viernes, 2 de enero de 2015

Apariciones y engaños



“¡A cuántos desgraciados que regresan al cabo de los años, cambiados, irreconocibles, casi sin memoria, no se habrán disputado hermanas, mujeres, madres, madres sobre todo! ‘¡Es mío!’ ‘¡No, mío!’ Y no porque vieran el parecido, no,  sino porque así lo habían creído, porque así habían querido creerlo… Y de nada sirven pruebas en contra cuando se quiere creer…” 
Luigi Pirandello, Como tú me quieres. 


No sólo la materia aborrece el vacío. La fantasía y la nostalgia tienden a tapar los huecos que dejan a su paso el olvido y las desapariciones. Un hombre hallado hace unos años en las playas de Kent, al sureste de Londres, sin hablar y sin documentación que lo identificara, con amnesia probable, fue ingresado en un centro sanitario hasta que se restableció y se decidió a decir algo. 

-¿Piensas hablarnos hoy?- le espetó un día una enfermera impaciente. 

-Sí, creo que lo haré- respondió al fin para sorpresa del personal.
  
Se trataba de un joven alemán que había perdido su trabajo en París y había llegado dando tumbos con intenciones suicidas hasta la misma costa británica. Al principio apenas concedió como única expresión de sí mismo la realización de un excelente dibujo de un piano, por lo que fue conocido en los titulares y los noticiarios del mundo como Pianoman. Se supuso que podía ser un músico y no tardó en extenderse en los medios que el desconocido tocaba ese instrumento de maravilla, y que con él ejecutaba interpretaciones de El Lago de los Cisnes, falsedad que se encargó de desmentir cabalmente el Dayly Mirror semanas después: según las declaraciones de quienes lo habían cuidado, era incapaz de tocar una nota. 


Arnaud du Tihl (S. XVI) se hizo pasar por otro tipo: Martin Guerre, de la localidad vecina de Artigue (Gascuña), que tiempo antes se había esfumado dejando abandonados a su mujer y su hijo. El impostor fue aceptado por la esposa del desaparecido, con la que convivió, yació y tuvo otra descendencia. Las pesquisas de un desconfiado tío de Martin Guerre, Pierre, dieron al traste con la farsa de Arnaud. Después de hablar con la esposa de su sobrino, Bertrande, la convenció para que denunciara al suplantador, que fue juzgado y ejecutado en la horca en 1.560. Al tiempo, y como por arte de magia, reapareció el verdadero Martin Guerre, que retomó su vida en todos los aspectos en su pueblo de Artigue.

Las recreaciones literarias del hecho, algún ensayo histórico que ha motivado (Le retour de Martin Guerre, de Natalie Zemon Davies) y el film inspirado en el caso, protagonizado por Gerard Dépardieu, giran en torno a la sospecha de que la esposa del desaparecido hubiera sido, más que engañada, cómplice del engaño del usurpador Arnaud, que al parecer le había dado mejor vida que la que le daba su legítimo. ¿Le ocurriría lo mismo al resto de cuantos lo trataron?


Las guerras duraderas, las diásporas y las catástrofes con muchos desaparecidos pintan calva la ocasión para impostores y aprovechados. El caso más complejo y jugoso se resume con agudeza en el grato libro del novelista Leonardo Sciacia El teatro de la memoria. El autor recupera los acontecimientos que tuvieron entretenida y en algún momento crispada a la sociedad italiana a partir del cuarto año de la era fascista.

Según fueron dejando claro las pesquisas policiales, Martino Bruneri, turinés, tipógrafo y expresidiario, simuló amnesia para huir de la cárcel tras ser apresado. Fue recluido por "trastorno mental depresivo" en un psiquiátrico de Collegna. Su foto en los periódicos presentaba un vago parecido con el recuerdo y las imágenes conservadas del profesor de filosofía Giulio Canella, antiguo consejal de Verona, movilizado por segunda vez en la Gran Guerra y desaparecido en combate en Macedonia en 1.916. El parecido absoluto de los dos hombres fue desmentido de inmediato por la ausencia en el tipógrafo de dos rasgos característicos del combatiente -un lunar y una vieja cicatriz- y por comparaciones biométricas posteriores. Aunque el embustero era hombre de una cierta cultura (era lector de Nietzsche, Freud, Cyrano de Bergerac y de novelas eróticas) desconocía las referencias propias de los intereses y la especialidad filosófica neoescolástica del profesor Canella. Las huellas del impostor coincidieron con las que se le tomaron al antiguo tipógrafo en tres estancias carcelarias, entre 1921 y 1922. Fue reconocido sin dudas ni contradicciones como Martino Bruneri por su verdadera familia, por su amante abandonada y por compañeros de profesión.

Aún así, a pesar de todo, siguieron identificándolo con firmeza como Giulio Canella la mujer y parte del entorno social del profesor perdido. La opinión pública y publicada se dividió en “canelianos” -que se arrogaban la causa del patriotismo en defensa de sus posiciones- y en “brunerianos”. La disputa social y mediática se prolongó lo que la sucesión de sentencias y recursos en las que las dos familias reclamaron sin cejar al que se conoció como “el desmemoriado de Collegna”. Las habilidades del impostor contribuyeron bastante a la invariable persistencia de aquella confusión. Éste aprovechaba toda la información que, sin darse cuenta, le iban proporcionando los allegados del profesor cuando le interrogaban sobre sus posibles recuerdos.  Poco a poco se fue apropiando de los hechos, las palabras y los gestos que se recordaban del desaparecido. Su capacidad de simulación le facilitaba montar escenas oportunas cargadas de emotividad cuando le convenía. Ante personas de cuya identidad no estaba seguro, volvía a recurrir a los restos de su declarada amnesia, como cuando lo confrontaron por primera vez con Giulia Canella, la esposa del profesor. 

-¡No consigo reconocer a esta mujer -dijo, simulando una gesticulante conmoción- como no reconozco a ninguno de los que conocí de joven, aunque al verla he sentido una emoción que no sabría explicar..! 

En junio de 1.931, y tras un juicio de apelación, una sentencia avalada posteriormente por el Tribunal de Casación dio fin a aquellos años de litigio declarando que sin lugar a dudas el hombre que se hacía pasar por Giulio Canella era en realidad Martino Bruneri, de Turín, tipógrafo, casado con Rosa Negro. Sin que en el presente se sepa cómo pudo burlar el control omnímodo de un estado totalitario, el fingidor logró trasladarse a Brasil como el profesor Canella en compañía de Giulia Canella, con quien convivía y con quien había engendrado una niña. Allí logró, ya inútilmente, reproducir y prolongar la vieja gresca de su impostura, poniendo de su parte en ocasiones medios de comunicación general y publicaciones jurídicas o científicas. En 1.935 publicó de su propia mano, como resumen histórico a favor de sus  tesis, Depois de oito annos de lucta.

La adversaria familia Bruneri propuso años después a Giulia Canella, ya fallecido Martino, participar en el guion de una película que contase una “bella” versión sobre el caso, incluso desplazando la “verdadera”, con el sano propósito de repartirse después los beneficios. Fue sin éxito. Tal como reflexiona Sciascia al final de su crónica, ella ya tenía su “bella” historia y se habían rodado ya dos películas sobre el caso, tituladas las dos El desmemoriado.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Las dos ficciones


“La memoria es un dedo tembloroso” (Juan Benet)

Me impresiona esta foto tomada hace unos años por Joan Sánchez. En ella hay un hombre a la izquierda de la escena que observa y escucha con la mayor atención. Se trata del escritor y exministro español Jorge Semprún, antiguo militante antifranquista y exprisionero  en su juventud del campo de concentración nazi de Buchenwald. El otro hombre presente, desenfocado en el centro de la imagen, y orador ante el micrófono, es Enric Marco, farsante, ex presidente entonces de la asociación de deportados Amical de Mauthausen y ex secretario general de la CNT. Durante años, éste último consiguió hacerse pasar por otro prisionero de un campo alemán. La verdad es que estuvo en la Alemania nazi, pero como parte del apoyo militar que Franco envió a Hitler. El 27 de enero de 2.005 habló ante el Congreso de los Diputados en nombre de los deportados españoles en aquellos mataderos de gente.  En mayo de ese mismo año habría participado junto con el presidente Zapatero en la celebración internacional de la liberación del campo de Flossenburg, donde afirmaba haber estado cautivo, si un historiador no hubiera descubierto a tiempo que en realidad había suplantado la identidad de otro Enric, verdadero preso 6.448 de aquel tiempo y lugar. Enric Marco es el protagonista del reciente y exitoso libro El impostor, del escritor Javier Cercas. 

Aunque a Enric Marco, farsante, se le reconozcan varios talentos, entre ellos el de orador y eficaz narrador de las historias que se ha atribuido -sin levantar las sospechas de los auténticos deportados- sobrecoge la empatía, incluso la atenta solemnidad con que parece observarlo Jorge Semprún como un engañado más, no sólo porque el escritor fuera víctima real y directa de la tragedia nacionalsocialista, intelectual y novelista de prestigio Europa, sino porque además conoció la clandestinidad antifranquista con el nombre de guerra Federico Sánchez, lo que no deja de ser otra forma, justificada e imprescindible, de impostura. El argumento de su novela Viviré con su nombre, morirá con el mío, sobre la estancia en el campo de Buchenwald, se basa en la ocultación de la personalidad del protagonista, alter ego de Semprún, tras la identidad de otro preso agonizante. Así pues, también había que suponerlo curtido en suplantaciones y engaños, reales o de creación imaginaria, siempre bordeando el testimonio de su propia historia. Sin embargo, su figura en la inmediata actualidad -al contrario que en la fotografía, donde distribución de nitidez lo destaca claramente- queda difusa frente a la astucia y el atrevimiento del impostor, protagonista en estos días de su propia biografía novelada por un autor de prestigio, y con toda la fuerza de un símbolo reciente: para Javier Cercas, autor del libro, el impostor Enric Marco es producto de las imperfecciones de la Tansición, donde todo el mundo se inventó un pasado antifranquista; también lo es de la degradación de la memoria histórica como ocasión de oportunismo, una construcción “embustera, sentimentaloide y falsamente heroica.” 

En una mirada más atenta a la fotografía, se me antoja que el Semprún de la imagen no está observando al embustero con emocionada credulidad. Más bien parece que lo escruta con severa desconfianza, resignado a no desenmascararlo, pues como él decía por entonces, “desaparecen los testigos del exterminio” y “en el crepúsculo, la memoria se hace más tensa pero también está más sujeta a deformaciones…” Al fin y al cabo, él ha sido un creador de ficción -novelas, guiones de cine- que no se disfraza de memoria sino que se presenta como tal ficción para proporcionar la recreación imaginativa y la intuición de lo que más horrible y más recuperable puede haber en la condición humana.

domingo, 26 de octubre de 2014

¿Dónde están las llaves?





Desde hacía tres noches su señora se dormía con un brazo en alto y el dedo medio de la mano señalando al techo, tieso. En las dos ocasiones intentó despertarla hablándole, sacudiendo sus hombros con suavidad y cacheteándole las mejillas para averiguar qué le pasaba. No hubo resultado. Y en las dos ocasiones, también, el sueño lo venció impidiéndole comprobar qué ocurría con aquel brazo y aquel dedo de su pareja durante toda la noche. Tanto la primera como la segunda vez la mujer amaneció relajada, sin ningún síntoma de cambio y concentrada serenamente en su rutina, así que de momento el marido prefirió no referirse al brazo en alto ni preguntarle nada al respecto.
Pero esa noche tercera, al hombre se le vino a la cabeza la tradicional siesta que practicaban los curas de cierta orden religiosa: sentados y con las llaves en alto, sostenido el llavero por una de las manos, se dejaban adormecer sesteando en apacible duermevela; cuando el brazo caía por el sueño y las llaves tintineaban despertándolos del todo, daban su siesta por concluida. Y de ese mismo modo decidió él controlar su propio sueño, sosteniendo las llaves en alto hasta que el ruido lo despertara y así saber si la posición dormida de su mujer había variado a lo largo de la noche. Pero, al observar de nuevo a su esposa dormida con el brazo en alto y el dedo medio estirado, le hizo gracia esta vez y se aprovechó de aquel dedo tieso ensartándolo por el aro del llavero cargado con las llaves de la casa, las del coche y algunas otras más. Si el brazo de su legítima caía o cambiaba la posición, el tintineo sería casi estridente en el silencio de la noche y, al menos, él despertaría.
Y despertó; el reloj de sobremesa daba las cuatro y veinte. Su esposa no estaba en la cama. Una corriente de aire sospechosa que recorría la casa lo puso de golpe en pie. La puerta de la calle, que de noche se cerraba con doble cerradura, estaba abierta y no se oía nada en toda la casa. No había rastro de la durmiente ni en el descansillo del piso ni en toda la escalera del inmueble, que recorrió arriba y abajo. 
Dio parte de la desaparición a la mañana siguiente, después de llamar a un cerrajero, pero nunca supo nada más de la parienta ni del llavero que contenía su juego de llaves de la casa, las del coche y algunas otras más.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Lo que se fue con él

Nicky
Los muertos humanos ocupan un espacio disperso, a veces desconocido, en las huellas que fueron dejando en en este mundo. Es por ello que pueden reaparecer en fotos o en vídeos ignorados, grabados incluso por turistas fortuitos, o atrapados por casualidad en algún reportaje televisivo del canal menos pensado; bailando, sonriendo o brindando en reuniones con gente que nunca volvieron a ver pero que alguien conservó y le puede apetecer enseñar. 

Estos descubrimientos póstumos atestiguan que quienes ya se fueron conservaban otra realidad en algún lado, por pequeña que fuera, una faceta que desbordó el rol que desempeñaron en vida para amores, amigos, jefes, profesores, hijos… Cualquier persona con un mínimo de biografía adulta se reserva para sí algún otro mundo imprevisto, aunque sea en un escaso rincón de su secreto. Cuesta aceptar que un humano fue sólo y fundamentalmente médico, transportista, abogada o concejal; ni convenir que su realidad se agotara del todo –desde el primero de sus días− en ser padre, hermana o pareja, sin dejar al margen al menos un momento accidental y olvidable.

Un perro, por el contrario, no deja en herencia revelaciones así; no se presentan datos inesperados que dilaten su identidad cuando se extingue. Sus dueños ya suelen tener presentes las vacunas, los juegos, los paseos y las posibles peleas que tuvo en vida; saben y recuerdan a quién ladró, mordió o recibió con el rabo alborotado. Parecería incluso que su efímera existencia se entregó sin reservas a la adoración de los humanos a los que obedecía sin dejar de observarlos un momento, aprendiéndose sus costumbres y movimientos hasta el punto de poder anticiparse a sus intenciones. Que nunca vivió para sí mismo, en definitiva, de espaldas o al margen de sus amos; que pasajero y sustituible, no pudo dejar detrás otro rastro distinto a sus humildes objetos, a algún juguete heredable o a su presencia en fotos de familia.

Los dueños, de todos modos, con mucha probabilidad ignoren qué otro perro soliviantaba en vida al suyo desde la distancia con ladridos de furia o rivalidad, o cuáles otros lo reclamaban con aullidos al juego desde alguna azotea solitaria, bajo el calor o el frío. Nunca identificarían los gatos que salieron espantados por sus ladridos desde el lugar donde querían maullar toda la noche, los mismos gatos que su perro sí tendría identificados por su olor o por sus timbres quejumbrosos. Raramente compartirían con los dueños el recuerdo del animal los vecinos anónimos que lo veían asomarse a horas fijas para señalárselo desde la distancia al bebé de la casa, o simplemente para saludarlo; tal vez incluso le tuvieran puesto un nombre.

No se suele saber cómo vive el propio perro la rutina de los ruidos de la calle en cualquier hora del día, ni si ese conjunto de voces, puertas, mercancías y motores rutinarios que lo atraen componen otra parte de sus relaciones y de su espacio, que él no distingue drásticamente del de la casa. Sólo un perro sabe, a su modo, qué diferencia hay entre las sirenas de los coches que le hacen aullar de otras que no; qué ruido imperceptible al umbral de los sentidos humanos lo deja largo rato concentrado y alerta. Quedan sin respuesta las preguntas por los movimientos de un perro durante la noche, mientras la casa duerme, cuando anda y desanda itinerarios de cuyo sentido es poseedor exclusivo, como lo es de los motivos que en la calle lo llevan a rastrear o detenerse en determinados espacios sin interés aparente.

Un perro protagoniza esa otra vida incomunicable, poblada de seres y de estímulos cotidianos, pero de un modo tan simultáneo y visible que no requiere de revelaciones póstumas. En el mismo espacio y tiempo que comparte con las personas experimenta y controla otra dimensión en la que los dueños con probabilidad no reparen aunque la tengan alrededor o en la retaguardia, y tan amplia como para valorar aún más la fidelidad que el perro dedica a su gente; como para considerar, en fin, aún más asombrosa esa atención constante a los suyos por la que parece que no vive para sí, que apenas puede dejar detrás otro rastro distinto a sus humildes objetos, a algún juguete heredable o a su presencia en fotos de familia.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Tiempo de peppermint

Una mujer tumbada sobre su cama se abandonaba a la placidez de la modorra en compañía. Si sonaba el teléfono con insistencia desde el salón, o si irrumpían timbrazos en la puerta de su apartamento, los ignoraba hasta que cesaban de oírse. No se dejaba incomodar por el nerviosimo del hombre tendido a su lado, al que sí alarmaban los timbrazos prolongados. Ella, en cambio, como si nada; resistía en silencio relajada o proseguía la conversación que había entretenido a los dos. Ahora bien, aquella misma mujer sí que saltaba literalmente de la cama si de repente le apetecía ir a por el peppermint o traer café para los dos. Bajaba al suelo de una sola zancada sobre el costado del hombre y desaparecía tras la puerta como si algo en la casa absorbiera su cuerpo desnudo y la atrajera irresistiblemente, sin dejarle a él contemplar su trasero, sus pasos, ni su melena oscura balanceándose detrás de la espalda. El hombre sobre la cama clamaba con desconsuelo:
-Cuando vuelvas, ¡entra despacio!
A ella le alcanzaría la súplica tal vez en el pequeño pasillo, en la cocina o en el saloncito; lo mismo daba: más allá de la puerta por la que había salido, todo era la misma oscuridad, un espacio opaco que la había engullido con rapidez inhumana, como inhumana era la lentitud con la que se hacía esperar.
-¡Despacio, entra despacio! –le recordaba él si creía oír los pies descalzos de la mujer regresando al trote.
Pero ella no cambiaba la marcha antes de entrar; sí lo hacía una vez reaparecida, camino a la cama. En la lentitud se acentuaba más el juego de sus hombros y sus caderas acercándose. Lo más admirable para él era verla cambiar el ritmo de sus  pasos sin que se notara, como un desafío a la física y al tiempo: no realizaba una mínima detención para corregir la inercia de su prisa, ni tenía que recomponer la figura para pasar de la precipitación a la calma, tanto si avanzaba con las manos vacías como si sostenía la bandejita con los cafés y la copa de peppermint con hielo que tanto la enloquecía, el único licor que toleraba.
Durante el tiempo impreciso que duró aquella relación él le regalaba cada tanto una botellita de peppermint, que la mujer colocaba en un pequeño aparador con cristales. Siempre que se hallaban en la casa de ella, el hombre observaba la lenta regularidad con la que iba perdiendo nivel el líquido esmeralda dentro del recipiente. Él podría haber medido la duración de aquella época por la cantidad de botellas que le regaló, pero en la actualidad es incapaz de calcular cuántos peppermint duró aquello, muchos años atrás. Con seguridad, no llegó a contarlos ni fue consciente del último. No tiene el recuerdo de una ruptura ni de un final determinado. Tal vez aquel final consistió sólo en no echarse tanto en falta cuando no se veían, o en el olvido cada vez más frecuente de quedar para una próxima ocasión al final de cada cita. Anemia, triste pero incruenta.
Sí recuerda con seguridad que ella dejó de ocupar aquel apartamento. Él ha buscado su número de teléfono en alguna vieja libreta, en las hojas de los libros que leía entonces o en una guía polvorienta de teléfonos conservada por algún misterio. Sabe que no serviría de nada encontrar aquel número de teléfono, que lo busca por una especie de antojo supersticioso, porque sería el del apartamento que ella dejó y en aquel tiempo en que los dos se entendían sólo se contaba con esas dos señas: el domicilio postal y el teléfono fijo; nadie tenía entonces un móvil y no se conocían el Internet ni esos inventos.
A pesar de todo, ella se ha convertido por último en su recuerdo más risueño, cuando todos los demás se desvanecen. Encantado de recuperarla al menos de ese modo, la sitúa cada vez con más fijeza en el momento de aquel cambio de marcha en la habitación, como si aquel visto y no visto que iba del acelerón a la majestad elegante hubiera abolido el tiempo, creando para ellos una dimensión ajena al desgaste y la muerte, la única órbita donde suplicarle de nuevo, con mayor urgencia: “¡Despacio, más despacio!”, antes de que la vuelva a tragar otra espesura absorbente y ella a su paso le deje apenas la estela de su melena negra ondeando detrás de la espalda.

lunes, 25 de agosto de 2014

Las cegueras del limpiacristales


Trabajo en los dominios del suicida, suspendido en las alturas sin llamar la atención de los de abajo. Yo tampoco los veo; mi oficio consiste en limpiar, por supuesto, pero también en no ver. No miro hacia abajo como en las primeras semanas, cuando divisaba desde las alturas los toldos abiertos que poco servirían en caso de caída pero producían la ilusión de que el golpe final quedaría amortiguado. Por descontado, nada de sentirse un gigante mirando las lejanías de la ciudad enorme, ni superior a la masa de gente que desde aquí parece diminuta. Uno va a lo que va sin distraerse un momento; se trata de limpiar en tiempo récord enormes fachadas de cristal interminable. No hay tiempo para la vanidad.

Además, mis paisajes obligados desde que me cuelgo arriba son las escenas que tienen lugar frente a mí, en cada dependencia de cada planta, que también intento no ver. Aparezco de golpe tras los cristales como una araña gigante. Hay quien no se impresiona, por la costumbre, pero otros se paralizan.  Interrumpen en seguida  las carcajadas, los abrazos o las broncas. Yo no puedo dar muestras de que me entero (no debo enterarme) y no puedo dejar que mis ojos se vean nunca de frente mientras le doy con la mano a la herramienta. Ciego y sin alma, como las chicas que se exhiben sentadas tras las cristaleras del Barrio Rojo, en Ámsterdam; la única vez que las vi, durante un viaje, no se me ocurrió nadie con quien identificarme más por el curro, ni alpinistas ni albañiles de rascacielos.

Eso no quita para que encuentre en cualquier piso niños o adolescentes que se inflen a hacerme fotos con los móviles. No me cuesta ignorarlos. Me cuesta más desentenderme de las mujeres que están limpiando los cristales desde dentro mientras yo los limpio y rasco por fuera. A veces buscan quedarse frente a frente, cristal por medio, en un juego sin consecuencias. Al mover el brazo alargado sobre sus cabezas con el paño en la mano, sus escotes cobran vida; eso cuando no planchan sus tetas o sus labios pegándolos al cristal. También mis ojos se desvían y mi cara permanece impasible, lo que no impide que en un barrido involuntario vea una sonrisa alegre y descarada en la cara de alguna mujer que olvido dos pisos más abajo.

No niego que a pesar del oficio se vive cierta tensión, o cuando menos incomodidad o repugnancia, ante circunstancias que se producen delante de uno y que no se detienen ante mi presencia. Me refiero a palizas, a escenas de pasión, a fajos de billetes de doscientos contados deprisa y guardados de inmediato en un maletín. Uno no es dueño del tiempo que está delante de cada cristal; tiene que acabar la limpieza de cada uno aunque en el interior se prolongue la visión de un grupo de locos armados vestidos con uniformes desconocidos, por ejemplo. Y quien dice eso también dice un parto desgarrado, o la agonía desesperada de cualquiera sin compañía ni ayuda, mientras uno ruega para que el móvil esa vez, incluso a esas alturas, tenga cobertura. 

Eso sí, a pesar de la experiencia me quedo sin recursos al sorprender -como sucede ahora- a un hombre apuntando con un rifle de mira telescópica. Esto no me había pasado nunca. Un hombre apostado en un lado del ventanal, que ha dejado de dirigir su arma a un punto de la lejanía y que ahora la dirige hacia mí con unos ojos más desalmados que los míos. Se ve que duda, no sabe qué hacer. Habrá preparado con mucho trabajo un posible asesinato, tal vez había conseguido el único lugar desde el que su disparo sería efectivo. Ahora sí que miro hacia abajo y localizo con simpatía los toldos abiertos de allá abajo, que apenas se ven. Sólo recuerdo el caso de un colega, uno ya jubilado, al que le ocurrió algo así pero no logro recordar qué hizo; será por el miedo pero esa parte de la historia se me ha borrado. El hombre armado se extraña de verme mirar hacia abajo, hacia los toldos. Miro hacia abajo y lo miro a él, que de un momento a otro saldrá de su indecisión; desaparecerá huyendo o me descerrajará un tiro, o las dos cosas y no por ese orden. Hago esfuerzos pero no consigo recordar cómo salvó el pellejo aquel colega, el jubilado. Yo miro de nuevo abajo y miro al tipo, miro abajo y al tipo, abajo y al tipo otra vez. Miro, veo...

lunes, 21 de julio de 2014

A cargo de todo (*)


El señor de la casa, de la que soy mayordomo, es a su vez mayordomo de otra casa, más rica e importante. El señor no tiene tantos coches como su señor, ni habita en la misma zona, ni lleva a sus hijos al mismo colegio. Sin embargo el señor posee dos coches último modelo, vive en una mansión de dos plantas de barrio residencial y ha matriculado a sus hijos en un colegio que cobra aparte las clases de informática, alemán o taekwondo.

Ser mayordomo de otro mayordomo es un asunto harto complicado. El señor no se conforma con los resultados de un buen servicio; antes bien, juzga y cuestiona los métodos de trabajo según el patrón de su profesionalidad: extrema las exigencias de etiqueta, cronometra las labores, evalúa tras un vistazo el celo o la negligencia del servicio en sus obligaciones. Además, el señor -tal vez interesado en deshacerse en su propia casa del envaramiento a que lo obliga su oficio- se concede a sí mismo la máxima tolerancia en lo que a modales se refiere. Todo el rigor que aplica a la servidumbre se vuelve para con él permisividad abusiva. Se manifiesta vulgar, descuidado y prepotente, haciendo gala de una familiaridad despótica con la que pone a prueba el decoro imperturbable de la servidumbre. Se comprenderá que el servicio dure poco en la mansión. Apenas he podido acostumbrarme a las cocineras, jardineros, pinches y sirvientes, lo cual intensifica mi responsabilidad sobre el aprendizaje del servicio, tarea recomenzada una y otra vez, aunque por otro lado me ha proporcionado variedad, evitándome las relaciones viciadas, el aburrimiento y el meticuloso mantenimiento de las debidas distancias con los subalternos.

Afortunadamente, el señor no para en el hogar a menudo, pues allá donde sirve (¡cuánto me gusta esa palabra refiriéndome a él!)  pernocta, como es natural, en la habitación que le tienen asignada. A veces me complazco en figurármelo servil y atosigado. Pero mi alegría se desvanece si me lo imagino a cargo de una casa billonaria, impersonal e inmensa, ajeno a la inspección directa de sus señores y al mando un personal escrupuloso con el que bastará apenas tener organizada la rutina, y codeándose acaso con secretarios titulados en posesión de varios idiomas. O tal vez sea tenido él mismo por asistente de confianza en asuntos, con seguridad importantísimos, del trabajo y la vida social de sus señores.

 Pero ahí no acaban mis penas, porque si el señor sólo está en casa en sus días de asueto y en cortos periodos vacacionales, la señora y los niños son un suplicio cotidiano. Al menos el señor, en su celo vigilante, entiende de qué va la intendencia y se pliega a las explicaciones razonables de sus servidores. No así su mujer, capaz de imitarle en su regia intolerancia pero no en el tino de refrenar con realismo las vanas exigencias que nos ponen a todos al borde del colapso. Cuando está el señor, la voz de mando es una sola, voz competente en la materia aunque polarizada por la doble condición de criado (qué gusto me da pensarlo) y señor. Y esa voz de mando es ejercida tanto sobre el servicio como sobre su mal educada familia, a la que le sale al paso con severidad imponiéndose a su propio mal ejemplo.

La señora tiene prohibido al servicio decir que el señor es mayordomo de otro señor, y mucho menos que sirve. Despidió a la última chica del servicio porque se le oyó mencionar algo así desde el pasillo, durante una cena con invitados, amigos de la casa que no ignoran en qué trabaja el señor. Deslució el agasajo a sus amistades empleándose a fondo en el regodeo innecesario de su regañina. Lo peor es que tampoco lo podemos comentar entre nosotros; incluso corre peligro quien aluda, no sin la conveniente cautela, al conocimiento que tiene el señor en materia de lustre de metales, selección de cubiertos o ritual protocolario.

Hoy he tenido que interceder por la nueva cocinera, a la que se reprocha tener saturada la despensa, por más que ello se deba a las modificaciones del menú que de forma imprevista ordena la señora sin esperar a que las existencias comestibles se agoten. La señora, consciente del engorro que ha causado su ligereza en expulsiones recientes, tras mirarme en oblicuo y con malicia, ha sucumbido a lo evidente, pero, incapaz de encajar enteramente la derrota, se ha referido a mi prolongada permanencia en la casa como a un caso sorprendente, ajeno a las costumbres de su jurisdicción y, por supuesto, corregible. ¡Hay que ver cuánto tiempo llevas con nosotros!, Marcelo, dejó caer. Una observación temible con tuteo incluido, aunque a decir verdad, no exenta de sarcasmo retozón. Porque si es cierto que mi permanencia en esta casa excede lo acostumbrado y previsible, este hecho -por el que no sé si felicitarme o compadecerme- tiene una explicación, aunque costosamente confesable: es con un servidor con quien la señora pone la cornamenta al señor.

Aún no me explico cómo llegué a descender a esta tesitura esclavista, entregándome a los ardores de semejante bestia parda. La señora, dicho sea de paso, no tiene mucha imaginación ni demasiado mundo, y su noción de la mayordomía ideal le está dictada por las comedias cinematográficas y los comerciales de la televisión. La enloquece que, en las consumaciones adúlteras, le pase un algodón por la espalda o le comunique que me he tomado la libertad, señora, de traer bombones con que lubrificar a la señora. Cosas así. Y eso con delantal y todo, o con la pajarita, y esmerando el tratamiento.

Me avergüenza decir que accedí en un principio como venganza hacia mis patrones, y tras algunas tardes de juego clandestino, quise llevar hasta el refinamiento mi desquite insinuando a la señora la posibilidad de que su esposo, mi señor, ejerciera de modo semejante su mayordomía en la opulencia de algún aposento kilométrico, proporcionando el mismo placer a la otra señora, señora. Para mi decepción y sorpresa, las menciones al empleo del señor en estos casos, lejos de escarnecerla, la excitan sobremanera, y con ellas he delatado mi ánimo revanchista, por lo que la señora, aun cuando me mantiene en casa, me vigila y fustiga un poco más. El resto de la servidumbre aún me muestra respeto por la capacidad que se me supone de negociar ante la soberbia desmedida de su patrona, aunque está por ver hasta cuándo podré conservar la gracia de su mudable disposición. El cerco se estrecha de un lado y de otro, y la situación se me va de las manos cada día.

Esta misma tarde, la señora, no sé si por devolverme el golpe o por introducir estímulos a nuestros devaneos, me ha instado a que la acometiera… como debe de hacer con tu mujer el fontanero, Marcelo, o el chico de la compra, con lo que ha sembrado la sospecha y la cavilación amarga donde sólo habitaban la confianza y la serenidad habitual. Como dije, ser mayordomo de un mayordomo tiene sus complicaciones.


(*) Relato del libro, ya descatalogado, Para después de colgar.