera unos pocos escalones como si fuera a marcharse o a atender algo urgente, y ahí -aun forzando mi posición sobre el taburete junto a la barra- la perdía de vista. Sus compañeras, en cambio, sentadas al lado de la cristalera, sí la podían ver fumando sobre la acera, le hacían saludos y gestos desde el interior a través del cristal, como si la estuvieran despidiendo, otras veces como si le afearan mantenerse todavía bajo la esclavitud del cigarrillo; pero yo nunca la veía en la calle, sobre la acera, no al menos directamente sino a través de lo que las otras mujeres dijeran, o hicieran… Y así hasta que aparecían, elevándose, los anillos de humo, ésos sí los veía: primero subía un aro humeante y se mantenía en suspenso durante algunos segundos, sin disolverse, y a continuación otro, cuando el anterior empezaba a esfumarse, y luego otro y otro más. Las compañeras de la chica señalaban desde el interior, con el dedo, cada anillo, compartiendo con miradas, entre bromas, la admiración repetida por aquella destreza. Gracias a los anillos de humo yo la localizaba, tanteaba sin verla su lugar sobre la acera a la intemperie, teniendo que conformarme con imaginármela, haciéndome una composición caprichosa de sus labios fruncidos formando hueco como un beso hacia el aire, expulsando aquellas masas de humo que acababan en aros voladores. Puede que graciosamente ella bizqueara, dirigiendo los ojos a sus propios labios y las figuras algodonosas que expulsaban a la atmósfera. Así hasta el par de minutos en que sus aros dejaban de ascender, y las compañeras la olvidaban por un momento, hablando entre ellas de cualquier otro asunto, y yo le perdía todo rastro, el mínimo vestigio por gaseoso que fuera. Eran minutos vacíos, desinflados… La traca final nos sorprendía al poco rato, con nuevos anillos rápidos, anillos que volaban encadenados o rozándose, que se perseguían en el aire o se separaban. Ése era el anuncio de su vuelta al interior, a la mesa que compartía con sus compañeras, a la silla donde volvía a adormecerse en aquellos desayunos laborales, ausentándose de las conversaciones, del ambiente del bar, de quienes le servían el desayuno y hasta del tipo aquél -yo- allá al fondo de la barra, al que pescaba casi siempre observando cuando abría los ojos y regresaba de sus ensoñaciones, el tipo que quedó para siempre pensando en los anillos mañaneros, ateridos, muertos de sueño, como en un código de señales ocultas que siempre le estaría vedado.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. MANIQUÍS

Foto: Eliú Pérez

  Los maniquís ya no son lo que eran. El realismo de sus rasgos, sus fisonomías diferenciadas y la articulación de sus cuerpos han sustituido a la repetición de figuras rígidas, casi siempre idénticas. No hablo de los decapitados, o los mancos soportes de trapos en exposición, ni de los torsos esquemáticos reducidos a mera prolongación de la percha. Me refiero a las fieles réplicas del cuerpo humano completo, que lucen en sus rostros narices rectas, chatas o respingonas, y también labios carnosos, prietos o pronunciados. Y aunque esa singularidad sea en ocasiones aparente -pues si uno se fija ve series de clónicos a los que solo diferencian el  maquillaje o las coloraciones del iris- la variedad  entre muchos de ellos es innegable. Unos establecimientos promocionan el género sobre fisonomías arias y otros exponen maniquíes latinos y sureños. En cualquier caso, ellas ya no son las modosas petrificadas sacadas de una academia de ballet. Ellos ya no son los cabales caballeros de gallardía marcial. Ellas son ahora desenvueltas, y espontáneas. Ellos son enérgicos, arrolladores, verdugos de lo que haga falta predestinados al éxito. Cada vez son menos armazón y más escultura, más personaje. 
Eso sí, sea cual sea el biotipo o el carácter que se imite, todo en ellos es sofisticación y estiramiento esquinado. En eso no hay diferencia con los de antes. Los maxilares siguen siendo por lo general angulosos; las sobrecejas, agresivas; las rodillas y los hombros, quillas dispuestas a horadar cualquier obstáculo. Y por más que se les pudiera poner nombre a cada uno, como a ejemplar único, por más que al diseño se uniera el ingenio artesanal de las distintas puestas en escena de escaparate, siempre algo hay que los convierte en seres inexpresivos. Les faltará, tal vez, la verruga, la grieta en la piel, la desproporción, el asombro, la tristeza. Tendrían que rascarse, resoplar de calor, tiritar. Es momentánea la impresión de vida en esos ojos al enfrentar los ojos del viandante, o la vitalidad del conjunto en esos universos cerrados de perfección y feliz anorexia controlada. 
Lo más sorprendente es ver esas figuras, sobre todo las femeninas, medio desnudas a la espera de un cambio de vestuario y percatarse de que lucen un desnudo incitante y casi demasiado humano: por no mencionar sino los ombligos, los he llegado a ver hiperrealistas. No se explica que lo que hayan de tapar los trapos también luzca esa apariencia esmerada de carne lozana. De armatostes apenas flexibles que servían para soportar las telas que exponía el comerciante del ramo, han llegado a ser prototipos que pregonan las excelencias de un cuerpo para el que es necesario aplicarse tarros de tratamiento de belleza, pócimas adelgazantes, gimnasios... Casi lo de menos son las prendas que llevan encima. Están vendiendo cosmética, peluquería, lugares de diversión y hasta la compañía adecuada a lo que se supone la mujer y el hombre de hoy. 
No sin inquietud vuelvo a escuchar el viejo tema De cartón piedra de Serrat. Ojo con cegarse hoy día con los "zapatos de falso charol” o con “la mirada lejana y azul", ojo con que le digan "libérame, libérame" al viandante impresionable. Antes de emprenderla a pedradas con el cristal y correr con ella hasta el portal más próximo, como en la canción, sopese y considere el tren de vida  que está en condiciones de ofrecerse y de ofrecerle. Revise sus extractos de cuenta; chequéese a fondo, es un consejo. No vaya a ser que la cautiva liberada no tarde nada en considerarlo un don nadie,  un muerto de hambre que bien pudo dejarla donde estaba, reinando en el esplendor glamoruso de su cárcel de cristales.

lunes, 2 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. ESPERA QUE TE DIGA (*)




Bien… iré al grano, o me volveré loco; no digo loco pero sí torpe, confuso... Bien, al grano, decía.  ¿De qué te ríes? Otra vez he dicho “bien, al grano”, ¿verdad? Te reías de eso. Bien... (vaya, otra vez). Tú no te desesperes, por favor; tú, mantén la tranquilidad. Ah, sí, lo olvidaba: tú siempre estás tranquila. Ojalá pudiera yo estar así. Yo sí que no estoy tranquilo. ¿Te sirvo más?... Yo, con tu permiso, necesito otra. ¿Por dónde iba?.. Esto es terrible. Qué fácil resultaba hace una hora. ¿Y por qué preparar las cosas si al final no sirve de nada? Eso es lo que me dices siempre. Dime la verdad, pero la verdad: ¿tú nunca anticipas, no prevés las cosas? Joder, quién pudiera... Pues no te creo. Mientes, como una bellaca. ¿Te lo demuestro? Cuando fuiste, por ejemplo, a la fiesta de Rita, te preparaste a conciencia, pensaste con detalle en los que iban a ir todos -uno por uno- sabías de antemano en qué momento tenías que apartarla para hablarle y pedirle aquel favor... No, perdona, no te estoy llamando calculadora. Joder, ¿por qué lo tienes que entender todo así, por la tremenda?...  Sí, ya sé que es un tópico: lo de calculadora en la mujer va siempre acompañado de fría, fría y calculadora (en otras palabras, bruja), lo sé. Pero es que yo no te estoy llamando eso, por dios. Que no, que no digo que seas una bruja. Estás sacando las cosas de quicio. Bueno, las estamos sacando de quicio, perdona. Y he empezado yo, lo reconozco. Yo sólo quería decir que eres previsora: vamos, que necesitas revisar la baraja como todo el mundo... A lo que íbamos. ¿No te das cuenta de que nuestras peleas parecen peleas de novios… desde hace tiempo? ¿En qué? ¿Cómo que en qué? Pues en que son tontas... Ya empezamos otra vez: ¡Si yo no he dicho que seas tonta!... Mujer, que te están oyendo, que se va a enterar todo el mundo. Anda, toma un poco de esto, venga. Hazlo por mí, que nunca te pido nada (bueno, sólo una cosa, ya sabes; pero como siempre me la niegas, no cuenta) ¿Ya, mejor? ¿Fumamos la pipa de la paz? No me digas que tienes prisa; ¡no, venga, seguro que no es así!, si habíamos venido a cenar. Eso es que te has enfadado: ¡que te conozco! De acuerdo, acabaremos pronto, te lo aseguro. Me lo estás poniendo difícil. Está bien: nuestras peleas no son de novios. ¡Pero deberían!... Ya está, ya lo he dicho... ¡No!, no respondas. Aún no lo he dicho en realidad. Verás, tengo que decirte algo explícitamente (decírtelo, no dártelo a entender ni dejarlo caer ni nada de eso). Ahora te callas, por favor. Me toca a mí. Lo tengo que pronunciar inequívocamente, vocalizarlo con claridad. Después, tu respuesta será... también inequívoca, la peor o la más maravillosa de todas. Después, ya no tendrás que escuchar nada más porque no habrá más ocasiones como ésta o, por el contrario, tendremos muchas, mucho tiempo para decirlo todo. Bueno, verás... ¿Que te debí advertir de que esto era una encerrona? ¿Pero cómo que una encerrona? Somos amigos, a..mi..gos. De encerronas, nada: amigos y hay confianza, y eso lo hace más difícil, y por eso tengo que ser tan claro y preciso y tú no me dejas llegar, o por lo menos no me estás ayudando en nada, con lo que a mí me cuesta. ¡Amigos!, y desde hace tiempo. Por eso, si te lo digo con una canción de amor te creerás que estoy halagando tus gustos musicales (que conozco) y al final no se sabrá si entendiste o yo creí que entendiste ni si yo te entendí lo que quiera que dieras a entender con alusiones, con... Y lo mismo si te hablo de una película, o si te enfoco el asunto teóricamente. Y si te hablo de mis sentimientos, ¡bueno!... Para empezar: si te digo que te quiero, pues tú me dirás que también me quieres, y mucho, que me lo has demostrado, pero vete a saber de qué estaríamos hablando… Si te digo que no, que no es eso, que quiero tenerte, pues tres cuartos de lo mismo porque, con la confianza de años, nos hemos dicho ya tantas burradas... (yo más, claro). Y, lo que más temo: si doy rienda suelta a la sinceridad, si te hablo de lo inseguro que todo esto me ha tenido hasta ahora, que para mí ha sido una sorpresa y que no lo he pretendido, que siento que es la única vez que me pasa (aunque no es la única, pero como si lo fuera), si te hablo de que no duermo bien, de que me río solo, que sólo pienso en los momentos que vamos a estar juntos, pues ya está: una confidencia más. Te pondrías a apoyarme, a orientarme como confidente y, al final, seré yo mismo quien te habrá ayudado a acorazarte en tu papel de consejera solidaria, en tu papel de siempre, que te debe dar más seguridad. Y eso no: aquí ya no hay bromas, ni paños de lágrimas, ni psicoanálisis... ¡Esto es la guerra, joder! ¿Y qué más da si me oyen?... Si aún no me has oído tú... ¿Y por qué retiras la mano? ¡No me estarás respondiendo ya! Deja esa mano donde estaba. ¿Te da miedo esto? Sí, ya veo que te estás aturdiendo. Oye, una cosa: si me tienes que decir que no, no me digas que esto es muy bonito, que te sientes halagada, que quisieras no perder a un amigo. Ya no seré amigo a partir de esta noche, o sea, que no pierdes nada. Y si me dices que sí, tampoco vamos a ser amigos sino otra cosa. Ya sabes: estaríamos comprometidos, nos deberíamos explicaciones, nos querríamos tener en exclusiva... ¡Me cago en diez, que mal lo estoy haciendo! Casi te estoy espantando... Mira, vamos a hacer una cosa. Paramos aquí; sí, paramos, ¿vale? Yo te vuelvo a llenar el vaso, ¿ves? Así. Y ahora, pues lleno el mío. Tú tomas un trago, yo otro. Y después, nadie habla: ¡silencio durante unos segundos! Tú no dirás una palabra sino escucharás, ¿entendido?, y yo no diré ya nada más sino escuetamente lo que necesito decirte. Eso sí, la mano la sigues dejando aquí, que aquí está bien; tiempo tendrás de retirarla si es el caso. Bien: bebamos... ¡Pero bueno! ¿De cuándo a acá bebes tú a sorbitos y sin gana? Si este vino te encanta. Pareces un pajarito bebiendo, ahora. ¿No me estarás haciendo un desprecio, no? ¿Que soy tonto? Ahora resulta que soy tonto. Vamos, me estás dando la noche. Me has roto el clima, la situación, todo, con lo que me había costado el manduque y la puesta en escena. No, perdona; no he querido parecer mezquino. Quería decir que esta vez lo he hecho con una intención determinada. No sería la primera vez que te invito sin mayor interés, ya lo sabes (como tú a mí, es verdad; bastantes veces, sí). ¿Te acuerdas de aquella noche en que salimos los dos achispados de aquel restaurante, con una tontuna encima que no veíamos? ¿Y te acuerdas de que nos besamos en los morros delante de Rita y lo que nos reíamos después? Y al día siguiente, como si nada. Bien. Como te iba diciendo...

(*) Del libro Cuentos del Bárbara Bar. Imagen de la película El lado oscuro del corazón.

lunes, 26 de enero de 2015

Páginas recuperadas. EL MAR Y LOS DIRECTORES DE ORQUESTA (I)


Mi poco evocadora memoria retiene con cierta plasticidad y detallismo los antiguos conciertos de la TV en blanco y negro, las horas de música de gala donde por adicción al aparato la familia no apartaba la vista de la pantalla, en espera de otro programa que interesara más. Recuerdo que, junto al desinterés, provocaban una veneración supersticiosa del tipo “eso tiene que ser muy importante porque no lo entiendo”. Y, se suponía, aquello sólo lo debía apreciar la gente entendida, la que sabe en qué momento preciso es lícito aplaudir, toser, carraspear o quejarse de algo. Gente fina.
Esa impresión quedaba reforzada por el despego con que los directores de orquesta miraban a un lado y a otro al entrar en la sala que por obligado decoro los aclamaba con discretos aplausos o con golpecitos de arcos sobre los atriles musicales. Solían ser viejos y adustos –o me lo parecían a mí, aún ebrio de infancia- cuando no obesos de gordura mayestática. Hieráticos, imponentes, las cámaras de televisión llegaban a captarlos dirigiendo miradas de reprimido furor a los errores de los músicos de tan distinguidas orquestas. Yo los veía abrir exageradamente los ojos mientras dirigían la música, y endurecer el mentón de sus rostros implacables. Y era tal la altivez de sus miradas fulminantes, tal el alboroto de sus greñas hechas relámpagos, tal la violencia de sus batutazos al aire que parecía que todo ello fuera dirigido a sus pobres músicos o a la miserable realidad que representaba el público encopetado, por más que aquel público supiera cuándo y cuándo no se debía aplaudir.
Para castigar la incomprensible, ofensiva arrogancia, y evitar la pesadez, mi ingenio infantil recurría a la mágica solución de bajar del todo el volumen a la tele. Entonces, los músicos de la cuerda, con sus arcos súbitamente mudos, parecía que estuvieran serruchando queso; el del triángulo, que intentara venderte un pájaro que ya había echado a volar; los de los instrumentos de viento, con toda la cara hinchada, que intentaran inflar un globo roto… y todo aquello era tanto más cómico cuanto mejor se conjuntaban y actuaban al unísono. Hasta el pianista, que parecía estar diciendo siempre que sí a su reflejo en la madera del piano, daba esa impresión de absurdo y mecánico acuerdo… Y el director de nuevo… ¡allí estaba!, ya desenfrenado en su furor, creando corrientes de aire con su melena despeinada, lanzando rayos como un Júpiter a diestro y siniestro.
Esa era mi mejor relación con la música clásica. Pero no tardarían en cambiar las cosas.

sábado, 24 de enero de 2015

Páginas recuperadas. LA HOJA SEPIA



Me gustaría haber conservado aquella fotografía reproducida a toda página en una revista de arte. Me reprocho a menudo acumular en exceso libros, periódicos y revistas (ahora, por último, documentos digitales) que a veces ni recuerdo tener; amontono cosas de las que me cuesta desprenderme y es bien seguro que acaban estorbando, agobiando incluso, pero cuánto me he arrepentido de haberme deshecho de otras que luego he echado en falta de por vida, porque sé casi improbable que las vuelva a tener, a ver siquiera, o a oír.

Una hoja de árbol caída, una hoja cualquiera, centraba aquella fotografía en blanco y negro que encuadraba apenas el extremo de un tubo de escape. Era una foto con un perfecto contraste y un acertado aprovechamiento de la luz difusa. En la entrada del tubo de escape, como si hubiera quedado pegada o prendida por la mínima, se apoyaba la hoja minúscula, una hoja vulgar que en medio de la escala de grises lucía un viraje en sepia oportuno, no sólo porque el sepia sea el color de lo oxidado o marchito sino porque, sin aquella superficie parduzca inserta en el contexto gris, la foto hubiera quedado insípida. Quien tomó aquella foto pudo tener el hallazgo de varias maneras: quizá “vio” al instante el conjunto augurando los matices, el recorte y el efecto final de la hoja virada en sepia, que tal vez se le presentó ya seca, produciendo en la realidad un efecto parecido al que produjera en la copia. También es posible que atendiera, en el momento de disparar, únicamente al anónimo prodigio de una hoja sostenida al filo de un tubo de escape antes de que un pequeño movimiento o un golpe de aire accidental la obligaran a desprenderse de su inestable reposo, con lo que la foto, aun siendo la plasmación de algo inanimado, tenía algo de apunte a carbón repentino en su chocante quietud. También pudo no ser tomada la instantánea  a sabiendas, sino descubierta posteriormente sobre una copia revelada en papel como detalle imprevisto de una escena mayor. De cualquier modo, alguien tuvo que darse cuenta en algún momento de lo que aquella insignificancia produciría una vez aumentada, hábilmente encuadrada y retocada en lo justamente imprescindible.

Me encantaba aquella foto, y la tuve por mucho tiempo de modelo de lo que es la capacidad de ver, de saber ver más allá de los consabidos motivos. En cuántas escapadas con la cámara al hombro y el asombro embotado, sacando fotos de ocasión o a edificios, o a rostros emblemáticos, o a crepúsculos sangrantes, no habré pasado de largo junto a hojas caídas sobre el filo de un prodigio u otros imperceptibles milagros de la piedra o el metal, de la vegetación, del mismo aire o de los gestos, y sin haberme dado cuenta.

miércoles, 7 de enero de 2015

De Somaly... a Somaly

Somaly Mam. Foto: Luis Magán

"Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar un destino" 
(Marguerite YOURCENAR)

Hay personas que fingen su propia biografía. Precisamente con esas vidas falsificadas, emprenden algunas de ellas una trayectoria real de benefactoras con resultados sorprendentes e indiscutibles a favor de las más conmovedoras causas humanitarias. Cualquiera podría preguntarse si, con esa capacidad de promover y organizar acciones admirables, no les habría merecido la pena actuar desde el principio como quienes han sido realmente. Parece que necesitaran la fascinación del engaño como caldo propicio para activar el atrevimiento, la astucia y el magnetismo que se les puede suponer sin conocerlas.

A Somaly Mam (Camboya, 1970) se le concedió el premio Príncipe de Asturias a la Colaboración en 1998 ex aequo con otras mujeres. Este galardón y posteriormente la publicación de su biografía, El silencio de la inocencia, dieron el espaldarazo mundial no sólo a su propia notoriedad sino a la extensión de la ONG que presidía desde hacía años dedicada a la lucha contra la esclavitud y el abuso sexual. Ella personalmente llegó a tener más de cuatrocientos mil seguidores en Twiter y fue entrevistada en los programas de Ophra Winfrey y de Tyra Banks. Cultivó durante un tiempo la relación con Hillary Clinton, con la reina Sofía y con las actrices Susan Sarandon y Meg Ryan, activistas. La revista Time la incluyó en 2009 en su lista de las cien personas más influyentes del año y en 2012 fue invitada a hablar en la Casa Blanca. La directora ejecutiva de su fundación, AFESIP (Acción para las Mujeres en Situación Precaria), contabilizó en cerca de cien mil mujeres y niñas las que fueron ayudadas por la organización, seis mil las personas hospitalizadas por su acción solidaria provenientes de barrios de prostitución y aproximadamente seis mil cuatrocientos estudiantes implicados en la lucha contra el tráfico de personas.

Abrió la primera brecha seria a su credibilidad al afirmar en la ONU que militares camboyanos habían asesinado a ocho chicas en uno de sus centros de acogida. Lo negaron los mandos de la policía y el personal de Naciones Unidas en ese país. El hecho animó al periodista Simon Marks a investigarla: el entonces reportero del diario Cambodia  Daily logró que la revista Newsweek publicara sus investigaciones sobre el terreno acerca del pasado de Somaly. En ellas quedó desmentido que viviera de niña con un hombre llamado Abuelo, tal como afirma en su biografía; que éste la vendiera entregándola en matrimonio y que de ahí pasara a trabajar en un burdel a la temprana edad de trece años sin haber completado los estudios primarios. Los testimonios también desmintieron las historias truculentas que ella cuenta en su libro sobre algunas chicas protegidas por su organización. Los habitantes de Thlok Chhrov, el pueblo de arrozales cerca del río Mekong donde ella pasó su infancia, recuerdan -entre otras muchas cosas diferentes a las que afirma la activista en su libro- que  ésta vivió con sus padres y que acabó los estudios de secundaria en el curso 86-87. No recuerdan a ningún hombre de su familia que pudiera representar la figura del tal Abuelo. En otro frente inquietante, informes de la Policía y declaraciones de su exmarido desmontaron otra historia propagada por Somaly Mam: que la hija de ambos hubiera sido violada en grupo y secuestrada por unos traficantes como represalia por su trabajo en contra de la esclavitud sexual. Al parecer, la chica había escapado con su novio. Como consecuencia de estos reportajes y noticias diversas, la dirección de su misma ONG, ya internacional, encargó a la firma estadounidense de abogados Goodwin Procter una investigación sobre su fundadora, que tuvo como resultado la dimisión de Somaly Mam, inmediatamente aceptada.

A propósito, una de las mujeres que recibieron el premio Príncipe de Asturias en 1998, junto a Somaly, fue la reconocida activista Rigoberta Menchu, premio Nobel de la Paz y autora del libro Yo, Rigoberta Menchu, que también se ha quedado sin explicaciones suficientes ante las falsedades descubiertas en su escrito por el antropólogo David Stoll. Por una parte niega haber mentido y por otra reconoce que el rigor histórico no era su prioridad: "Mi madre fue violada, asesinada (…) si fue o no fue comida por los animales, dejemos trabajar a los investigadores, y puede que la madre comida por los animales sea la madre de otra india.”

De aquí en adelante puedo sospechar que tras cada bienhechor integral hay un impostor o un farsante todavía no descubierto. Yo le encontraría sentido: debe de ser difícil -perteneciendo al género humano- encarnar siempre la justicia y la ejemplaridad sin violentar al menos con la imaginación el barro miserable e incierto que nos constituye. Para situarse del lado de los ángeles hay que travestirse de ángel.