miércoles, 11 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. MANIQUÍS

Foto: Eliú Pérez

  Los maniquís ya no son lo que eran. El realismo de sus rasgos, sus fisonomías diferenciadas y la articulación de sus cuerpos han sustituido a la repetición de figuras rígidas, casi siempre idénticas. No hablo de los decapitados, o los mancos soportes de trapos en exposición, ni de los torsos esquemáticos reducidos a mera prolongación de la percha. Me refiero a las fieles réplicas del cuerpo humano completo, que lucen en sus rostros narices rectas, chatas o respingonas, y también labios carnosos, prietos o pronunciados. Y aunque esa singularidad sea en ocasiones aparente -pues si uno se fija ve series de clónicos a los que solo diferencian el  maquillaje o las coloraciones del iris- la variedad  entre muchos de ellos es innegable. Unos establecimientos promocionan el género sobre fisonomías arias y otros exponen maniquíes latinos y sureños. En cualquier caso, ellas ya no son las modosas petrificadas sacadas de una academia de ballet. Ellos ya no son los cabales caballeros de gallardía marcial. Ellas son ahora desenvueltas, y espontáneas. Ellos son enérgicos, arrolladores, verdugos de lo que haga falta predestinados al éxito. Cada vez son menos armazón y más escultura, más personaje. 
Eso sí, sea cual sea el biotipo o el carácter que se imite, todo en ellos es sofisticación y estiramiento esquinado. En eso no hay diferencia con los de antes. Los maxilares siguen siendo por lo general angulosos; las sobrecejas, agresivas; las rodillas y los hombros, quillas dispuestas a horadar cualquier obstáculo. Y por más que se les pudiera poner nombre a cada uno, como a ejemplar único, por más que al diseño se uniera el ingenio artesanal de las distintas puestas en escena de escaparate, siempre algo hay que los convierte en seres inexpresivos. Les faltará, tal vez, la verruga, la grieta en la piel, la desproporción, el asombro, la tristeza. Tendrían que rascarse, resoplar de calor, tiritar. Es momentánea la impresión de vida en esos ojos al enfrentar los ojos del viandante, o la vitalidad del conjunto en esos universos cerrados de perfección y feliz anorexia controlada. 
Lo más sorprendente es ver esas figuras, sobre todo las femeninas, medio desnudas a la espera de un cambio de vestuario y percatarse de que lucen un desnudo incitante y casi demasiado humano: por no mencionar sino los ombligos, los he llegado a ver hiperrealistas. No se explica que lo que hayan de tapar los trapos también luzca esa apariencia esmerada de carne lozana. De armatostes apenas flexibles que servían para soportar las telas que exponía el comerciante del ramo, han llegado a ser prototipos que pregonan las excelencias de un cuerpo para el que es necesario aplicarse tarros de tratamiento de belleza, pócimas adelgazantes, gimnasios... Casi lo de menos son las prendas que llevan encima. Están vendiendo cosmética, peluquería, lugares de diversión y hasta la compañía adecuada a lo que se supone la mujer y el hombre de hoy. 
No sin inquietud vuelvo a escuchar el viejo tema De cartón piedra de Serrat. Ojo con cegarse hoy día con los "zapatos de falso charol” o con “la mirada lejana y azul", ojo con que le digan "libérame, libérame" al viandante impresionable. Antes de emprenderla a pedradas con el cristal y correr con ella hasta el portal más próximo, como en la canción, sopese y considere el tren de vida  que está en condiciones de ofrecerse y de ofrecerle. Revise sus extractos de cuenta; chequéese a fondo, es un consejo. No vaya a ser que la cautiva liberada no tarde nada en considerarlo un don nadie,  un muerto de hambre que bien pudo dejarla donde estaba, reinando en el esplendor glamoruso de su cárcel de cristales.

lunes, 2 de febrero de 2015

Páginas recuperadas. ESPERA QUE TE DIGA (*)




Bien… iré al grano, o me volveré loco; no digo loco pero sí torpe, confuso... Bien, al grano, decía.  ¿De qué te ríes? Otra vez he dicho “bien, al grano”, ¿verdad? Te reías de eso. Bien... (vaya, otra vez). Tú no te desesperes, por favor; tú, mantén la tranquilidad. Ah, sí, lo olvidaba: tú siempre estás tranquila. Ojalá pudiera yo estar así. Yo sí que no estoy tranquilo. ¿Te sirvo más?... Yo, con tu permiso, necesito otra. ¿Por dónde iba?.. Esto es terrible. Qué fácil resultaba hace una hora. ¿Y por qué preparar las cosas si al final no sirve de nada? Eso es lo que me dices siempre. Dime la verdad, pero la verdad: ¿tú nunca anticipas, no prevés las cosas? Joder, quién pudiera... Pues no te creo. Mientes, como una bellaca. ¿Te lo demuestro? Cuando fuiste, por ejemplo, a la fiesta de Rita, te preparaste a conciencia, pensaste con detalle en los que iban a ir todos -uno por uno- sabías de antemano en qué momento tenías que apartarla para hablarle y pedirle aquel favor... No, perdona, no te estoy llamando calculadora. Joder, ¿por qué lo tienes que entender todo así, por la tremenda?...  Sí, ya sé que es un tópico: lo de calculadora en la mujer va siempre acompañado de fría, fría y calculadora (en otras palabras, bruja), lo sé. Pero es que yo no te estoy llamando eso, por dios. Que no, que no digo que seas una bruja. Estás sacando las cosas de quicio. Bueno, las estamos sacando de quicio, perdona. Y he empezado yo, lo reconozco. Yo sólo quería decir que eres previsora: vamos, que necesitas revisar la baraja como todo el mundo... A lo que íbamos. ¿No te das cuenta de que nuestras peleas parecen peleas de novios… desde hace tiempo? ¿En qué? ¿Cómo que en qué? Pues en que son tontas... Ya empezamos otra vez: ¡Si yo no he dicho que seas tonta!... Mujer, que te están oyendo, que se va a enterar todo el mundo. Anda, toma un poco de esto, venga. Hazlo por mí, que nunca te pido nada (bueno, sólo una cosa, ya sabes; pero como siempre me la niegas, no cuenta) ¿Ya, mejor? ¿Fumamos la pipa de la paz? No me digas que tienes prisa; ¡no, venga, seguro que no es así!, si habíamos venido a cenar. Eso es que te has enfadado: ¡que te conozco! De acuerdo, acabaremos pronto, te lo aseguro. Me lo estás poniendo difícil. Está bien: nuestras peleas no son de novios. ¡Pero deberían!... Ya está, ya lo he dicho... ¡No!, no respondas. Aún no lo he dicho en realidad. Verás, tengo que decirte algo explícitamente (decírtelo, no dártelo a entender ni dejarlo caer ni nada de eso). Ahora te callas, por favor. Me toca a mí. Lo tengo que pronunciar inequívocamente, vocalizarlo con claridad. Después, tu respuesta será... también inequívoca, la peor o la más maravillosa de todas. Después, ya no tendrás que escuchar nada más porque no habrá más ocasiones como ésta o, por el contrario, tendremos muchas, mucho tiempo para decirlo todo. Bueno, verás... ¿Que te debí advertir de que esto era una encerrona? ¿Pero cómo que una encerrona? Somos amigos, a..mi..gos. De encerronas, nada: amigos y hay confianza, y eso lo hace más difícil, y por eso tengo que ser tan claro y preciso y tú no me dejas llegar, o por lo menos no me estás ayudando en nada, con lo que a mí me cuesta. ¡Amigos!, y desde hace tiempo. Por eso, si te lo digo con una canción de amor te creerás que estoy halagando tus gustos musicales (que conozco) y al final no se sabrá si entendiste o yo creí que entendiste ni si yo te entendí lo que quiera que dieras a entender con alusiones, con... Y lo mismo si te hablo de una película, o si te enfoco el asunto teóricamente. Y si te hablo de mis sentimientos, ¡bueno!... Para empezar: si te digo que te quiero, pues tú me dirás que también me quieres, y mucho, que me lo has demostrado, pero vete a saber de qué estaríamos hablando… Si te digo que no, que no es eso, que quiero tenerte, pues tres cuartos de lo mismo porque, con la confianza de años, nos hemos dicho ya tantas burradas... (yo más, claro). Y, lo que más temo: si doy rienda suelta a la sinceridad, si te hablo de lo inseguro que todo esto me ha tenido hasta ahora, que para mí ha sido una sorpresa y que no lo he pretendido, que siento que es la única vez que me pasa (aunque no es la única, pero como si lo fuera), si te hablo de que no duermo bien, de que me río solo, que sólo pienso en los momentos que vamos a estar juntos, pues ya está: una confidencia más. Te pondrías a apoyarme, a orientarme como confidente y, al final, seré yo mismo quien te habrá ayudado a acorazarte en tu papel de consejera solidaria, en tu papel de siempre, que te debe dar más seguridad. Y eso no: aquí ya no hay bromas, ni paños de lágrimas, ni psicoanálisis... ¡Esto es la guerra, joder! ¿Y qué más da si me oyen?... Si aún no me has oído tú... ¿Y por qué retiras la mano? ¡No me estarás respondiendo ya! Deja esa mano donde estaba. ¿Te da miedo esto? Sí, ya veo que te estás aturdiendo. Oye, una cosa: si me tienes que decir que no, no me digas que esto es muy bonito, que te sientes halagada, que quisieras no perder a un amigo. Ya no seré amigo a partir de esta noche, o sea, que no pierdes nada. Y si me dices que sí, tampoco vamos a ser amigos sino otra cosa. Ya sabes: estaríamos comprometidos, nos deberíamos explicaciones, nos querríamos tener en exclusiva... ¡Me cago en diez, que mal lo estoy haciendo! Casi te estoy espantando... Mira, vamos a hacer una cosa. Paramos aquí; sí, paramos, ¿vale? Yo te vuelvo a llenar el vaso, ¿ves? Así. Y ahora, pues lleno el mío. Tú tomas un trago, yo otro. Y después, nadie habla: ¡silencio durante unos segundos! Tú no dirás una palabra sino escucharás, ¿entendido?, y yo no diré ya nada más sino escuetamente lo que necesito decirte. Eso sí, la mano la sigues dejando aquí, que aquí está bien; tiempo tendrás de retirarla si es el caso. Bien: bebamos... ¡Pero bueno! ¿De cuándo a acá bebes tú a sorbitos y sin gana? Si este vino te encanta. Pareces un pajarito bebiendo, ahora. ¿No me estarás haciendo un desprecio, no? ¿Que soy tonto? Ahora resulta que soy tonto. Vamos, me estás dando la noche. Me has roto el clima, la situación, todo, con lo que me había costado el manduque y la puesta en escena. No, perdona; no he querido parecer mezquino. Quería decir que esta vez lo he hecho con una intención determinada. No sería la primera vez que te invito sin mayor interés, ya lo sabes (como tú a mí, es verdad; bastantes veces, sí). ¿Te acuerdas de aquella noche en que salimos los dos achispados de aquel restaurante, con una tontuna encima que no veíamos? ¿Y te acuerdas de que nos besamos en los morros delante de Rita y lo que nos reíamos después? Y al día siguiente, como si nada. Bien. Como te iba diciendo...

(*) Del libro Cuentos del Bárbara Bar. Imagen de la película El lado oscuro del corazón.

lunes, 26 de enero de 2015

Páginas recuperadas. EL MAR Y LOS DIRECTORES DE ORQUESTA (I)


Mi poco evocadora memoria retiene con cierta plasticidad y detallismo los antiguos conciertos de la TV en blanco y negro, las horas de música de gala donde por adicción al aparato la familia no apartaba la vista de la pantalla, en espera de otro programa que interesara más. Recuerdo que, junto al desinterés, provocaban una veneración supersticiosa del tipo “eso tiene que ser muy importante porque no lo entiendo”. Y, se suponía, aquello sólo lo debía apreciar la gente entendida, la que sabe en qué momento preciso es lícito aplaudir, toser, carraspear o quejarse de algo. Gente fina.
Esa impresión quedaba reforzada por el despego con que los directores de orquesta miraban a un lado y a otro al entrar en la sala que por obligado decoro los aclamaba con discretos aplausos o con golpecitos de arcos sobre los atriles musicales. Solían ser viejos y adustos –o me lo parecían a mí, aún ebrio de infancia- cuando no obesos de gordura mayestática. Hieráticos, imponentes, las cámaras de televisión llegaban a captarlos dirigiendo miradas de reprimido furor a los errores de los músicos de tan distinguidas orquestas. Yo los veía abrir exageradamente los ojos mientras dirigían la música, y endurecer el mentón de sus rostros implacables. Y era tal la altivez de sus miradas fulminantes, tal el alboroto de sus greñas hechas relámpagos, tal la violencia de sus batutazos al aire que parecía que todo ello fuera dirigido a sus pobres músicos o a la miserable realidad que representaba el público encopetado, por más que aquel público supiera cuándo y cuándo no se debía aplaudir.
Para castigar la incomprensible, ofensiva arrogancia, y evitar la pesadez, mi ingenio infantil recurría a la mágica solución de bajar del todo el volumen a la tele. Entonces, los músicos de la cuerda, con sus arcos súbitamente mudos, parecía que estuvieran serruchando queso; el del triángulo, que intentara venderte un pájaro que ya había echado a volar; los de los instrumentos de viento, con toda la cara hinchada, que intentaran inflar un globo roto… y todo aquello era tanto más cómico cuanto mejor se conjuntaban y actuaban al unísono. Hasta el pianista, que parecía estar diciendo siempre que sí a su reflejo en la madera del piano, daba esa impresión de absurdo y mecánico acuerdo… Y el director de nuevo… ¡allí estaba!, ya desenfrenado en su furor, creando corrientes de aire con su melena despeinada, lanzando rayos como un Júpiter a diestro y siniestro.
Esa era mi mejor relación con la música clásica. Pero no tardarían en cambiar las cosas.

sábado, 24 de enero de 2015

Páginas recuperadas. LA HOJA SEPIA



Me gustaría haber conservado aquella fotografía reproducida a toda página en una revista de arte. Me reprocho a menudo acumular en exceso libros, periódicos y revistas (ahora, por último, documentos digitales) que a veces ni recuerdo tener; amontono cosas de las que me cuesta desprenderme y es bien seguro que acaban estorbando, agobiando incluso, pero cuánto me he arrepentido de haberme deshecho de otras que luego he echado en falta de por vida, porque sé casi improbable que las vuelva a tener, a ver siquiera, o a oír.

Una hoja de árbol caída, una hoja cualquiera, centraba aquella fotografía en blanco y negro que encuadraba apenas el extremo de un tubo de escape. Era una foto con un perfecto contraste y un acertado aprovechamiento de la luz difusa. En la entrada del tubo de escape, como si hubiera quedado pegada o prendida por la mínima, se apoyaba la hoja minúscula, una hoja vulgar que en medio de la escala de grises lucía un viraje en sepia oportuno, no sólo porque el sepia sea el color de lo oxidado o marchito sino porque, sin aquella superficie parduzca inserta en el contexto gris, la foto hubiera quedado insípida. Quien tomó aquella foto pudo tener el hallazgo de varias maneras: quizá “vio” al instante el conjunto augurando los matices, el recorte y el efecto final de la hoja virada en sepia, que tal vez se le presentó ya seca, produciendo en la realidad un efecto parecido al que produjera en la copia. También es posible que atendiera, en el momento de disparar, únicamente al anónimo prodigio de una hoja sostenida al filo de un tubo de escape antes de que un pequeño movimiento o un golpe de aire accidental la obligaran a desprenderse de su inestable reposo, con lo que la foto, aun siendo la plasmación de algo inanimado, tenía algo de apunte a carbón repentino en su chocante quietud. También pudo no ser tomada la instantánea  a sabiendas, sino descubierta posteriormente sobre una copia revelada en papel como detalle imprevisto de una escena mayor. De cualquier modo, alguien tuvo que darse cuenta en algún momento de lo que aquella insignificancia produciría una vez aumentada, hábilmente encuadrada y retocada en lo justamente imprescindible.

Me encantaba aquella foto, y la tuve por mucho tiempo de modelo de lo que es la capacidad de ver, de saber ver más allá de los consabidos motivos. En cuántas escapadas con la cámara al hombro y el asombro embotado, sacando fotos de ocasión o a edificios, o a rostros emblemáticos, o a crepúsculos sangrantes, no habré pasado de largo junto a hojas caídas sobre el filo de un prodigio u otros imperceptibles milagros de la piedra o el metal, de la vegetación, del mismo aire o de los gestos, y sin haberme dado cuenta.

miércoles, 7 de enero de 2015

De Somaly... a Somaly

Somaly Mam. Foto: Luis Magán

"Siempre hace falta un golpe de locura para desafiar un destino" 
(Marguerite YOURCENAR)

Hay personas que fingen su propia biografía. Precisamente con esas vidas falsificadas, emprenden algunas de ellas una trayectoria real de benefactoras con resultados sorprendentes e indiscutibles a favor de las más conmovedoras causas humanitarias. Cualquiera podría preguntarse si, con esa capacidad de promover y organizar acciones admirables, no les habría merecido la pena actuar desde el principio como quienes han sido realmente. Parece que necesitaran la fascinación del engaño como caldo propicio para activar el atrevimiento, la astucia y el magnetismo que se les puede suponer sin conocerlas.

A Somaly Mam (Camboya, 1970) se le concedió el premio Príncipe de Asturias a la Colaboración en 1998 ex aequo con otras mujeres. Este galardón y posteriormente la publicación de su biografía, El silencio de la inocencia, dieron el espaldarazo mundial no sólo a su propia notoriedad sino a la extensión de la ONG que presidía desde hacía años dedicada a la lucha contra la esclavitud y el abuso sexual. Ella personalmente llegó a tener más de cuatrocientos mil seguidores en Twiter y fue entrevistada en los programas de Ophra Winfrey y de Tyra Banks. Cultivó durante un tiempo la relación con Hillary Clinton, con la reina Sofía y con las actrices Susan Sarandon y Meg Ryan, activistas. La revista Time la incluyó en 2009 en su lista de las cien personas más influyentes del año y en 2012 fue invitada a hablar en la Casa Blanca. La directora ejecutiva de su fundación, AFESIP (Acción para las Mujeres en Situación Precaria), contabilizó en cerca de cien mil mujeres y niñas las que fueron ayudadas por la organización, seis mil las personas hospitalizadas por su acción solidaria provenientes de barrios de prostitución y aproximadamente seis mil cuatrocientos estudiantes implicados en la lucha contra el tráfico de personas.

Abrió la primera brecha seria a su credibilidad al afirmar en la ONU que militares camboyanos habían asesinado a ocho chicas en uno de sus centros de acogida. Lo negaron los mandos de la policía y el personal de Naciones Unidas en ese país. El hecho animó al periodista Simon Marks a investigarla: el entonces reportero del diario Cambodia  Daily logró que la revista Newsweek publicara sus investigaciones sobre el terreno acerca del pasado de Somaly. En ellas quedó desmentido que viviera de niña con un hombre llamado Abuelo, tal como afirma en su biografía; que éste la vendiera entregándola en matrimonio y que de ahí pasara a trabajar en un burdel a la temprana edad de trece años sin haber completado los estudios primarios. Los testimonios también desmintieron las historias truculentas que ella cuenta en su libro sobre algunas chicas protegidas por su organización. Los habitantes de Thlok Chhrov, el pueblo de arrozales cerca del río Mekong donde ella pasó su infancia, recuerdan -entre otras muchas cosas diferentes a las que afirma la activista en su libro- que  ésta vivió con sus padres y que acabó los estudios de secundaria en el curso 86-87. No recuerdan a ningún hombre de su familia que pudiera representar la figura del tal Abuelo. En otro frente inquietante, informes de la Policía y declaraciones de su exmarido desmontaron otra historia propagada por Somaly Mam: que la hija de ambos hubiera sido violada en grupo y secuestrada por unos traficantes como represalia por su trabajo en contra de la esclavitud sexual. Al parecer, la chica había escapado con su novio. Como consecuencia de estos reportajes y noticias diversas, la dirección de su misma ONG, ya internacional, encargó a la firma estadounidense de abogados Goodwin Procter una investigación sobre su fundadora, que tuvo como resultado la dimisión de Somaly Mam, inmediatamente aceptada.

A propósito, una de las mujeres que recibieron el premio Príncipe de Asturias en 1998, junto a Somaly, fue la reconocida activista Rigoberta Menchu, premio Nobel de la Paz y autora del libro Yo, Rigoberta Menchu, que también se ha quedado sin explicaciones suficientes ante las falsedades descubiertas en su escrito por el antropólogo David Stoll. Por una parte niega haber mentido y por otra reconoce que el rigor histórico no era su prioridad: "Mi madre fue violada, asesinada (…) si fue o no fue comida por los animales, dejemos trabajar a los investigadores, y puede que la madre comida por los animales sea la madre de otra india.”

De aquí en adelante puedo sospechar que tras cada bienhechor integral hay un impostor o un farsante todavía no descubierto. Yo le encontraría sentido: debe de ser difícil -perteneciendo al género humano- encarnar siempre la justicia y la ejemplaridad sin violentar al menos con la imaginación el barro miserable e incierto que nos constituye. Para situarse del lado de los ángeles hay que travestirse de ángel.



viernes, 2 de enero de 2015

Apariciones y engaños



“¡A cuántos desgraciados que regresan al cabo de los años, cambiados, irreconocibles, casi sin memoria, no se habrán disputado hermanas, mujeres, madres, madres sobre todo! ‘¡Es mío!’ ‘¡No, mío!’ Y no porque vieran el parecido, no,  sino porque así lo habían creído, porque así habían querido creerlo… Y de nada sirven pruebas en contra cuando se quiere creer…” 
Luigi Pirandello, Como tú me quieres. 


No sólo la materia aborrece el vacío. La fantasía y la nostalgia tienden a tapar los huecos que dejan a su paso el olvido y las desapariciones. Un hombre hallado hace unos años en las playas de Kent, al sureste de Londres, sin hablar y sin documentación que lo identificara, con amnesia probable, fue ingresado en un centro sanitario hasta que se restableció y se decidió a decir algo. 

-¿Piensas hablarnos hoy?- le espetó un día una enfermera impaciente. 

-Sí, creo que lo haré- respondió al fin para sorpresa del personal.
  
Se trataba de un joven alemán que había perdido su trabajo en París y había llegado dando tumbos con intenciones suicidas hasta la misma costa británica. Al principio apenas concedió como única expresión de sí mismo la realización de un excelente dibujo de un piano, por lo que fue conocido en los titulares y los noticiarios del mundo como Pianoman. Se supuso que podía ser un músico y no tardó en extenderse en los medios que el desconocido tocaba ese instrumento de maravilla, y que con él ejecutaba interpretaciones de El Lago de los Cisnes, falsedad que se encargó de desmentir cabalmente el Dayly Mirror semanas después: según las declaraciones de quienes lo habían cuidado, era incapaz de tocar una nota. 


Arnaud du Tihl (S. XVI) se hizo pasar por otro tipo: Martin Guerre, de la localidad vecina de Artigue (Gascuña), que tiempo antes se había esfumado dejando abandonados a su mujer y su hijo. El impostor fue aceptado por la esposa del desaparecido, con la que convivió, yació y tuvo otra descendencia. Las pesquisas de un desconfiado tío de Martin Guerre, Pierre, dieron al traste con la farsa de Arnaud. Después de hablar con la esposa de su sobrino, Bertrande, la convenció para que denunciara al suplantador, que fue juzgado y ejecutado en la horca en 1.560. Al tiempo, y como por arte de magia, reapareció el verdadero Martin Guerre, que retomó su vida en todos los aspectos en su pueblo de Artigue.

Las recreaciones literarias del hecho, algún ensayo histórico que ha motivado (Le retour de Martin Guerre, de Natalie Zemon Davies) y el film inspirado en el caso, protagonizado por Gerard Dépardieu, giran en torno a la sospecha de que la esposa del desaparecido hubiera sido, más que engañada, cómplice del engaño del usurpador Arnaud, que al parecer le había dado mejor vida que la que le daba su legítimo. ¿Le ocurriría lo mismo al resto de cuantos lo trataron?


Las guerras duraderas, las diásporas y las catástrofes con muchos desaparecidos pintan calva la ocasión para impostores y aprovechados. El caso más complejo y jugoso se resume con agudeza en el grato libro del novelista Leonardo Sciacia El teatro de la memoria. El autor recupera los acontecimientos que tuvieron entretenida y en algún momento crispada a la sociedad italiana a partir del cuarto año de la era fascista.

Según fueron dejando claro las pesquisas policiales, Martino Bruneri, turinés, tipógrafo y expresidiario, simuló amnesia para huir de la cárcel tras ser apresado. Fue recluido por "trastorno mental depresivo" en un psiquiátrico de Collegna. Su foto en los periódicos presentaba un vago parecido con el recuerdo y las imágenes conservadas del profesor de filosofía Giulio Canella, antiguo consejal de Verona, movilizado por segunda vez en la Gran Guerra y desaparecido en combate en Macedonia en 1.916. El parecido absoluto de los dos hombres fue desmentido de inmediato por la ausencia en el tipógrafo de dos rasgos característicos del combatiente -un lunar y una vieja cicatriz- y por comparaciones biométricas posteriores. Aunque el embustero era hombre de una cierta cultura (era lector de Nietzsche, Freud, Cyrano de Bergerac y de novelas eróticas) desconocía las referencias propias de los intereses y la especialidad filosófica neoescolástica del profesor Canella. Las huellas del impostor coincidieron con las que se le tomaron al antiguo tipógrafo en tres estancias carcelarias, entre 1921 y 1922. Fue reconocido sin dudas ni contradicciones como Martino Bruneri por su verdadera familia, por su amante abandonada y por compañeros de profesión.

Aún así, a pesar de todo, siguieron identificándolo con firmeza como Giulio Canella la mujer y parte del entorno social del profesor perdido. La opinión pública y publicada se dividió en “canelianos” -que se arrogaban la causa del patriotismo en defensa de sus posiciones- y en “brunerianos”. La disputa social y mediática se prolongó lo que la sucesión de sentencias y recursos en las que las dos familias reclamaron sin cejar al que se conoció como “el desmemoriado de Collegna”. Las habilidades del impostor contribuyeron bastante a la invariable persistencia de aquella confusión. Éste aprovechaba toda la información que, sin darse cuenta, le iban proporcionando los allegados del profesor cuando le interrogaban sobre sus posibles recuerdos.  Poco a poco se fue apropiando de los hechos, las palabras y los gestos que se recordaban del desaparecido. Su capacidad de simulación le facilitaba montar escenas oportunas cargadas de emotividad cuando le convenía. Ante personas de cuya identidad no estaba seguro, volvía a recurrir a los restos de su declarada amnesia, como cuando lo confrontaron por primera vez con Giulia Canella, la esposa del profesor. 

-¡No consigo reconocer a esta mujer -dijo, simulando una gesticulante conmoción- como no reconozco a ninguno de los que conocí de joven, aunque al verla he sentido una emoción que no sabría explicar..! 

En junio de 1.931, y tras un juicio de apelación, una sentencia avalada posteriormente por el Tribunal de Casación dio fin a aquellos años de litigio declarando que sin lugar a dudas el hombre que se hacía pasar por Giulio Canella era en realidad Martino Bruneri, de Turín, tipógrafo, casado con Rosa Negro. Sin que en el presente se sepa cómo pudo burlar el control omnímodo de un estado totalitario, el fingidor logró trasladarse a Brasil como el profesor Canella en compañía de Giulia Canella, con quien convivía y con quien había engendrado una niña. Allí logró, ya inútilmente, reproducir y prolongar la vieja gresca de su impostura, poniendo de su parte en ocasiones medios de comunicación general y publicaciones jurídicas o científicas. En 1.935 publicó de su propia mano, como resumen histórico a favor de sus  tesis, Depois de oito annos de lucta.

La adversaria familia Bruneri propuso años después a Giulia Canella, ya fallecido Martino, participar en el guion de una película que contase una “bella” versión sobre el caso, incluso desplazando la “verdadera”, con el sano propósito de repartirse después los beneficios. Fue sin éxito. Tal como reflexiona Sciascia al final de su crónica, ella ya tenía su “bella” historia y se habían rodado ya dos películas sobre el caso, tituladas las dos El desmemoriado.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Las dos ficciones


“La memoria es un dedo tembloroso” (Juan Benet)

Me impresiona esta foto tomada hace unos años por Joan Sánchez. En ella hay un hombre a la izquierda de la escena que observa y escucha con la mayor atención. Se trata del escritor y exministro español Jorge Semprún, antiguo militante antifranquista y exprisionero  en su juventud del campo de concentración nazi de Buchenwald. El otro hombre presente, desenfocado en el centro de la imagen, y orador ante el micrófono, es Enric Marco, farsante, ex presidente entonces de la asociación de deportados Amical de Mauthausen y ex secretario general de la CNT. Durante años, éste último consiguió hacerse pasar por otro prisionero de un campo alemán. La verdad es que estuvo en la Alemania nazi, pero como parte del apoyo militar que Franco envió a Hitler. El 27 de enero de 2.005 habló ante el Congreso de los Diputados en nombre de los deportados españoles en aquellos mataderos de gente.  En mayo de ese mismo año habría participado junto con el presidente Zapatero en la celebración internacional de la liberación del campo de Flossenburg, donde afirmaba haber estado cautivo, si un historiador no hubiera descubierto a tiempo que en realidad había suplantado la identidad de otro Enric, verdadero preso 6.448 de aquel tiempo y lugar. Enric Marco es el protagonista del reciente y exitoso libro El impostor, del escritor Javier Cercas. 

Aunque a Enric Marco, farsante, se le reconozcan varios talentos, entre ellos el de orador y eficaz narrador de las historias que se ha atribuido -sin levantar las sospechas de los auténticos deportados- sobrecoge la empatía, incluso la atenta solemnidad con que parece observarlo Jorge Semprún como un engañado más, no sólo porque el escritor fuera víctima real y directa de la tragedia nacionalsocialista, intelectual y novelista de prestigio Europa, sino porque además conoció la clandestinidad antifranquista con el nombre de guerra Federico Sánchez, lo que no deja de ser otra forma, justificada e imprescindible, de impostura. El argumento de su novela Viviré con su nombre, morirá con el mío, sobre la estancia en el campo de Buchenwald, se basa en la ocultación de la personalidad del protagonista, alter ego de Semprún, tras la identidad de otro preso agonizante. Así pues, también había que suponerlo curtido en suplantaciones y engaños, reales o de creación imaginaria, siempre bordeando el testimonio de su propia historia. Sin embargo, su figura en la inmediata actualidad -al contrario que en la fotografía, donde distribución de nitidez lo destaca claramente- queda difusa frente a la astucia y el atrevimiento del impostor, protagonista en estos días de su propia biografía novelada por un autor de prestigio, y con toda la fuerza de un símbolo reciente: para Javier Cercas, autor del libro, el impostor Enric Marco es producto de las imperfecciones de la Tansición, donde todo el mundo se inventó un pasado antifranquista; también lo es de la degradación de la memoria histórica como ocasión de oportunismo, una construcción “embustera, sentimentaloide y falsamente heroica.” 

En una mirada más atenta a la fotografía, se me antoja que el Semprún de la imagen no está observando al embustero con emocionada credulidad. Más bien parece que lo escruta con severa desconfianza, resignado a no desenmascararlo, pues como él decía por entonces, “desaparecen los testigos del exterminio” y “en el crepúsculo, la memoria se hace más tensa pero también está más sujeta a deformaciones…” Al fin y al cabo, él ha sido un creador de ficción -novelas, guiones de cine- que no se disfraza de memoria sino que se presenta como tal ficción para proporcionar la recreación imaginativa y la intuición de lo que más horrible y más recuperable puede haber en la condición humana.