"...Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no contesta cuando se le pregunta, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme enseguida, decidme que el principito ha vuelto." (Antoine de Saint Exupéry, El Principito). "...Quizás pasara algún coche o alguna caravana, pero no era probable. Así que comenzamos a valorar la posibilidad de no avanzar más, pasar la noche allí y confiar en que las estrellas nos ayudarían a definir el rumbo que deberíamos tomar por la mañana... Y entonces lo vi". (María Jesús Alvarado, El principito ha vuelto).
El principito ha vuelto (Libros de las Malas Compañías, 2015) es la crónica viajera de una corta expedición sobre las arenas del Sáhara, corta si medimos el tiempo por la simple acumulación de horas. Por inmensidad, grandeza y variedad casi oculta que brinda la permanente sorpresa del camino, es más bien un largo periplo que conduce con naturalidad a la aparición del prodigio inexplicable. Con el mismo verbo terso y sencillo con que compone sus poemarios, cálidamente despojados de adorno, el texto de María J. Alvarado se debate en el espacio aparentemente uniforme del desierto, el oscuro esplendor de sus noches, las pinturas rupestres de sus cuevas, que conservan figuras de bailarines de hace miles de años, o las formaciones rocosas que se interponen en el camino sin que se sepa cómo pudieron llegar ahí, sin una sola montaña alrededor de la que haberse desprendido.
En la segunda parte del libro -alertada por la relectura de El principito de Saint Exupéry- la autora rememora y refiere la aparición misteriosa de un hombre solo que cavaba en la soledad casi absoluta del desierto. Recuerda su aspecto, su vestimenta, las confidencias hechas en una única noche de conversación en vela y cada detalle de su recuerdo le remite a las descripciones, los sentimientos y dibujos del personaje-niño ya clásico.
María Jesús Alvarado es ensayista, poeta, autora de cuentos, directora teatral, cineasta, editora y tal vez me quede aún algo por mencionar. Lo importante para esta reseña es constatar los géneros y títulos de su obra escrita. Por ejemplo: Isla Truk, Suerte mulana, Sorimba, Geografía accidental, Extraña estancia, Grietas, Bubisher y Cuentos antiguos de Gran Canaria, escritos a solas o en colaboración.
Teresa Correa es una experimentada artista de la imagen que escudriña con su cámara en el espacio geográfico y ritual de estas islas y de sus contornos. Las fotos en blanco y negro que acompañan esta crónica del desierto retratan tanto la impresionante negrura estrellada de un cielo limpio que se impone sobre quien lo mira, como también la claridad cegadora que durante el día abrasa la inacabable extensión de arena indefensa ante la insolación. Años después del viaje relatado en el libro, la fotógrafa expuso un conjunto de trabajos bajo el título Habitar el fuego, donde la oscuridad contrasta con el fulgor de las hogueras. Se me antoja pensar que esa exploración en los límites de la luz y la oscuridad le debe mucho a la odisea saharaui que compartió un día con su amiga.
Siendo ya las quince y diecisiete, habían llegado casi todos los profesores a la sala y se iba a abrir la sesión con la lectura del acta anterior. Sentada a un extremo de la larga mesa cuadrangular, Doña Sole observaba a un lado y a otro con qué ánimo entraban por la puerta los demás. Se había situado, como era su costumbre desde hacía un tiempo, cerca del extremo que ocupaba la Junta Directiva del colegio. Se le notaba insegura como pocas veces, confusa, intentando disimular una incómoda indecisión. No sabía cómo pronunciarse sobre el asunto que se sometería aquella tarde al juicio de los profesores. Era un tema nuevo, sorprendente y espinoso del que tampoco el grupo directivo parecía tener una posición tomada... y, si la tenía, bien la disimulaba de momento, por eso doña Sole no paraba de dirigir miradas en oblicuo a las caras de la Directora, del Jefe de Estudios y del Secretario de actas, a ver si les adivinaba las intenciones y por algún mínimo gesto que les pillara al vuelo supiera al fin a qué atenerse: no era frecuente tener que deliberar y decidir sobre si llevar o no llevar a los alumnos, como a actividad cultural externa, a presenciar la realización de una verdadera autopsia, primera vez que les pasaba. Doña Sole solía optar por lo que quisiera en cada caso el equipo directivo, y lo apoyaba en las polémicas si lo veía en apuros a base de subir la voz irrumpiendo en los turnos de palabra contrarios, frivolizando sobre las objeciones mejor fundadas cuando era necesario y también defendiendo, si era menester, las posiciones oficiales incluso hasta en la total falta de argumentos o el evidente ridículo, pero aquella vez su semblante al menos parecía desmentir tanto enérgico arrojo.
Don
Cleofás se preguntaba, observando la gravedad en la cara del
secretario de actas, cómo trasladaría éste más tarde al papel la
endiablada controversia que se avecinaba, y cómo la pasaría a
limpio en el libro oficial. Doña Frasca, por su parte, parecía
experimentar una evidente congestión de cuello para arriba; cuando
leyó el día anterior la convocatoria y orden del día de la reunión en curso, pensó
que aquel punto que se proponían discutir era una broma de mal
gusto, o un error. A a doña Lidia, profesora de Música se
le cruzaban las letras escritas con tiza verde en la pizarra de la
sala, y veía turnos de disección en vez de los horarios de
biblioteca y de ordenadores allí consignados. Sólo don Gedeón tenía
cara de no enterarse. Conociéndolo, estaría abstraído en cualquier
elucubración matemática, o tal vez rememorara un tango: aquella
mañana le habían oído cantar por los pasillos uno nuevo, Naranjo
en flor. En general, todos parecían esperar prudentemente a que
fuera otro, u otra, quien hablara primero.
"¿Pero
eso sería legal?", preguntó, abriendo fuego, doña Nieves, la
más escaldada por la experiencia. La Directora respondió que lo
habían consultado y que "más bien sí", que legal lo era.
A doña Sole no le gustó nada aquel más bien sí tan apocado, que
no la sacaba de dudas sobre qué opción apoyar o qué opción
combatir. Sospechaba que el grupo directivo estaba catando el
ambiente antes de pronunciarse abiertamente, pero a ella la tenían
en ascuas. Hubo más segundos de silencio indeciso y miradas que no
se detenían en lugar alguno. Casi todos giraban a un lado y a otro
las cabezas interrogándose entre sí. Se sintieron aliviados por fin
cuando don Atilio, de Educación Física, requirió el consejo
cualificado de doña Paloma, la Orientadora pedagógica: por fin
había alguien a quien cargar el muerto, y nunca mejor dicho.
"Pues...",
pretendió responder doña Paloma, la orientadora. Vio las caras
dirigidas a ella, más deseosas de ver cómo saldría del paso que
interesadas cabalmente en la respuesta. "Pues, en fin...",
dijo en otro intento de ofrecer sus orientaciones, esta vez
cabeceando un poco. No se había esperado aquella situación, la
convocatoria del debate dos días antes había coincidido con su
visita a otro colegio. La expectación aumentó y se hizo más
incómoda. Cuando algunos ojos empezaban a quitarle la vista de
encima, decepcionados, y se oyeron resoplidos de incomodidad entre
los presentes por la disertación que no empezaba nunca, doña
Paloma encontró un socorro inesperado en los programas oficiales: habló de los seres vivos y de los inertes, de la anatomía, del
valor educativo de la observación directa, de la recogida y
organización de datos, de la formulación de preguntas, de aprender a aprender, y en fin... "Me parece una guarrada", juzgó doña Valen, Apoyo y Francés, a la que se quedaron mirando todos. "Me parece una guarrada y una indecencia ofertar a los alumnos una actividad como esa", añadíó. "Y no tengo nada más que decir". Valen era la primera que se mojaba y abría así el camino para que en adelante los demás se atrevieran a elucubrar, preguntar o protestar lo que quisieran en voz alta. Cleofás por su parte se había fijado en el secretario y en cómo éste había escrito casi al dictado cada palabra de Valentina, sin levantar la vista del papel; él, que había sido secretario de actas tiempo atrás en otro colegio, solía extraer un borrador imaginario de todo lo que se manifestaba en las reuniones, como haría esta vez con cada intervención que oyó. A saber:
Don
Moisés pregunta qué provecho educativo puede haber en asistir a una
autopsia real cuando en la actualidad se dispone de vídeos y de
herramientas virtuales que pueden simular paso a paso una operación
de esas características.
Doña
Nuria recuerda que se ha cansado de pedir un aula para el laboratorio
de Naturaleza. Dice que si se le hubiera hecho caso tendríamos ya un
espacio y un instrumental donde introducir a los alumnos en ciertas
interioridades despiezando insectos y abriendo en canal ranas,
perenquenes o lagartijas, incluso piezas mayores. Que ella misma podía
haberlo realizado, por lo que aprovecha la ocasión e insiste en la
necesidad de montar un laboratorio cuanto antes. La Directora le
propone presentar un proyecto para tal fin.
Doña
Luz advierte de la posibilidad, más que probable, de que una
actividad como esa anime a los alumnos a diseccionarse entre ellos, y
ellas: dedos y cosas. El Jefe de Estudios le replica que habría una preparación
previa, por parte de los organizadores, para mentalizar seriamente de
la finalidad de ese ejercicio y de los peligros de realizarlo en casa
o en el colegio, por lo que a él le han informado.
Doña
Vicky hace constar que el colegio cuenta con alguna imitación del
cuerpo humano, desmontable y sintética, con todas sus vísceras al
aire, que nadie utiliza, y que si se acuesta a esos maniquís o
muñecos boca arriba y se les cubre con una sábana, pues ya tienes
así como cadáveres sobre los que trabajar en clase, y no hace falta
ir a por tanta sangre y tanta casquería pringosa a ningún lugar
desagradable.
A
todas luces estaba ganando el no, el no más rotundo, y a don
Salvador -interesado por algún motivo en probar esa experiencia
innovadora- se le abombaban las órbitas oculares viendo a un lado y
a otro de la concurrencia cómo permanecían en una irritante
pasividad algunas personas a las que él suponía interesadas en
ampliar horizontes pedagógicos, y que por lo tanto podrían inclinar
la balanza del lado de sus preferencias. No comprendía que afectaran una recatada indiferencia y menos aún que exhibieran inalterables aquellas solemnes caras de póquer, así que finalmente se
decidió a levantar la mano él mismo para pedir su turno de palabra, según
consta:
Don
Salvador se lamenta de que los alumnos vean ya en la televisión
numerosos ejemplos fantasiosos y deformantes de semejantes
labores en las series de policías, por lo que más que vídeos y
herramientas virtuales,piensa que lo que más educa en su opinión es la verdad
desnuda, la verdad de la vida, o sea, acercarse a esa realidad sin
prejuicios, desmitificándola, como lo más normal del mundo.
Doña
Basilia alega que basta ir al mercado y detenerse en la carnicería,
o en la pescadería, niños o mayores, para encontrar ahí piel y
carne troceadas y hasta sangre chorreando en las bandejitas
precintadas de los filetes. Que lo otro es un paso más, nada más.
Doña
Yoya dice que piensa en su infancia, cuando sus hermanos y primos, y
ella misma, ponían bajo la lente del microscopio patas y alas de
mosca, y hasta algún pelo arrancado a alguien para mirar su raíz
bajo los aumentos, todo por la natural necesidad de descubrir, y que
esto que se discute esta tarde es algo así pero más amplio, más
complejo y elaborado, de lo que no está bien privar a aquellos entre
quienes debemos fomentar la inquietud de la experimentación.
Doña
Valentina desea reiterar que le parece una guarrada y no tiene más
que añadir.
Don
Cleofás desistió de trasladar a su acta imaginaria lo que se dijeron cuando en la sala por fin se enzarzaron en una polémica abierta los
partidarios de una y otra postura. En medio de la refriega sólo
retenía las interrupciones, las reiteraciones, los titubeos en
frases entrecortadas, los “pues yo digo y repito”, los “no he
acabado”, los “no me malinterpretes” o “no tergiverses lo que
digo”, los “no se peleen, parecen políticos”... Se veía que
ya le faltaba práctica. Sólo pudo atender por completo un comentario de
don Atilio, claro por lo corto y por lo coincidente con un silencio
casual e inesperado en medio de la trifulca, y por lo tanto apto para
cualquier acta ficticia en condiciones:
Don Atilio pregunta que, a todas éstas, qué padres o madres
autorizarían a sus niños ese tipo de visita “cultural”. Dice
que estamos discutiendo para nada.
La
Directora salió repentinamente de su prolongado mutismo
institucional para responder a don Atilio que esta actividad ya había
sido organizada por numerosos centros- aunque al principio se
recibiera con la lógica aprensión- “precisamente por el furor que
está haciendo en toda la comunidad educativa, también en padres y
madres”. Ahí tuvo doña Sole el anhelado indicio para decidir en
qué dirección lanzarse en medio de la refriega claustral; al fin la
Dirección le dejaba atisbar discretamente la consigna a seguir, y con
uno de los argumentos mejor utilizados por doña Sole: era frecuente
que pusiera de su parte el supuesto parecer de los padres
-considerados así, en bloque- como última palabra . En este caso,
sus frases le salieron en tromba por el nerviosismo acumulado, su vozarrón perdió firmeza y se dio de lleno con la oposición persistente de los partidarios
del no, así que el asunto en discusión quedó sin remedio en unas
agotadoras tablas.
Frustrado
y sin energías, don Salvador reparó en Gedeón, cuyo embelesado
rostro revelaba una indiferencia insultante a todo lo que se había
tratado, si es que se había enterado de algo. Sus ojos parecían
gozar, en algún lugar de su mente, del blanco resplandor de las
flores del naranjo, de la sonrosada piel de sus frutos y de la
verdura de sus troncos. Aún permanecía sentado a la mesa, tal vez sin percatarse de que ya se había cerrado la sesión y de que algunos empezaban a levantarse.Por despecho o por envidia, Salvador lo
arrebató de su nirvana sonámbulo interpelándolo en voz alta:
"¿Y tú no tenías nada que decir, Gedeón, no te interesa esto?, le preguntó casi con aspereza. "Estábamos hablando al fin y al cabo de lo tuyo, Matemáticas y Ciencias Naturales, y tú en la inopia..." Y remató: "¡Qué feliz eres, jodío!"
Gedeón
respondió apenas con miradas ausentes a través de pestañas
soñolientas; movía los labios musitando algo en voz muy baja, no se
sabía qué. Varios a su lado de la mesa tensaron el cuello para
poder oírle declamar lo que esperaban fuera otra letra de tango, tal
vez inoportuna. Pero Gedeón, subiendo la voz hasta hacerla totalmente audible, hizo notar al fin que esta vez, en consonancia con la inquietud ambiente, desempolvaba los versos románticos de don José de Espronceda:
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
(Rainer Maria RILKE, Elegías del Duino)
"Ángel que miraste con la ira de un cíclope y al abrazarme fuiste montaña que se derrumba, Ángel-Yo indigente entre piedras y barro." (Evelyn de LEZCANO. De los que nadie habla)
Se diría que la aparición del ángel en la poesía, al margen la época, el estilo y la mentalidad de cada poeta, alude de una forma u otra a un misterio tremendo, al estremecimiento del miedo sobrecogedor junto a la fascinación por lo que, al menos simbólicamente, supera a los mortales. No es vano especular con la hipótesis de que la poesía debió de ser el primer cauce elaborado que el lenguaje tuvo para dar cuenta de los primitivos asombros y los inciales temblores. Sus repeticiones serían, no un recurso estético entre otros, sino tal vez la expresión de ese ritmo que es “uno de los más profundos si no el más decisivo de todos los fenómenos que constituyen la vida y muy especialmente la extraña vida que se deposita en las obras de humana creación. En la aurora de la humana historia fue el ritmo el descubrimiento inicial en cuanto al conocimiento íntimo de las cosas (María Zambrano, Poema y sistema). “Color de amanecer,/color de atardecer contra la piedra,/un mantra a cada paso./El paso y el mantra./Color de amanecer,/ color de atardecer...” (Evelyn de Lezcano).
En el poemario De los que nadie habla (Huerga y Fierro editores, 2015) se dan cita ángeles iracundos o indigentes, dioses caducos, astros que nos miran, días en que caen los cirios en todas las catedrales, estrellas que se rebelan contra la noche, brisas que se desgajan del huracán... entre otros síntomas de un orbe en ebullición apocalíptica, donde tiene presencia el ángel atemorizando, o asimilándose a la naturaleza humana o creando el vacío y la desolación con su ausencia. Que este paisaje cósmico en constante angustia se pueda alternar con referencias al ámbito más humanamente cercano, incluso con pinceladas de cotidianidad casi hogareña, se debe atribuir a la especial sensibilidad de la autora y a la capacidad de irnos dejando en cualquier caso en la retina imágenes que traspasan la imaginación. Eso sin contar con el dominio expresivo en que no siempre reparará el lector de forma consciente aunque le cautive. Por ejemplo, la fuerza visual de sus imágenes (“...las oraciones se pegan a los muros,/ como el hollín/a la máscara/de quien rinde sus manos/a la ceniza”). Por ejemplo, admoniciones como bienaventuranzas invertidas (“Abominados los que traducen/la señales de humo entre las sombras...”) o el elocuente uso de repeticiones salmódicas.
Es el libro que nos ocupa una creación infrecuente y arriesgada, en el que el lector transita entre indirectas resonancias bíblicas e intuyendo paso a paso símbolos que le involucran más allá de la razón, pero forjado en la solidez de una autora indiscutible. Evelyn de Lezcano ha publicado anteriormente en revistas literarias y en 2014 entregó a la imprenta su primer libro, Hombre. También es la creadora de los textos del blog La aurora del orfebre.
BREVE MUESTRA DE TEXTOS
Sigue aquí la sombra del ángel gris.
Busca que pronuncie esa palabra
que sólo él conoce,
la palabra que viaja sola.
La palabra aventada,
grano de sus alas negras.
No quiere que cruce puentes.
Sólo una palabra. Una:
escrita sobre la piedra que amasa muros,
los muros de la ciudad escondida.
Ángel gris, ¿Cuál es su sonido?
Ángel, déjame escuchar aunque sólo sea el eco,
el eco que evite a la boca ser un pozo de escombros
y a los ojos charca seca de la que huyen las ranas.
Evítame el grito del búho frente a la luna áspera.
______
Detrás de las sombras,
en la sombras del ojo abierto
que la catedral inventa,
las oraciones se pegan a los muros,
como el hollín
a la máscara
de quien rinde sus manos
a la ceniza.
_______
Y esos árboles que lloran
y crispan sus hojas contra el viento.
Ese incomprendido viento
que busca cobijo entre las ramas,
las abraza y ruega un hospedaje
donde liberarse del murmullo
y de los gestos petrificados
en el latido de los relojes
que el Ángel abandonó.
_______
Abominados los que traducen
las señales de humo entre las sombras.
Los que del zumbido de los claustros
entresacan la voz muda del verdadero éxodo.
Aquellos que tocan el acuchillado paredón
y silban la canción de la luz.
Los que huelen la sangre herviente
en el rescoldo abandonado de la hoguera.
Abominados los que sobreaguan
entre cascos de hielo glacial,
el frío polar sin horizonte.
Tal vez, un día, el gran ojo sin rostro los mire.
_______
Tú,
llanto desnudo,
grito
al Dios envejecido,
preguntas si vuelve de algún viaje,
si partió alguna vez.
Y al filo de la amnesia
le susurras:
que no te mire,
que no te enseñe
cómo danzan
los caballos fustigados.
Y le pides que se arrodille entre los adobes,
que escarbe de una vez
que te ayude a encontrar
el escondido reloj,
el fruto de la arena,
la duna donde todo se confunde.
_______
Siempre está el húmedo gris bajo el dintel de lo astros que nos miran y al quitarnos el sombrero ante el asombro de su luz, como una hormiga en la noche verde, olvidamos que bajo los parasoles de la congoja hay Ángeles que arquean vértebras, que entre los húmedos paraguas, el secreto, ronda oculto en las oquedades.
Había conocido algo de la poesía de
María José Vidal Prado por las frecuentes piezas sueltas que esta
escritora ofrece generosamente en las redes sociales y en su blog. Me
había acostumbrado ya al sorprendente dominio de la expresión que
le permite, con una magistral condensación de lenguaje, arriesgar en
ocasiones cierto tono de desenfado, y hasta rozar la trivialidad con
leve dejo de humor, sin restar en nada el alcance conmovedor o
trágico de muchos versos suyos. Por este juego hábil y heterodoxo
entre registros diversos, casi en cada poema María José suspende el
ánimo del lector verso tras verso haciéndolo esperar un lacónico
cierre propio del epigrama, un inseguro escape hacia el ensueño o la
persistencia del suspense expresivo.
En su libro poético Historia de un
jardín muerto y un pájaro rojo (Ed.
Vibrubio, Madrid, 2015) María José Vidal Prado, que también
es narradora, nos ofrece con toda su capacidad poética justamente lo
que anuncia el título, una historia, una vaga narración subyacente
que empieza en el esplendor de la hierba juvenil, como un mundo
irrecuperable:
De repente todos nos miramos: teníamos
una belleza alucinante,
una belleza demencial, una belleza que
nunca antes
habíamos tenido.
Besamos nuestros fríos labios.
La ventana se abrió.
A partir de ese momento, se habita
página tras página un jardín donde el amor, el lenguaje, la
infancia se ven cercados por una literalidad mortuoria en espantosa
concreción. Apenas puedo ahora mismo encontrar un antecedente del
apogeo de tanta sensibilidad vital en coexistencia con la muerte si
no es en algunos poemas de Baudelaire.
Historia de un jardín muerto y un
pájaro rojo y su autora han atraído la atención de autores y
reseñistas en varios puntos de la geografía editorial, sobre el
papel y en la Red. El escritor Santiago Gil dice de ella:Su
poesía está llena de imágenes que te hacen levantar los ojos del
libro sobre la marcha; pero al mismo tiempo es sentenciosa y precisa,
a veces casi visionaria, otras oscura, y siempre sorprendente y
profunda. Y no hay verso que no lleve un mundo debajo de cada una de
sus letras. Te acerca al humor y a la ironía valleinclanesca o se
adentra entre las sombras de Leopoldo María Panero, tiene un poco de
Silvia Plath y de Pizarnik y hubiera querido ser la hermana que no
tuvo Hamlet cuando salió del castillo de Elsinor. Y el crítico
José Alonso Girgado, en párrafos certeros, garantiza que en este
libro se encuentra “ una voz
culta, pues, que ha esperado y ha vivido antes de entregar, sin
alharaca publicitaria alguna, este primer fruto: algo más de sesenta
poemas breves (alguno mínimo) configurados en cuatro apartados de
equilibrada extensión. El conjunto se atiene a la forma general del
tema con variaciones. La summa lírica se ancla en una conciencia en
crisis que busca y se busca entre mucha tiniebla y alguna pálida
luz. La voz poética, ante la muerte, se hace fría serenidad o
inútil pugna por sobrevivir. Cualquier tentativa de retorno de los
seres y las cosas no pasa de un doloroso espejismo”.
Breve
muestra de textos
DESPUÉS
Buceo en la tierra de tus huesos.
En la médula
de tu mirada antigua.
Las hojas
cuando nos consumimos,
somos una.
Algún insecto canta tu canción.
Ya la vida me arroja fuera de tu
cuerpo,
arrasando ciudades enteras,
aplastando de un manotazo al mosquito.
Cada uno sigue a lo suyo,
acariciando un cabello sedoso o
acarreando ladrillos.
Y el zumbido ha cesado.
Yo no era más que una sombra en el
jardín,
sobre la que picoteaban los pájaros
todo lo que caía del mantel
cuando volaba,
las huellas de los dedos, la malicia,
alguna vez el pan.
Mi sombra
crecía tanto
que llegaba a parecer un árbol
dormido,
soñando a los que trepan por sus
ramas,
ajenos a las sombras.
REESCRITURA
Si la desintegrada mente
pudiera fabular otro final.
Sin principio
ni narrador,
sin ninguna intención
esta vez.
Anidó en la piedra muerta.
Me recordó que aún no me cubría la
tierra.
Pero yo le dije
mira la tarde inmóvil,
mira la sombra del roble exactamente
igual que entonces,
A
don Gedeón no sólo le sobrevenían evocaciones del tango cuando
intentaba enseñar Matemáticas; también le ocurría al revés, que
se le colaban en la sesera los decimales o la suma de ángulos
durante sus sesiones de baile. En esas ocasiones se ofuscaba,
renunciaba a bailar y simplemente observaba sentado a una mesa de su
local favorito, un bar nocturno en la zona portuaria que acogía sesiones
de tango para aficionados y curiosos. Se limitaba entonces a escuchar
la música. “Es otra forma de llevarlo”, se decía él. De todos
modos, recordaba, el tango había empezado gustándole más bien como
canto -¡esas melodías y esas letras inolvidables!- y sentado podía
saborear aún más la belleza de esas joyas conocidas, y de algunas
otras desconocidas que él no había descubierto ni en los discos de
antes ni en el Youtube
de
ahora.
Con
la copa delante, se dedicaba a mirar cómo iban llegando ellas al
baile, locuaces y encantadoras, dispuestas a entregarse a unas
cuantas horas de pasos ensayados, giros y casi contorsiones. Llegaban
vestidas de calle, llevando en la mano el bolso ancho donde traían
el vestido y los zapatos para la danza. Después las observaba entrar
al baño o a un cuartito que el local había dispuesto y de ahí las
veía salir transformadas, seductoras y más serias, a tono con el
rito de pasión y tragedia que sus cuerpos iban a oficiar. Ellos,
por su parte, solían llegar de la calle ya trajeados para la
ocasión, algunos con ropa convencional y otros casi disfrazados con
el sombrero ladeado, un pañuelo cruzado sobre el pecho y la chaqueta
ceñida, como compadritos
de antes; casi no saludaban ni miraban al llegar y permanecían callados con
semblantes severos como estatuas precolombinas, hasta que ellas
reaparecían a su lado deslumbrantes y misteriosas.
Gedeón
era de los que prescindían de tanta impenetrable rigidez; saludaba,
conversaba al llegar y, cuando no bailaba, daba rienda a que sus ojos
se le fueran a un punto y a otro del estimulante espectáculo que le
rodeaba. Sabía de todos modos que llegado el momento de bailar,
entonces sí, tocaría hacerlo como si en cada pareja hombre y mujer
no se vieran, ni les importara verse, convirtiendo el rostro en una
máscara altanera extraña al deseo del cuerpo, a su estremecimiento
o a su sudor.
Sólo
rara vez alguna bailarina se dejaba llevar por el éxtasis de la
música y el movimiento -cuando no del amor- evidenciando la emoción
en su cara con los ojos entrecerrados y los labios fruncidos. Así lo
hacía la última noche en el local una muchacha menuda de pelo corto
y negro que bailaba sola; que lo hiciera vestida con suéter rojo y
unos jeans
corrientes permitía suponer que había venido en principio sin
intención de bailar y que finalmente, aficionada sin remedio, había
acabado cediendo a la fascinación del ambiente. Don Gedeón andaba
todavía ocupado en repeler de su mente las últimas intromisiones
matemáticas y tardó en darse cuenta de que aquella chica del suéter
rojo bailaba con zapatillas de deporte, manteniéndose todo el tiempo
de puntillas sobre sus pies para compensar la falta de tacones altos.
Y distraído con los atuendos, los estilos y las proezas que se
exhibían de un lado a otro, tardó aún más en verle la cara y
darse cuenta de que, mira por dónde, se trataba de doña Rocío, la
profesora de 3ºB.
Gedeón
tuvo una reacción involuntaria: desplazó su silla un poco más allá
de la mesa para ocultarse en la sombra de una pared cercana. ¿Qué
intentaba ocultar? Él mismo se respondió que nada, por supuesto.
¿Rechazaba a doña Rocío, le caía mal? No, en absoluto. ¿Entonces,
Gedeón, no te agrada este encuentro, que es toda una sorpresa?
Uhmmm... no sé. Pues aclárate, se conminó. Ah, pues... es que
Rocío (doña Rocío) pertenece al mundo del día y la
obligación, ese mundo de niños, familias y convenciones forzadas;
por el contrario, este otro mundo nocturno es el mío personal, esto
es mi reino, o era mío hasta hace un momento y acaban de asaltarlo,
ya no será lo mismo... ¡Gedeón, mira que eres maniático!, se
recriminó él solito.
La
observó con mayor detenimiento bajo la sombra protectora, primero
con aprensión de asediado, después con curiosidad. Doña Rocío
recorría la pista con pasos y posturas admirables sobre la punta de
sus pies y sin bajar los talones al suelo, con una resistencia
muscular considerable. Se habían esfumado por fin los últimos
rastros de ángulos, decimales y fracciones, como por ensalmo. La
muchacha giraba sola, en un desafío frente al absurdo de bailar sin
pareja y sin la ropa adecuada. Seguía exteriorizando el entusiasmo
íntimo que la embargaba con los ojos entrecerrados y la barbilla
alzada. Tendrás que reconocer, Gedeón, que el tango no te pertenece
en exclusiva, que ella gira en un mundo también propio y extraño,
tal vez más que el tuyo. ¿Como no había sabido don Gedeón que
doña Rocío tuviera tanta ley a aquella música, a aquellos
movimientos? Es que en realidad no la conocía, reflexionó. Cada vez
que él iba a hablarle, o que ella se dirigía a él para algo
trivial o necesario, aparecía doña Sole, la de 4ºA, interrumpiendo; hablaba en
su lugar o les cortaba el diálogo con arrumacos dedicados a Rocío:
“¡Ay, con lo que vale y no tiene novio!”, exclamaba por ejemplo,
haciendo prensa con la punta de los dedos en los mofletes de la
muchacha, o regalaba en voz alta cualquier otra majadería, íntima
o no (tanto le daba), que retraía a la chica hasta donde la joven no
parecía reparar. Desde
que doña Sole se le adhirió como una gemela, Rocío se había
dejado proteger por ella anulándose, reduciendo el contacto espontáneo con el
resto del mundo y haciéndose más frágil, ganada por las dádivas y las intrigas en que la ceñía la otra, más resuelta y astuta.
Gedeón recelaba de doña Sole, a la que veía labrarse una interesada influencia en
todos los asuntos administrando con pericia cuchufletas, adulaciones y
enredos.
Algo
frágil y hermoso había en aquella danza en soledad, a pesar del
valor decidido con que Rocío se exponía y a pesar del aguante de
sus pantorrillas. Los focos móviles que recorrían la suave penumbra de la sala, recorriendo su cuerpo y su rostro la confirmaban como Rocío, la profesora, y la revelaban también como un insondable tesoro por descubrir. “Un cometa perdido en el planetario”, pensó
Gedeón, que sin darse cuenta iba mudando su disposición de ánimo.
Cambió el tema musical y doña Rocío no descansó: permaneció en la pista
esperando lo compases de lo que sonó enseguida, el viejo y
querido A media luz.
Corrientes
tres, cuatro, ocho,
segundo
piso ascensor,
no
hay porteros ni vecinos.
Adentro
cocktail y amor.
“...no
hay porteros ni vecinos”,
prometían los versos de Carlos Lenzi, acentuados por los compases
melancólicos de la orquesta, y resultaban persuasivos en aquellas circunstancias.
Doña Rocío seguía evolucionando con fluidez sobre la pista, en
apariencia dueña del curso de su trayectoria, sola pero libre del
argot del trabajo, del sesgo reglamentario de cada jornada y de la masa
de niños en fila o en avalancha; tan libre como él.
Juncal
doce, veinticuatro,
telefoneá
sin temor.
De
tarde, té con masitas;
de
noche; tango y cantar.
Ya no podía ser de otro modo. Quedaba al
fin el camino franco para el encuentro de dos libertades, por lo que
pudiera suceder, o no, en la reserva de la media luz, entre giros
solitarios que habrían de coincidir por casualidad en el Universo,
sin más guía ni testigo que la voz que cantaba. Se levantaría de
la silla, abandonaría el escondite y se le haría visible.¿Qué
otra cosa cabía sino eso?
Los
domingos, tés danzantes;
los
lunes, desolación.
“Los
lunes desolación”,
recordaba la letra; pues había que combatirlos, sí señor, había
que ganarles la partida. Gedeón emprendió el camino hacia doña
Rocío (o Rocío) despacio, sorteando las parejas y sus contorsiones,
aproximándose como quien quiere evitar la brusquedad de una sorpresa
y complaciéndose en el espacio, más reducido a cada paso, que
faltaba para acercarse. Se detuvo clavado en el piso cuando vio aparecer de
repente a doña Sole, que llegó antes que él a Rocío.
“¡Rediez, la que faltaba!”, berreó Gedeón internamente. No la
había visto venir. Tenía los hombros esquinados y el culo
contraído, la Doña Sole. Estaba trajeada de hombre, de compadrito,
con el sombrero a un lado, el pecho bajo un pañuelo ostentoso, las
manos en los bolsillos de la chaqueta y los codos como quillas
atropellando a un lado y a otro. Cogió a Rocío de un brazo y
empezaron un tango a dos. Doña Sole no tenía la gracia ni la
cadencia que sobraban a Rocío, que giraba delante de ella, la
envolvía con una pierna, deslizaba los pies a un lado y a otro
hasta abrir casi del todo las piernas,cargando coon el esfuerzo del
baile. Las dos, pétreas y glaciales en apariencia; las dos, jugando
a no verse ni reconocerse, con el ademán de una obstinación ciega e
inconsciente, daban el espectáculo más inesperado, sobre todo para
don Gedeón.
Camino
a casa, rehuyó especular sobre las probabilidades estadísticas de
que algo así pudiera pasarle a uno, como a él le había pasado. Se
había desvanecido un cometa a pocos metros de sus narices. Le
empezaba a doler la cabeza y le atormentaba amargamente la duda sobre
sus futuras noches de tango. Cómo podría afrontar en adelante, y en
su local amigo, lo que iba a ser ya sin duda una invasión colectiva,
la contaminación de su aire y la pérdida del íntimo sabor de cada
copa.
Doña
Frasca, profesora de 2ºD, soñó que los DRONES podian viajar al
pasado. Al despertar no pudo reconstruir con exactitud aquel sueño
pero sí conservaba la impresión de haber visitado con los DRONES
otra vez la casa de sus abuelos, cerca de las plataneras y los
establos al límite de la ciudad. Se levantó de la cama rememorando
el sonido de las campanas como en todos aquellos domingos casi rurales de su
infancia y no pudo reprimir unas lágrimas
imprevistas. Preparó el desayuno con una mano; tenía en la otra el
pañuelo con el que se secaba la nariz hecha gelatina por el lloro. Los
amaneceres de verano dilataban el tiempo hasta la llegada al colegio:
se levantaba con menos esfuerzo, se duchaba y se vestía con más
decisión y menos abrigo y, al final, se podía desayunar con tiempo
ganado, sin tanta prisa aterida a la espalda como en otras
estaciones, así que Frasca tuvo tiempo ante el café con leche para
pensar a santo de qué había venido aquel sueño con DRONES capaces
de viajar al pasado, que ya le gustaría a ella. La noche antes había
visto en la 2 un reportaje científico sobre la relatividad del
Tiempo y el Espacio. Sería eso, pensó. También recordó de
improviso el rumor de que Gedeón, el profe de Matemáticas, había sorprendido
dos veces a través de las ventanas un DRON suspendido en el aire y
que la dos veces el bicho desapareció planeando silenciosamente.
Pero, ay, ese Gedeón ya se sabe: el tipo es un fantasioso, sentenció doña Frasca.
Hacía
mucho tiempo que a don Cleofás, de 5ºB, no se le venía ni
remotamente a la cabeza aquel trabajo de Literatura sobre El
Diablo Cojuelo que siendo estudiante le encargaron elaborar. Ni
recordaba en qué curso ocurrió ni quién le impartía aquel año la
asignatura, pero sí que la lectura de aquella obrita, incluso en
español antiguo, le hizo sonreír muchas veces. Y ahora le hacía
sonreír de nuevo, conduciendo hacia el colegio. Desde que oyó
hablar de DRONES sobrevolando el centro e invadiendo sus
dependencias, imaginó ese aparato con los mismos poderes de aquel
diablillo travieso que sabía la vida de todo el mundo. Imaginaba el
DRON con la capacidad de ver a través de los techos de las clases y
de los despachos sorprendiendo a cada quién en sus costumbres y
manías, sus auténticos estilos y recursos. Y eso que, lo más
probable, es que lo del DRON dichoso fuera cosa de Gedeón, que es
quien por lo visto lo vio, y mira que el tío tiene imaginación,
pensó Cleofás; a lo mejor lo que vio fue una paloma.
Doña
Paloma, la Orientadora, había oído decir en el progama La Noche
en 24 horas que, entre los oficios nuevos que proliferaban, el
que ofrecía más puestos de trabajo era nada menos que el de
conductor de DRONES. Lo dijo un periodista llamado Estanilao, que es
como se llama el novio de Paloma. Y a ese sí, pensaba ella, al
Estanislao de mis pecados le pondría yo un DRON sobrevolándole la
coronilla, y que le sacara películas de sus idas y venidas, a ver
lo que hacía y con quién se veía por ahí, que ése es un laja.
Menos mal, seguía ella pensando, que con las nuevas Tecnologías y
dando con las aplicaciones adecuadas, a los adúlteros y traidores se
les van a poner las cosas difíciles muy pronto, pues el amor es el
amor y a veces hacen falta evidencias como castillos para
desengañarse de un perfecto caradura. De todas maneras, a Paloma la
Orientadora le extrañaba que ese nuevo trabajo, el de conductor de
DRONES, estuviera dando tantas oportunidades como decía el
periodista. No lo había oído nombrar hasta ahora y no conocía a
nadie que hubiera salido del paro con un empleo así. Aquello
resultaba tan extraño como el rumor que corría sobre Gedeón; le
costaba creer que éste hubiera visto un DRON o dos sobrevolando los
pasillos. Dicen que es un soñador y un pelín romántico... no como
Estanislao. Ya le preguntaría ella misma a don Gedeón cuando tocara orientarle
sobre sus alumnos especiales, que en este curso eran varios: un
disléxico, dos hiperactivas y un caracterial de cuidado.
Gedeón
creía no haber dicho a nadie que vio al DRON cierto día -se habría
olvidado-, así que le extrañó que doña Frasca le preguntara por
eso y además le insistiera en lo fantasioso que era él, cuando ella
le estuvo hablando de no sé qué viajes al pasado con el pañuelo en
una mano, llorosa y moqueando de lo lindo. Don Cleofás también le
vino con lo mismo y bromeó sobre lo quimérico que decían que era,
pero no se privó de entretenerlo disertando sobre cierto diablo cojo
y cotilla que andaba por Madrid en el siglo XVII; él sabría. Tres
cuartos de lo mismo con doña Paloma la Orientadora: dale con los rumores de que era un visionario y que flipaba, pero
ella bien que hablaba sin empacho sobre conductores de DRONES;
además, la mujer le estuvo llamando toso el tiempo Estanislao, a ver a santo de qué.
A
la salida, don Gedeón confió en que nadie más le diera la vara con
lo mismo, y se entretuvo en especular mentalmente sobre sobre el modo
matemático de cortar equitativamente una pizza, sin trampas.
Justo en la puerta lo abordó nada menos que el sustituto Torres, el
más huidizo y taciturno de los sustitutos, para hablarle, también él,
de la misteriosa y pequeña nave:
-Yo
siempre los pillo, Gedeón, a los DRONES -le susurró- porque no sé
si sabes que son varios... Cuando son enemigos y los veo venir a
tiempo agarro la manguera del huerto y los chorreo desde abajo, para
descontrolarles el vuelo. Eso a los malos, digo, a los que vienen
de la nebulosa Trion. Así los dejo en manos de la flota de los
micinos, soldados de la Princesa Micina. Pero, claro, a veces éstos
están lejos, enviados a llevar soles concentrados a los agujeros
negros esos y aclararles toda la materia oscura. En esos casos me veo
solo, defendiendo la posición hasta que Rucano, Gran Sacerdote de la Princesa Micina...
Don
Gedeón vio apenas de soslayo un DRON suspendido en el aire algo más
allá de la ventana abierta del aula. Era una especie de araña
metálica del tamaño de un plato de cocina que desvió su atención
de la pizarra. En aquellos momentos, Gedeón (o don Gedeón)
desplegaba sobre el encerado el desarrollo de una raíz cuadrada al
mismo tiempo que lo explicaba de viva voz a los alumnos. Y mientras
desentrañaba el embrollo de la raíz cuadrada con su ejemplo
desarrollado paso a paso, había tenido cuidado en esquivar las
cuartillas coloreadas que el profesor de Religión había grapado en
la misma pizarra, con dibujos candorosos y eslóganes edificantes.
Aparecido
el DRON, su mente incorporó a la velocidad de la luz nuevas
preocupaciones, por ejemplo que lo estuvieran vigilando y que aquello
formara parte de algún nuevo plan de las autoridades para tener a
raya a los docentes, que según un tal profesor Marina, filósofo
mediático, desempeñan su trabajo al margen del necesario control.
“¡Rediez!”, condensó el profesor de mates sus temores en rápidos
pensamientos: “Esto es un ardid de José Antonio Marina con la
connivencia de los mandamases y de su
pastelera madre”, pensó. “Seguro que a ese espía volador le dio
tiempo a sacarme varias fotos en ráfaga”.
Otra
preocupación inmediata fue que los alumnos hubieran visto aquello:
aunque fuera uno solo que pudiera haberlo visto y alertara a los
demás, iba a costar calmarlos y contenerlos en sus asientos frustrándoles la oportunidad de alboroto. Pero pasaron los segundos y ni siquiera la niña Vanessa
María, con esa dispersión tan importuna, parecía haberse percatado
de la visita del DRON. No oyó a nadie decir “¡Don Gedeón (o
Gedeón), había algo volando en la ventana!”. Le gustaba que le
llamaran Don Gedeón, y se le notaba, y por el contrario
se quedaba agrio si sólo oía decir Gedeón, por lo
que todo el mundo interpretaba que era amante de la ceremonia y la
formalidad, pero lo que en realidad ocurría era que su nombre, sin
el don, se pronunciaba muy rápido y sin suavidad, con similitudes
groseras (algo así como jodión,o hedión...); en
cambio, su sentido musical quedaba complacido al
oír Don-Ge-de-ón, despacio y con cadencia; sonaba
como ban-do-ne-ón y lo transportaba siempre a sus
momentos de baile, en un recorrido desde los arabescos elegantes del
tango europeo a la gravedad sensual del argentino, cuyas evoluciones
más perturbadoras quiso recordar casi al final de la raíz cuadrada.
Pero ahí su mente se tuvo que moderar: a su cerebro no le quedaban
más áreas o zonas libres que activar al mismo tiempo: en pocos
segundos se había ocupado de desarrollar la operación sobre el
encerado, explicarla, esquivar los dibujos del de Religión,
descubrir el DRON, especular sobre su presencia, echar un vistazo a
los alumnos, pensar en su propio nombre y ahora el tango, cuyo
recuerdo lo hechizaba. Era demasiado.
Tiempo
más tarde, en una hora libre de clases, sí pudo don Gedeón dejarse
cautivar por las imágenes y los compases de algún tango al azar,
una pista de baile bajo la media luz, el humo sobresaliendo de la
penumbra, las caras atentas de la gente sentada sobre los taburetes,
una mujer con la falda abierta a lo largo del muslo acometiendo con más vitalidad que el hombre las piruetas y contorsiones de un baile como ese. Subía las escaleras camino al cuarto
de materiales en busca de unas cartulinas y un poco de cola cuando le
cortó el tango que tenía en la cabeza la visión de Cat
Woman frente a él bajando los peldaños, encarnada no como
en el cine por una actriz americana sino por una de las madres de
alumnos asiduas a las dependencias del colegio. Bajaba ella acentuando el
contoneo de sus caderas embutidas en el disfraz ceñido de gata, manteniendo
en la mano derecha el extremo de una larga cola, y lo miraba a él retadora y enigmática... “Rediez, reonce y redoce”, pensó
Gedeón, que no supo decir nada a viva voz, ni saludar, pero en cambio pudo
arrancarse a cantar como para sí.
“...conjuro extraño de un amor hecho cadencia
que
abrió caminos sin más ley que su esperanza,
mezcla
de rabia, de dolor, de fe, de ausencia,
llorando
en la inocencia
de
un ritmo juguetón”.
Ni
él sabía a santo de qué soltaba los versos de El Choclo en
semejante situación pero total, qué más daba... ya puestos en la
sorpresa y el disparate. Siguió subiendo aquel tramo de escalera
después que la mujer y él se cruzaron sin decirse ni media, él camino
arriba y ella abajo con una media sonrisa en la boca. Alcanzó un
descansillo que daba a un luminoso corredor de ventanales amplios.
Comprobó que aquella Cat Woman no había venido
sola. Nada más llegar al último peldaño vio juntas, casi en corro,
las encarnaciones de Jessica Rabbit, Vilma Picapiedra,
Marjory Simpson y Juana Calamidad. A dos
metros más allá del grupo, se encontraba Heidi en
la amplia encarnadura de una señora corpulenta y pechugona con los
mofletes visiblemente coloreados. Las reconoció: era el grupo de
madres que temía, por los rumores, no se fueran a celebrar los
Carnavales en el colegio aquel año, y advertían de bronca con
aquellas audaces apariencias si no se las complacía. Lograron por
lo pronto que Gedeón ya no pensara en el DRON, que no había dado
más señales de existencia; él sólo se distraía mirándolas, sin
pensar en otra cosa, hasta que se oyó gritar a una de ellas:
-¿Quién
me ha cogido el culo? -vociferó alarmada la falsa Heidi-
Alguien o algo acaba de rozarme.
-¡Pero
qué dices, qué te crees! -le contestó Marjory Simpson-
Si no hay nadie detrás de ti, mujer.
-Pues
alguien me ha tocado por detrás, te lo aseguro.
El
DRON apareció entonces alzándose detrás de la mujeres, todavía
ocupadas en discutir entre ellas para finalmente desaparecer volando a
través de un ventanal. Por segunda vez en la mañana, sólo Gedeón
había sorprendido el artefacto en su vuelo silencioso pero, en esta
ocasión, aventuró en seguida una sospecha: “¡Rediez, reonce y
redoce y todos los números imaginarios que empiezan en re”, pensó,
“ahora no tengo claras las intenciones del filósofo Marina!”. Se
encogió de hombros y siguió su camino recuperando el hilo del tango
interrumpido: